• Director, dramaturgo y docente, espera presentar en 2022 una de sus piezas más recientes, La furia de Marte, protagonizada por Abilio Torres. Reflexiona sobre el sentido del teatro, el oficio de escribir, la violencia y las denuncias de acoso sexual en el medio cultural venezolano: “Me repugna que un espacio sagrado sea trastocado y manipulado para ejercer como motor de los deseos más bajos del ego”

Fueron meses documentándose sobre Marte. Un período de obsesiones que se convirtieron en castigo, hasta que el agua rebosó el vaso y comenzó el drenaje creativo. Así recuerda Daniel Dannery el proceso de construcción de una de sus obras más recientes durante el primer año de confinamiento.

Se titula La furia de Marte. Espera estrenarla en marzo de 2022, y estará protagonizada por Abilio Torres. “Es un proyecto que está pensado para ser presentado en azoteas de edificios. Quizás tengamos problemas con vecinos necios”, cuenta para El Diario el dramaturgo y director venezolano.

En el encierro también escribió Gente normal: Apuntes del Dr. S. Villasol en su investigación en los viajes temporales, inspirado por unas conversaciones consigo mismo en el estacionamiento de su edificio. El monólogo interno se convirtió en un personaje. Lo plasmó en papeles durante seis días seguidos. Al séptimo descansó. Ha comenzado a entender la sonoridad de esta historia gracias a varias sesiones vía Zoom con otros actores.

Daniel Dannery: “No quiero ser como los hombres que he visto”
Foto:  Nicola Rocco

Como director, tiene entre sus proyectos llevar a escena La clausura del amor, de Pascal Rambert, y La habitación cerrada, de la venezolana Loredana Volpe. La primera insiste en él por su concepción de lo teatral: “Quizás no sea una pieza fácil y condescendiente para nuestro público, pero justamente ese reto es lo que me moviliza a pensar en ponerla en escena. La Embajada de Francia aún no lo sabe, pero me gustaría poder contar con el apoyo de ellos para llevarla a cabo. Ojalá este mensaje les llegue”.

La segunda propuesta se adentra en los géneros del terror y la fantasía. Quisiera subirla al escenario del Trasnocho Cultural, aunque tampoco se lo ha mencionado a su gerencia. “Tampoco a Josette Vidal, Jan Vidal, José Manuel Suárez, Sara Valero Zelwer, Abilio Torres y Alejandro Bello, que serían el elenco perfecto para llevarla a cabo. Por lo general siempre es bueno mantener en secreto los proyectos para que no se caigan y se puedan dar”, agrega.

Dannery es licenciado en Artes, mención Cine, por la Universidad Central de Venezuela, actualmente dirige el taller de actuación para cine “Códigos de la Mañana” y da clases de teatro con el Grupo Fábula. Además, ha recibido el premio Marco Antonio Ettedgui que entrega la Fundación Rajatabla a jóvenes creadores, el galardón Isaac Chocrón en Dramaturgia (2018) y el premio de la crítica AVENCRIT (2019).

Foto:  Nicola Rocco

—¿Cómo definirías eso que buscas en el teatro?

—Mi definición de teatro está más cercana a la del espacio lúdico capaz de materializar el proceso creativo, y esa definición ya tiene el componente de la praxis de mi propia búsqueda: un espacio de juego. En ese sentido el teatro para mí es la remembranza de mi niñez, la forma de mantener vivo el concepto del “jardín de infantes”. Pero también me debato con el teatro desde la visión sagrada, de aquel espacio capaz de mantener y sostener el alma humana. Desde ese punto de vista creo en el poder alquímico del teatro y, como Artaud, creo en su facultad virtual de impartir el conocimiento a través de la emoción. Quizás el teatro tenga la cualidad, cuando está focalizado en ello, de educarnos emocionalmente.

—En tu oficio como dramaturgo, ¿cómo es esa aproximación a la idea y cuáles son los elementos que intervienen, primero en solitario y luego con el actor?

—Cada obra se ha escrito de manera distinta. Cuando es un encargo me ajusto a la idea básica de la estructura, de lo que aprendí en los libros y en los estudios, son los procesos que menos disfruto, cada vez me gustan menos las estructuras. Por lo tanto podría decir que cada vez me cuesta más escribir historias o generarlas, bajo la forma como estamos acostumbrados a consumir historias. Estoy intentando desaprender el veneno universitario y volver a la forma como escribía cuando tenía 12 años, que me sentaba a recibir el dictado sin preguntarme realmente porqué escribía lo que escribía, y si eso debería contar una historia que a alguien le gustara. De tal forma, en mis obras más personales voy a la búsqueda del lenguaje de mi alma, con el mismo entusiasmo como los surrealistas dejaban manar la información de sus sueños lúcidos. Fue la forma como nació mi obra Las trenzas, por ejemplo, la muerte de mi padre y la manera como mi alma había interpretado ese incidente, a años de distancia. No me pregunto mucho por las obras cuando ya están escritas, porque luego viene el proceso de descubrirlas en el montaje. Estos textos los dirijo yo mismo, así que para mí termina siendo un proceso de autodescubrimiento, de cierta esquizofrenia o despersonalización. El trabajo con el actor es primordial porque termina por complementar con su mirada, su cuerpo y su voz todos los secretos que en la palabra escrita se resguardan. Disfruto mucho el proceso de montaje, para mí es lo más cercano a la libertad.

—¿Cuáles son los cuestionamientos, internos o sociales, a los que te enfrentas?

—Nunca he sabido muy bien por qué hago lo que hago. Voy escuchando mi propio instinto, como un perro que olfatea las esquinas buscando saciar una necesidad biológica. Estoy en esa lucha fiera entre ser un animal social o ser el animal deslastrado. El teatro me permite entonces dar rienda suelta a ese animal sin cola que cada vez niego menos, soy. Cuando era más joven, pensaba que yo tenía la responsabilidad social de hablar de los problemas y conflictos de mi país, de las cosas que me aquejaban; cuando descubrí que pensar al teatro como un reflejo de la sociedad era una idea marxista, más nunca volví a repetir eso. Si voy a seguir una idea, prefiero seguir las mías. Creo que eso me acerca mucho más a la idea también de un animal político. Porque, ¿qué es un político? Un mentiroso. Y yo me he formado durante años también para ello, para ser un mentiroso, un mentiroso profesional, para hacerles vivir a otros una mentira como si fuese una verdad. Lo único que me distancia del político profesional es que con mis mentiras no le hago daño a nadie.

—¿Cómo mueves ese “fantasma” que es el instinto?

—Nuestro instinto está asociado a nuestra parte más prehistórica, al cavernícola que todos somos. Nuestra relación con la naturaleza es primordial para empezar a tener una comunicación directa con ese fantasma ancestral que yace dormido por los nuevos medios, el más cercano y el que nos ha tocado vivir: la ingeniería informática. Carl Sagan me enseñó que no podemos dejar la naturaleza al margen del avance científico. Se debería leer con un sentido empático, alejado de todo símbolo religioso, a un hombre como Francisco de Asís. También a Tomás de Aquino. ¿Cuál es nuestra relación con el aire? ¿Con el agua? ¿Con la tierra y con el fuego? Para entenderlo de manera menos abstracta, habría que pensarse así mismo en la infancia, y esto dependerá de la educación recibida. Por fortuna, mi madre me dejaba jugar en la tierra y fui un niño que se embadurnó de tierra. De adulto, cuando me encontré con la simpleza de observar una llama arder, descubrí la belleza poética que se resguardaba en el misterio de esa circunstancia. Observar el fuego es una manera de entender el fuego que habita en nosotros mismos. Pese al lenguaje, nuestras palabras y nuestros pensamientos, observar el fuego me ha enseñado a guardar silencio frente a los deseos ajenos, frente a las cosas que no están en mis manos y que no me corresponden. ¿Esto es esencial para nosotros? Si la respuesta es negativa, pues el instinto está apagado, movilizado por el pensamiento más racional, reprimiendo y generando una serie de psicosis del comportamiento, dándoles cada vez más trabajo a los psicólogos. Bien por ellos.

Obra Kassandra, de Sergio Blanco, presentada en 2019 en Mérida / William Fuentes

—Sueles abordar la violencia en escena. Has dicho que te apasiona la violencia imaginaria, pero la real te aterra. ¿Cómo lo resuelves?

—La barbarie de la humanidad me genera angustia y temor, y yo no quiero ser como los hombres que he visto, yo no quiero repetir los patrones de los hombres que lo hacen mal. Yo quiero ser mejor, mi meta es ser mejor. Pero eso no quiere decir que mi mente sea un jardín de rosas, todo lo contrario, mi mente es un mar de lava, en mi mente se funden los metales más pesados del sentido de la revancha y del odio. Pero mi mente es mi mente y mis acciones, son mis acciones. Esto es algo complejo de explicar porque es el tema favorito de muchos estafadores del coach motivacional o de la autoayuda, y de la política populista. Pero la gran verdad es un asunto de tomar conciencia del libre albedrío, que es una idea tan cristiana como remota. Gente muy cercana me dice que me falta malicia, yo pienso que al mundo le falta bondad. Otros dicen que tengo una visión ingenua, también pienso que al mundo le falta ingenuidad. Nos acostumbramos a aprovecharnos de la ingenuidad del otro, creyendo que eso es positivo, y muchos van sonrientes, orgullosos de su maldad, porque está institucionalizada y permitida. Se genera todo un sistema de perdón en torno al violador, al acosador, al asesino, para olvidar a la víctima, y la víctima termina siendo reducida a un número. Básicamente, nuestro sistema convierte la maldad en un modelo a seguir porque puede ser depurado por el perdón, pero jamás el modelo será prevenir el problema de fondo. Creo yo que porque sale muy caro. Ser ingenuo en este país es ser un webon, y aquí los webones son el eslabón débil de la cadena. Pues yo me enorgullezco de mi debilidad. El arte es un drenaje de nuestra mente más perversa, con el arte podemos realizar acciones violentas sin realmente violentar a nadie, convirtiendo la violencia en entretenimiento y apartándola del sentido de culpa. La llamada catarsis. Cuando nuestra mente satisfecha obtiene su ración de violencia, pues no hay necesidad de ponerla en práctica. ¿Por qué cada vez más los gobiernos se empeñan de depurar sus sistemas del pensamiento humanista? Porque la guerra es y seguirá siendo un negocio rentable.

—Exploras también el universo femenino, como es el caso de tu cortometraje más reciente, Ofelia, protagonizado por Victoria Farías. ¿Qué encuentras allí?

—Siempre me ha interesado lo femenino, quizás porque soy hombre y busco mi complemento. Intento buscar la pieza que me hace falta para poder encajar y sentirme completo. Soy un Adán con nostalgia de Eva. Y esto puede sonar como un lugar común, pero hoy día todo está tan tergiversado que los lugares comunes ya no son tan comunes. En Ofelia lo femenino está vinculado a la idea del abandono, del abandono propiciado por una circunstancia política: la crisis migratoria. Creo que Ofelia finalmente es una proyección de mi sentido emocional de lo femenino más vulnerable frente a este tema. A veces fantaseo con la idea de ser una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, sobre todo cuando la duda de la ruptura del concepto masculino se apodera de mí, pues no puedo decir que me sienta realmente vinculado a la idea de lo masculino, o al menos de lo que llamamos masculino en este país. Me repugna la imagen del “macho”, no tengo sentido de lo heroico, ni mucho menos de lo patriarcal. Y creo que lo patriarcal simplemente ha sido condicionado y manipulado hacia una idea muy macabra de lo que debe ser un hombre. Busco mi propia esencia de lo masculino en mi relación con lo femenino, sin idealizarlo. Lo investigo, y eso genera en mí un sentido y una compresión de la masculinidad desde otra perspectiva.

Daniel Dannery: “No quiero ser como los hombres que he visto”
Victoria Farías protagoniza el cortometraje Ofelia / Cortesía

—¿Cómo miras las denuncias de violencia contra la mujer y de acoso sexual en el teatro venezolano?

—Me repugna. Me repugna que se deba tomar la justicia por mano propia, porque habla acerca de las carencias de la justicia y de la inacción del hombre frente a esta realidad. Me repugna que un espacio sagrado sea trastocado y manipulado para ejercer como motor de los deseos más bajos del ego, contaminando y pervirtiendo su sentido primordial.

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