• En un país sin un sistema ferroviario, como Venezuela, recae en los camioneros la responsabilidad del transporte interestatal de alimentos y diversos productos. En esta crónica exclusiva para El Diario, un experimentado camionero cuenta sus experiencias más significativas, los riesgos y contratiempos del oficio y, en vísperas de su retiro, ofrece sus consejos para ser mejor chofer

“Ya rodé por mi país entero

como todo camionero”.

Roberto Carlos

I

—Ambos sujetos apuntaban sus armas directo a mi cabeza. Me bajaron del camión. La tierra era tan irregular que casi me voy de bruces.

Aquella mañana de abril de 2012, Juan Pérez sintió cómo el peso de sus 60 años de vida desfilaba en retroceso. Por primera vez asumió el pasado como una materia sólida, aceitada de recuerdos y que por alguna razón insospechada también se conducía a tracción de motores, carne y memoria.

“Soy de La Palma”

Juan Pérez, maestro camionero: cincuenta años transitando las carreteras de Venezuela
Juan Pérez niño, de pie, junto a sus hermanos, padre y camioneros

Juan Pérez nació en 1949 en Los Llanos de Aridane de La Palma, isla de volcanes y estrepitosas erupciones en Canarias, España. Cuatro años después, el 3 de abril de 1953, llegó a Venezuela a bordo del trasatlántico portugués Santa María.

—¡Amo este país! —exclama Juan—. Mis padres buscaban una mejor vida. Como aquellos que hoy se van para Colombia, Perú o Ecuador. Venezuela, para aquel entonces, era la tacita de oro.

Juan Pérez, maestro camionero: cincuenta años transitando las carreteras de Venezuela
Juan Pérez aprendiendo a manejar

Con el tiempo, el padre de Juan ya era propietario de una flota de media docena de camiones y adiestró con severa disciplina a su hijo. Un Jeep Willys del ‘56 fue la mejor autoescuela.

—Cuando iniciaba sus lecciones, siempre me advertía: “Pon atención, si no, te bajas”. Aprendí rápido y ya quería conducir los camiones grandes.

En 1962 su padre desmontaba un terreno en La Victoria (Aragua). El árbol, calculaba, debía caer hacia un punto específico, pero una inesperada ráfaga desvió el tronco y lo aplastó. El señor Pérez tenía solo 35 años de edad cuando falleció. Juan apenas aprendía a afeitarse y a manipular la palanca de cambios sin mirar.

—Me casé y tuve cuatro hijos. Me divorcié. Cuido a mis hermanos desde la muerte de mamá. Me volví a casar. Tengo diez años con mi actual esposa. He trabajado duro, guapeando estos 72 años.

Juan Pérez no oculta su afición a los deportes. Jugó softball muchos años; también fútbol, porque estudió en colegio de curas y en el Ave María de San Agustín aprenderte el rosario y patear balones eran materias obligatorias.

Vídeo: Caracas-Los Teques, recorrido habitual de Juan Pérez, maestro camionero.

Cuaderno de bitácoras

Juan Pérez, maestro camionero: cincuenta años transitando las carreteras de Venezuela
Cuaderno

El tono cetrino de los antebrazos de Juan Pérez contrasta con la piel caucásica de sus hombros protegidos bajo las mangas de su uniforme y la cabina de su camión.

—Últimamente no me mandan pa’ lejos por la edad. Caracas, Guatire, Guarenas, Guacara, Los Valles del Tuy, Acarigua, Calabozo son ciudades que a menudo anoto en mi cuaderno.

Juan, con firmeza equivalente a la de maniobrar el volante de su nave, toma el cuaderno y le da vueltas. Las tapas se deshacen como si estuviéramos ante un pergamino hallado en Mesopotamia. Abre una página al azar. El cuaderno de Pérez es una bitácora puntual de sus recorridos.

Juan Pérez, maestro camionero: cincuenta años transitando las carreteras de Venezuela
Cuaderno

—Tengo 50 años de experiencia como camionero y casi 10 con mi cuaderno. Lo comencé a finales de 2012. Ya olvidé cómo se me ocurrió este invento. Solo sé que un buen día me dije “llevaré un registro de mis viajes”.

Stephen King en su relato Camiones describe la posibilidad de que los camiones adquieran consciencia y repentinamente se organicen para aniquilar a los humanos y dominar el planeta. Juan Pérez se ha adelantado a ese futuro improbable y ha domado a su bestia brindándole cuidados de mascota paquidérmica con estadísticas y un diario.

Agrega:

—En el cuaderno detallo toda la historia del camión. Cada servicio, lavado y engrase, cada cambio de aceite o pieza averiada. Tornillo que me le pongan al camión, tornillo que anoto.

—El lunes 16 de agosto de 2015, por ejemplo, sé que yo me dirigí a Guacara y regresé vacío. El martes no viajé. El viernes de esa semana me tocó nuevamente Guacara. Y así sucesivamente. Guacara–Macarao. Guacara–Guarenas. Seis viajes. Fue una buena semana.

Leemos:

14.10.2014. Servicio completo en Los Teques. Cambio de neumáticos delanteros. Arreglo de aire acondicionado. Graduación de frenos.

19.3.2016. Los Teques–Macarao (Semana Santa). Caracas–Guacara.

15.8.2018. Me partieron el parabrisas los piratas de carretera. Calabozo–La Trinidad.

Dice Juan Pérez:

—En 2021, cambié cuatro neumáticos, retrovisor y batería. Los mecánicos quedan locos. En 2022 solamente le he hecho mantenimiento general.

TV

Juan Pérez conoce mejor las curvas, baches y desvíos de la Autopista Regional del Centro que las calles de la capital como peatón. Ante el exceso de sus viajes en carretera, halló en el cine una actividad complementaria. Es su hobbie favorito. La sucesión de imágenes en estado sedentario equilibra su rutina de paisajes de ida y vuelta, bramido de motores, asfalto, montañas, bujías, aromas petroquímicos, alcabalas y señales de tránsito.

Juan ha sido testigo de la evolución de la televisión desde su formato blanco y negro hasta el streaming. Se ha hecho un experto en anticiparse a los plot twist y lee los gestos del villano de la película con eficacia equivalente a las intenciones de un conductor precipitado.

Se puede medir el gusto de Juan Pérez por la ficción televisiva al repasar los nombres de sus hijos. Su hijo mayor y único varón se llama Richard por Richard Kimble, protagonista de El Fugitivo, su hija menor Desireé por Desireé Rolando, actriz de telenovelas y Miss Venezuela de la que Juan fue fanboy. Los nombres de sus otras hijas, Dilia del Carmen y Dinai, se trataron de combinaciones matronímicas.

—He visto miles de películas y series. Desde Pelotón del deber hasta Mentes criminales y Dexter. —De esta se vio todas las temporadas de un solo tirón. Su esposa le decía: “estás enfermo, Juan”, y él le suplicaba: “solo un capítulo más”, y volvía a poner un DVD quemado (no original).

Oficios

Recuerda Juan:

—Llegué hasta noveno grado. Mi mamá quería que estudiara. Y me negué.

Cuando se transmitió en Venezuela Camioneros, serie entre western y road movie, Juan Pérez se iniciaba en el mundo laboral.

Dice:

—La serie es inspiradora, Mike Malone salía cargado para su destino, pongamos por caso, Arizona. Y se le presentaban docenas de inconvenientes, desde una avería en el motor por defecto de fábrica hasta piratas de carretera.

La serie le sirvió a Juan como inducción a su oficio.

—Aunque mi primera chambita (trabajo) fue en una joyería en Antímano. Soldaba y reparaba prendas, cadenas, zarcillos. Me hice un especialista y fue un trabajo arriesgado. Me atracaron tres veces. A mano armada. Casi me matan en una ocasión.

Como joyero, Juan Pérez forjó dos cualidades necesarias para un chofer: aceitó los engranajes de su paciencia y balanceó su temperamento para encarar adversidades a 70 kilómetros por hora por las próximas cinco décadas.

—Después trabajé un par de años transportando carne de Chacao a las parrilleras de Cagua. Conduje una Chevrolet Panel del ‘68. En este negocio no me asaltaron, pero sí tuve un accidente.

Luego, durante 10 años, Juan fue supervisor de control de calidad en una fábrica de envases metálicos. Un trabajo aburrido a su parecer. En 1981 dejó la empresa. Con 60.000 bolívares, de los 84.000 del arreglo, adquirió un Ford Cava 350, modelo ‘72, y trabajó de reparto para varias empresas de alimentos. En ese trabajo estuvo hasta 2006.

Juan Pérez, maestro camionero: cincuenta años transitando las carreteras de Venezuela
En la década de los ochenta, sus amigos le llamaban George Harrison por su parecido con el Beatle.

Camionero Guinness

Juan Pérez, maestro camionero: cincuenta años transitando las carreteras de Venezuela
JP al volante

Una noche, Juan Pérez se encontró intentando dormir entre sacos de harina de trigo y batallones de gorgojos que circulaban libremente por su cuerpo. Ya trabajaba para la empresa en la que cobraría quince y último hasta la actualidad.

Entre 2006 y 2015, Juan fue en buena medida uno de los responsables de la cuota de fosfolípido y colesterol de los caraqueños. Transportaba diariamente miles de huevos desde Turagua hasta la capital del país. Estuvo nueve años ininterrumpidos en esa ruta.

Hablemos de números de récord Guinness

Una caja trae 12 cartones de huevo.

Cada cartón tiene 36 huevos.

432 huevos x caja

Cada viaje, Juan Pérez transportaba 350 cajas.

Cada semana, 1750.

Cada mes, 7000 cajas.

(Mes y medio de vacaciones)

Al año = 73.500 cajas.

31.752.000 huevos cada año.

Durante esos nueve años, Juan Pérez llevó de Turagua a Caracas al menos 285.768.000 huevos. Si usted, que lee esta crónica, fue residente de Caracas entre 2006 y 2015, probablemente en algún momento fritó, batió, hirvió o sancochó un huevo traído por Juan Pérez.

—A la compañía le he estrenado dos camiones de agencia. Un Mercedes y un Iveco 2012, con plataforma para 18.500 kilos. Este tiene aire acondicionado. Asiento reclinable. Radio. Cuando hay juegos de la Champions sintonizo la emisora deportiva. Un Santiago Bernabéu con ruedas. Si fuera una carcacha, yo no aguantara. Iveco es Iveco.

II

Juan Pérez, maestro camionero: cincuenta años transitando las carreteras de Venezuela
Carretera

Ese tramo de la Autopista Regional del Centro se caracteriza por sus numerosos policías acostados. Los suficientes para que cualquier chofer crea que transita una pista de BMX.

El experimentado camionero, como siempre lo había hecho en sus años cubriendo esa ruta, disminuyó la velocidad.

De pronto, Juan avistó aquel Daewoo patasblancas salido de no sabía dónde.

“Mi instinto me llevó a fijarme en él”, recuerda. “Cuando me alcanzó, observé cómo el sol se derramaba en el hierro”.

Uno de los pasajeros sostenía una pistola.

Juan dice:

—El escalofrío que sentí desde el pie que apoyaba en el acelerador hasta las sienes vuelve cada vez que recuerdo este día. “Ya estoy listo”, me dije.

Día a día de El Papa

Juan Pérez, maestro camionero: cincuenta años transitando las carreteras de Venezuela
Juan Pérez acompañado por sus fieles caleteros. Crédito: Marisol Inojosa

Juan Pérez capta la atención de sus colegas:

—Padre e hijo lograron la misma hazaña con los Leones… Un no hit no run. ¿Quiénes fueron?

Nadie responde.

—Los Urbano Lugo —señala Juan.

De nuevo, pregunta ante la mirada inquieta de El Gallo, Vicente, Corona, El Gago:

—¿Quién fue el cátcher de ambos?

Los camioneros cruzan miradas. Antes de que alguno asome una respuesta, Juan Pérez dice en tono pedagógico:

—Baudilio Díaz.

En tiempos previos a la pandemia, la jornada de Juan Pérez era inalterable:

Me despertaba a la 5:00 am. Café. Negro. Poca azúcar. Desayuno. Llego a la compañía y a los camioneros nos tienen anotados en una pizarra. Como en un line-up de grandesligas.

Mientras los camioneros aguardan turno, como un profeta, Juan les enseña las santas escrituras de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP). Lo llaman El Papa, apodo que se ha ganado más por su inquietante parecido con Mario Bergoglio que por sus sermones sobre historia deportiva.

Debido a su nombre tan común, prescindí de buscarle alguno alternativo. El protagonista de esta crónica estuvo de acuerdo con esta decisión.

Cuando habla de su deporte favorito, muestra la pasión mesiánica de quien se sabe ante una misión divina: en lugar de parábolas lanza trivias a sus fieles escuchas.

—¿Cómo se llamaba un cátcher de nacionalidad cubana que debutó en 1967 con los gloriosos Leones …?

Nadie responde.

—Luego fue umpire… —agrega.

Silencio.

—Musulungo Herrera —sentencia Juan.

Explica:

—Entonces, el jefe nos va llamando. Sale de su oficina y hace señas para que vayas a pesar en la balanza romana. —Juan mueve la mano como si driblara un balón de básquet—. Si es para irte vacío y buscar mercancía, el jefe te indica.

Juan, como un coach de primera base, hace la mímica de tomar un lápiz y traza una firma en el aire.

Continúa:

—Ves la factura y te enteras a dónde te toca viajar. Maracaibo. Barquisimeto. Cumaná. Algunos se alegran porque muchos de mis compañeros tienen familiares por esos lares y les da chance de visitarlos.

Juan se dirige a su camión. La balanza indica: 8,5 toneladas sin carga.

Hacia las 7:30 am enciende el Iveco.

Y Juan Pérez viaja a donde tenga que viajar.

—He tenido suerte. 50 años de carrera. De carretera.

***

Las cinco décadas de carburada experiencia califican a Juan Pérez para ofrecerle a los camioneros actuales y del porvenir los siguientes consejos.

Decálogo de un camionero

Juan Pérez, maestro camionero: años transitando carreteras en Venezuela

1. Antes del viaje

Medir aceite, agua. Revisar radiador y graduación de frenos, caja de velocidades y cauchos. Si es posible, cómprate un cuaderno como el mío. No olvides tener el gato hidráulico a mano. Si se te daña un caucho y no tienes gato… La tortilla del siglo.

2. No te dormirás

En el trabajo de despacho de carne aprendí una lección. Me quedé dormido y casi me volteo a pocos kilómetros de la encrucijada. Impacté a otra camioneta desde atrás. No hubo heridos. Era la una de la tarde. Hacía la digestión y ya sabes.

No es recomendable meterse una papa generosa y de inmediato agarrar carretera. Te pega el sueño. Vino la Guardia Nacional. Un señor que salió de no sé dónde me dijo: “no vayas a decir que te quedaste dormido”. Eso es grave. La multa es mayor. Solo diles que fue un descuido“. Después de ese susto nunca me volvió a dar sueño al volante.

3. Baño de camionero

Debes tener tu muda de ropa. Es lo primero que te dicen: “anda equipado”. No vas a decirle al jefe: “mire, patrón, no puedo ir para Barquisimeto porque no traje ropa ni cepillo”. En este oficio debes tener la previsión de Tony La Russa.

En el camión guardo sábanas, crema dental, peine, jabón… Cholas petroleras. Paño. No sé cuándo los vaya a usar para el famoso baño de camionero.

JP por salir de viaje

4. Gasoil

El problema del gasoil es lo peor para un chofer. Te aterrorizas cuando la aguja del medidor se balancea hacia la zona roja, a cada kilómetro más cerca del 0. Mi camión tiene reserva para 25 kilómetros. Ya sus fabricantes idearon ese sistema.

Antes de que se termine el gasoil, te apertrechas en una bomba, y en la cola te encontrarás no menos de cuarenta, cincuenta, sesenta camiones. No es fácil. Antes en una bomba había cuatro camiones en fila. Llenaba medio tanque. Después, más adelante, volvía a echar. Pero ahora no sabes dónde ni cuándo vas a ripostar.

Entre camioneros solidariamente nos apoyamos. Hemos desarrollado un modesto lenguaje de señas. Con la mano simulamos sostener una manguera: eso quiere decir “¿dónde echo gasoil?”.

Si un camionero extiende los brazos hacia ambos lados y los mueve como si tocara un acordeón, quiere decir: “Mira, Papa, allá están echando. Pero la cola está fea”.

Debes conocer la zona para la que viajarás. Calcular el tanque, atento a lo que indica el tablero.

Mi viaje largo más reciente fue en enero de 2022. Llegué a Cumaná con un tanque. De regreso, hay que abastecerse.

5. No confiarás

Este oficio te enseña a estar alerta, te enseña a no confiar en nada ni nadie.

Si estás cargado de mercancía, simplemente no puedes, por ninguna razón, detenerte y bajarte del camión. Ni por una botellita de agua o para orinar en un monte. Te pueden sorprender. Asaltarte. Quizá cerca de una alcabala, donde uno pueda estar de cierta manera protegido.

***

El Gallo, compañero de trabajo de Juan Pérez, de 64 años de edad y tan alto como Randy Johnson, cuenta:

—Iba en caravana con un compañero. Él se dirigía a Maracaibo y yo para Barquisimeto. En La Encrucijada de Carabobo, él se desvió hacia Puerto Cabello, y aproveché para tomar la perimetral de Valencia y echar gasoil. Al salir de la bomba hacia la vía principal, me detuve para orinar. Cuando retornaba al camión, me sometieron tres sujetos. Uno se trepó en la ventana del copiloto, me apuntó con su arma y dijo: “Dame los reales o te dejamos pega’o”. El de la ventana del copiloto ya estaba sentado a mi lado y me hundió un punzón en la pierna. Le di lo poco que tenía y se fueron. Pudo ser peor, porque llevaba 15.000 kilos de mercancía y no me saquearon.

6. Precaución

Juan Pérez aconseja:

—Ve con cuidado si desconoces la vía, familiarízate con cada curva y recta. También debes saber exactamente dónde queda el local del cliente. Si no sabes, la situación se complica. Entonces, tienes que preguntar…, y no puedes estar preguntando mucho. Quién sabe si te tienen visteado y te siguen. Los malandros tienen un olfato desarrollado para las víctimas fáciles. Perciben que estás perdido. Huelen al extraviado, a aquel que no pertenece a ese lugar.

El Gallo cuenta:

—El año pasado me tocó despachar en La Vega. La factura indicaba una panadería ubicada por la zona Las Casitas, justamente por donde estaba la banda del Koki. Y yo me dije, “coño, vale, cómo voy a ir con el camión para allá”. Me encomendé a Dios. Desde hace años no transitaba por esa zona. A todas estas, la panadería nunca la conseguimos. Se mudaron. O los “mudaron” para la avenida O’Higgins. El dueño nos buscó y guio hasta su emprendimiento ubicado en un Misión Vivienda enorme. Si bien ya hoy el Koki está muerto, deben actualizar la dirección de esa factura.

Dice Juan Pérez:

—Y no olvidemos la velocidad. Tal vez conoces a un carajito en sus veinte con los reflejos de Fernando Alonso. Cualquiera afirma que es más piloto que Juan Pérez, porque yo no voy rápido. Puede ser un buen chofer, pero la experiencia se adquiere con el kilometraje. Yo tengo escuela. Puedo ir con velocidad en trayectos donde es posible. Sin riesgos. En rectas. La carretera en buen estado.

Juan Pérez, maestro camionero: años transitando carreteras en Venezuela

7. Averías

Si te accidentas debes llamar a la compañía. Aunque sepas poco de mecánica, debes afinar el oído y comunicar de dónde sale el ruido. Si este viene desde una rueda o del cilindro del motor. En este caso, destapas el motor e informas: “mira, a mí me parece que es una banda, un rodamiento”.

Y esto ocurre a menudo: ¡me está botando combustible! Se rompe la manguera y, por lo tanto, debes indicarles cuál manguera es. ¿Es la que va del filtro hasta los inyectores? Y los mecánicos saben la longitud y espesor de la manguera que deben sustituir.

Si te accidentas en Cumaná no puedes resolver de inmediato, porque en esos lares no hay talleres y la falla es complicada. El equipo de mecánicos de la compañía se encargará de buscar herramientas, llaves, serrucho, repuestos y trasladarse hasta dónde sea que te encuentres. Con toda la calma del mundo, nada de salir esmachetados. Nada de “apúrense, que es tarde”, como si se tratara del equipo automotriz de la Ferrari.

En estos momentos valoro esa paciencia que forjé como joyero. Debes aprender a respirar profundo y tomártelo con calma.

Me quedé accidentado el 20 septiembre de 2021, un día después de la erupción del volcán de La Palma, la isla en que nací. A eso de las 9:00 de la mañana, una válvula se me averió. Automáticamente se bloquean las cuatro ruedas traseras y el camión pierde movilidad.

A las 5:30 pm llegaron los mecánicos y no pudieron resolver. Desactivaron las ruedas y estas quedaron sin frenos. Poco a poco movilicé el camión disponiendo solamente de los frenos delanteros. Por fortuna, me encontraba a cuatro kilómetros del cliente, en Cagua.

Me permitieron dormir en la empresa. Anduve todo un día sin comer ni beber. Este es un trayecto que normalmente realizo en una hora de ida y otra hora de vuelta. Aquella fue una noche larga.

***

Dice Juan Pérez:

—Este oficio se compara al de un capitán y su barco. El capitán de un barco es el último que salta. Yo tengo que morir con el camión. Eso es ley de vida. Así esté varado en un lugar peligroso, lejos de Dios y de la civilización, allí debo permanecer, ante la posibilidad de un saqueo.

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8. “El retrovisor es mi sexto sentido”

Hace muchos años le di la cola a un compadre y este me preguntó: “Juan, ¿y usted tiene tortícolis?”, no, ¿por qué?, “porque yo lo veo en este plan”, dijo. E hizo el gesto de mirar hacia atrás repetidas veces como si ensayara un paso de baile. Le expliqué: No, hermanito, es que hay que estar pendiente de quién viene atrás.

Si retrocedes, le explicaría a un joven aprendiz, debes percatarte de que no hay autos detrás. Hacia adelante queda el negocio al que le acabas de despachar y no puedes avanzar más. Es recomendable que te bajes y te cerciores. Nunca sabes si justo en ese momento un motorizado distraído se ha estacionado allí. ¡Cuántos casos no se han dado…! O un transeúnte o alguien en silla de ruedas que espera a un familiar. Nunca sabes.

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9. “No te detengas”

No existe nada peor que viajar de noche.

Hubo un momento en que la compañía no podía costear los parabrisas de los camiones. Salíamos de noche y regresábamos con el cristal quebrado por los peñonazos.

Te arrojan piedras en la carretera para que te detengas. Y con el “¿qué pasó aquí?, ¿cómo se me partió ese vidrio?” viene el “¡ey, pégate pa’ll’á!”.

Meses antes de la pandemia y después de hacer un despacho, cruzaba Guarenas a 90 kph, con mi aire acondicionado a su máxima potencia, Reina Lucero a todo volumen, y ese golpe seco.

¿Me detuve? Jamás.  Le seguí dando, no frené.

Me estacioné más adelante en una alcabala y examiné el golpe.

—Eso no fue para atracarlo, señor, ya usted viene vacío. Y es casi mediodía —me dijo un guardia de tránsito—. Pero no se preocupe, los estamos cazando. Desde unos edificios verdes, por pura maldad esos chamos lanzan piedras a los carros para practicar puntería.

En otra oportunidad sí venía cargado. Fue en 2016, hacia las 2:00 pm. Me desplazaba a buena velocidad subiendo Paracotos. Recibí un certero peñonazo que dibujó una grieta en el parabrisas. Instantes después, me estallaron encima miles de trozos de vidrio.

Menos mal llevaba mis lentes. Solo me detuve en la próxima alcabala.

—Pero señor, ¿usted se ha visto cómo está? —me dijo el policía que me atendió—. Mire su cabello, está bañado de sangre.

El sentido de alerta es común para todos los camioneros. Los peñonazos, los piratas de carretera. Todo carro que observes detrás de ti crees que viene a robarte.

¿Cuál es mi método? Apenas alcanzo la próxima alcabala, me orillo a la derecha y ese auto debería continuar su camino. Aunque a veces pienso: “dígame si más adelante está esperándome”.

El miedo persiste allí. En la carretera.

Juan Pérez, maestro camionero: años transitando carreteras en Venezuela
Los camioneros suelen aparcar los vehículos de este modo para proteger la mercancía

10. La caleta

De camionero me atracaron varias veces. Una en Carapita y tres en Los Teques. Siempre escapé de la muerte. Los malandros usan el mismo modus operandi. De sorpresa se suben hábilmente a tu camión y te encañonan. En plena marcha nunca me les detuve. Ellos siempre esperan a que uno se detenga o baje.

Ya les tenía preparada la caleta por si ellos se aparecían. Recolectaba sencillo y usaba muchas ligas. Por fuera, ponía un billete de alta denominación, ya sabes, las trampitas. En caso de que me la pidieran, se las daba. Claro, tenía otra caleta, la caleta original.

—¿Dónde está la caleta?

—Aquí la tengo —respondía.

—¡¿No tienes más!?, ¡¿no tienes más!?

—No, solo eso.

Lo peor de este trabajo es la inseguridad.

Mi vida realmente corrió peligro cuando me secuestraron.

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Relato de un secuestro

Me interceptaron en la recta de Turagua…

—Bájate, bájate del camión o te meto un tiro.

Un par de minutos después, yacía boca abajo en la alfombra del Daewoo patasblancas. El que portaba el arma me hincó el cañón en la nuca.

Uno de los asaltantes tomó el control de mi camión. Se le notaba experiencia con vehículos de carga pesada. Me estaban cazando. Yo siempre estaba atento, vigilante, observando los retrovisores. Porque esa zona es conocida por la caña de azúcar y los piratas de carretera.

Ignoraba de dónde había surgido ese patasblancas. Con el tiempo, supimos que la banda estaba agazapada a un costado de un colegio, a la sombra de unos árboles, a la espera de que mi camión pasara.

Si arremetía contra el Daewoo para sacarlo de la vía, me arriesgaba a que me disparasen.

Indudablemente, no era la primera vez que asaltaban a alguien.

Se estacionaron y bajaron del Daewoo. Y me llevaron a mí con ellos. Con evidente torpeza, movilizaron el camión hacia una suerte de garita-galpón de puertas oxidadas y desniveladas, una casa larga y apenas más ancha que el camión, como si hubiera sido construida precisamente para esconder camiones robados. En la garita, pensé, descargarían la mercancía y quién sabe si desvalijarían el camión.

Uno de ellos, con voz de mando, dijo:

—¿Y ustedes todavía tienen a ese viejo aquí? Si nos paran en un operativo se forma un tiroteo. Desháganse del viejo.

De inmediato, uno de los sujetos me llevó hacia un monte.

Mis piernas temblaban.

Me apuntó y ordenó que no lo mirase. Caminamos un buen rato y en determinado punto me obligó a tenderme boca abajo.

Yo solo tenía ante mí el suelo pedregoso. Ese era mi horizonte. Apenas llegaba a distinguir los surcos que deja en la tierra la caña recién cortada. “Estoy en un cañaveral”, pensé. Aunque no veía nada más, sabía que nos manteníamos en la zona.

El secuestrador se entretenía con su arma, cargándola y descargándola, aseguraba y quitaba el gatillo, esnifaba cocaína. De pronto, me dijo:

—Mire, usted me recuerda a mi viejo. Tiene más o menos su edad. Le advierto, nosotros somos profesionales serios. Pero si usted se porta mal, muy a mi pesar tendré que pegarle un tiro.

Me vino con ese cuento.

Pasaron las horas y fue tanto el cansancio que me quedé dormido.

Cuando desperté, la vejiga se me iba a reventar.

Supliqué:

—Por favor, necesito ir al baño.

El pirata de carretera no contestó.

Recordé su amenaza: “Si me miras, te doy un tiro”.

No se escuchaba ni la bendita pistolita ni el sonido nasal de los pases que se lanzaba.

—Señor, puedo arrodillarme para orinar.

Silencio.

Me armé de valor y fui levantándome. Alcé los brazos, giré. Nada. Ningún rastro de aquel sujeto.

¿Cuánto tiempo tendría dormido? ¿Cuándo se habrá ido esa gente?

Estaba en shock y había perdido la noción de las horas.

Me había dejado a mi suerte. Le di gracias a Dios.

La pregunta ahora era hacia dónde me dirigía. Si camino en línea recta puede que me tope con la carretera o, por el contrario, me adentre más y más en el monte, me pierda y me agarre la noche.

Se escuchaba muy a lo lejos un ruido como de un abejorro que me daba vueltas. “Lo que faltaba”, pensé, “soy letalmente alérgico a las picadas”.

Como he visto tantas películas, ya mi entrevistador se habrá encargado de apuntar esto, pensé en numerosos personajes que a menudo se encuentran en una situación similar. Perseguidos, atrapados o secuestrados. O todas las anteriores.

Me dije: “Déjame buscar una pista…”.

Noté varios caminitos que se trazaban de forma extraña en el monte. “Este es el que tiene las ramas más pisadas”. Lo transité y el mundo se me hizo inmenso en aquel monte.

Juan Pérez, maestro camionero: años transitando carreteras en Venezuela

Recordé que mientras me mantenían en la alfombra del patasblancas, pasamos fugazmente por una oscuridad. Estaba casi seguro de que los maleantes habían dado la vuelta por debajo de la autopista que conduce hacia Valencia. También, como estaba en el piso de aquel auto, noté la sucesión de policías acostados de la recta de Turagua. Pero la prueba definitiva para saber dónde realmente estaba fue aquel sonido del abejorro. No se trataba de un insecto. ¡Era el rugir de los motores a lo lejos! La pista que buscaba era justamente una pista. Me encontraba relativamente cerca del autódromo internacional de Turagua Pancho Pepe Cróquer.

Caminé hacia el punto donde, intuía, se originaba aquel sonido.

Una hora después alcancé una calle adyacente al autódromo. Me topé con unos ciclistas. Traté de captar su atención y agité los brazos. Me quité la camisa y empecé a darle vueltas como las vendedoras de queso a la orilla de la carretera.

Los ciclistas me miraron con desconfianza. Pensarían que yo era un indigente o un loco. Se asustaron y aceleraron el pedaleo.

Unos cuantos autos y ciclistas después, un Fiesta redujo la velocidad. Contra todo pronóstico, se detuvo. Era una señora. Me dijo que había reconocido los colores de la empresa en mi camisa.

—Y conozco a Pedrito y a los dueños de la compañía. Ya los vamos a llamar. Pero antes, debemos poner la denuncia.

Abordé el auto ya más tranquilo. Pedrito era un querido compañero de trabajo. En el asiento trasero iba un niño con su uniforme de primaria. Se tomaba una Pepsi. Yo tenía la garganta seca, de la sed casi no podía hablar.

—Dale el refresco al señor —le ordenó mi salvadora.

El carajito empezó a llorar. Y yo me bebí esa Pepsi como si se tratara de la última Coca-Cola del desierto.

La señora realizó las llamadas pertinentes.

Comprobé en el reloj del auto que ya eran las 4:15 pm.

Las autoridades realizaron sus pesquisas y habían encontrado el camión dos horas antes. También habían atrapado a mis secuestradores. Se trataba de una banda que operaba en Santa Cruz y tarde o temprano cometerían algún error que los llevaría a la cárcel. Me interrogaron con las típicas preguntas: “Cuántos eran, hora. Marca del vehículo”.

Nunca me volvieron a llamar para dar más declaraciones. Ni siquiera para identificar a los piratas.

El camión estuvo tres meses en fiscalía.

Al mes, le comenté a Pedrito:

—Qué raro que esa gente a mí no me trató mal, no me amenazaron, ni intimidaron, ni lanzaron conchas de mango, a ver si me contradecía. El típico número del policía bueno y el policía malo.

Pedrito me confesó que había entrado antes y les había advertido que yo era de entera confianza.

Juan Pérez, maestro camionero: años transitando carreteras en Venezuela

III

“La nostalgia viene a hablar conmigo

con la radio yo consigo

espantar la soledad.

Voy de día un poco más veloz

de noche prendo los faroles

para iluminar la oscuridad”.

Roberto Carlos

Pandemia

Pese a ser un oficio solitario y de continuos viajes lejos del contacto con multitudes, lógicamente la pandemia ha afectado a los camioneros.

El Gallo comenta: “Uno debe estar resguardado. Hay quienes se quitan el tapabocas y no le paran. Si yo no me cuido, ¿quién va a cuidarme? En realidad, estamos luchando contra algo que no vemos.

Dice:

—La compañía nos provee de guantes desechables, mascarillas, geles en cantidades industriales. Esterilizan el camión.

Juan Pérez, maestro camionero: años transitando carreteras en Venezuela

El atuendo de Juan Pérez lo hace lucir como un explorador que se alista para acampar en Chernóbil. 

—Estuve mucho tiempo poniéndome los guantes con el peperito loco hacia adentro y la parte lisa hacia afuera. Una mañana coincidí con un colega en el Metro de Caracas. Me dijo muy diplomático como Ancelotti: “Papa, ¿usted siempre se pone los guantes así? Me disculpa el abuso, pero los tiene al revés”.

Juan recuerda:

—De covid-19 murió un compañero de Maracay. Él se cuidaba con medidas extremas. No salía de casa. Y se contagió en una cola para abastecerse de gasolina. Llega un momento en que se te olvida que tienes que mantener la distancia. La misma continuidad del trabajo te hace perder la noción del tiempo que vivimos. Esa repetición constante.

Añade:

—Se ha normalizado un poco el trabajo desde más o menos agosto-septiembre de 2021. Hace un año llegabas a un negocio y notabas la escasez de mercancía. Hasta el gerente abandonaba su escritorio y te echaba una mano con el despacho. Cuando llegaba me aplaudían. Ahora llegas y hay más camiones.

Juan Pérez, maestro camionero: años transitando carreteras en Venezuela

Tiempos recientes

Los últimos meses han estado tranquilos. El más reciente encuentro de Juan con los piratas de carretera fue el 2 de noviembre de 2021 en Las Tejerías. Fue un viaje lleno de contratiempos mecánicos y energéticos por falta de combustible.

Juan marchaba en caravana con algunos compañeros para buscar gasoil y en un momento de descuido, un pirata acróbata se montó sobre uno de los camiones. Pretendía saquearlos. Juan se percató y empezó a tocar la corneta: un timbre atroz capaz de irritar los tímpanos de cualquier oído. Al verse descubierto, el pirata acróbata saltó hacia la carretera y se perdió en un cerro cubierto de neblina.

Durante 2022 la tranquilidad ha persistido. Aunque por primera vez la palabra “retiro” aparece en el tablero de controles. En las conversaciones que escucha por descuido en el Metro de Caracas. En las señales de tránsito. En las transmisiones de grandesligas: “en octubre colgará los botines” dicen los comentaristas.

En las recientes semanas, Juan se ha despedido de varios compañeros que han optado por la jubilación. El tanque de la nostalgia señala full.

22 de abril del 22

El viernes 22 de abril, Juan Pérez tomó sus correspondientes vacaciones anuales. Seis semanas. Espera retirarse a finales de año. O antes. O después, en 2023. O 2024. Aún no sabe.

Al concluir su examen médico obligatorio previo al inicio oficial de vacaciones, se cruzó con un colega en el estacionamiento. Este llegaba de Barquisimeto. Se saludaron. Juan le preguntó muy seriamente:

—¿Cuál era el line-up de los Cardenales de Lara cuando ganaron el campeonato en 1990?

Juan Pérez, maestro camionero: años transitando carreteras en Venezuela

Juan Pérez, El Papa, aparcó su Iveco. El cuentakilómetros marcaba una cifra de Salón de la Fama de camioneros venezolanos: 353.824 kilómetros en 10 años. Por lo pronto, el tubo de escape del camión de Juan Pérez seguirá echando humo blanco.  

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