No hay nada más dulce que la tierra de uno y de sus padres

La Odisea, canto IX

Si a usted le gustan la historia, la geografía y el lenguaje, a usted le gustan las toponimias. Si usted mantiene un lazo profundo de afecto con su terruño, con su estado, con su región, con el país o —para ser ambicioso del todo— con este planeta y el universo, ¡a usted le gustan las toponimias! 

No nos podemos amilanar a causa de lo aparentemente “estirado” del término, de origen griego, por supuesto: τόπος (tópos, “lugar”) y ὄνομα (ónoma, “nombre”). Luego, estamos hablando del estudio de los nombres de los lugares, independientemente de su ubicación, y a esos nombres los llamamos topónimos. Si indagamos en el origen de los mismos y seguimos paso a paso su historia, estaremos haciendo una investigación toponímica y, entregados a esa tarea, mantendremos vivas nuestra historia, nuestra identidad, nuestra tradición y nuestra cultura.

¿Quién puede negar que es apasionante descubrir que mi Puerto Cabello/ pedacito de cielo/  se llama así porque es manifiesta la quietud de sus aguas, donde se puede atar el más grande barco con un solo cabello, casi sin necesidad de ancla; o que el gran Roraima, en lengua pemona, significa el gran árbol del merey? Tambièn resulta emocionante saber que Pampatar es la casa de las ostras; Porlamar, el pueblo de la mar; Neverí, el arroyo de los cangrejos, o que nuestra Barcelona se fundó en un sitio llamado por cumanagotos y chaimas Apaicuar, la quebrada de los recuerdos, tal y como lo reseñara el antiguo cronista de la ciudad, mi abuelo, Salomón De Lima, en su obra homónima al respecto.

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Las toponimias en Venezuela son de diversos orígenes y al pueblo de Bailadores en Mérida se le llamó así por la curiosa manera de pelear que tenían los indígenas de la zona, quienes enfrentaban a los conquistadores españoles con ágiles movimientos como de baile: cuando salen a flechar (…) nunca están seguros con el cuerpo, sino meneándose y moviéndose y saltando de una parte a otra, al decir de Fray Pedro de Aguado; así como en cierta zona del Táchira lo hacían tratando de alejar al hombre blanco con muchos gritos: por ser muy briosos, con rústicos ademanes y bárbaras griterías (…) daban voces y grita, y de allí el nombre del pueblo de La Grita, tal y como lo plantea el mismo cronista de Indias.

También impresionan algunas toponimias por su sonoridad. Así, muy cerca de Calabozo tenemos a Corozo Pando, donde se recuerda a una de estas numerosas palmeras con espinas, cuyo tronco seguía una curva en su longitud: pandear es torcerse encorvándose, como bien lo define el Diccionario de la lengua española.

En Trujillo tenemos a Pampán, pueblo que marca el comienzo de la gran cordillera de Los Andes. Y un poco más al sur está Pampanito. También encontramos allí a Chejendé, de dos maíces, donde se cosechaba el maíz dos veces al año. Trujillo también posee la curiosidad de designar con el mismo nombre a tres capitales de municipios diferentes, que comparten el nombre de El Paradero, en los municipios Márquez Cañizales, Escuque y Campo Elías. Así que averigüe a cuál se refiere antes de visitar alguno, no sea que termine en el paradero equivocado.

Nos dice Humboldt que Bergantín, en el norte de Anzoátegui, debe su nombre a que se ubica en un valle muy profundo en la serranía, que se parece al interior de un barco. 

Hay quien ha planteado que Camurí no proviene de una fuente indígena, sino que surge de la deformación de camburí, tal y como llamaban los guanches al cambur, y ahora sabemos por qué en Venezuela utilizamos ese sonoro término para denominar a la banana, aunque se necesitaría una indagación más profunda para saber por qué un lexema canario se habría impuesto en el litoral central venezolano.

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Barquisimeto es el río sucio o de cenizas y, efectivamente, el río Turbio discurre en sus predios. Curiosamente, a El Tocuyo lo llamaron así los tucui a partir del agua de yuca, sedimento en la preparación del casabe, cuya imagen dio el símil para el nombre de la capital de Lara, porque les parecía que las aguas del posteriormente llamado río Turbio estaban mezcladas con ese residuo. Ahora sabemos que el pique entre larenses es más antiguo de lo que pensábamos: Ah, mundo, Barquisimeto, dijo un barquisimetano/ yo digo ah, mundo, El Tocuyo, porque yo soy tocuyano.

¿Y qué decir de nuestro querido estado Mérida, donde las diversas etnias indígenas dejaron sus nombres por doquier? Fueron los chachopos, los torondoyes, los jajíes, o los mucurubaes, quienes dieron el apelativo a los pueblos homónimos. No hay un consenso entre nuestros antropólogos sobre si el prefijo mucu (a veces cambiado a muque, muco, o moco) significa lugar o gente. El caso es que dio origen a topónimos tan sonoros como Mucuchíes, Mucubají, Mocotíes, Mucumbá o Mucumbú. 

Guayana significa tierra de muchos ríos y allí está el imponente Esequibo, ¡es nuestro!, cuyo nombre es de origen confuso, ya que se ha propuesto la deformación del apellido del explorador Juan de Esquivel, a las órdenes de Alonso de Ojeda, o de Francisco de Esquivel, acompañante de Diego de Colón.

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El estado Portuguesa debe su nombre al ahogamiento accidental de una mujer de origen lusitano en el río y los oriundos del lugar, al señalar el sitio, comenzaron a referirse a la zona diciendo: “¡Allá, donde se ahogó la portuguesa!”. Allí también está Biscucuy, como en Barinas queda Bum Bum, Manicuare en Sucre, o Sipararivatevi en Amazonas. Y Falcón, Yaracuy y Carabobo comparten vecindad con el Golfo Triste, cuyas aguas propician pensamientos melancólicos en el alma, al decir del Conde de Ségur en 1783.

Quien sabe los nombres sabe las cosas, nos recuerda Platón en su Cratilo, uno de sus diálogos más educativos pero, quizás, de los menos estudiados. Lo primero que voy a decir es mi nombre, le aclara Ulises al poderoso Alcínoo, antes de comenzar a relatarle sus aventuras. A su vez, García Márquez, al referirse a la fundación de Macondo, nos cuenta: el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre. 

Nuestra tierra sí cuenta con nombres muy añejos y ellos son las letras de nuestras canciones. Con ellos aprendimos a cantar y enseñamos a cantar a nuestros hijos, y ellos les dirán a los suyos: aquí estos nombres son poemas que hacen brotar la belleza en los labios, nombres que entregan otro sentido a nuestras vidas y que se escucharán con fuerza en nuestra despedida: porque en verdad son dulces los nombres de nuestra tierra y la de nuestros padres.

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