Frente al piquete de policías vestidos con equipos antimotines y escudos transparentes, Evelis Cano rompe en llanto mientras exige poder ver a su hijo Jack Tantak, detenido en el comando de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) conocido como Zona 7, en Caracas. “No aguanto más. Te entrego mi vida por la libertad de mi hijo, Señor”, exclamó tendida en el asfalto el 20 de enero, en un momento cuyo video se hizo viral en redes sociales.
Son muchas las lágrimas que ha derramado desde que llegó a ese lugar el 8 de enero, al enterarse de las excarcelaciones anunciadas por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez. Forma parte de un grupo de más de 25 familias que permanecen en vigilia permanente frente a la Zona 7, en una lucha que para ellos se ha convertido en un acto de resistencia. Las autoridades no solo les impiden llevar a sus seres queridos comida, ropa o medicina, sino que niegan cualquier información sobre su situación judicial, e incluso su propia existencia.
En la subida para el comando, ubicado en la zona industrial de Boleíta, al este de la ciudad, 14 carpas están concentradas a un lado de la vía, delimitadas por un cordel. Cada una de esas carpas alberga una historia distinta sobre detenciones arbitrarias, violaciones del debido proceso, angustias e incertidumbres. Pero en la presencia de cada uno de esos familiares, con madres, padres, hermanos y parejas, hay también un sentimiento de comunidad surgido de la esperanza.
“Hoy en día le doy las gracias a Dios por todo este proceso, porque yo sé que todo lo malo que estamos viviendo ahorita o ese sabor amargo que tenemos en la boca, en las entrañas, las madres, las esposas o ese dolor que tenemos en el corazón, todo va a orar para bien y pronto estamos cerquita de ver nuestro milagro realizado”, reflexiona Cano en entrevista para El Diario.
Una gran familia
Las familias de Zona 7 no son las únicas que esperan ese milagro. Desde el 8 de enero se realizan vigilias parecidas en otras cárceles venezolanas. Para el 22 de enero, organizaciones como Justicia, Encuentro y Perdón (JEP) contabilizan alrededor de 170 excarcelaciones en las últimas semanas, aunque advierten que 949 detenidos siguen tras las rejas. En muchos casos, el anuncio de Rodríguez hizo que aparecieran nuevos casos que no estaban registrados por los activistas, por lo que no se sabe con certeza cuántos presos políticos hay realmente en Venezuela.
Familiares y activistas estiman que alrededor de unas 80 personas deben estar en la PNB de Zona 7. Muchos de los familiares llegaron siguiendo una corazonada, tras meses buscando en otros centros de reclusión sin éxito. Con el tiempo, como una bola de nieve, a ese campamento fueron llegando más y más personas, formando una comunidad que se turna para pernoctar en las carpas mientras el resto está en sus casas. Muchos consideran a Cano como la líder del grupo, o al menos su vocera. Una responsabilidad surgida desde el respeto ganado, pues se ha convertido en el rostro de su causa. Es la encargada de hablar con los medios de comunicación, de negociar con los policías o de enfrentarlos cuando es necesario.
Con una camisa blanca que dice “Libertad para todos los presos políticos”, Cano es la viva representación de lo que el escritor Andrés Eloy Blanco quiso plasmar en su poema Los hijos infinitos: “Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera. Y cuando se tienen dos hijos, se tienen todos los hijos de la tierra”.
Dice que Jack no es el único por el que lucha, pues para ella todos sus compañeros en el campamento se han convertido ahora en su familia, y se quedará hasta ver al último preso político reencontrarse con ellos. “No quiero ver a una sola madre más llorar porque tienen a sus hijos detenidos”, acota.
Normalmente suele ser una persona bastante animada, incluso bromista, pero en su trato con los demás refleja precisamente una necesidad casi maternal de cuidar a todos. Sus palabras son firmes, como manifiestos que albergan convicciones inamovibles.
Siempre está acompañada por Mileidy Mendoza y Yaxzodara Lozada, quienes también han representado al grupo en los actos hechos por organizaciones como el Comité por la Libertad de los Presos Políticos (Clippve). A lo interno, todas se reparten tareas como coordinar la logística de las provisiones o repartir panes para la cena. En una mesa hecha con cajas de madera y cubierta por un toldo hay botellas de agua, refrescos y envases de comida a disposición de cualquiera, incluso de los policías que los vigilan. Allí todo se comparte.
Aunque ahora cuentan con carpas, colchonetas y comida enviada diariamente por estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (UCV), las condiciones de vida de los manifestantes no son sencillas. Tuvieron que improvisar un baño en una caseta abandonada con ventanas transparentes sin privacidad. A veces le permiten a las mujeres usar el baño de un galpón cercano, aunque para otras necesidades deben caminar hasta el centro comercial Líder, a más de 10 cuadras.
De la guerra a la paz
La jornada del 20 de enero fue particularmente tensa para todos en el campamento. Ya tenían 13 días y 14 noches de vigilia allí. La noche anterior, se había corrido el rumor por una fuente dentro del comando de que José Gregorio Hernández Polo, uno de los detenidos de 59 años de edad, había muerto de un presunto infarto. En un video difundido en redes sociales se ve a una mujer gritar desesperada a un oficial, ante la falta de información y apatía de las autoridades. Casi nadie pudo dormir después de ese episodio por la inquietud de no saber qué ocurría realmente adentro.
Al momento de publicación de este trabajo, los familiares de Hernández Polo no han recibido una respuesta oficial sobre el estado del abogado zuliano. Con esa incertidumbre aún rondando sus mentes, la mayoría de los manifestantes fue hasta Parque Carabobo, en el centro, para participar en una actividad de Clippve frente al edificio del Ministerio Público. Cano sintió que debía cuidar el campamento, por lo que se quedó junto a otras cinco compañeras.
Su intuición fue acertada. Esa mañana, un contingente antimotines de la PNB llegó a la estrecha calle con un vehículo de barrera desplegable, comúnmente conocido como “murciélago”. Trataron de desalojarlos por la fuerza, pero las mujeres resistieron acostándose en el suelo para impedir que arrasaran con las carpas. “Les dijimos que no nos íbamos a ir ni a dejar someter por ellos. No sé de dónde sacamos tanta fortaleza”, declaró Cano.
Al final logró un “acuerdo de convivencia” con los funcionarios. El campamento pudo permanecer en el mismo sitio, aunque ahora con el “murciélago” al lado con una presencia casi opresiva. Una falla le impedía abrir del todo su barrera, y una etiqueta roja con los ojos de Hugo Chávez en su parte trasera quedaba justo sobre las carpas, vigilante como el Gran Hermano. Aun así, para Cano era una pequeña victoria asegurar una noche más en la Zona 7, y sobre todo, una que fuera tranquila.
“Nosotros también tenemos familia”
Al caer la noche, la calma llegó con el frío, pero el ambiente permanecía tenso. Los policías resintieron la llegada de los estudiantes de la UCV, quienes en todos estos días se han encargado de llevarles a las familias comida e insumos, así como de acompañarlos en sus actos de protesta.“Ya le dieron a los medios lo que buscan, ahora váyanse”, dijo el oficial a cargo a los jóvenes que encaraban la muralla de escudos y de funcionarios con miradas cansadas.
Los familiares debieron mediar en la situación. Todos se calmaron y llegaron a un acuerdo para mover la caseta del baño, pues otro “murciélago” venía en camino, ahora con una barrera funcional. Entre varios policías trataron de arrastrar la pesada estructura metálica sin mucho éxito, mientras unos metros abajo, los estudiantes se reían y reproducían sonidos burlones en el megáfono. “Vamos a respetarnos”, volvió a exigir el jefe policial, ya claramente molesto.
Muchos policías no escondían su incomodidad con la situación. Algunos, reconocieron delante de las familias que comprendían hasta cierto punto sus reclamos, pero que no podían hacer nada pues solo seguían órdenes de sus superiores. “Nosotros también tenemos familia. Yo llego a mi casa, me quito el uniforme y soy una persona de carne y hueso como ustedes”, confesó un policía mientras hablaba con algunos familiares.
Los ánimos bajaron y las partes comenzaron a entenderse. “Si nos liberan a nuestros muchachos, les bajamos esa caseta hasta la avenida si quieren, por ellos sacamos la fuerza”, dijo una mujer entre risas. Los policías también sonrieron y no lo pusieron en duda. Para cuando llegó el reemplazo del “murciélago”, junto al cambio de guardia, el acuerdo de paz parecía prometer algo más que una simple convivencia.
Ruido
Uno de los acuerdos a los que Cano llegó con la policía fue que respetarían el perímetro de seguridad detrás del “murciélago”, pero que podrían pasar una vez al día para rezar el Padre Nuestro y cantar el Himno Nacional frente al portón verde del comando. Al llegar el relevo que estaría de guardia toda la noche, el oficial a cargo puso al tanto al nuevo comandante, quien aceptó y además les aseguró a los familiares que los funcionarios estaban a la orden para cualquier cosa que necesitaran.
Era un cambio de actitud que los sorprendía a todos, tras días de encontronazos y atropellos. Una diligencia distinta a la del día 10 de la vigilia, cuando una mujer con problemas de diabetes se descompensó en una de sus protestas y ningún oficial se movió de su formación para socorrerla. Al final los estudiantes tuvieron que llamar a una ambulancia de Salud Chacao para que la atendieran.
Alrededor de las 10:00 pm, los familiares cruzaron la barrera para cumplir su ritual como cada noche. Si era verdad que sus seres queridos estaban presos tras esas paredes, querían que supieran que afuera estaban luchando por ellos. Al cantar el Himno Nacional, los oficiales alrededor de ellos se pararon firmes, repitiendo silenciosamente con ellos cada una de las estrofas.
Silencio
Casi dos semanas de lucha ya pesaban sobre la gente en el campamento, quienes sin mayor cosa que hacer, poco a poco se fueron a dormir después de cantar el Himno. Los estudiantes se marcharon también a descansar en sus casas, al igual que una buena parte de los familiares que viven en la ciudad. En las carpas apenas se veían algunos destellos de las luces de los teléfonos.
Un grupo de misioneros de una iglesia cristiana se acercaron a repartir café y chocolate caliente a los todavía despiertos. También le ofrecieron a los oficiales, que al ver el ambiente tranquilo rompieron sus filas para sentarse en el muro de un edificio adyacente, dejando los escudos y equipos apilados contra una pared.
Las horas pasaron hasta que la madrugada convirtió la calle en un campo desolado donde el silencio apenas era superado por algunos ronquidos desde las carpas. Solo quedaban Evelis, Mileidy y Yaxzodara sentadas al lado de la mesa de comida. El agotamiento ya se hacía visible en sus rostros, y la energía que irradiaban más temprano se apaciguó hasta volverse reflexiva, casi melancólica.
Fue entonces cuando las tres se permitieron compartir las historias que las llevaron a estar allí.
Jack, el hijo de Cano, fue detenido en noviembre de 2025 al salir de su negocio en Charallave. Cuenta que lo vincularon al caso del exdiputado Fernando Orozco, quien también está recluido en Zona 7. El dirigente de Voluntad Popular sufrió una fuerte persecusión, en la que los funcionarios desmantelaron por completo su casa, incautaron sus vehículos y detuvieron a su esposa, a su hijo e incluso a su expareja, en una práctica señalada de Sippenhaft, es decir, usar a allegados de un disidente político como medio de tortura psicológica.
Evelis también fue una víctima circunstancial de esa Sippenhaft. Su hijo, de 31 años, regenta un autolavado y se dedica a la compra y venta de vehículos, por lo que meses antes había contactado a Orozco para comprarle una camioneta tras verla en un aviso en Internet. No se conocían antes de eso, pero el exdiputado ya era objeto de vigilancia estatal, y la foto de ese encuentro bastó para que Jack fuera incriminado.
No se sabe los cargos que le imputan, pues tanto Orozco como él jamás fueron presentados en tribunales. Por más que Evelis preguntó en todos los comandos policiales de Caracas y los Valles del Tuy, no fue sino hasta días antes del anuncio de Jorge Rodríguez que se enteró de que Jack estaba en Zona 7 de boca un funcionario en una de sus muchas rondas de búsqueda.
Familias separadas
Para Mileidy Mendoza la lucha por la libertad de su esposo, Erick Díaz, también ha sido un proceso complejo que ha separado a su familia. Ambos se dedican a proveer iluminación para eventos y justamente el 17 de noviembre de 2025 lo llamaron para montar el escenario de una marcha oficialista. Ella lo ayudó a preparar las maletas con luces y extensiones, pero nunca llegó a su pauta. En el camino unos funcionarios lo abordaron y se lo llevaron. Lo último que supo es que lo acusaban de llevar armas en esas maletas que ella misma le vio guardar.
Mileidy tiene dos hijos de 8 y 9 años de edad. Se quedan en casa de un familiar mientras ella permanece en la vigilia, y reconoce que les ha tocado madurar prematuramente por la situación. Al principio no quería decirles que su padre estaba preso, aunque debió hacerlo en diciembre “con el corazón arrugadito”, debido a que muchas personas indiscretas los abordaban para preguntar por él. “¿Cómo le preguntan eso a un niño?”, reclama con la voz quebrada.
Aquella Navidad fue complicada, pues fue la primera que vivían sin Erick, y haber visto a sus hijos llorar le dio a Mileidy el impulso para mantenerse luchando en Zona 7, aunque muchas veces los extrañe. “Ayer me fui a mi casa a descansar, pero estaba sola y no pude dormir pensando en mi pareja y mis hijos. Honestamente me siento más cómoda acá porque estoy más cerca de él y puedo ser útil a las demás”, comenta. En cierta forma, encontró en aquellas personas con su mismo dolor la familia unida que necesita para sobrellevar la incertidumbre.
El mismo día que Erick desapareció también arrestaron a Joel Bravo, el esposo de Yaxzodara Lozada. Funcionario de la División de Investigaciones Penales (DIP) de la PNB, recuerda que ese día se sentía mal por un virus, pero igual fue a trabajar. Al llegar a su comando en Maripérez, su propio jefe lo puso bajo custodia y Yaxzodara no volvió a saber de él. Le preocupa que su estado de salud se haya complicado desde entonces.
Un contacto dentro de la PNB le confirmó que Joel estaba recluido en Zona 7 y que su caso era por razones políticas, aunque no pudo explicarle más. Ni en Fiscalía ni en tribunales encontró tampoco indicios de la razón por la que sus propios superiores lo apresaron. “No nos dejan llevarle comida, no nos dejan llevarle medicinas ni ropa, siempre nos dicen que él no está allí. Es una angustia todos los días”, cuenta Yaxzodara, quien muchas veces es acompañada por la mamá de Joel en sus vigilias.
Certezas inciertas
Cano fue una de las primeras madres en concentrarse en Zona 7 la misma noche del 8 de enero. Tras escuchar el anuncio de Jorge Rodríguez, salió de su casa en la población de Ocumare del Tuy, en el estado Miranda, con la esperanza de recibir a su hijo apenas cruzara la puerta hacia la libertad. Allí se encontró a Mileidy y Yaxzodara, quienes tuvieron el mismo impulso que ella de buscar a sus parejas en ese lugar.
Las horas pasaron sin ser atendidas siquiera por los oficiales, quienes seguían negando tener presos políticos adentro. Del apuro ninguna se había preparado para pasar la noche en la intemperie, pero igual se quedaron y durmieron en la acera, abrazándose para mantener el calor. “Desde esa noche comenzó nuestra tortura”, observa Cano, señalando las carpas. Al principio no contaban con nada, ni siquiera apoyo de las organizaciones ni los medios de comunicación que ese mismo día se apostaron en cárceles más conocidas como El Helicoide o El Rodeo.
De hecho, en ese momento muy poca gente sabía que habían presos políticos en Zona 7. Aunque el lugar fue bastante mediático en 2024 por encerrar a cientos de jóvenes detenidos en las protestas contra los resultados electorales del 28 de julio, con el paso de los meses todos fueron trasladados a otras prisiones, por lo que el comando quedó desocupado. O eso es lo que la mayoría de los activistas pensaba.
Los familiares creen que a partir de noviembre de 2025 el lugar se volvió a llenar de prisioneros que, por alguna razón, las autoridades querían mantener desaparecidos. Sin embargo, muchas de las familias encontraron la forma de ubicarlos allí tras meses de búsqueda infructuosa en cada calabozo o comando posible.
Por ejemplo, Mendoza lo confirmó al conocer a un exprisionero que estuvo en Zona 7 y que reconoció a su esposo al verlo en una fotografía. En otros casos los propios guardias han reconocido extraoficialmente los nombres de varios de los detenidos, entre susurros discretos, pero que les dan a las familias una certeza a la cual aferrarse.
Las voces de afuera y las de adentro
Las tres mujeres acordaron permanecer frente a Zona 7, pero los primeros días fueron difíciles. No tenían un techo para cubrirse del sol y apenas consiguieron unos trozos de goma espuma en un basurero para sentarse y dormir. En una ocasión llovió y quedaron empapadas al no tener dónde resguardarse, para luego secarse con el propio sol. “Es súper complicado todo lo que nos ha sucedido, aunque nosotros estamos firmes. No nos vamos a mover de este lugar”, comenta Cano al respecto.
Al tercer día, Mileidy y Yaxzodara debieron irse a ver a sus hijos, pero Cano permaneció junto a otras dos mujeres que se sumaron buscando también a sus seres queridos. En ese momento tuvieron el apoyo del periodista Seir Contreras, quien visibilizó su caso, y de Moisés Gutiérrez, abogado de la Coalición por los Derechos Humanos y la Democracia. Pronto descubrieron que no estaban solas, y cada día aparecían más personas que, como ellas, sabían que sus seres queridos estaban presos allí.
Cuando cantaron el Himno frente al portón verde el 10 de enero, finalmente tuvieron la respuesta que llevaban meses esperando. Escucharon tras las paredes del comando el grito de casi un centenar de voces que cantaban con ellas y exigían libertad. Evelis asegura que entre ellas reconoció la voz de Jack.
La emoción se convirtió en preocupación cuando los gritos se callaron de pronto y vieron patrullas salir a toda velocidad con las sirenas encendidas. Esa noche se enteraron que Edison Torres, un oficial de la Policía del estado Portuguesa de 52 años de edad y desaparecido desde el 9 de diciembre de 2025, se descompensó minutos después de cantar el Himno y murió al llegar al hospital. El Ministerio Público atribuyó la causa a un “evento cerebrovascular seguido de un paro cardíaco”. Desde entonces solo han percibido silencio en el interior del comando.
El primer preso político que salía de Zona 7 tras el anuncio de Rodríguez lo hacía sin vida. Al día siguiente, José Milla, Jesús Castillo, Néstor Torres y Magdiel Escalona fueron excarcelados del mismo lugar y escoltados en patrullas negras directo a Guanare, para asistir al funeral de Edison Torres. Todos eran policías y habían sido detenidos por criticar la gestión del gobernador de Portuguesa y de sus superiores en un grupo de WhatsApp administrado por el fallecido.
El dolor como arma
La muerte de Edison Torres no solo reveló que sí habían presos políticos en Zona 7, sino también la gravedad de las condiciones inhumanas en las que se encontraban. Muchos rezan por la salud de José Gregorio Hernández Polo, esperando que no sea la segunda víctima de la desidia en aquellos calabozos. En el fondo, también rezan para que sus propios familiares detenidos no estén en una situación similar.
Cano señala que con el paso de los días, la visibilidad de su lucha en redes sociales ayudó a sumar cada vez más apoyos. Ese 20 de enero algunos familiares que hasta entonces no habían denunciado sus casos por miedo decidieron unirse. Un hombre sentado en un banquito mira todo desde lejos, sin integrarse al grupo. Es su primera noche y no conoce a nadie, pero luce tranquilo como quien ya ha pasado por muchas penurias estoicamente.
“Toda esta situación ya nos quitó el miedo. Lo que tenemos es indignación y expectativa de ver si cumplen su promesa de liberar a los presos políticos”, señala. Desde diciembre está buscando a su cuñado, quien fue detenido por publicar un estado de WhatsApp contra el gobierno. Acudió a Zona 7 al ver en las publicaciones de sus vigilias.
Precisamente el llamar la atención fue algo que también dificultó la estadía de los familiares en esa calle. Cuando no superaban las siete personas, los oficiales simplemente las ignoraban y podían estar frente al comando sin problema. Luego, tras la muerte de Edison Torres, los oficiales se volvieron hostiles y comenzaron los piquetes antimotines y los intentos de desalojo.
En una ocasión, Cano se acostó en el suelo con una manta y durmió a los pies de los guardias. Aquella fotografía se viralizó en redes sociales, y fue compartida incluso por la premio Nobel de la Paz, María Corina Machado. La madre, ahora convertida en activista, aclara que lo hizo para impedir que los oficiales marcharan sobre el campamento y las desplazaran.
“Les dije ‘si ustedes quieren seguir avanzando me van a tener que matar, porque aquí voy a dormir. Ahora les toca a ustedes cuidarme mi sueño. Cesen las armas, porque las únicas armas que tenemos son el dolor de estas madres’. Es un llanto que llevamos por dentro. Y la otra arma que tenemos es a Dios, la oración, una vela, una Biblia, la bandera nacional y el Himno Nacional de Venezuela”, explica ya con los ojos vidriosos. Definitivamente todavía le quedan muchas lágrimas para derramar.
Cigarro y café
Un par de policías se acercaron al toldo y le preguntaron ingenuamente a las mujeres si vendían cigarrillos. No parecen tener más de 25 años de edad y miraban con añoranza los refrescos y panes sobre la mesa. Evelis sonríe. “No los vendo, los regalo”, bromea y le pide a Yaxzorada dos cigarrillos. También les ofrece del chocolate que dejaron los misioneros cristianos en un envase de agua recortado.
A lo largo de la madrugada más oficiales se acercaron tímidamente para comer y beber agua en la mesa, incluso después de que Evelis ya se había acostado a dormir. Ahora los atendía otra mujer que se había sentado para cargar el teléfono, incapaz de conciliar el sueño. Al poco tiempo, casi todo el grupo de policías estaba reunido allí, quizás aprovechando la soledad de la noche para relajarse y por fin hablar sobre videojuegos, sus planes para Carnavales o el último patrullaje.
Uno de ellos confiesa que tiene varios días sin ir a casa. Más temprano estuvo custodiando otra manifestación y probablemente al salir el sol deba seguir su jornada de pararse firme y sostener su escudo en alguna parte. A unos metros de él, sentado a un lado del “murciélago”, un compañero recortaba con las manos un trozo de cartón, visiblemente aburrido, y otro jugaba con unos gatitos bebés que correteaban por la calle.
La lucha de todos
El pacto de convivencia se rompió a las 5:00 am, cuando se presentaron los jefes del comando para una supervisión. Alrededor de 10 motos de alta cilindrada llegaron de la forma más ruidosa posible, haciendo que algunas de las personas del campamento se despertaran con el rugido de sus motores. Llevaban uniformes tácticos con la bandera del Decreto de Guerra a Muerte de 1813 en sus chalecos y pañoletas rojas en sus cuellos. Algunos con pasamontañas y otros con lentes oscuros. Uno de ellos miró el campamento y esbozó una sonrisa burlona.
“Estas son las cosas con las que no estoy de acuerdo. Si ellos están tranquilos, ¿cuál es la necesidad de hacer eso? Pero bueno, ese es su comando y uno no puede decir nada”, comentó un policía con resignación viendo la escena.
Tampoco ayudó en las horas siguientes, tras el cambio de guardia, cuando aquellos jóvenes que tomaban café y reían con los familiares fueron relevados por otro piquete de semblantes duros y comandantes intransigentes. Mientras los familiares hacían un acto en la tarde para orar por los presos políticos, en el techo del “murciélago” instalaron un par de cámaras de vigilancia, apuntando directamente a las carpas.
Cano nuevamente tuvo que mostrar su carácter y enfrentarlos. “¿Acaso ahora nos van a ver desnudas?”, dijo señalando la caseta del baño con sus ventanas descubiertas. Un pendón con los rostros de los presos políticos colgaba de las dos alas del “murciélago” como señal de protesta. “Yo te retiro eso de allí, y ustedes retiran las cámaras”, buscó negociar Cano.
La estadía en el campamento de Zona 7 es como un sube y baja. Hay días buenos y otros malos, pero a pesar de las carencias y de los momentos de rabia, Evelis, Mileidy y Yoxzdara recuerdan el primer día, cuando enfrentaron solas el miedo y el desasosiego. Ahora ven las carpas, el toldo y toda la comunidad que se fue construyendo espontáneamente alrededor de la causa y saben que aún tienen bastante por hacer. Afirman que piensan quedarse incluso si sus propios familiares son excarcelados, porque han asumido como suyas las historias, sueños y esperanzas de todos los que resisten allí.
También entienden que su lucha las trasciende, pues se repite en El Helicoide, El Rodeo, Tocorón, Yare y todas las cárceles donde hay madres esperando abrazar a sus hijos. Quizás en esa lucha no solo esté reflejada la expectativa de libertad de un país, sino también el propio espíritu de la reconciliación nacional, compartiendo un café en el frío de la noche, esperando ver el amanecer.