Durante años, para millones de venezolanos que se vieron en la necesidad de emigrar, la idea de regresar al país quedó suspendida por un tiempo indefinido. El retorno era un deseo íntimo, pero poco viable frente a las condiciones económicas, situación política y la ausencia de expectativas reales. Sin embargo, tras los acontecimientos ocurridos el 3 de enero de 2026, que derivaron en la detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, ese horizonte comenzó a modificarse. Para algunos venezolanos en el exterior el regreso dejó de ser una fantasía lejana y pasó a considerarse como una posibilidad concreta, incluso un plan de vida.
“Desde el 3 de enero no es solo una consideración, es un plan de vida. Tengo tiempo con ganas de regresar, pero no lo veía posible por el aspecto económico. Ahora voy a regresar a Venezuela este año”, explicó la venezolana María Milagros Carreño Voigt, en una entrevista exclusiva para El Diario.
Carreño es docente jubilada de 70 años de edad, nacida y criada en Caracas, pero radicada en Estados Unidos desde 2014. Relató que su decisión de emigrar se dio en el momento en que se dio cuenta de que su jubilación y pensión no le permitían vivir dignamente en el país.
Carreño se describe como una persona afortunada, pues vive en EE UU como ciudadana americana, debido a que su madre nació en Puerto Rico. Aun así, aunque logró estabilidad laboral en el sistema educativo estadounidense, describe una vida marcada por la rutina y la distancia emocional.
“Aquí te pueden tratar bien, pueden ser cordiales, pero es distinto. Nunca como en Venezuela. Siempre te hacen sentir que eres un extranjero (…) No estamos acostumbrados a tanta soledad, a tanta distancia entre seres humanos. Mi vida aquí consiste únicamente en ir al colegio y regresar a casa”, contó.
Son esas vivencias y el amor por su país de origen lo que la han llevado a plantear su retorno, con el objetivo de encontrarse con el calor de la familia, las vistas de su ciudad natal y los sabores que dejó atrás cuando emprendió su viaje fuera de Venezuela.
“Espero levantarme cada día solo para mirar al Ávila y abrazar a mis seres queridos, en un abrazo que cubra estos 12 años de anhelos”, enfatizó la venezolana.
Cuando la comodidad no sustituye el deseo de volver
El sentimiento de añoranza por la tierra natal no solo lo experimentan quienes llevan muchos años fuera de Venezuela, sino también aquellos que migraron recientemente. Ese es el caso de Carlos Rivera, oriundo del estado Táchira.
El venezolano de 31 años de edad llegó a Estados Unidos hace más de un año con parole humanitario. El detonante de su salida del país fue su intento de sostener un emprendimiento en medio de la crisis económica.
“Luché contra la inflación hasta que no pude más, me ganó la economía”, explicó Rivera. Aun así, considerando lo que lo obligó a abandonar el país, su deseo de volver es permanente, pues para él la vida en el exterior no sustituye los vínculos familiares.
“Yo sí deseo regresar. No quiero imaginar lo que sienten las personas que tienen 8 o 10 años fuera del país. Por muy fuerte que sea la comodidad afuera, nunca va a ser lo mismo que Venezuela, desde mi punto de vista”, consideró.
Sin embargo, planteó que el regreso de muchos venezolanos implica un desafío cultural pendiente con el país. Cree que muchos deben “cambiar su mentalidad”, pero mantiene la esperanza de que haya una mejoría en las condiciones políticas, económicas y sociales que permitan un retorno en el corto plazo de muchos migrantes.
“No me siento local”
La crisis social y económica tuvo su momento más álgido entre los años 2016 y 2019, debido a la escasez, fallas en los servicios básicos e inflación. De acuerdo con la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) casi 7.9 millones de venezolanos viven fuera de su país, mientras que para mediados de 2019 el número de migrantes y refugiados venezolanos fue de 3.929.560.
Fue en esa época, específicamente en 2018, cuando Alejandro Ferrer llegó a Argentina en busca de una mejor calidad de vida, pero con el deseo muy claro de volver a su país desde el primer día. Este anhelo se intensificó con los hechos del 3 de enero.
“Desde el primer día que me fui quise volver, pero después del 3 de enero esa chispa volvió con mucha más fuerza. Después de lo que pasó, he pensado mucho en la posibilidad de regresar en un corto plazo (…), en unos siete meses quizá”, dijo Ferrer.
Ferrer es comunicador social y en Argentina ejerce su profesión en una productora de eventos deportivos, sin embargo, aunque se ha adaptado al país, esto no implica que se sienta “local”.
“Siempre voy a ser un extranjero. No me siento local. Quiero volver a sentirme en casa, es una sensación particular y creo que muy propia, aunque algunos también tendrán esta mentalidad y muchos otros no”, afirmó.
Ferrer es enfático al describir el regreso como una necesidad emocional más que económica. Además, para él, el retorno también representa una oportunidad de contribuir a la reconstrucción del país.
“El país nos va a necesitar a muchos de los que estamos afuera y quiero ser parte de eso. No creo que esto se arregle en seis meses, pero sí creo que Venezuela bien administrada puede salir adelante mucho más rápido de lo que muchos piensan”, sostuvo.
La apuesta por Venezuela
Una mirada similar comparte Mariana Peña, de 30 años de edad, caraqueña y residente permanente en Argentina desde hace tres años. Los acontecimientos del 3 de enero despertaron el propósito de volver a casa.
“Desde que pasó lo del 3 de enero empecé a investigar cómo invertir en Venezuela. Nunca fue mi meta quedarme afuera”, contó la venezolana.
Reconoció que la migración le permitió ganar independencia, estabilidad y crecimiento personal, pero con el costo de no estar en su hogar.
“En menos de un año pude mudarme sola, amueblar mi casa, viajar y cambiar de trabajo. Empecé a vivir como un adulto realmente funcional y no vivir bajo la casa de mis padres, como ya estaba acostumbrada (…) Cambias tu hogar por calidad de vida”, dijo.
Aunque es consciente de que la recuperación del país será lenta, cree que existe una oportunidad histórica y desea ser parte del proceso que atraviesa Venezuela.
“Sé que esto no es de hoy para mañana, pero ahora sí veo expectativas reales de que Venezuela pueda echar para adelante. Si pudiera vender todo y volver a mi casa, lo haría”, confesó.
Un retorno sin miedo
En el extranjero hay muchos venezolanos que tuvieron que abandonar su país por la persecución política. No solo la escasez de alimentos y la crisis económica incidieron en su decisión.
Ese es el caso de Juan Pablo Ramírez, tachirense de 36 años de edad quien vive en Santiago de Chile desde 2018, luego de ser mencionado en el programa Con el Mazo Dando, del ministro del Interior, Diosdado Cabello. Además, su migración también está marcada por el colapso del sistema de salud, pues su realidad como paciente hemofílico le impidió continuar en Venezuela.
Tras lo ocurrido el 3 de enero, asegura que su deseo de regresar a Venezuela está directamente condicionado a que existan garantías reales de seguridad y libertad.
“Tras los hechos ocurridos del 3 de enero, he evaluado la intención de regresar a nuestro país, pero primero tendrían que darse unas condiciones de seguridad que nos garanticen regresar en paz, sin ningún tipo de persecución”, dijo.
Ramírez es militante del partido político Voluntad Popular, así como activista en la denuncia de violaciones de derechos humanos en Venezuela.
“En julio fui mencionado en el programa y en agosto o septiembre ya estaba saliendo del país por miedo a un encarcelamiento, y a que mi condición de salud se pudiera agravar”, relató.
Ramírez no ve a su madre desde 2018 y perdió a su padre en 2021 mientras estaba fuera del país. A pesar de ello, insiste en que el exilio no ha roto su vínculo con Venezuela, por el contrario, consideró que la experiencia migratoria puede convertirse en un aporte para la reconstrucción democrática del país.
“Que la transculturización que nos dio esta migración nos sirva como ejemplo de qué es lo bueno que hay que hacer. Que siga la transición, que siga el proceso de desmontar el aparato represor y que, a corto plazo, seamos todos los venezolanos los que podamos regresar sin ningún tipo de miedo”, concluyó.
Entre quienes evalúan el regreso, el país sigue siendo un punto de referencia vital. El retorno no se plantea como un acto impulsivo ni como una negación de la experiencia migratoria, sino como la posibilidad de reconstruir una vida en un espacio donde la pertenencia no esté en discusión.
