Mi fiesta de San Juan Bautista

Roland Carreño
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Hay experiencias que ningún venezolano debería perderse en la vida. Vivir la fiesta de San Juan en Curiepe es una de ellas.

Lo digo sin exageración.

Cuando cae la tarde y el pueblo comienza a vestirse de fiesta, algo antiguo despierta en el corazón de Venezuela. La víspera es apenas el anuncio. La emoción verdadera llega con el amanecer del 24 de junio en Curiepe.

Mi fiesta de San Juan Bautista
Roland Carreño desde Curiepe, en Barlovento, estado Miranda

Desde muy temprano el pueblo entero parece respirar al mismo ritmo. Las calles se llenan de gente que espera el momento sagrado. Las mujeres avanzan orgullosas, hermosas, luminosas, llevando sobre sus cuerpos la memoria de generaciones enteras: los turbantes rojos, los collares de colores, los avalorios, las amplias faldas que se mueven al compás de los tambores y del calor intenso de Barlovento. Hay sudor sobre la piel, hay sonrisas, hay un contoneo natural que parece surgir de la propia tierra, una elegancia ancestral que remite a África y a la historia profunda de Venezuela.

Entonces aparece el bautista, San Juan, el precursor de nuestro Señor.

Mi fiesta de San Juan Bautista
San Juan Bautista | Foto: Roland Carreño

Sale de la casa donde ha pasado la noche y comienza su camino hacia la iglesia. El pueblo lo acompaña entre cantos, repiques y lágrimas. No es una procesión cualquiera. Es un encuentro. Un reencuentro entre un pueblo y su memoria.

Los tambores anuncian su llegada.

Y cuando comienza la misa patronal ocurre algo extraordinario.

Las minas, los culos e’ puya y los repiques acompañan la celebración religiosa. El sonido retumba en las pequeñas naves del templo. Vibra en las paredes. Vibra en los bancos. Vibra en el pecho de quienes estamos allí. Lo sagrado y lo popular dejan de ser dos cosas distintas para convertirse en una sola expresión de fe.

Tal vez porque ahora estoy tan consiente de mi libertad, nunca había sentido de manera tan intensa cómo una cultura puede rezar con tambores.

Afuera, mientras la misa avanza, la multitud espera impaciente. Los pañuelos rojos ondean en el aire. Las campanas anuncian el momento esperado: las 12 del mediodía. El sol cae con toda su fuerza sobre Curiepe, pero nadie parece huirle sino contenerlo con gozo en la piel.

Y entonces se asoma a la puerta principal en su altar de flores cacaos y mazorcas.

Mi fiesta de San Juan Bautista
Foto: Roland Carreño

San Juan vuelve a salir.

Estallan los fuegos artificiales. Repican las campanas. Los tambores redoblan. Los pañuelos se agitan como pequeñas banderas de alegría. El pueblo grita, canta, baila y llora al mismo tiempo. Es imposible permanecer indiferente frente a semejante explosión de fe, identidad y belleza.

Mientras observaba aquella escena bajo el sol ardiente de Barlovento, comprendí que había venido a agradecer.

Agradecer a Dios por la vida.

Agradecer por Venezuela.

Agradecer por la inmensa fortuna de pertenecer a este pueblo capaz de transformar la memoria en fiesta, el dolor en esperanza y la fe en celebración.

Agradecer por la familia que tengo y por los amigos que me acompañaron.

Por cada gesto de genuino afecto.

Por cada abrazo sincero.

Por cada expresión de solidaridad recibida.

Y agradecer, sobre todo, porque sigo creyendo profundamente en el futuro, porque no hay sombras en mi corazón, no hay resentimiento.

Al ver la imagen de San Juan avanzar entre el pueblo sentí renovarse la esperanza de que vendrán tiempos mejores; tiempos en los que seremos capaces de construir la Venezuela que merecemos todos los hijos de la libertad.

Por eso me marché de Curiepe con el corazón lleno.

Mi fiesta de San Juan Bautista
Foto: Roland Carreño

Orgulloso de ser venezolano.

Feliz.

Agradecido.

Roland Carreño
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