La frase duele porque es cierta. Venezuela no se independizó en 1821: cambió de administrador. Durante siglos fuimos la capitanía general que proveía cacao, añil y cueros a la Corona española. Luego, en el siglo XX, nos convertimos en la estación de servicio del imperio estadounidense, con una concesión petrolera que nos dejaba las migajas mientras las ganancias se iban a Dallas o Nueva York.
Después llegó la revolución bolivariana, que prometió romper con ese pasado, pero solo sustituyó al amo: cambiamos a Washington por Moscú y Pekín, el dólar por el trueque de crudo pesado y la retórica antiimperialista por una dependencia igual de humillante. Durante dos décadas, fuimos la avanzada rusa en el Caribe, sobreviviendo al vaivén de los precios del barril y a la generosidad calculada de un puñado de generales y empresarios alineados.
El terremoto del 3 de enero
Pero este 2026 iba a traer un vuelco inesperado. El 3 de enero, Nicolás Maduro fue capturado. Las circunstancias exactas aún son borrosas—entre presiones militares, un acuerdo de última hora con la oposición moderada y un guiño tácito de Washington—pero el hecho es inapelable: el régimen que nos gobernó durante más de una década se derrumbó en cuestión de horas.
El mundo lo celebró como el fin de la dictadura. Las portadas de los diarios internacionales hablaron de “el día que Venezuela renació”. Pero los venezolanos, con el escepticismo que da haber vivido tantas traiciones, miramos la fotografía del nuevo gobierno provisional y sentimos un escalofrío. ¿Qué había cambiado realmente?
El nuevo administrador, la misma lógica
Porque la captura de Maduro no fue una liberación: fue un relevo. Y el relevo vino con factura. El nuevo hombre fuerte—sea quien sea que ocupe el palacio de Miraflores hoy—tomó posesión con el discurso de la “reconciliación nacional”, pero en su primera semana ya había firmado acuerdos de refinanciación de deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y concesiones mineras a empresas canadienses que huelen a lo de siempre. Estados Unidos levantó algunas sanciones, pero a cambio exige que el crudo fluya hacia la refinería de Houston con descuento. Rusia y China, por su parte, llaman a la puerta recordando que los préstamos de los últimos años no se pagan con palabras.
Es decir: cambió la cara en el palacio, pero no el esquema extractivo. Cambió la bandera que ondea en el Panteón Nacional, pero no la dependencia estructural. Seguimos siendo el patio trasero de quienes nos compran el petróleo a precio de saldo y nos venden la democracia como si fuera un producto de exportación. Hemos vuelto a cambiar de colonia: de la rusa a la norteamericana, o quizás a una versión híbrida donde todos los imperios se reparten el pastel mientras nosotros seguimos mirando desde la acera.
¿Cuál es el futuro del país?
El futuro no está en escoger entre el chavismo y la nueva tecnocracia. El futuro está en romper el ciclo. La captura de Maduro fue una oportunidad, pero si la desperdiciamos, no habrá servido de nada. Los venezolanos no necesitamos un nuevo administrador; necesitamos dueños de nuestro destino.
Para construir lo que nos merecemos, el camino es claro, aunque doloroso:
- Petróleo para desarrollar, no para mendigar: que los contratos petroleros se negocien con transparencia y competitividad, asegurando que el beneficio se quede en el país en forma de infraestructura, refinación y empleo. No más concesiones a cambio de lealtad geopolítica.
- Una economía productiva, no rentista: el campo, el turismo, la tecnología y la manufactura deben ser el nuevo pilar. Para eso hay que desmontar el control estatal asfixiante, eliminar el miedo al inversor privado y construir un sistema que premie al que trabaja, no al que conspira.
- Soberanía sin tutela: podemos tener relaciones cordiales con todos, pero alianzas estratégicas con nadie que nos condicione. Ni satélites de Washington, ni lacayos de Moscú, ni colonia de Pekín. Venezuela debe ser un puente entre mundos, no un campo de batalla.
La hora de la verdad
El 3 de enero de 2026 pasará a la historia. Pero su significado no lo escriben los que ocuparon el poder, sino nosotros. Este no es el momento de cambiar de amo, sino de abolir la figura del amo para siempre.
Seamos honestos: nunca hemos dejado de ser una capitanía general. Solo hemos cambiado de colonia. De España pasamos al imperialismo petrolero, del imperialismo a la revolución subsidiada, y de la revolución a este nuevo relevo que ya huele a lo mismo. Pero ahora, con el viejo régimen derrumbado y el nuevo aún débil, tenemos una ventana única. La pregunta es si tendremos el coraje de saltar.
No queremos un nuevo administrador. Queremos que nadie nos administre. Queremos que esta tierra, por fin, sea nuestra. Ya basta de cambiar de amo. Llegó la hora de crecer, de producir y de decidir. Porque Venezuela no es de quien la ocupa, sino de quienes la sueñan y la trabajan. Y ese sueño, por primera vez en 200 años, está al alcance de nuestras manos.