Nekuima: lugar moral de la nación

Edison Arciniega
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Nekuima: lugar moral de la nación
De izquierda a derecha: Leopoldo Sucre Figarella, Rómulo Betancourt, Rafael Alfonzo Ravard y Juan Pablo Pérez Alfonzo, frente al cañón de Nekuima

Nos topamos con una fotografía y recordamos.

En ella aparecen Leopoldo Sucre Figarella, Rómulo Betancourt, Rafael Alfonzo Ravard y Juan Pablo Pérez Alfonzo. Están frente al cañón de Nekuima, contemplando el lugar donde Venezuela construiría la represa de Guri.

Detrás de ellos todavía corre libre el Caroní. No existe la presa, no se ha formado el embalse y la obra es apenas un proyecto. Durante más de dos décadas, distintos gobiernos, instituciones y generaciones de técnicos levantarían allí una central que, al concluirse en 1986, llegó a ser la hidroeléctrica de mayor capacidad del mundo y que todavía permanece entre las más grandes del planeta.

Los cuatro observan un paisaje que están obligados a imaginar transformado.

Betancourt era presidente de la República; Sucre Figarella, gobernador del estado Bolívar; Pérez Alfonzo, ministro de Minas e Hidrocarburos, y Alfonzo Ravard presidía la Corporación Venezolana de Guayana, creada para conducir el desarrollo integral de la región.

La fotografía no muestra solamente a cuatro hombres. Retrata una manera de entender el Estado.

Por eso Nekuima es más que una localización geográfica. Es un lugar moral de la nación: el sitio donde Venezuela demostró que podía comenzar sin apropiarse, continuar sin destruir y construir para quienes todavía no habían nacido.

La República necesita republicanos

Venezuela discute su futuro como si recuperar elecciones competitivas fuese suficiente. No lo es.

La democracia decide quién gobierna. La República establece cómo debe gobernar, qué límites debe respetar y cuáles instituciones está obligado a preservar. Sin República, una mayoría circunstancial puede apropiarse del Estado y confundir la legitimidad electoral con el derecho a modificar todas las reglas.

Un gobernante no deja de ser autoritario por haber llegado al poder mediante votos, ni una dictadura deja de serlo porque quien la dirija sea un civil.

Necesitamos una justicia independiente, una administración profesional y unas Fuerzas Armadas subordinadas a la Constitución antes que a cualquier presidente, comandante o proyecto político. Esto tampoco convierte a los militares en intérpretes de la Carta Magna ni les concede el derecho a tutelar a la sociedad. Significa que deben obedecer a las autoridades legítimas dentro de los límites constitucionales y nunca actuar como fuerza personal, partidista o revolucionaria.

Pero ninguna institución funciona por sí sola. Un tribunal no es independiente porque la Constitución lo proclame, sino porque sus magistrados estén dispuestos a resistir al poder que los designó. Una administración es profesional cuando sus funcionarios comprenden que sirven al Estado y no a la facción que gobierna.

La República comienza con una lealtad: la lealtad a la norma antes que a las personas.

Podemos redactar una Constitución impecable, pero si quienes ocupan las instituciones continúan obedeciendo a caudillos, intereses o afectos personales, las nuevas estructuras reproducirán las viejas prácticas.

La República necesita republicanos: personas capaces de limitarse cuando podrían abusar, cumplir la norma cuando resulte inconveniente y preservar aquello que no les pertenece.

El país que sabía sucederse

Nekuima demuestra que alguna vez fuimos capaces de esa conducta.

Quienes comenzaron Guri sabían que probablemente no serían quienes la terminarían. La obra atravesó distintas presidencias, alternancias políticas y varias generaciones de técnicos. Cada gobierno recibió estudios, contratos y trabajos iniciados por el anterior. Cada uno añadió una etapa y entregó a su sucesor una obra todavía inconclusa.

Ninguno podía atribuirse enteramente su creación.

Debajo de la competencia política existía un acuerdo más profundo: Venezuela debía desarrollarse, el Estado tenía que acumular capacidades y ciertas decisiones debían sobrevivir a quienes las habían tomado.

La República no era allí una abstracción. Se expresaba en técnicos que protegían criterios profesionales, funcionarios que preservaban decisiones anteriores y autoridades que aceptaban continuar una obra que no habían concebido y que quizá tampoco inaugurarían.

Existe una forma de patriotismo que rara vez celebramos: comenzar algo que otro terminará. Es la ética de quien acepta no cortar la cinta ni aparecer en la placa final.

Nekuima también refuta la idea de que solamente un caudillo puede ejecutar obras monumentales. No hizo falta una dictadura para construir Guri. La democracia venezolana demostró que podía actuar en grande mediante instituciones capaces de sobrevivir a sus gobiernos.

Había que estudiar el Caroní, calcular estructuras, negociar créditos, formar operadores y anticipar la demanda eléctrica de un país todavía en desarrollo. Los cálculos no podían sustituirse por consignas. El agua no obedecía discursos; la ingeniería exigía verdad.

La confianza también es republicana

Venezuela necesita inversión extranjera directa para recuperar su infraestructura, incorporar tecnología, crear empleos y oxigenar una economía exhausta. Pero el capital productivo no se compromete durante décadas solamente porque un gobierno ofrezca incentivos.

La inversión de largo plazo necesita contratos respetados, tribunales confiables, estabilidad normativa y funcionarios que apliquen las reglas aunque cambie el gobierno.

El inversionista no pregunta únicamente qué dice la ley. Necesita saber qué hará el juez cuando el poder lo presione y qué hará el Estado cuando cumplir un contrato deje de resultarle conveniente.

La calidad republicana termina convirtiéndose en confianza económica. Un país institucionalmente frágil puede atraer capital dispuesto a cobrar rápido y marcharse. Un país previsible puede recibir inversiones dispuestas a construir, permanecer y transferir capacidades.

Guri pudo acceder a financiación, conocimientos y cooperación internacional porque existía un Estado capaz de asumir compromisos que sobrevivirían a quienes los habían firmado.

Paciencia activa

La transición venezolana ocurre bajo una intervención estadounidense que ya no se limita a presionar por un cambio de gobierno. Su agenda apunta a reorganizar el Estado, recuperar capacidades administrativas, restablecer la seguridad jurídica y crear condiciones para la regeneración productiva.

Dicho de otro modo: la tutela de Estados Unidos parece orientarse primero a hacer República, a estabilizar aquello sin lo cual ninguna democracia puede sostenerse.

No puede haber una democracia estable sobre un Estado deshecho. Se necesita identidad confiable, registro electoral, justicia, seguridad, servicios públicos y una economía capaz de ofrecer un horizonte material a la población. Sin esas bases, el voto puede cambiar a los gobernantes, pero difícilmente cambiará el destino del país.

Reconstruirlas exigirá tiempo. Venezuela necesita paciencia activa.

No significa resignarse ni esperar pasivamente las decisiones de otros. Significa comprender la secuencia, vigilar el proceso, exigir resultados y formar a quienes deberán ocupar las instituciones y asumir las responsabilidades que hoy otros tutelan.

La intervención estadounidense es una necesidad para los sectores en pugna porque constituye la única fuerza capaz de imponer compromisos y contener represalias. Ese es, por incómodo que resulte admitirlo, el único consenso operativo de la Venezuela actual.

Pero ninguna tutela debe convertirse en destino permanente. Su utilidad dependerá de que reconstruya un Estado capaz de gobernarse mediante sus propias normas y de que los venezolanos recuperemos el carácter necesario para hacerlas valer.

Allí vuelve a aparecer Nekuima.

Aquellos cuatro hombres estaban frente a un río, pero miraban un país que todavía no existía. Nosotros también estamos ante una obra que no veremos terminada de inmediato.

Volver a Nekuima significa recuperar aquella conducta: ser leales a la Constitución, continuar lo recibido y construir para un tiempo que no termina con nosotros.

La tarea es no confundir la espera con la inacción. Tener paciencia, sí, pero una paciencia que vigile, prepare, participe y construya.

Una paciencia activa para volver a Nekuima.

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