La conexión entre los individuos y su entorno está organizada en un esquema sistemático donde las interacciones buscan objetivos comunes y alcanzar resultados compartidos. Ludwig von Bertalanffy describe que el todo es mayor que la suma de sus partes. Este concepto se aplica al sistema político. El politólogo David Easton lo define como un conjunto de interacciones que asignan valores a una sociedad dinámica, influida por el contexto social, económico y cultural que la rodea. Los insumos (inputs) son las señales que llegan en forma de demandas ciudadanas, expresadas en necesidades y recursos, así como el apoyo, que implica la lealtad y obediencia de la ciudadanía al sistema. La conversión representa el proceso interno de la “caja negra”, donde se transforman las demandas en decisiones. Este proceso da lugar a los productos (outputs) en forma de políticas públicas, leyes, acciones y regulaciones del gobierno, que luego se evalúan a través del feedback para continuar con el ciclo.
En el análisis de los sistemas políticos se puede entender la conexión con su entorno, lo que permite identificar las variables significativas que contribuyen al funcionamiento sistemático de los gobiernos. Estos sistemas se nutren de una diversidad de corrientes ideológicas, incluyendo creencias, valores y normas que explican y guían la acción política dentro de una sociedad. En este marco, definiremos conceptos clave como la democracia y el socialismo moderno, con miras a profundizar en el interés del lector.
Democracia vs. socialismo
Un estudio conciso de la democracia implica necesariamente referirse a sus orígenes en la antigua Grecia, donde se fundamentó en la participación directa de los ciudadanos libres. Aristóteles la describía como un gobierno de muchos.
En el desarrollo del moderno sistema democrático, cabe destacar las contribuciones de pensadores ilustrados como Jean-Jacques Rousseau, defensor del contrato social y del poder parlamentario, así como Montesquieu, con su teoría sobre la importancia de la separación de poderes. Estas dos teorías, aunque conceptualmente opuestas, son capaces de alinearse para construir un ideal común: el funcionamiento del sistema democrático, desde la democracia participativa y directa, basada en la soberanía popular, hasta la garantía de libertad política a través del diseño institucional que Montesquieu proponía con la separación de poderes, diseñando un equilibrio donde el poder limita al poder mediante un control mutuo.
El socialismo, por otra parte, surge en Europa como respuesta a las desigualdades económicas y sociales propiciadas por la Revolución Industrial. Promueve la cooperación por encima de la competencia del mercado y presenta dos ramas principales. El socialismo utópico apuesta por el cooperativismo, la propiedad comunitaria y la justicia social, aunque carece de un plan claro para una revolución. Entre sus primeros teóricos se encuentra Saint-Simon, quien idealizaba una sociedad dirigida por científicos e industriales con producción planificada en beneficio de las clases más pobres.
En contraposición, el socialismo científico emerge con una teoría económica, histórica y materialista defendida principalmente por Karl Marx. Este último argumenta que el proletariado debe asumir el poder mediante la abolición de la propiedad privada de los medios de producción.
El debate
En la lectura se vuelve esencial analizar cómo las dos principales corrientes ideológicas de nuestro tiempo impactan en los sistemas políticos, revelando sus debilidades. El socialismo científico o comunismo continúa presentando una crítica contundente al capitalismo, abogando por la igualdad socioeconómica no a través del esfuerzo individual, sino mediante una recompensa colectiva bajo el control de un gobierno centralizado.
Sin embargo, los países comunistas han tenido que adaptarse a agendas que incorporan mercados capitalistas y dinámicas socioculturales. Esto indica que no existe un funcionamiento puro de esta ideología, ya que las naciones operan bajo un modelo mixto de mercado libre, combinado con un control estatal autoritario. Este sistema sigue restringiendo las libertades de los ciudadanos, reprimiendo violentamente a los grupos opositores mediante torturas, exilios e incluso desapariciones físicas.
La supuesta igualdad que esta corriente promueve resulta absurda, pues elimina el mérito individual y crea una estructura injusta en la distribución del trabajo, donde el esfuerzo personal no tiene relevancia; el Estado siempre define hasta dónde se pueden alcanzar metas, logros y propiedades, reflejando una contradicción con la igualdad que sostienen. Ejemplos de esto son países como China, Corea del Norte, Cuba y Venezuela.
En los sistemas democráticos, se desarrolla un debate sobre la interpretación funcional de su estructura política. La democracia sigue siendo una opción viable para el desarrollo sistemático de los Estados, ya que sostiene el objetivo teórico del progreso integral en términos económicos y humanos de sus ciudadanos. Sin embargo, ha debilitado su funcionalidad pragmática.
Muchos países democráticos se ven atrapados en juegos de poder autoritarios, priorizando los intereses de élites, grupos o egos personales, lo que lleva a un abandono del valor de gobernar en beneficio del desarrollo de la población. Esto plantea serias preocupaciones en el ámbito intelectual de la política.
Los politólogos de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en su obra Cómo mueren las democracias (2018), argumentan que las democracias actuales no colapsan a través de golpes de Estado militares, sino por su propio diseño legal. El liderazgo, aunque democráticamente legitimado, se convierte en una ambición personal que desmantela lentamente la funcionalidad institucional al violar normas y debilitar los fundamentos del sistema.
Los líderes autoritarios logran controlar el aparato judicial, electoral y policial. Pensadores como Anne Applebaum destacan el auge del nacionalismo populista y la polarización digital, impulsada por la comunicación política en redes sociales. Estas críticas están apoyadas por el politólogo Juan José Linz en La quiebra de las democracias, donde establece las bases para entender cómo la pérdida de legitimidad y la polarización pueden destruir los sistemas políticos.
Al analizar las corrientes ideológicas desde sus características fundamentales, emerge una gran incógnita sobre cómo un “virus” ha afectado el funcionamiento mecánico de los sistemas políticos en los países. Históricamente, el ideal democrático se ha adoptado con la intención de dinamizar los procesos en favor del desarrollo social, económico y cultural de la población. Sin embargo, parece que no se ha logrado entender completamente el equilibrio procesal necesario para transformar y desarrollar una sociedad.
Cualquier país que debilite su estructura sistemática estará expuesto a la vulnerabilidad en el funcionamiento de las relaciones de políticas públicas a nivel internacional. Cuando un sistema político entra, metafóricamente hablando, en un estado de entropía —tomado prestado de la teoría física de la termodinámica—, la sociedad se ve sometida a violencia y represión sin soluciones a sus problemas internos, lo que inevitablemente conduce al desorden, caos, desgaste e incluso pérdida de identidad.
Sin control ni supervisión para corregir la situación, la energía política se dispersa en conflictos, dejando al país expuesto a delitos, corrupciones y violaciones de derechos. Podría concluirse que la “enfermedad” en la estructura sistemática surge de una sociedad desgastada y manipulable, y que un proceso de conversión impulsado por el oportunismo, abuso y enriquecimiento ilícito de ciertos grupos lleva al estancamiento y a una enfermedad letal para las naciones. Esto transforma lo que debería ser un proceso político estatal en un negocio manejado por élites delictivas.
El virus en el Estado venezolano
El Estado venezolano está atravesando un período crítico de desorden debido a una compleja situación de transición e incertidumbre institucional. Esta situación se caracteriza por una imposición y dualidad en el poder ejecutivo, donde figuras dominantes han sido fundamentales en la propagación del virus de la corrupción.
Al mismo tiempo, la relación con un país potencialmente democrático como Estados Unidos, bajo la administración del presidente Trump, intentó abordar esta corrupción con diversas acciones. Sin embargo, el enfoque se perdió debido a intereses económicos y decisiones controvertidas, resultando en un acuerdo percibido como ilegal, ilegítimo e inmoral.
Para la población venezolana, esto resulta desconcertante e inaceptable, ya que dichas decisiones no pueden justificarse simplemente como parte de la política. El proceso sistémico venezolano, lejos de corregirse, está generando un desorden perpetuo y reavivando una problemática de casi 30 años de historia. Este resurgimiento se traduce en un caos permanente, posiblemente aún más grave dada la existencia de refuerzos negativos.
En cuanto al sistema de Estados Unidos, analistas del poder han notado un debilitamiento interno. Aunque las demandas y la obediencia civil continúan vigentes, el liderazgo polarizador, junto con la erosión de normas democráticas y el manejo problemático de la economía y la inmigración, han impedido ofrecer respuestas satisfactorias a su ciudadanía.
Acciones tomadas en Venezuela que no concluyen el proceso de sanación convenido con el crimen organizado también debilitan su propio sistema político. Esto socava la confianza en las instituciones y afecta la capacidad del gobierno estadounidense para mantener un sistema político efectivo y sostenible. En última instancia, la democracia debe ser sinónimo de respeto y participación dentro de un marco institucional sólido.
El devenir de los sistemas políticos
El virus ha proliferado, en sentido figurado, dentro de los Estados democráticos. Para defendernos adecuadamente, es necesario establecer una unidad de propósito que esté comprometida y formalizada para encontrar una solución a esta crisis.
Las organizaciones internacionales que promueven los derechos humanos deben emprender iniciativas urgentes, contando con la representación legítima de los países democráticos. No es suficiente con ofrecer discursos o diplomacias disfrazadas en eventos; es imperativo tomar una postura clara para fortalecer los sistemas y sanar las disfunciones internas.
Esto debe realizarse en un ambiente de confianza y seguridad jurídica, tal como ha sido señalado por Giovanni Sartori; la heterogeneidad de la democracia exige la adhesión a un conjunto de normas consensuadas que protejan a la sociedad civil, bajo un marco de pluralidad que demande un conjunto de valores compartidos.
Las actividades económicas en el ámbito político deben estar orientadas por una estructura que garantice la seguridad jurídica, el libre mercado y la estabilidad institucional simultáneamente. Actualmente, la enfermedad avanza y no podemos permitirnos el lujo de quedarnos limitados a recetas escritas; es crucial actuar y controlar los egos, que pueden ser los provocadores de conflictos interminables debido a decisiones personales sin la debida supervisión institucional.
La confianza, el respeto y la moralidad son herramientas esenciales de prevención y ejecución con determinación para erradicar el virus que amenaza con llevar a la humanidad a su propia destrucción sistemática. Debemos buscar las verdaderas herramientas para eliminar los virus que aquejan a nuestros sistemas, y estas no son necesariamente las impuestas mediante la violencia.
Cuando se recurra a una defensa de magnitud conflictiva, el bienestar de la humanidad debe prevalecer sobre aquello que pueda conducir a su destrucción.