Crónica de una deuda anunciada

Yoni Toro
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Muchos años después, frente al juez Alvin K. Hellerstein, la primera combatiente habría de recordar aquella tarde remota en que el poder parecía eterno. Este jueves, en Nueva York, la defensa de Cilia Flores pide que la dejen esperar el juicio en una residencia privada, con guardias armados y brazalete electrónico. La Fiscalía respondió con un detalle que ningún novelista se habría atrevido a inventar: el gobierno de Delcy Rodríguez, según Prensa Latina, nunca pidió por vía diplomática la liberación ni la inmunidad de la pareja. Ni una carta, ni un telegrama ni una paloma mensajera. En Venezuela la lealtad es como la luz: se va sin avisar y nadie sabe cuándo vuelve.

Para que el jueves no se quedara corto, CNN reveló que los fiscales preparan nuevos cargos contra Maduro y Flores por torturar a «más de una docena» de estadounidenses presos en Venezuela. Bien hecho. Solo una pregunta: los miles de venezolanos que pasaron por los mismos sótanos de la DGCIM, que no tienen pasaporte azul, ¿en qué ventanilla hacen la cola?

El miércoles, mientras tanto, el chavismo salió a la calle a celebrar los catorce años de la última victoria de Chávez. Diosdado Cabello habló bajo la lluvia en la esquina Corazón de Jesús, ante «cientos» de personas según EFE, y pronunció dos frases que merecen un museo: «Nosotros nos adaptamos a las circunstancias» y «convertimos las derrotas en victorias». Lo segundo es cierto: se necesita talento para convertir en victoria el haber perdido al jefe. Pidió acompañar a Delcy Rodríguez «en todos los frentes de batalla» y no mencionó una sola vez a Nicolás Maduro. Vargas Llosa contó en La fiesta del Chivo cómo un régimen sobrevive a su caudillo; aquí la novela se escribe sin necesidad de matar al Chivo: basta con no nombrarlo en la marcha. Doña Bárbara, la devoradora de hombres de Gallegos, al menos se acordaba de los que se había comido.

Cabello retó además a la oposición a medirse en las urnas «sea quien sea y cuando sea». Traducido del idioma oficial, «cuando sea» significa «nunca, pero con entusiasmo». No hay fecha de elecciones, no hay calendario del CNE y la tercera ronda del diálogo sigue esperando a que alguien le ponga día, como el coronel de García Márquez esperaba su pensión.

María Corina Machado cumplió 59 años el mismo 7 de octubre. Lleva siete intentos de volver a su país, que es la única fiesta de cumpleaños que la República garantiza a sus disidentes: con regalo, pero sin pista de aterrizaje. The Wall Street Journal publicó que Washington había frenado su llegada por Curazao. Marco Rubio lo negó en Atenas: «No hemos pedido a nadie que impida la entrada de nadie en ningún lugar del mundo». Y remató: «Si está en el periódico, ¿es verdad?». Un secretario de Estado que duda de los periódicos. Bienvenido, señor Rubio: los venezolanos dudamos hasta de los boletines del Banco Central. Ese mismo día, Jorge Rodríguez anunció desde Tanzania que Venezuela vuelve a la Unión Interparlamentaria. El Parlamento venezolano consiguió visa para África; la líder opositora no consigue permiso para Maiquetía.

Pero hablemos de plata, que para eso uno estudió economía.

El economista Alejandro Grisanti anunció que el asesor financiero de la República, Centerview Partners, presentará pronto las cifras fiscales y de deuda del país. El monto rondaría los 238.000 millones de dólares. Es una crónica de una deuda anunciada: como en el pueblo de Santiago Nasar, todos sabían lo que iba a pasar y nadie hizo nada para impedirlo. Grisanti dice que publicar los números sería «un enorme avance», porque algunas cifras «llevan más de una década sin publicarse». Tiene razón, y José Guerra le puso calendario a la vergüenza en una carta al FMI: el PIB y la deuda externa no se publican desde 2019, y las cuentas fiscales, desde 2009. En Macondo, la peste del insomnio obligó a los vecinos a escribirle el nombre a cada cosa para no olvidarla. Nosotros padecimos la peste contraria: el Estado le borró el nombre y el número a todo para que nos olvidáramos de preguntar.

Eso sí, la memoria del Estado funciona perfectamente en una dirección. El Seniat y Sudeban anunciaron esta semana que conectarán sus sistemas para cruzar lo que declara cada contribuyente con lo que mueve en el banco, para «la verificación inmediata de las transacciones comerciales y los movimientos de cuentas». Es decir, el Estado no sabe cuánto produce el país desde hace siete años, pero sabrá en tiempo real cuánto vendió la señora de las empanadas en Valera. Transparencia sí, pero de abajo hacia arriba, como el agua de un pozo séptico.

El petróleo, mientras tanto, viaja con alegría. Según la Administración de Información Energética de EE UU, recogida por Finanzas Digital, Estados Unidos importó en julio 701.000 barriles diarios de crudo venezolano, el mayor volumen desde 2017. El precio medio fue de 71,28 dólares, unos 6,60 menos que el promedio de lo que importa ese país. El petróleo venezolano es el único producto nacional que está en rebaja todo el año. Mientras tanto, en Paraguaná, la refinería Cardón ardió el martes por una línea de gas rota. PDVSA aseguró que no hubo «daños mayores» y creó un «Comité de Investigación». El de la explosión de Lamargas, en mayo, que dejó un muerto y cinco heridos, todavía no ha publicado nada. En PDVSA, los comités de investigación son como el coronel de la novela: nadie les escribe y nadie los lee.

¿Y el ciudadano? El bolívar amaneció este jueves a 874,73 por dólar, un 362% más caro que hace un año. El Bono Único Familiar de octubre ronda los 15 dólares. En Lara, Emigdio Rodríguez, de la Federación de Jubilados, lo dijo mejor que cualquier economista: «Las pensiones y los salarios igualito, 130 bolívares que no sirven para absolutamente nada». El realismo mágico venezolano ya no necesita mariposas amarillas: basta con un salario que existe en la ley y desaparece en la panadería.

Cuando fui director de Administración y Finanzas de la gobernación de Trujillo aprendí una regla que ningún manual explica tan bien como la calle: una cuenta que no se publica es una cuenta que alguien está cobrando ¡Corrupción!. Por eso la cifra de 238.000 millones me interesa menos que su biografía. ¿Quién firmó cada préstamo? ¿Para qué? ¿Dónde está la obra? ¿Quién la va a pagar? Porque si la reestructuración se negocia solo con los acreedores, la factura volverá a llegar al mismo lugar de siempre: al maestro, al jubilado de Lara y al productor de Boconó que no consigue crédito.

Aquí se me acaba la ironía. Una transición que revela su deuda pero esconde sus cuentas, que reta a las urnas sin poner fecha y que exporta récords de crudo mientras sus refinerías arden, no es una transición: es una mudanza de inquilinos en la misma casa. La democracia empieza por cosas aburridas: un presupuesto publicado, un calendario electoral, un informe técnico de un incendio, una pista de aterrizaje abierta.

Zavalita, el personaje de Vargas Llosa, se preguntaba en qué momento se había jodido el Perú. Los venezolanos ya no preguntamos por el momento. Preguntamos por el monto.

Yo, desde Madrid, sigo la cuenta. Y esta semana la cuenta da 238.000 millones de dólares, siete aterrizajes frustrados y ninguna fecha.

Yoni Toro
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