• Deficiencia en los servicios públicos, escasez de medicamentos y pobreza extrema. Cientos de ciudadanos sufren a diario las consecuencias de una crisis que se agudiza

Miseria, pobreza y necesidad. Hay rostros en Carabobo que muestran el lado más humanizado de la crisis más crítica de la historia venezolana. Enfermedades degenerativas sin tratamientos, familias enteras sin sustento, poblaciones en lugares no aptos para vivir. Lo atípico se volvió cotidiano y lo básico escasea. ¿Quiénes son y por qué sus caras representan el lado recalcitrante de lo invivible?

En la populosa barriada de Trapichito, estado Carabobo, abundan estos casos. Es una zona con calles repletas de huecos, donde el hambre y la necesidad se palpan. Allí, entre tantas carencias, vive Neybis Picón, una mujer de 29 años de edad, diagnosticada con un tumor, que condicionó su vida para siempre.

Vive entre láminas de zinc mal cortadas y desencajadas con sus dos hijos y su esposo, quienes fungen como pilar cuando se derrumba. Desde que la crisis empezó su salud se resquebrajó.

Picón padece constantes convulsiones, hay días en los que puede sufrir alrededor de seis de estos episodios. Un drama aún más doloroso por un agravante: la escasez de medicamentos.

Para la mujer comprar la carbamazepina — el medicamento que debe tomar para las convulsiones — resulta imposible. Un blister de 10 pastillas le cuesta alrededor de 60.000 bolívares, equivalente a un sueldo mínimo y medio.

No tener un medicamento es una situación deplorable. Yo he visto morir gente en el Hospital Central por no tener ese medicamento. Es inaguantable”, comenta entre lágrimas para El Diario

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

La angustia de la mujer por no encontrar su medicina es la misma que padecen desde hace tres años al menos unos 18,7 millones de venezolanos, quienes no tienen garantías de acceso a diagnósticos ni a sus tratamientos, de acuerdo con el Reporte Nacional del Derecho a la Salud realizado por 11 organizaciones no gubernamentales.

Detrás de esas mismas cifras se esconden historias como la del pequeño Joiner Blanco, un niño de 3 años de edad con hidrocefalia y mielomeningocele, afección que lo dejó parapléjico.

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Su sonrisa desafía su diagnóstico: el pequeño de ojos grandes y negros tiene su cuerpo repleto de cicatrices que reflejan su historia médica. Con tan solo 15 días de nacido ya había sido intervenido dos veces.

A sus padres Roxana López y Jorge Blanco la crisis los ha golpeado con crudeza. Desde el diagnóstico emprendieron una dura batalla por mantener con vida al pequeño. Los médicos le dieron 6 meses de vida y estaba desahuciado. Actualmente sigue luchando contra la adversidad de su enfermedad.

La pareja reside en una humilde vivienda ubicada en la comunidad Cristo Salva, municipio Guacara, donde las goteras en el techo de zinc abundan y la nevera desde hace meses no funciona.

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

La madre comenta que no ha podido llevar a su hijo a una consulta médica desde hace un año. Las fallas en el transporte y la falta de dinero en efectivo aunados a los problemas económicos dificultan el traslado. Han tenido que vender casi todo lo que tenían para poder costear los tratamientos.

El padre del pequeño conoce de memoria el caso de su niño. En sus manos sostiene los exámenes médicos y las solicitudes de ayuda que ha enviado a varias ONG y al Estado venezolano.

En medio de la rabia e indignación, Blanco cuenta lo difícil que ha sido sacar adelante a su hijo. Trabaja vendiendo agua, sus ingresos varían entre Bs 15.000 y Bs 30.000, que no llegan al sueldo mínimo, y que le alcanza, por ahora, para comprar un kilo de arroz y otro de lentejas. Es por eso que debe acudir a medidas desesperadas: pedir ayuda en la calle.

“La llave para que sobreviva (mi hijo) es que debo sacarlo a dar lástima y estoy cansado de eso”, comenta Blanco, mientras se acomoda el bolso tricolor que lleva en la espalda.

Para él, su hijo es una bomba de tiempo porque no sabe en qué momento se pueda reventar la válvula que lleva consigo. Cada vez que requiere hacer sus necesidades, el olor rancio del orina del niño los obliga a salir de la casa.

El padre desea emigrar a Colombia con toda su familia. Ya tiene el carnet de movilidad fronteriza del pequeño y sus documentos de identidad en regla. Su mayor sueño es que su hijo reciba la atención médica de calidad que en Venezuela le negaron.

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Desnutrición en crisis

Los 24 años de edad de Stefany Malpica parecen pocos para los que refleja su rostro: hay cansancio, tristeza y sobre todo preocupación. Su mirada es rígida y su voz baja se entrecorta cuando se sienta en un banquito de madera dispuesto en la sala y comienza a contar su historia para El Diario.

La angustia creciente de la joven se debe a María Victoria, una bebé de 8 meses que presenta un severo grado de desnutrición desde su nacimiento. La sostiene en sus brazos con extrema delicadeza.

La condición de la pequeña fue consecuencia de una hepatitis sin control médico que padeció Malpica durante el embarazo. Ahora la bebé pesa solo 4.5 kilogramos, tiene ojos saltones, la piel reseca y el cuerpo frágil. Su madre enfrenta la tarea titánica de lograr que sobreviva en medio de una crisis que ha repercutido con fuerza en su casa, especialmente en sus estómagos.

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

La mujer también es de la zona sur del estado Carabobo, específicamente de Trapichito. Vive con sus tres hijos, su hermana, su madre y tres sobrinos.

Su embarazo fue tormentoso, en ese lapso enfrentó la pérdida de su padre y luego vino la hepatitis. Los últimos meses de la gestación permaneció en cama hasta que nació María Victoria; se repuso, pero comenzó a alarmarse por el peso de la pequeña. El médico la diagnosticó con desnutrición severa.

Pese a las carencias, la familia trata de que la niña esté bien alimentada, por lo que ingiere alimentos sólidos desde los tres meses. Hace poco y tras semanas de insistencia, Malpica accedió a acudir a un comedor comunitario que está cerca de su casa, donde asegura su comida y la de la niña.

Pero la báscula sigue marcando 5 kilos y María Victoria luce igual de frágil porque no ingiere los suplementos ni las vitaminas necesarias para mejorar su contextura.

La madre se siente culpable por el estado de su bebé, siente temor a los señalamientos por lo que aclara constantemente que siempre trata de alimentarla bien. Anhela que su pequeña tenga una vida normal.

«Yo quiero verla sana, corriendo y jugando”, asegura.

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Human Rights Watch señala que la escasez de medicamentos e insumos médicos y de alimentos limitan el acceso a una calidad de vida adecuada.

La Organización de las Naciones Unidas señala que existe entre 60% y 100% de escasez en fármacos esenciales en cuatro de las principales ciudades de Venezuela, incluyendo Caracas y Valencia, capital del estado Carabobo.

Fondo de las Naciones Unidas para la Alimentación De acuerdo con el organismo, 3.7 millones de personas están en estado de desnutrición en Venezuela

Human Rights Watch refleja los resultados de una encuesta nacional del año 2018 que se realizó en tres universidades prestigiosas del país que explica que 80% de los hogares venezolanos estaban en situación de inseguridad alimentaria. Los encuestados perdieron 11 kilos durante el año 2017.

Confinados a un colchón

La nevera de Gladys Castellanos es grande y espaciosa, pero no tiene comida dentro, solo un monton de libros que decidió guardar ahí para darle uso. El apagón general del mes de marzo de este año dañó el equipo, no tiene dinero para arreglarla, mucho menos para comprar otra.

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

La mujer, de 65 años de edad, vive en una humilde casa con techo de zinc y poca luz en el interior, ubicada en las Parcelas del Socorro, municipio Valencia. Allí también se aloja su esposo Fernando Castellanos y sus hijos, uno de 14 años y otra de 21, quien es la única de la familia que trabaja.

Castellanos y su esposo han sufrido la crisis. Ambos presentan un cuadro de desnutrición severo, ocasionado por la escasez y los altos precios de los alimentos.

Fernando tiene cuatro hernias discales, situación que lo mantiene postrado en un colchón desgastado. Castellanos también está enferma. Antes se dedicaba a limpiar casas para llevar más dinero a su hogar, pero su condición física hoy se lo impide, por lo que ahora sobrevive con los Bs 40.000 de su pensión y la caja del CLAP que llega cada dos meses.

La mujer duerme con sus hijos en un pedazo de goma espuma vieja y sucia. Contrajo sarna por acostarse ahí, pero no tiene un colchón, el único que tienen es el de la cama individual que usa su esposo enfermo.

La casa en la que vive la familia está en ruinas, se inunda con solo una llovizna. Las paredes muestran señales de filtración y no hay baño porque el que tenían se cayó durante la temporada de lluvia anterior.

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

A pocos metros de las Parcelas del Socorro, en una pequeña vivienda también permanece postrado en un colchón José Gregorio, un joven de 22 años de edad que padece de hidrocefalia desde su nacimiento.

“Se venden cigarros”, se lee en un cartel, escrito a mano y medio doblado, guindado en la entrada de la vivienda. Esta es la segunda fuente de ingresos de la familia, que sumada a primera -escasas remesas familiares-, alcanza para poco.

Maibe Herrera, la madre de José Gregorio, decidió contar su historia. La crisis, el estado de salud de su hijo y la migración de sus hijos mayores la hacen romper en llanto durante la entrevista.

Para ella, el día a día es duro, solitario y lleno de preocupaciones, pues comprarle los pañales a José Gregorio le resulta cuesta arriba y debe optar por otras opciones como suplirlos con sábanas y plástico para que el orine no pase al colchón.

Las remesas que le envían sus hijos desde el exterior no le alcanzan. “Solo compro los alimentos que me alcancen con los reales”, asegura la mujer de 56 años de edad, que aún permanece en esta zona rural de Carabobo donde los servicios básicos escasean y la ayuda del gobierno es intermitente y, en su mayoría, nula.

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Entre el silencio y la desesperación

En una Biblia desgastada, Carmen Madrid de 80 años de edad guarda pedazos de papel con algunos mensajes que ha escrito. Conserva notas donde plasma su fe y optimismo a pesar de las circunstancias. También otras más simples, en las que pide algún alimento o expresa alguna dolencia, que son las que usa para comunicarse con su hijo y sus vecinos ya que un cáncer de garganta le quitó la voz.

Desde ese entonces, el papel y el lápiz se convirtieron en la forma de comunicarse de la mujer que reside en el Bloque 1 de La Isabelica en Valencia, una de las zonas más golpeadas de la entidad por el racionamiento eléctrico y la deficiencia de todos los servicios públicos; por ejemplo, los habitantes no tienen línea telefónica desde hace tres años.

Madrid vive con su hijo de 40 años de edad, pero la mayor parte del día permanece sola en casa. Su condición aunada a la dura crisis que afronta el país le provocó un fuerte cuadro depresivo e insomnio.

En su casa falta la comida, el sueldo de su hijo y su pensión de Bs 40.000 no son suficientes. La situación empeoró con los apagones registrados en todo el país en marzo de 2019 porque los constantes cortes la dejaron sin electrodomésticos: se dañó su nevera, el televisor y hasta un pequeño radio con el que solía informarse sobre la situación del país.

Madrid no va al médico desde hace varios años, se queja de un fuerte dolor en sus piernas y de la falta de medicinas para regular su tensión. Entre lágrimas, la mujer lamenta la dura situación del país, espera que haya soluciones rápido. Madrid aboga por la salida del poder de Nicolás Maduro, a quien le escribió una nota que permanece guardada en su Biblia:

“Maduro, me podrás quitar la luz, el gas, el agua, pero nunca me podrás quitar la fe en nuestro señor Jesucristo que pronto nos vendrá a salvar”, se puede leer en el texto.

La mujer continúa en aquel bloque de La Isabelica, sobreviviendo con la ayuda de sus vecinos y su hijo.

Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Entre 2018 y 2019 la crisis se agudizó, la inflación se disparó y los venezolanos están inmersos en constantes violaciones a sus derechos económicos y sociales. Es un secreto a voces; sin embargo, el último informe emitido por la Organización de las Naciones Unidas lo respalda.

Los carabobeños, los venezolanos, luchan cada día para sobrellevar los estragos de la Venezuela actual. Picón, Castellanos, Madrid, Blanco y sus familias son el reflejo de un país en quiebra donde sus habitantes sufren las consecuencias del manejo ineficiente de una nación sumergida en una de las peores crisis vividas, y descritas, de la región.

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