• Hay quienes trabajan en medio de la crisis para continuar regalando sonrisas, acompañamiento y ayuda a quienes lo necesitan. Guillermo Otero y su equipo de la fundación Lepo visitan hospitales, comunidades y teatros para dar apoyo a los ciudadanos

Guillermo Otero entra en su personaje de payaso, Cometa, e inmediatamente empieza su labor. Abre con torpeza la puerta de una de las salas de hospitalización de la unidad de pediatría del Hospital Clínico Universitario, y acto seguido los ocho payasos que lo acompañan entran en tropel con risas, música y chistes.

Pero no solo hacen notar su presencia con muchos sonidos, sino también con los llamativos colores de sus narices rojas, ropa excéntrica y desmesurados zapatos.

La melodía de una armónica hace sonreír a Geangely, una niña invidente que no duda en mostrar su alegría, mientras su madre le canta al ritmo del instrumento.

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Foto: Fabiana Rondón

“¿Cómo estás?” es una pregunta prohibida, una que los voluntarios no se permiten formular a los pacientes, pues en un hospital la mayoría atraviesa por una crisis de salud.

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Foto: Fabiana Rondón

Otero, preside la fundación llamada Lepo, acrónimo de La esencia de lo posible, la primera organización sin fines de lucro de payasos humanitarios registrada en el país, en el año 2015.

Actualmente, Venezuela atraviesa una crisis humanitaria caracterizada por la severa escasez de medicamentos, insumos médicos y alimentos; y que de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, al menos dos millones de ciudadanos necesitan asistencia sanitaria, incluyendo a un millón de menores de 5 años.

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Foto: Fabiana Rondón

Los oscuros pasillos de pediatría fungen como pista de juegos para Cristian, quien los recorre en su silla de ruedas, de sala en sala y con los zapatos a medio poner. Sonriendo, siempre sonriendo. Al ver a los payasos acelera el ritmo para volver a su habitación, acostarse y esperarlos. El niño de 11 años comparte cuarto con Gaby, otra paciente a quien parece no agradarle la escena, aunque le presta atención.

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Foto: Fabiana Rondón

Antes de iniciar el recorrido, los payasos se reúnen. Hacen dinámicas de integración y repiten las normas de bioseguridad para resguardar al paciente y al especialista del humor: “No debemos sentarnos en el piso. Debemos higienizar las manos hasta tres veces con el antibacterial, y luego lavarlas con agua y jabón. No cargamos niños. En caso de permitirnos algún contacto físico, debe ser en los hombros”.

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Foto: Fabiana Rondón

La Biblioteca Virtual de Salud (BVS), de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), realizó en el año 2008 un estudio llamado “Evaluación del efecto de la actuación de los payasos de hospital sobre la ansiedad, en los niños sometidos a una intervención quirúrgica”. El resultado del trabajo arrojó que los menores que recibieron atención por parte de los payasos eran menos propensos al estrés y al miedo que quienes no contaron con este estímulo. También se determinó que el efecto se prolonga aún después de la visita, pues “los resultados se mantienen siete días luego del alta”, asegura la OPS en su portal web.

Alejandro se levanta de su cama al escuchar la algarabía en el pasillo. Se recuesta de la puerta para observar. Tiene mala cara, está pálido y su humor no es el mejor. Un payaso se le acerca y él se rehúsa a socializar. No cede. Pero la resistencia es vencida poco tiempo después y el niño no para de reír con las ocurrencias de sus visitantes.

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Foto: Fabiana Rondón

Los payasos salen de su habitación y entran en otra, donde los espera una niña con la misma reticencia inicial que la de Alejandro, y que como la de él, no tarda mucho en ser derribada. Son muchas las habitaciones que quedan por alegrar, por eso los payasos se dividen en parejas para hacer visitas de cinco minutos de duración y así poder brindar su alegría a todos.

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Foto: Fabiana Rondón

Más que un payaso

La investigadora y docente teatral Cristina Moreira en su libro Técnicas del clown se refiere a la práctica de esta técnica como el lenguaje artístico que nace y se desarrolla con los criterios del circo.

Los “payasos humanitarios”, como también se les conoce, promueven la solidaridad entre las personas. Se enfocan en el acompañamiento emocional y en los espectáculos con el fin de mejorar las condiciones de vida en zonas de conflictos, o que atraviesan por situaciones complejas. Visitan hospitales, institutos, ancianatos, realizan actividades en calles, bulevares y comunidades.

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Foto: Fabiana Rondón

El lenguaje del payaso humanitario es el juego, es su forma de acercarse. Y como característica diferenciadora de los payasos comunes: no usan maquillaje, porque les genera cercanía con las personas y evitan el repelió.

Otero, quien es TSU en informática de profesión, relata para El Diario de Caracas que el payaso humanitario en Venezuela y en el mundo es un servidor de paz, y su labor significa estar siempre a favor de la comunidad, los valores y el crecimiento.

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Foto: Fabiana Rondón

“No finge que nada pasa. Al contrario, es un ser tan vulnerable que siente las emociones y situaciones a flor de piel, y se hace cargo de ellas mediante su trabajo como payaso, su filosofía clown y su preparación práctica y teórica para abordarlas desde el juego, la cercanía y el ridículo como herramientas”, expresa.

El especialista en humor asegura que la figura del payaso humanitario ayuda a recordar que siempre se puede tener una visión diferente, sin importar cuál sea la situación. “Eres la esencia de ti mismo y no lo que te pasa; no existe nada tan serio que no pueda ser ridiculizado”, agrega.

A pesar del entusiasmo propio de estos clowns criollos, la crisis por la que atraviesa el país no deja de afectarlos. Sin embargo, la escasez de transporte público, la migración de algunos de sus compañeros y la necesidad de atender trabajos remunerados con los que sobrevivir no son impedimento a la hora de contagiar sonrisas en una Venezuela en crisis.

Cuando el reloj marca las 12:00 m, Guillermo Otero se quita el traje de Cometa, la ropa excéntrica, los desmesurados zapatos y la nariz roja para regresar a sus labores diarias como programador y agendar la próxima visita social a cualquier comunidad que lo requiera, porque sabe que regalar minutos de alegría a los niños venezolanos es una labor que no debe cesar.

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Foto: Fabiana Rondón
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