• Esta tira cómica fue un referente cultural e ilustrativo de la sociedad venezolana en las últimas décadas del siglo XX . Luego de estar 20 años enfocado en la escultura, Jorge Blanco desempolva sus lápices y revive a El Náufrago para El Diario

Las historias que narran el comienzo del naufragio de este personaje, con una delgadez que lo define, se caracterizan por su disparidad.

El Náufrago, sin nombre y sin diálogos, se caracteriza por su talante minimalista para entrever las presiones sociales y los deseos del hombre contemporáneo. Jorge Blanco define al personaje en exclusiva para El Diario como una representación de un momento necesario de soledad  y de “un anhelo que en ciertas ocasiones todos sentimos: la total evasión, el deseo de abandonarlo todo y refugiarnos en un dulce, tranquilo e imaginario lugar, solos, sin otro compañero, apoyo o cobijo que la madre naturaleza, y sin otra propiedad y riqueza que nuestros propios pensamientos”. 

El relato que alguna vez Jorge presentó en 1983 para explicar la historia de este personaje se bifurca y desemboca en dos maneras de entenderlo. La primera refiere a la afición que tenía este hombre por los globos aerodinámicos y la ansiedad sufrida por la masificación de la sociedad.

Desde una oficina muy pequeña, en una gran empresa bancaria, veía pasar muchas personas diariamente, sin detenimiento. El agotamiento de la vida repetida y el delirio por los artefactos voladores fueron los detonantes para que este hombre delgado, de barba hirsuta y prominente calva, decidiera dejar su vida en la ciudad para emprender un viaje en una canasta levantada por un globo hecho de retazos de tela.

Pero este relato, aclaró Jorge en una entrevista de aquel entonces, puede ser producto de las alucinaciones del náufrago. En cambio, su voz como creador infiere que el relato más certero es el segundo: el hombre barbudo era parte de la tripulación de un barco científico que se trasladaba por las aguas del pacífico en busca de las rarezas del trópico. 

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Edición de El Diario de Caracas del 13 de julio de 1980, donde apareció la primera caricatura de Jorge Blanco | Foto cortesía

La idea empezó a resurgir en la cabeza de Blanco cuando estudiaba en la Academia de Bellas Artes, en Roma. En ese momento estuvo en contacto con dos personajes que lo ayudaron a definir su obra ilustrativa: un marinero y un caricaturista. No recuerda el nombre de ninguno, pero tampoco olvida la importancia de ambos para determinar la figura del Náufrago, una caricatura que estuvo presente en las páginas impresas de El Diario de Caracas durante dos décadas.

Al marinero, narra en la entrevista con Luis Lozada Soucre, lo conoció en las caminerías de Roma. La vida del hombre proveniente de Nápoles, región del sur italiano, está plagada de relatos del mar, de la incertidumbre y los peligros, de las soledades de la noche y el pesar de los días soleados. Jorge, por su parte, escuchó atentamente cada uno de los cuentos e imaginó el comienzo de su caricatura. 

“Fue en Roma, cuando comencé a realizar las primeras secuencias de este hombre perdido. Al tener el argumento, lo uní a un viejo y persistente interés personal de intervenir en la comunicación masiva. Cómo sentía la necesidad de echar un cuento y que este fuera leído por mucha gente. Al conocer la existencia del Náufrago me dije: Ya tengo el tema, ahora en lugar de escribirlo, voy a dibujarlo”, explicó Jorge Blanco a sus 35 años, en el lanzamiento de la caricatura. 

El Náufrago se transformó en un referente de la sociedad venezolana de finales del siglo XX. Su carácter minimalista, el silencio enigmático del personaje y la capacidad de Jorge Blanco para escarbar los pesares del hombre moderno fueron características que marcaron la atemporalidad de la caricatura. 

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El Náufrago se liberó de los grilletes de las páginas de las publicaciones periódicas y empezó a ser reproducido en tazas, camisetas, afiches, entre otros productos. En los años posteriores al lanzamiento de la caricatura, Blanco fue reconocido con el Premio Pedro León Zapata al mejor caricaturista del año, en 1982. El Instituto Autónomo de Biblioteca Nacional le dio un reconocimiento a su libro El náufrago I. Además, las ilustraciones de “El náufrago” fueron incluidas en The Best Design of Latin America & The Caribbean, libro editado en Nueva York, en 1995.

Sin embargo, después de 18 años siendo parte de la rotativa de El Diario de Caracas y de varios periódicos de todo el país, Jorge Blanco decidió dejar Venezuela para dedicarse plenamente a la escultura y desde 1998 el Náufrago se quedó en su pequeña isla, sin ser representado en papel, con su barba hirsuta y notable delgadez.

El trabajo escultórico de Blanco lo posicionó como un artista representativo por varios países del mundo. Su obra se caracteriza por una figura minimalista, con pocos rasgos expresivos, pero que mantiene una sensación esencial que se explaya ante la mirada del espectador. Sus esculturas en el espacio público se encuentran en Japón, Estados Unidos y Venezuela, pero en Europa existen varios coleccionistas privados que han adquirido la obra de Blanco.

Un retorno optimista

Este 17 de diciembre el Náufrago vuelve a casa, vuelve a El Diario, para recordar su transitar por las rotativas del antiguo Diario de Caracas y revivir el oficio ilustrativo después de 20 años.

“El concepto principal de El Náufrago en los años ochenta era la evasión de la realidad, y estoy convencido, lamentablemente, que en Venezuela ese deseo de huir es más válido aún que hace cuatro largas décadas”, detalla Blanco sobre el regreso de su caricatura más laureada.

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Aunque existen cambios incalculables entre la Venezuela de los años ochenta, con los remanentes de la algarabía del boom petrolero y la visualización de un futuro cada vez más sombrío, y la Venezuela actual, sumergida en una de las mayores crisis del continente, también existe una similitud para el artista venezolano: la necesidad de huir, de no estar, de olvidarse del entorno citadino que agobia y deslastrarse de las automatizaciones de una vida inmersa en redes y simulaciones.

El Náufrago, sea en las décadas finales del siglo XX o en el inicio de la segunda década del siglo XXI, pareciera mantenerse como una representación de un deseo humano. 

Para Jorge Blanco el barbudo no tendrá conciencia de los cambios que ha padecido el mundo en los últimos 20 años.

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Quizás el personaje notará, entre otras sorpresas, que llegarán mucho más botellas de plástico que botellas de vidrio con interesantes mensajes”.

Sus inicios en la escultura se remonta a 1975 en la Galeria G ubicada en Caracas, pero fue en 1979, con una presentación en El Museo de Arte Contemporáneo que se encontraba bajo la dirección de Sofía Imber, que su obra escultórica tuvo el reconocimiento necesario en Venezuela. Luego, se enfocó en su trabajo en la rotativa de El Diario de Caracas y como director creativo del Museo de los Niños y fue en 1998 cuando decidió emprender su rumbo fuera del territorio venezolano y ampliar su concepto escultórico. 

“Es cierto, la escultura es mi pasión, pero pienso que es similar el proceso creativo de crear una obra tridimensional que una gráfica, lo que lo hace diferente es la realización: la técnica, los materiales, el tiempo, el espacio, el público. Me alegra con el regreso de mis historietas, tener que despertar unos “músculos” dormidos, por suerte los “músculos” del dibujo tienen memoria”, agrega Jorge Blanco desde su hogar en Sarasota, Florida. 

Jorge ve con entusiasmo el regreso de un personaje con unas características autónomas en el mundo de los medios masivos. 

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La obra de Jorge Blanco ha tenido como bastión principal, tanto en su obra escultórica como en la ilustrativa, participar de la cotidianidad de los seres humanos y transformar la obra artística en un espacio de relación entre todos los individuos que conforman una comunidad.

“El “cómic” es un medio de comunicación masivo similar al cine o la televisión, en ese caso, la oportunidad de hacer contacto con un gran público es muy atractivo para todo artista, pues el arte es comunicación también”, aclara. 

Su deseo, antecedido por un inmenso optimismo ante el proyecto que se está llevando a cabo en la sala de redacción de El Diario, es ser el compañero de la barba blanquecina que acompañe al grupo de “navegantes” que limpian la cubierta del barco, liman las asperezas del periodismo y se encargan de izar las velas de un futuro promisorio a partir del trabajo ético de la noticia.

“Mi modesta contribución atará a los viejos lectores con el gozo del recuerdo y atraerá a nuevos lectores con una visión optimista y alegre de la vida, una ventana a un mundo insólito ajeno de la intoxicación política”, agrega con emoción Jorge Blanco. 

Jorge Blanco, con las canas que se ciernen sobre su barba, entiende el reto que significa hacer periodismo en Venezuela pero, al mismo tiempo, entre las dificultad, siente emoción por encarar este nuevo reto junto a El Diario.

“Espero que mi minúsculo «grano de arena” contribuya a difundir optimismo y alegría en los lectores. Muchos de ellos se sentirán identificados con el personaje: náufragos en un país destrozado”, finaliza. 

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