• Ha sido una de las directoras más exitosas del cine venezolano. También una de las gerentes culturales más importantes de los últimos años al frente de el Centro Cultural Trasnocho. Luego de tantos años, Solveig Hoogesteijn sigue sin cansarse, y solo desea seguir contribuyendo al país desde el arte

Al recibir al equipo de El Diario, lo primero que hace Solveig Hoogesteijn, cineasta y coordinadora del Centro Cultural Trasnocho, es buscar un sitio donde se le pueda fotografiar. Rechaza tajante la proposición de que se le retratara en su oficina, debido a que la única fuente de luz en dicha locación eran unos tenues bombillos amarillos en el techo. “La iluminación aquí es horrible, no sirve. Vamos a otro sitio”, dice mientras se ve en el espejo de su despacho. Se arregla un poco el cabello y se toca la cara, enrojeciendo sus pómulos.

Le obsesiona buscar la luz perfecta. Se detiene en las escaleras del Trasnocho que llevan a El Paseo Las Mercedes. ¿Se acerca al alumbrado correcto para lograr las fotografías? Vacila. “Puede ser aquí… No, aquí tampoco”, murmura.

Foto: Fabiana Rondón

Algo impulsa a Solveig. Para ella la luz no tiene la misma connotación que para el resto de las personas. Para ella hay algo más que no puede dejar de ver, que no puede obviar. Debe ver cada imperfección, cada rasgo, cada trazo de luz en la piel, todo debe estar justificado.

Lo otro que resalta de Solveig, al conocerla, es su voz. Quizás por eso es que la prensa no ha dudado en reseñar su “particular” tono al conversar. Su dicción es calmada, grave, seca, casi áspera y resulta, en sí misma, una fuerza tangible que parece poner todo lo que alcanza en orden. Los pocos picos agudos que se escuchan en la voz de Solveig —que surgen cuando recuerda algo particularmente cómico— parecen como pájaros tratando de salir de una red que los aprisiona.

Mientras recorre las instalaciones, varios empleados la saludan, le piden su opinión sobre algún tema. Es el ejercicio de su función y responsabilidad. Se trata de un estilo de gerencia, comentaría posteriormente, de carácter democrático y horizontal.

“Aquí me parece que está bien”, dice finalmente Solveig en el hotel Paseo Las Mercedes, después de media hora de búsqueda de un buen sitio para que se le tome fotografías. El sol de mediodía, bloqueado por un pequeño techo, permite “que el rostro quede perfectamente iluminado, sin tantas sombras”, comenta. Sin embargo, no deja de ser cautelosa, y pide que se le tome una fotografía para verse a sí misma. Da su aprobación con una pequeña sonrisa cómplice.

Foto: Fabiana Rondón

Frente a la pequeña piscina, Solveig enciende un cigarrillo: una de sus dos adicciones. “La otra”, acota, “son los chocolates”, dice pausadamente. Lleva siempre dos anillos idénticos en cada mano. Uno lo compró, y el otro se lo regaló su hermana, quien, asegura, no tenía idea de que tenía un aro igual. “Feliz coincidencia”.

—Si le pidiera que empiece a contar su vida por donde usted quisiera, ¿Por dónde empezaría?

—Depende de la persona a la que le vaya a hablar, respondería una u otra cosa. Tú me estás entrevistando para un medio público, esto que voy a decir va a ser publicado… Pero te diría que mi vida empezó cuando empecé a observar a los adultos y vi que eran capaces de tener distintos niveles de felicidad. También cuáles eran las personas más felices.

Pero Solveig, aclara, no se refería a los que eran más jocosos, ni a los que contaban más o menos chistes. “Porque hay quienes se ríen y son tontos, no son felices”. Para esa joven Solveig lo más importante era quiénes vivían con más intensidad. Por su casa pasaban comerciantes, artistas, vecinos, banqueros, profesores de música.

—¿Y quiénes eran esos que te cautivaron tanto?

—Los artistas, responde sin titubear.

Un hogar estricto

Aunque vivió toda su vida en Venezuela, Solveig no nació en este país, sino en Suecia en el año 1946. Su padre era un comerciante holandés, y su madre, alemana, era ama de casa. Ambos exiliados de una Europa destrozada, cruzaron el océano Atlántico a bordo de un buque petrolero, en busca de mejores oportunidades que las que ofrecía el viejo continente en la postguerra.

El destino de Solveig, que en ese momento tenía un año de edad, no iba a ser Venezuela, sino Panamá. Pero una conversación ocurrida durante un juego de ajedrez entre su padre y el capitán del navío en el que viajaban cambiaría la vida de la familia para siempre.

“Yo sé de petróleo”, le dijo el capitán del buque al padre de la familia Hoogesteijn, “y le recomiendo que vaya a Venezuela”. Para convencerlo, le enumeró las grandes compañías petroleras internacionales que trabajaban en Venezuela, de las cuales tenía conocimiento debido a su labor como transportador de crudo. Eran otros tiempos en los que el país era recomendado a los extranjeros que pretendían tener una vida mejor, en los que empezaba a nacer la bonanza petrolera. Y así, por ese breve intercambio de palabras, la familia Hoogesteijn desembarcó en el territorio nacional.

Llegaron a la parroquia San Bernardino, Caracas, a finales de la década de 1940. En ese momento, dicha zona llena de tanta arboleda era conocida como “pequeña Jerusalén”, por la gran cantidad de población judía que residía allí. El padre de Solveig se convirtió en uno de los primeros importadores de tulipanes, rosas, claveles, dalias. «Todas gigantes en comparación con las que crecían en Venezuela», explica Solveig. Suficiente para ser una familia próspera.

Para Solveig, hablar de su infancia es recordar escenas. Pequeños fragmentos, diálogos, como si de un guión no premeditado se tratase, todos conjugados en un collage de sensaciones.

Rememora los valores europeos, esos que le inculcaron a muy temprana edad, como la convicción de que el trabajo y el esfuerzo eran valores naturales y perdurables. A Solveig le despertaron, con entusiasmo y ternura, el amor por la belleza de un cuadro, por el conocimiento y por la cultura. No olvida los gritos jubilosos de otros niños jugando en las calles. Los suspiros, porque ella no podía salir a disfrutar. Ella debía tomar lecciones de piano y ballet. También debió aprender varios idiomas, y sacar las mejores notas de la clase.

“Durante un almuerzo conté un sueño que había tenido: rompía el piano con un hacha. Lo conté porque estaba harta del piano, de escuchar a mis amiguitos jugando y yo teniendo que tomar mi lección obligatoria. Papá me miró sobre el borde de sus lentes y me dijo: ‘Está bien, te eximo de las clases, pero te vas a arrepentir”. 

Ahora, décadas después, confiesa: “mi padre tenía razón”. A la edad de 17 años, intentó sentarse frente al teclado blanco y negro, y no pudo sacar mucho del instrumento.

Foto: Fabiana Rondón

“En mi hogar todo era muy estricto, pero curiosamente el entorno tropical, con su clima incomparable, y la manera de ser ligera del Caribe influyeron en mis padres y su generación. Amaron tanto a Venezuela que nunca más quisieron regresar a Europa. Algunos vecinos me trataban como si fuese una hija más de su familia”, narra. 

La casa de Solveig parecía un pequeño país con sus propias reglas, su tempo, su forma de ser, ajeno a los modales venezolanos. Al dejar su hogar, cuando empezaba a interactuar con otros jóvenes, ella misma cambiaba su manera de ser. “Yo quería pertenecer a ambos mundos”, insiste.

Su papá era “demasiado” melómano, asevera Solveig, quien lo describe como un investigador perenne de la cultura, de la música, del buen gusto. Clásica, jazz, música popular, baladas, folklore, salsa. “En mi casa siempre había música”.

A la corta edad de cinco años cambió la vida de Solveig Hoogesteijn, cuando vio la película El Ladrón de Bagdad (1940). No pudo dormir en varios días, y quedó muy perturbada por las imágenes de los monstruos que debía enfrentar el protagonista. Pensamientos, ideas, una pulsión, soñar despierta. Interrumpió la sueño de sus padres y hermanas varias veces buscando respuestas a eso que había visto. «Descubrí el poder del cine como medio relata una historia a través de emociones».

Ese fue uno de los principales eventos que le mostraron que debía dedicarse a hacer cine. Luego de haber realizado estudios de arte en el país, su siguiente paso fue entrar a la Universidad de Cine y Televisión de Munich (Alemania) a principios de la década de 1970, dejando atrás su hogar por varios años. “Tuve que esforzarme mucho, sin embargo, para poder alcanzar el nivel cultural de mis compañeros. Porque el nivel educativo de los alemanes era mejor”.

“No admiro a las mujeres víctimas”

La obra cinematográfica de Solveig Hoogesteijn es corta pero significativa. Tiene en su haber de la ficción, entre otras obras, la dirección de El Mar del Tiempo Perdido (1976), basado en un cuento de Gabriel García Márquez ; Manoa (1980), con la que participó en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes; Alemania puede ser muy bella a veces (1982); Macu: La Mujer del Policía (1987), uno de los mayores éxitos del cine venezolano; Santera (1994), rodada en Cuba; y Maroa (2006), Cada una de ellas lleva, en palabras de Solveig, parte de su ser interno, de su modo de ver el mundo.

“El concepto de mujer sacrificada”, explica, “no lo admiro. No admiro a las mujeres víctimas, todas las víctimas buscan un victimario y viceversa. Considero que esos son esquemas que deben superarse para lograr más felicidad, comunicación y entendimiento entre ambos sexos. La victimización de la mujer, que en otras culturas es un hecho cotidiano, retrasa nuestro desarrollo como sociedad. Hay mucho de eso en todas mis películas, es inevitable, pues necesariamente mi obra expresa parte de mi filosofía de vida”.

Sobre Macu: La Mujer del Policía se ha escrito mucho ya. Un hito del cine nacional que duró meses en las carteleras, que se atrevía a diseccionar a la sociedad venezolana desde un suceso espantoso, el de “El monstruo de Mamera”, un policía que asesinó a varios hombres en un caso de infidelidad.

–¿Pensabas que Macu: La Mujer del Policía iba a convertirse en ese éxito sin precedentes desde el principio?

–Fíjate que no. Yo creía que era buena, pero mi montador (el encargado de la edición) me dijo que no iba a ser comprendida por el uso recurrente de flashbacks, porque era una estructura narrativa muy atrevida para el lenguaje cinematográfico usual de ese tiempo. Ahí empecé a dudar. Sin embargo, todo el equipo técnico estaba enamorado del proyecto, y la comprendían perfectamente. En ese momento, sabía que iba a ser bien recibida la película, al menos en taquilla.

Ese filme también supuso un acercamiento de Solveig a las zonas populares de Caracas, y a una realidad que le era ajena.

“Yo había visto el barrio siempre desde lejos cuando era niña y adolescente. Pero cuando regresé de Europa, vine con un compromiso político. Quería discutir la realidad, no apartarme de ella”.

La mayoría de las películas de Solveig tienen como banda sonora la música hecha por Víctor Cuica, quien luego se convertiría en su esposo y en el padre de su hijo Jan. “Lo conocí por el cine, discutimos la posibilidad de hacer bandas sonoras para mis películas y dije: ‘Bueno, evaluemos’. El resto es historia. El es un músico, jazzista, por lo que congeniamos en ese aspecto. Desde mi infancia tuve debilidad por el género, por lo interesante que resulta la improvisación a través de la cual los intérpretes se expresan individualmente”.

Para la realización de Santera; coproducida entre Venezuela, España y Cuba; Solveig cuenta que tuvo que solicitar permiso de santeros cubanos, quienes leyeron el guión y aprobaron la realización del proyecto. Nuevamente, la disección de realidades oscuras es lo que parece interesarle.

“Ese compromiso de analizar la realidad es generacional. Mi generación fue una que pensaba que todos los ciudadanos teníamos un deber político, y más en una Latinoamérica en la que el entendimiento de la democracia no se ha asentado correctamente. Ahora los autores cinematográficos han decidido no abordar el tema político actual, la realidad que nos acusa, sino el tema de género, o de zombies o vampiros. Eso para mí es una manera de evadir los problemas que están ocurriendo en el país y que son insoslayables”, afirma.

Foto: Fabiana Rondón

–¿Crees que el hecho de no tocar temas actuales proviene de la censura o la autocensura?

–Hay censura, y con la censura viene la represión. Cada quien sabrá si se atreve a nombrar las cosas por su nombre, o hasta que punto se censura porque hay convenciones, prejuicios o porque conviene censurarse. Hay quienes prefieren ganarse ciertos estratos de la sociedad, y hay quienes callan porque tienen miedo. El miedo es libre, y lógico: estamos en un país donde existen presos políticos, torturas. Eso se le debe dejar a la conciencia de cada individuo.

El equipo de El Diario regresa a la oficina de Solveig, que queda frente al estacionamiento de El Trasnocho.

Toda la sala está bañada por pequeños bombillos de luces amarillas. Detrás del escritorio de Solveig, hay una pequeña biblioteca y fotografías. En su mesa de trabajo está un pequeño cenicero hecho de cobre. La cineasta decide fumarse otro cigarrillo y comienza una anécdota sobre su fama.

“Iba manejando en la autopista, en una cola, y escuché al vendedor ambulante de películas quemadas ofrecer mi última película, Maroa, así: ‘Llévese Maroa, de los que hicieron Macu: La Mujer del Policía y Santera’. Yo estaba impresionada. Ni siquiera había estrenado Maroa aquí en Venezuela en ese momento. Pero ellos son unos zánganos, unos genios del mercado, saben cómo vender las cosas”, relata Solveig.

Para la cineasta, el séptimo arte venezolano está en la búsqueda de una voz propia, que aún no consigue, pero que persigue incesantemente.

“Si pensamos que una película como Desde Allá (2006), de Lorenzo Vigas –que ganó el León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia–, se hizo, en gran parte, con dinero de Venezuela, del CNAC (Centro Nacional Autónomo del Cine), que se filmó en Venezuela con un equipo técnico en gran parte venezolano, con un joven actor venezolano, eso es muy significativo. Quiere decir que tenemos el talento, tenemos las historias. Pero la transparencia de los organismos de financiamiento del cine, por los que muchos trabajamos y fundamos, se está perdiendo, porque no se respeta la Ley de Cinematografía, ni el reglamento interno de la institución (CNAC)”, explica.

Gran parte del personal con experticia del CNAC ha dejado el país debido a la crisis, y los que han llegado a suplir ese vacío vienen con la mente llena de prejuicios ideológicos, según Solveig.

Pero no deja de soñar con la constitución de una verdadera industria de cine nacional, que se maneje de acuerdo con criterios comerciales y artísticos. “Porque el cine”, dice, “desde hace ya 100 años dicta pauta. Nos muestra que no solo es un negocio que da trabajo a muchísimas personas, sino que la taquilla genera riquezas millonarias. Aquí eso se ha ido perdiendo, pero debe, y puede, recuperarse”.

–¿Tiene algún guión engavetado?

–Tengo el guión para una serie, pero está detenido por el momento.

Un deseo patriótico

En su oficina en El Trasnocho, Solveig comienza a quejarse de la falta de Internet. “Lo más difícil de trabajar aquí es que no hemos logrado la independencia total de los servicios públicos. No contamos con nuestro propio servicio de agua, luz e Internet, por el momento”, comenta. Y no oculta que, pese a que es la coordinadora general, ha tenido roces con los empleados públicos que la desmeritan por ser mujer.

“A veces, cuando tengo que confrontar individuos hombres de la gestión pública, como bomberos o funcionarios de Corpoelec, me ven como mujer y algunos se ríen. Otros no me toman en cuenta. En mi oficina tengo la posibilidad de ejercer mi verbo y mostrar que estoy tan capacitada como un hombre”, asevera.

El Trasnocho Cultural como centro de esparcimiento empezó, en palabras de Solveig, como un “deseo patriótico” a principios del siglo XXI.

“Diría que esto comenzó con dos mujeres muy maduras que aspiraban a tener dos salas de cine de arte y ensayo. Y vimos el potencial de ampliar esa idea inicial a un centro cultural”, relata.

Lo que más obsesionaba a Solveig era la idea de lograr un centro sustentable, que no tuviera que solicitar subsidios del Estado. Pidió, para ello, la libertad de escoger a personas que trabajaran con propuestas innovadoras y, sobretodo, tesón.

“Nuestra forma de hacer las cosas”, revela Solveig.

Tenemos un estilo de gerencia lo suficientemente flexible y serio. Empezamos con la idea de que la cultura era una cuestión rentable, y aún lo creemos. Eso no significa que no mantengamos unos niveles de calidad adecuados, que es lo que siempre buscamos”.

Uno de los aspectos más innovadores es una oferta en la que, al menos, se presenten tres obras de teatro en el espacio cultural cuando haya cartelera, en un mismo día y en un mismo escenario. “Para ello contamos con un espacio grande detrás del escenario en el que tenemos toda la utilería y escenografía. Supone un gran trabajo ir cambiando el escenario luego de cada obra, pero es lo que nos ha permitido conseguir la rentabilidad del teatro. En eso considero que nos han imitado, lo cual pienso que es positivo”.

Mientras Solveig contaba esto a El Diario, un bajón de luz hace que se corte una función del Festival del Cine Europeo. “Dios mío, me voy a volver loca”, dice mientras se lleva las manos a la cabeza. “Esto es imposible”.

–¿Has pensado en emigrar, dejar todo este estrés?

–Me lo han propuesto familiares, pero yo me resisto a dejar ir todo esto. No es fácil empezar desde otro lado, y olvidar tanto esfuerzo me dolería demasiado. Casi toda mi familia se ha ido. Pero me resisto a dejar mi país, en el cual hay mucho por construir y un gran talento.

Una vez resuelto el tema del proyector de la película, Solveig recuerda aquel momento en que se fue la luz en medio de la obra de teatro “Terror” este año. Si hubo un centro cultural afectado por la falla eléctrica masiva de marzo, ese fue El Trasnocho.

Pero no lo rememora como algo malo, sino “mágico”. Porque ese fue un día en que la gente decidió expresar su apoyo al arte por encima de cualquier cosa.

“Me imagino a esas personas. Faltaba media hora para que se acabara la obra, no sabían si al llegar a sus hogares iban a tener electricidad para cargar sus celulares, con todo lo que eso implicaba en la época de los apagones. Y aún así decidieron alumbrar el escenario. Eso significa un nivel de conciencia altísimo de parte del público. Un compromiso enorme en resistir, en aprecio a la labor cultural. Fue muy conmovedor”, relata.

Posterior a ello, el Trasnocho tuvo una de sus mayores crisis: cerró por tres semanas seguidas.

Quizás tanto cariño por parte de la gente que asiste al Trasnocho a ver cine, teatro, artes plásticas o en búsqueda de buena literatura sea uno de los grandes logros de la gestión cultural de Solveig. “Hay personas que vienen al Trasnocho todos los días, y se sienten ya dueños del lugar. Pero cuando cerramos, duramos un buen tiempo para lograr que la clientela regresara. Fue muy duro, espero que no volvamos a pasar por algo así”.

–¿Cuál diría que es el secreto del éxito de El Trasnocho?

–Una gerencia democrática. Hay mucha libertad a la hora de proponer tópicos, yo no impongo nada a los demás. Nuestro trabajo es el de la difusión cultural accesible y de calidad, en primer lugar, y luego el negocio. Mira por ejemplo las entradas de cine, mucho más económicas en comparación con otros cines de Caracas. Eso es una política muy consciente, que nos ha permitido crecer. Nuestra promesa era la autosustentabilidad, y logramos en menos tiempo del que nos planteamos.

Whiskey

Al concluir sus días de trabajo, usualmente a las 6:00 pm, Solveig llega a su casa y se prepara un whiskey. “Puro”, acota, “porque siempre tiendo a llegar con la tensión alta, debido a que soy muy proactiva. Ya uno conoce su organismo y sabe cómo llevarlo mejor”. 

–¿Piensas que has tenido dificultades a la hora de estar en el campo de la cultura por ser mujer?

–Siempre hay prejuicios, pero las mujeres siempre hemos estado al frente. Mira por ejemplo a Sofía Imber en el Museo de Arte Contemporáneo, o a Maria Teresa Castillo y el Ateneo de Caracas. En el cine, las películas hechas por Fina Torres, Marilda Vera, Mariana Rondón o por mí se han destacado, ya sea en taquilla o en festivales.

Solveig es especialmente incisiva en este punto, y cuenta que en el Festival de Jóvenes Directores Trasnocho, luego de que el galardón principal fuera adjudicado a dos chicas, este año las postulaciones son casi todas de mujeres.

“Eso demuestra que cuando la mujer se destaca, eso inspira muchísimo a otras mujeres. Nos educaron para cargar con muchas frustraciones sobre nuestros hombros, pero creo que la mujer tiene muchas herramientas para algo distinto”, expresa.

A Solveig Hoogesteijn se le puede conocer de muchas formas. A través de libros de cine o de gerencia cultural; de las películas; de los estudios.

Mientras apaga un cigarrillo en su cenicero de color cobre, concluye la entrevista con un deseo: “Yo solo espero trabajar hasta mi último aliento”.

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