• El equipo de El Diario se trasladó hasta la frontera de Puerto Santander, en Colombia, para documentar el contrabando de gasolina y las extorsiones que realizan el grupo irregular «Los Rastrojos» en territorio venezolano

Una inmensa extensión de tierra árida se abre a ambos lados de la autopista que va desde la frontera, en Cúcuta, hacia Puerto Santander. Un inmenso matorral cubre el camino custodiado por el Ejército colombiano.

Foto: José Daniel Ramos

Huele a gasolina. Cada cincuenta metros, en ambos flancos de la vía, se amontonan los bidones de combustible de contrabando traído desde Venezuela y que los comerciantes informales ofrecen a la mitad del precio por el que se vendería en una estación de servicio colombiana. 

Aquí hay sectores en donde sus habitantes tienen que reportar cuando llega una persona que no pertenece al barrio. Aquí hay toques de queda abiertos. El que hable al día siguiente aparece muerto en el río”, nos dice el taxista que nos lleva a las trochas de Puerto Santander, en Cúcuta.

La venta ilegal de gasolina está a la vista de todos. Las calles de los pueblos están plagadas de puestos de venta ilegal. Los motoristas llevan de un lado a otro la gasolina transitan a sus anchas. Los llaman popularmente «hombres bomba» porque pueden ocurrir accidentes y a veces el carburante se incendia o explota.

Cada recipiente tiene una capacidad de entre 15 y 30 litros de combustible y cada uno puede a llegar a cargar más de una decena. El contrabando del gasolina representa 10% de la demanda en Colombia, de acuerdo con cifras de la Policía de Colombia. 

Venta ilegal. 3.500 colombianos venden gasolina venezolana de contrabando, de acuerdo con cifras del gobierno colombiano

Un hombre con la piel manchada por el sol y los residuos de la gasolina, cubre con una camisa blanca su cuerpo enflaquecido, pero no es suficiente para enmascarar los vestigios del hambre y la pobreza.

El rostro apaciguado de aquel hombre, mientras pasa los bidones de gasolina y atraviesa el caudal del río, denota la rudeza de un oficio de tráfico de gasolina.

Él se detuvo al dejar la última pimpina de una lancha maltratada por los rayos del sol y el salitre. Su color marrón hace que la mirada se confunda y se pierda en el río que une los dos países. Delgado, con una camisa que solía ser blanca y cara demacrada. Nos habla para informarnos que viene del estado Cojedes, en Venezuela. Nunca quiso decir su nombre mientras hablaba de sus pesares que lo llevaron a salir del país.

Cada palabra que salía de su boca lo hacía bajo la presión de una amenaza tenue que le advertía que no debía hablar. La muerte sobrevuela las dos frontera y tiene rostro: Son los rastrojos que se mantienen ocultos en la inmensa maleza y que les pertenece, siendo colombianos.

Foto: José Daniel Ramos

La conversación transcurre en la tierra húmeda que trastoca ambos territorios. El estrecho canal de agua es símbolo de muerte y dinero. La frontera de Puerto Santander también se ha convertido en un campo santo para los grupos irregulares.

Cadáveres han amanecido en las orillas mientras que la sangre se ha corroído en el río y las balas terminan bajo tierra. Los que siguen trabajando en la superficie del río dicen no haber visto nada.

La violencia detrás De acuerdo con FundaRedes, hasta octubre 2019, fueron asesinados 31 venezolanos en trochas o pasos ilegales en los estados Táchira y Zulia. Tres eran adolescentes.

Su voz se difumina mientras dicta un discurso soez. Nunca nos miró a los ojos. Sus amigos le advertían que su vida podría terminar la mañana siguiente por hablar de cómo se mueve el contrabando. Su piel está maltratada por el sol y sus tatuajes son pequeños retazos de tinta desgastada.

No comía en Venezuela, y por eso decidió tomar su maleta para viajar a la trocha en Puerto Santander. Quizás su vida si pudo haber terminado luego de esas palabras, pero nunca lo sabremos.

Las pimpinas, además de ser el envase donde se almacena la mercancía y la raíz que da nombre al oficio, es la unidad de medida que rige en el negocio. Cada recipiente se llena con al menos 15 litros de gasolina que se vacían enteros, a un precio único y con ayuda de un embudo y una manguera, en el tanque del comprador.

El costo por el combustible puede ir descendiendo mientras más dejas atrás el centro de Cúcuta. 

Las autoridades prefieren no hablar de barrios aledaños de la zona, pero lo cierto es que los enfrentamientos entre las bandas criminales por el control del contrabando han dejado barrios enteros a la merced de estos grupos.

Hay mujeres a quienes les ofrecen ayuda para moverse en la frontera. Sin embargo, en el trayecto, las invitan a sumarse a la guerrilla», relató un comerciante del centro de Puerto Santander

Las autoridades afirman que ‘Los Rastrojos’ tienen el control del contrabando en el municipio de Puerto Santander y las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), llamadas por las autoridades como ‘Clan del Golfo’, pero todas ellas operan en el territorio venezolano. 

La Policía de Cúcuta ha identificado al menos 68 bandas delincuenciales y que se han extendido en los principales barrios de la zona rural. Estos grupos se han especializado en ciertos delitos: tráfico de droga, contrabando y hurtos a motocicletas. Estas bandas han coexistido desde hace años con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional.

En Cúcuta es obligatorio el uso de cascos al viajar en motocicleta, pero en los alrededores del Puerto de Santander, las personas no temen en salir sin ellos, tampoco aguardan por ser afectados por el peso de la ley. 

A Puerto Santander llegan a diario cientos de personas para comprar productos básicos a precio de contrabando. Los colombianos encuentran precios más económicos y los venezolanos una solución al problema de desabastecimiento en el país. No hay restricciones para quienes visitan el lugar, pero los que desean cruzar con alimentos o gasolina son víctimas de extorsión. 

Un informe elaborado por la Fundación Redes (Fundaredes) se calcula que entre 60 y 70% de los integrantes de los grupos irregulares colombianos, como Los Rastrojos, son venezolanos entre 16 y 25 años de edad.

Los pobladores conocen muy bien las circunstancias y por eso son pocos los que se atreven a acompañar a quien quiera sacar fotografías. Las personas que viven en las casas que se encuentran en los alrededores del río se esconden. No quieren hablar.

Foto: José Daniel Ramos

Algunos murmuran que nadie se atrever a grabar porque disparan a quien se encuentre tratando de documentar lo que ahí sucede. Tampoco es descabellado que los habitantes afirmen que los grupos paramilitares tienen cámaras para controlar la zona. 

Quienes viven allí saben que se enfrentan a graves consecuencias por ayudar a un periodista. El negocio del contrabando de gasolina funciona como los grandes cárteles de la droga. Las autoridades tienen acuerdos “bajo la cuerda” para permitir el ingreso del carburante, mientras que los traficantes están bien organizados y tienen mucho poder.

Reclutamiento por la crisis Más de 15.000 menores venezolanos están al servicio de entre 8 y 12 organizaciones criminales que actúan en la frontera colombo-venezolana.

La pirámide del contrabando es pura jerarquía: todos saben ante quién deben responder. La jerarquía es igual al de las filas de un ejército: Hay comandantes hasta llegar a los soldados, los cuales  están abajo del todo. Si alguno de los pimpineros tiene algún problema con los funcionarios del Estado venezolano, se soluciona con una simple llamada. 

Foto: José Daniel Ramos

El país se declara impotente ante esta realidad. La mayoría de los venezolanos no creen que exista una solución a corto plazo. No hay datos oficiales, pero el negocio de la gasolina implica directa o indirectamente a buena parte de la sociedad, muchos complementan su trabajo con esta actividad, en un país donde el salario mínimo es insuficiente.

Los pimpineros que se dedican a este negocio no tienen una mejor vida, pero es una ayuda para sus familias que solo pueden acceder a una cena debido a la crisis del país. 

El éxodo Los últimos informes de la Acnur apuntan a que más de 4,5 millones de personas han abandonado Venezuela debido a la grave crisis del país

Pimpinero es quizá el calificativo más común que se usa para catalogar a aquellos individuos que se dedican a llenar vehículos, propios o prestados, con gasolina, para sacarla del país y venderla. Pero la dinámica no es tan sencilla. Y la manera como este oficio se ha expandido a municipios donde antes no los había, es indicador del deterioro y la crisis social que afronta Venezuela.

Ellos están organizados, tienen redes telefónicas y grupos en redes sociales donde los empleados de las estaciones de servicios avisan cuándo llegará el combustible y de qué octanos. Es un cartel que funciona bajo una organización casi perfecta.

El bombero que surte gasolina, avisa al pimpinero, éste se le paga un extra por avisar. Luego llena el tanque en una o dos estaciones de servicio para luego dirigirse al depósito donde lo vacía y repite el proceso hasta tres veces por día.

Al pimpinero se le paga en el depósito por la cantidad de litros que se le pudo sacar y este distribuidor carga nuevos camiones y los envía a la frontera, donde igualmente vende la gasolina según la cantidad de litros. Al finalizar el proceso todas las partes reciben un pago por su servicio. 

Un negocio que ha implicado la organización de este delito en una red de cooperación con distintos niveles en su organización y estructura de roles. Es, de cierta manera, una forma de delito organizado, aun cuando las partes integrantes del mismo no interactúen con base o intención de objetivos organizacionales comunes, sino individuales.

En otras palabras: cada parte busca aprovechar al máximo su propio beneficio.

Violencia. El Instituto Nacional de Medicina Legal reveló el número de venezolanos que murieron en el 2019 en Norte de Santander, víctimas de homicidios cometidos con armas cortopunzantes, armas de fuego, en medio de riñas o por otras causas, llegó hasta 132.

De acuerdo con estas cifras, el año que terminó dejó a 13 extranjeros asesinados con arma blanca en la capital (11 hombres y 2 mujeres), dos en Ocaña, dos en Villa del Rosario y uno en Convención.

Víctimas de la crisis en Venezuela continúan su ruta en búsqueda de mejores condiciones de vida.

Los pimpineros tienen la piel desgastada, están encorvados y con tatuajes desteñidos por la exposición al sol. Cruzaron la frontera con la ilusión de alejarse lo más que puedan de una revolución que ahora toma forma en paramilitares que tienen la autoridad del Estado venezolano, y sobre ellos. 

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