Fernando Vallejo en su arrabal de lengua asesina enunció, alguna vez, que la música era el lenguaje primario. Aquel que no se escudaba tras los límites del signo, que no perseguía unas fronteras y no delimitaba el entendimiento entre los seres humanos. Ni siquiera la palabra escrita, encargada de patentar la historia en las páginas blancas, era capaz de encontrar esos recovecos escondidos.

Según el narrador de la pesadez y la mortandad, el lenguaje cinematográfico tampoco era capaz de emular y generar la emoción humana. Eran artificios. Las reservas ante la lengua filosa del escritor antioqueño pueden, a veces, ser demasiadas, pero su exactitud, en una pequeña frase sobre el sentido de la música, es certera.

La música es la representación de la emoción pura y el jazz fue el punto de encuentro de los migrantes y las comunidades afroamericanas en la ciudad de New Orleans. La palabra no era suficiente para establecer vínculos entre tantos lenguajes distintos, entre los ritmos del francés y el inglés. No había forma de comunicarse más allá de la música, del sonido irreverente que los reunía en una pequeña sala sombría y que inducía, entre sus disparidades, un apretón de manos entre el caos de la violencia y el olvido. 

El jazz resquebraja el aparataje que separa la alta cultura de la cultura popular. No hay frontera que traspasar porque en la potencia de un saxofón que grita, exclama y enuncia una realidad de disparidades, se encuentran retumbando los escombros de la academia y presenta, al mismo tiempo, un sentido universal. Un sentido que le brinda al individuo, en su eterna finitud y en la espera ante la guadaña, la trascendencia necesaria para encontrar sosiego en la vida. 

E.M Cioran, el aforista de la nada y el ensayista de la podredumbre, encuentra el roce de  Lo Supremo a través de las notas musicales que traspasan el papel y la partitura, para transformarse en una nebulosa perenne. El jazz es ese ritmo de trompetas, percusiones, piano y saxofón, donde la autonomía de cada instrumento no irrumpe en la sonoridad de la pieza entera. Son distintos lenguajes, como en la casucha de New Orleans, que se encuentran en el ritmo sonoro para comunicar una sola cosa. 

Charlie Parker, entre su deseo de enterrar el cuerpo, pero mantener el alma reluciente en el sonido de su saxo, encontró la irreverencia necesaria para dar forma a través del caos, resguardando los límites del oximorón. Ambos enunciados se han entendido, a través de la historia, como entidades dicotómicas, orden y caos: una por un lado, la otra desparramada. Pero, cómo lo explicaría Julio Cortázar, el jazz es “como un árbol que abre sus ramas a derecha, a izquierda, hacia arriba, hacia abajo, permitiendo todos los estilos, ofreciendo todas las posibilidades”. Lo única que modula a ese árbol de instrumentos es la brisa, el aire que lo lleva para adelante, para atrás, para arriba y para abajo. La brisa expulsada por la esencia humana. 

Por ende, la lengua, encerrada entre los barrotes de dientes y plasmada en el signo de la tinta, encuentra su punto trascendental en el ritmo que la misma posee. El signo inerte, casi muerto en el sarcófago blanco, pocas veces logra encontrar trascendencia, pero su unificación  genera una consecución rítmica que rompe con el artificio. 

Y ese verso, a veces tan esquemático, rompe con la dicotomía orden-caos en la poética que presenta César Vallejo en “Contra Secreto Profesional»: transportar al poema a la estética de Picasso. “Es decir, no atender sino a las bellezas estrictamente poéticas, sin lógica, ni coherencia, ni razón”. 

El objetivo es no tener objetivo, ni referencia, ni realidad exterior que atente contra la pureza de la estética musical y que, entre las partituras, el intérprete logre crear una emoción genuina. Chet Baker, de mandíbula pronunciada y lentes oscuros, bombea a través de sus pulmones el aire necesario para mover el árbol de la trompeta. Sus notas extensas, serenas y parcas, que leen el futuro de la melancolía, crean la emoción. No la mimetizan, ni la transforman de otra, no son residuos los que se escuchan, es el ritmo de la soledad perenne. Paul Desmond, en su saxo, produce la añoranza, la nostalgia del pasado, a veces no tan lejano, que hace tortuoso el presente. Y el encuentro entre ambos, separados, enfocados en el aire y en las ramas del árbol de Cortázar, extrañamente, genera serenidad. 

La composición de Miles Davis pacta con el silencio. No lo interrumpe, ni lo aleja. La trompeta aparece entre las notas del piano y los platillos de la batería se mantienen expectantes, rozando las baquetas de madera, esperando su momento. In a Silent Way, porque no hay otra forma de estrechar la mano de la quietud y expulsando el aire de la esencia humana, el hombre de azul firma el acuerdo. John Coltrane, con su saxo que transita todas las esquinas, que levanta el polvo de las sillas y escupe en la superficie lunar, maneja su tren azul. Crea y mantiene estática la tensión del choque. Pronto el tren se estrellará. No sabemos cuándo, ni dónde, pero el saxofón nos avisa que lo hará. Sólo nos toca esperar sentados mientras Coltrane viaja entre las partituras. 

Escuchar a Charles Mingus es como ser apuñalado con un cuchillo de madera. Se produce el golpe, sientes la puñalada en tu cuerpo, pero la inmortalidad de la carne aparece y solo queda tiempo para escuchar el gemido. “Moanin”, el nombre de una de sus piezas más laureadas, es el gemido de los jazzistas, una expresión tenue de placer o dolor, que se inmiscuye entre los sonidos exteriores y se revela con la escucha paciente. No es el aullido de la generación beat, no es golpear por golpear, con un martillazo en la cultura, es producir pequeños golpes con un cincel hasta que las columnas impolutas se reduzcan a escombros.

El jazz logra reunir los vestigios, los retazos de tela, los cuerpos muertos y desparramados en la historia, para conformar una estructura dispar. Desde el caos y el ritmo azaroso de instrumentos sonando logra crear de una emoción genuina. Su gemido enunciado hace más de 100 años, se mantiene impoluto en aquellos que descubren la emoción provocada por el saxofón, la trompeta, el piano, la tuba, el trombón y el clarinete. Entre el tropel y el desbarajuste de la vida, como enuncia Fernando Vallejo, la música se introduce como el punto de esencia humana que dará un crisol de entendimiento en los dispares de la lengua. 

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