• Las colas y el temor volvieron a la vida de cientos de migrantes que salieron del país en busca de mejor calidad de vida. Un venezolano que vive en Santiago de Chile compartió su historia con El Diario

“La vida imita al arte mucho más que el arte imita a la vida”, o al menos eso pensaba el famoso escritor Oscar Wilde. Por desgracia, el año 2020 nos ha permitido comprobar que no se equivocaba. Hoy todos somos protagonistas de una historia que parece salida de las apocalípticas películas de Roland Emmerich: la pandemia mundial del coronavirus.

El cine nos tiene acostumbrados a que la mayoría de las catástrofes, epidemias y hasta invasiones solo ocurren en Nueva York, o en alguna gran ciudad estadounidense; es aquí donde la realidad superó a la ficción y vemos como hoy en cada rincón del planeta – con diferentes escalas de intensidad– todos comenzamos a sufrir las consecuencias del Covid-19.

Mi cuarentena en el sur del sur

Cuando llegué a Santiago de Chile, hace ya casi tres años, comencé a adaptarme a la vida en mi nuevo hogar. Poco a poco fui incluyendo en mi vocabulario diario palabras como “cachai”, “weon” y “cuático”, pero también me acostumbré a los placeres de un país “normal”: poder comprar cualquier día en el supermercado o salir a las calles prácticamente sin miedo.

La sensación de sentirse seguro, en calma, de dejar aquellos días de disturbios y escasez de comida, todo eso se difuminó y le dio paso a una rutina mucho más tranquila que he tenido la fortuna de vivir durante este tiempo. Sin embargo, hoy esa realidad cambió.

Desde el lunes 16 de marzo, la mayoría de los habitantes en Chile empezamos una cuarentena voluntaria para evitar ser contagiarnos de coronavirus, una pandemia que hasta la fecha ha dejado más de 10.000 muertos en todo el mundo.

Hasta el momento las medidas han sido privilegiar el teletrabajo, cerrar centros comerciales, restaurantes, cines y más, así como suspender cualquier evento con más de 50 personas.

Foto: Carlos Peña

Lo que obviamente no puede cerrar sus puertas son los supermercados y farmacias, donde se comienzan a aplicar estrategias que, ya son comunes para quienes venimos de sobrevivir al chavismo. Me refiero al temido racionamiento: dos paquetes de papel higiénico por persona, restricción de número de personas y horarios especiales en los locales.

El temor a perderlo todo

Se puede decir que, como inmigrantes, aún tenemos buena fama en Chile, por ser “educados, trabajadores, simpáticos y muy alegres”, por lo cual quienes no cuentan con alguna carrera profesional o los papeles para ejercerla, han encontrado empleos relacionados con la atención al cliente.

Lamentablemente son precisamente estos los puestos de trabajo que más están en riesgo ante el cierre de las grandes tiendas y restaurantes, y la incertidumbre sobre cuánto tiempo estará paralizado el comercio en el país.

Esta situación también ataca directamente a los pequeños empresarios criollos que han abierto locales de distintos rubros tanto en la capital como en otras regiones de Chile. Son los más vulnerables, pero no los únicos en peligro.

Periodistas, abogados, contadores, ingenieros y muchos más también nos mantenemos en alerta sin saber qué pasará con la economía del Chile cuyo “despertar” de hace pocos meses dejó en jaque a muchas empresas que ahora podrían finalmente morir con esta nueva crisis.

La preocupación es más tangible entre los más de 450.000 venezolanos en Chile y también para los otros extranjeros por la inestabilidad que representa no estar en tu país. Probablemente muchos chilenos también quedarán sin empleo por la crisis que esto acarrea, pero gran parte de ellos podrá apoyarse en su familia o regresar a la casa paterna en busca de ayuda.

El miedo a perder el trabajo supera el pánico a un enemigo invisible, pero poderoso. Aunque los 434 casos confirmados hasta ahora no han sido suficientes para que todos cumplan la cuarentena, ubican a Chile como el segundo país de Suramérica con más contagiados, solo superado por Brasil.

Que se pierda todo, menos la esperanza

El sentido común de algunos empresarios y la preocupación humana por cuidarnos entre todos permiten que algunos sigamos trabajando desde la casa, que lleguen alimentos y medicinas a quienes más los necesitan y que estar encerrados no sea tan malo como parece.

Sin duda, la “normalidad” retornará algún día, pero por ahora muchos hemos optado por cambiar los delivery de comida por un plato casero, las rumbas o “carretes” por videollamadas entre amigos y las idas al cine por una serie de Netflix.

A pesar de lo incierto del panorama actual, no podemos olvidar que con menos tecnología hemos superado anteriores pandemias como la de la influenza en 1918, la gripe asiática y de Hong Kong en 1957-58 y 1968, y más recientemente la influenza A (H1N1) en 2009. La pregunta no es si lograremos vencer al Covid-19, sino cuánto tiempo tardaremos en hacerlo.

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