• En El Diario conversamos con los activistas demócratas Millie Herrera y el ex asesor de la campaña latina del senador de Vermont en 2016, César Vargas, quienes explicaron el porqué de la derrota electoral del candidato presidencial demócrata

Una multitud enardecida se congrega en el barrio neoyorquino de Brooklyn. A pesar del frío, la energía sigue intacta. “Bernie, Bernie, Bernie”, corean. Son, en su mayoría, personas jóvenes. Es 2 de marzo de 2019 y Bernie Sanders, el senador que cuatro años atrás rompió con el establishment de la política estadounidense, vuelve al ruedo, ahora para intentar sacar a Donald Trump de la Casa Blanca. Lo hace como mejor sabe. “Vamos a hacer una revolución política”, dice. Continúa con las promesas, sin explicarlas en detalle: seguros para todos, educación gratuita, recortes para los ricos. La multitud responde con gritos de celebración. El Bernie de 2016 estaba de vuelta o al menos eso parecía.

Este miércoles 8 de abril, un año después de su mitin en Brooklyn, puso fin al sueño de su gesta revolucionaria. «El camino hacia la victoria es ya virtualmente imposible», dijo en un video publicado por su equipo de campaña. Aunque ya era un secreto a voces, su retiro deja la vía libre al ex vicepresidente Joe Biden para enfrentar a Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, en noviembre.

El hombre que a principios de 2020 parecía invencible; que se alzó con el favoritismo juvenil, que en 2016 plantó cara a Hillary Clinton; que amenazaba con llevar al socialismo al Despacho Oval, y que decía ir contra el poder, ya no era el mismo de antes. Algo había cambiado.

“En la campaña de 2016 de verdad vimos un movimiento nacional e internacional con las ideas. Ese año el senador sí estaba escuchando los sentidos del pueblo y de la nación, por eso agarró atracción para derrotar a Hillary Clinton en lugares como Wisconsin o Nuevo México. Fue algo muy diferente lo que vimos esta vez. Estuvo más establecido –o establishment–. Muchos de sus asesores fueron personas de Washington, un poco contradiciendo lo que él quería hacer, que era trabajar con gente de la comunidad, no del establishment. Es algo desilusionante”, dijo para El Diario César Vargas, activista de origen mexicano que lideró la campaña latina de Sanders en la pasada contienda electoral.

Mítin en Brooklyn. Foto: AP Photo/Craig Ruttle

Vargas, de 34 años de edad, se dio a conocer en EE UU en 2015 tras afrontar una batalla judicial que lo llevó a ser el primer abogado indocumentado de Nueva York. Ese mismo año se unió a la campaña del hasta entonces casi desconocido Bernie Sanders. En ese momento, comenta, solo le acompañaron otros dos latinos en el equipo. Recorrieron 47 estados. “Estábamos capturando la energía”. De ese movimiento, dice, ya quedaba poco a pesar de tener 10 veces más asesores latinos, se dejó de escuchar a las bases, a los organizadores, a los activistas. Pero Sanders seguía con su discurso. Él venía del pueblo, era el candidato de los pobres.

La campaña del senador nunca fue el movimiento que capturó la energía y la emoción de 2016”, sostuvo Vargas.

Además, el ala más centrista del Partido Demócrata siempre vio con recelo el movimiento de Sanders. “El movimiento yo no creo que en realidad sea tal. Si realmente existiera, hubiese ganado más votos, pero perdió. Él no está consolidado”, comentó para El Diario la activista demócrata Millie Herrera. Para ella, el impacto de campaña de 2016 obedeció más bien a la “misoginia” existente en EE UU. «Votar por Hillary Clinton no era una opción fiable para algunos por el mero hecho de ser mujer», argumenta.

Siempre solo

El inicio de Sanders fue alentador. Las victorias en Iowa, New Hampshire, y Nevada, parecían allanar su camino hacia la candidatura del Partido Demócrata. Joe Biden, debilitado por la presencia de candidatos de centro como el insurgente Pete Buttigieg, cosechaba derrota tras derrota. Pero entonces sucedió lo impensado. Carolina del Sur, estado de gran presencia afroamericana, fue el primer paso para tumbar el castillo de naipes de Sanders. Allí Biden alcanzó 48.45% de los votos, frente a 19.91% del socialista.

Lo que siguió después fue un efecto dominó: Buttigieg y Amy Klobuchar, ambos candidatos de centro, suspendieron sus candidaturas antes del supermartes (del 3 de marzo), el día en el que se vota en la mayor cantidad de Estados de la unión. Les siguió Mike Bloomberg. Todos apoyaron a Joe Biden. Andrew Yang y Kamala Harris, quienes se habían retirado de las elecciones desde hacía meses también se unieron al equipo del vicepresidente de Barack Obama. Entretanto, Elizabeth Warren, quien disputaba el voto progresista a Bernie Sanders, seguía en campaña. Entonces se expresó con amargura:

“El establishment ha presionado mucho a Pete Buttigieg y a Amy Klobuchar. Conozco a ambos y han trabajado muy, muy duro. Pero, de repente, justo antes del supermartes, anunciaron su retirada”, dijo en una entrevista televisiva, “si no se hubiesen retirado, que fue sorprendente para muchos, hubiésemos ganado Minnesota, Maine, Massachusetts. El resultado habría sido diferente”.

Los aludidos replicaron. “Yo, simplemente, no creo que seamos la cara del establishment”, respondió Klobuchar, “yo creo que somos caras nuevas en nuestro partido”. Buttigieg repetía en campaña “Yo no tengo la experiencia del establishment de Washington, pero creo que hace falta algo diferente para derrotar a Trump”.

Joe Biden y Pete Buttigieg. Foto: Elizabeth Frantz/Reuters

Sanders nunca fue de formar alianzas. “Debemos centrarnos en construir un movimiento de bases sin precedentes en la historia política del país”, repetía como un mantra. También lo sugería el propio eslogan de su campaña: “Yo no. Nosotros”. Pero resultó que fue Biden quien logró esa movilización. Detrás de la euforia de sus multitudinarios mítines estaba la oposición del Partido Demócrata.

“El Senador no tomó en cuenta que tenía que hablar con otros grupos. Se le olvidó trabajar con el partido y se le olvidó trabajar con los activistas que de verdad eran la energía”, asegura Vargas. 

No obstante, al igual que en 2016, recrimina que los demócratas salieran al rescate del ala más moderada: “El Partido Demócrata siempre estuvo en contra del senador. Eso fue desde el principio. Cuando estábamos trabajando en Iowa, en Nevada, el partido estaba trabajando con las campañas de Joe Biden y de Hillary Clinton”, recuerda.

Herrera adjudica este rechazo a Sanders por su talante poco conciliador. O se estaba con él, o no se estaba. Para el movimiento progresista no había punto medio. «El senador Sanders cree en una revolución ideológica inflexible que deja por fuera a la mayoría de los demócratas y ni hablar de la mayoría de estadounidenses», le espetó Buttigieg en algún debate. Y es que en el Congreso y en el Senado, había llegado siempre como candidato independiente. Bernie en realidad es un paracaidista en el Partido Demócrata.

Si tú quieres lograr que la mayoría de las personas de un partido te apoyen, lo único que tú no puedes hacer es insultarlos, denigrarlos, decirles que ellos son parte del problema y no de la solución, porque eso no le da la confianza al votante que te elija a ti, entonces ese mensaje del establishment no tuvo impacto en 2016 y ahora lo tiene mucho menos” dijo la activista demócrata.

El supermartes fue el golpe más duro del resurgente Biden. Además de hacerse con el apoyo de los demás candidatos, Sanders había dejado el apoyo juvenil en los mítines. En los votos la realidad era otra. Las desmotivación de su electorado ante los pactos de Biden con los otros ex candidatos resintió su movilización. 

A excepción de California, en ningún Estado los menores de 30 años representaron más del 20% del electorado. La participación en general subió con respecto a 2016, según un estudio del Instituto de Política de Harvard, pero solo en cuatro estados se elevó el voto de los jóvenes de entre 18 y 29 años. “¿Hemos tenido el éxito que yo esperaba en movilizar a los jóvenes? La respuesta es no”, reconoció el propio candidato luego de la jornada electoral.

Discurso radical

En un país donde el término «socialista» era prácticamente tabú en política, que remitía más bien al comunismo, Sanders supo sacar provecho al término para crear una nueva matriz en la opinión pública estadounidense: él un progresista más alineado con la socialdemocracia europea que con los movimientos socialistas latinoamericanos. «En términos de socialismo democrático, equiparar lo que sucede en Venezuela con lo que yo creo es extremadamente injusto», sostuvo Sanders durante un debate demócrata en septiembre de 2019.

Aun así, para Herrera el discurso de Sanders resultaba radical, de “extrema izquierda”, si se considera la narrativa política estadounidense. Eso, dice la activista demócrata, alejó a muchos votantes del partido.

Él quiso apoderarse de unos temas que estábamos tratando, y los quiso llevar a un extremo y el país no estaba dispuesto ni listo para hacerlo. Él es ingenuo al decir que ha traído a colación esos temas. Son temas que hemos estado luchando y apoyando los demócratas por décadas, comenzando por 1993, con la que era la primera dama de los EE UU, Hillary Clinton. Ella fue la que impulsó la reforma de la salud (…). Uno tiene que ver el panorama histórico. Apoyamos el Medicare, el social security de los años 30 para acá y lo seguimos apoyando. Su mensaje es repetitivo sin explicar cómo lo lleva a cabo”, analizó Herrera.

A quienes sí atrajo el discurso de Sanders fue, paradójicamente, a los latinos. Lo que empezó en 2016 con tres asesores latinos, se convirtió con el paso del tiempo en un ejército de activistas que lideraron la campaña en todo el país. En el caucus de Nevada, donde 30% de sus residentes se definen como latinos y 10% como afroestadounidenses, Bernie se llevó 46,6% de los delegados. Biden alcanzó un distante segundo lugar con 19%.

Aunque Herrera asegura que el voto hispano no le pertenecía completamente. Argumenta que el discurso de Sanders iba hacia ellos, prometiendo cuidado de salud gratuita, de los préstamos, de la universidad gratuita, entre otros, ideas utópicas que, según ella, el partido trabaja, pero que deben ser abordadas de forma realista.

Ese discurso, contradice Vargas, sí caló en los hispanos, a pesar de la sombra ruinosa del socialismo en la mayoría de los países de América Latina:

“Los latinos están informados sobre qué significa exactamente la plataforma del senador, que no es el socialismo de la corrupción, de lo que hemos visto en muchos países como Venezuela, que se enmascaran de socialistas, pero en realidad es una oligarquía en donde pocos tienen el poder. Acá entendemos que es un socialismo democrático, y significa que el gobierno tiene una parte –de responsabilidad– en la salud del pueblo, una parte de la seguridad, una parte de la economía (…). Ese sistema acá es el que realiza la visión de socialismo en democracia, donde el gobierno pueda ayudar a la gente y no pueda ser usado por unas pocas personas”, explicó.

¿El fin de Sanders?

Si algo no parecen recriminarle a Sanders sus adversarios es haber impulsado una agenda política poco convencional. Tantos sus seguidores como él mismo están convencidos de ello. En su anuncio de suspensión de campaña, el senador de Vermont aseguró que sus ideas sirvieron para impulsar una serie de propuestas que, según él, inicialmente eran catalogadas como extremas y que ya forman parte del discurso político corriente. Del mainstream, como dicen en EE UU. «Nuestro movimiento ganó la pelea ideológica», dijo.

Vargas es también un convencido de ello. Señala que el movimiento creado por Sanders trasciende ya a la persona. Su legado continúa. “Aunque acabó la campaña, no acabó el movimiento que él creó, incluyendo e inspirando a muchos jóvenes para estar involucrados en el sistema político y no hemos acabado de ver el producto de este movimiento”, comentó.

Por ende, el ex asesor considera que, si bien el senador de Vermont perderá impacto, deberá dirigir las bases del movimiento progresista estadounidense. Ya resalta un nombre: Alexandria Ocasio-Cortez, la joven congresista de origen latino, sensación de la política estadounidense. 

Foto: Reuters/Andrew Kelly

“Va a ser una de las personas que, al igual que Donald Trump, escuchó a la gente, le dio una voz a la gente. Pero el senador Sanders fue una persona que escuchó de la nación para mejorar, y Trump elevó el miedo y la xenofobia. Desafortunadamente hemos visto que el miedo puede tener un gran poder”, comentó.

Ahora el objetivo de Sanders será derrotar al “miedo” de Trump desde otro lugar: desde el apoyo a Joe Biden. Vargas, al igual que los seguidores de la revolución sanderista, se aferran al optimismo. “Espero que la campaña de Biden escuche e incorpore las ideas”.

Partidarios o detractores. Revolucionarios o convencionales. Liberales o socialistas. Lo que sí es un hecho es que Bernie Sanders dejó una huella en EE UU.

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