• La cultura urbana vivió su máximo esplendor entre finales del siglo XIX, el XX y lo que iba del XXI. En las grandes ciudades del mundo ha sido inconcebible permanecer en casa. La pandemia del Covid-19, desafía como nunca otro evento, la vida cívica y la convivencia ciudadana alrededor del mundo. El recurso a Internet, no obstante, permite recuperar la vida puertas adentro sin desentenderse del mundo más allá, tan lejos y tan cerca. La casa no solo es mejor opción, sino prácticamente la única

“Yo, inicialmente, fui un vagabundo urbano”. Así era Félix —ahora locutor de radio, creador de la Fundación Nuevas Bandas, profesor universitario e investigador de la historia musical—. Paseaba, like a rolling stone, por las calles de Caracas. Perseguía entre los huecos de la ciudad los nuevos ritmos que identificaban a la juventud de la época. Su camino estaba lleno de vertientes y, cada cierto tiempo, se mudaba de lugar. Hasta que, un día, hace más de 20 años llegó a la Mansión Allueva, como sus amigos la denominan. Es su casa. Su oasis. Su oficina. Su salón de clases y, finalmente, el lugar donde todas las ideas empiezan a tomar forma. 

Conversar con Félix sin, por lo menos, descubrir nuevas maneras de aproximarse a la historia de la música, es como nunca haberlo conocido. En las fotografías su rostro luce impasible, escondido tras los lentes oscuros y redondos; detrás de él se encuentra una colección de más de 10.000 álbumes, entre discos de acetato, pasando por el cassette y el CD, hasta los formatos más contemporáneos. La música no es sólo el sonido que se escucha mientras la vida pasa, es aquel ritmo que produce la vida, que engalana el transitar de los años y, para Félix, es el tempo de su historia. 

En un principio, cuando rondaba los 20 años, la vida de Félix se caracterizaba por su reducida permanencia. Era un alma que deambulaba libremente por Caracas. Relata, en exclusiva para El Diario, que su rutina se basaba en comprar una hamburguesa, seis cervezas y dirigirse a dormir. Al día siguiente, con las lagañas encaramadas en sus pestañas, se levantaba y desayunaba en la calle. Aunque existieron decenas de casas, nunca existió un hogar. El espacio era sólo eso: un sitio donde dormir. Su concepción nómada lo llevó a vivir, prácticamente, en todos los rincones de la ciudad. Desde La Pastora, la avenida Baralt, Los Chorros hasta La Carlota y muchas más zonas que no es capaz de mencionar en una sola oración sin que le falle el aire. Fueron 20 años de mudanzas esporádicas cada dos años. “Me encantaba mudarme”, comenta entre risas.

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La calle es la vida. Es la cotidianidad de estar en contacto con la naturaleza y con la cultura. La calle es vida, es actividad y, sobre todo, es libertad”, dice.

La máxima descrita por Jack Kerouac en su laureada novela On the Road (En el camino) dice: “No sabía a dónde ir. Excepto a todas partes”. El viaje narrado por Kerouac sintetiza la sensación de liberación representado por la generación Beat. Félix, por su parte, deambulaba como un “soltero loco” por los distintos lugares de Caracas para asimilar la ciudad como suya, como el espacio perenne de libertad, donde todas las cosas confluyen, estén en el oeste o en el este. 

Entre tantas casas, apartamentos y habitaciones, él recuerda con especial aplomo la vivienda de Sarría, una zona característica de la ciudad. Era una casa de dos pisos, vacía. Sólo estaban los pocos muebles de Félix. Nada más. Las posibilidades eran infinitas y, además, muy cerca quedaba un taller de percusión. Eran los primeros años de la década de los ochenta y el país, absorbido por el delirio petrolero, seguía en su extraña torre de marfil. Los grandes representantes de la percusión en Venezuela se reunían en ese taller, día tras día, y Félix era parte de ello. La pachanga, como lo define, era continua. Nunca se detenía el toqueteo de los timbales, de la batería, de la radio que explotaba en las madrugadas. la ciudad se diseccionaba y, dentro del cuerpo de cemento y distribuidores, se encontraba un corazón de ritmos. Eso fueron los ochenta para Félix. 

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Foto: Félix Allueva

El tiempo siguió. Las cosas, poco a poco, iban cambiando en el país y Félix seguía su camino, con dos maletas, por distintas casas de Caracas. Una especie de Bob Dylan en su camino por Estados Unidos con la revista Rolling Thunder. El camino era distinto, pero la sensación se emulaba. Las cosas no son eternas, ni siquiera aquellas que están destinadas al eterno fluir. Un día llegó a los Palos Grandes y su relación con el hogar comenzó a cambiar. Ya no era el sitio de la hamburguesa y las seis cervezas; del colchón y las dos maletas. Era su casa. Ahí comenzó a reunir su larga colección de discos, de revistas, de libros, de bibliografía musical interminable que sorprende a todos los visitantes. Ya las dos maletas no son suficientes para la mudanza porque, además de todas sus pertenencias, tiene que guardar una cantidad irrecuperable de recuerdos. 

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La casa se convirtió en mi espacio continuo. Para mí el hogar, la casa, específicamente esta casa es perfecta. No es algo que me ata, que me encierra; al contrario, yo aquí me siento muy libre”, comenta.

Suena un disco. Quizás es Kind of blue de Miles Davis. El sonido de la trompeta de Miles se entremezcla con las teclas del piano de Bill Evans. Luego, sorpresivamente, aparece el saxofón de John Coltrane y el contrabajo, dirigido por Paul Chambers, se cuela suavemente debajo de todos los ritmos. Conversan, dialogan, pelean, sin necesidad de evocar palabras. Suena otro disco. Quizás es el primero de Led Zeppelin, que lleva el mismo nombre de la banda. En la portada el Zeppelin se quema y se precipita hacia la tierra. Es pura fuerza. La voz de Robert Plant toca, una a una, las fibras. Es un canto de potencia. Así son los días en la Mansión Allueva. Entre discos y discos, infinitos, que se escogen por el contexto emocional de Félix. Ahora suena otro disco. Quizás es Bob Dylan con la estrepitosa lluvia que cae sobre todos nosotros.

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Foto: Félix Allueva

En esa mansión de discos han pasado muchas cosas, recuerda Félix. Desde un concierto íntimo, con una consola que todavía se mantiene en una esquina del apartamento, hasta los primeros pasos de su hija que quedaron marcados en su memoria. Oficina de la Fundación Nuevas Bandas; centro de creación e investigación para sus libros; oasis que se mantiene lleno de verdor. Las paredes se modifican de acuerdo a las anécdotas. En un momento, hace un par de años, la casa también funcionó como epílogo de los paseos realizados en la Ruta Rock. Después de visitar la casa de Cayayo Troconis —una de las figuras más importantes del rock nacional—, recorrer los espacios del teatro Mata de Coco, entre otros sitios icónicos de la cultura urbana caraqueña, los caminantes se reunían en casa de Félix a escuchar un disco y tomar unas cuantas cervezas. En ese momento podrían encontrarse con la vasta colección de objetos inigualables para la cultura: desde un dibujo de Cangrejo, baterista de la banda Seguridad Nacional, hasta una edición especial autografiada del primer cassette de Sentimiento Muerto. Así, sucesivamente, una serie de reliquias del rock nacional. 

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Mi casa siempre ha sido un oasis. Que yo, por lo menos desde hace 30 años, he tratado que fluya el agua y sembrar algunas plantas, para que el oasis funcione bien y en ese oasis la música predomina”, comenta.

En las últimas semanas la normalidad se trastocó. Los días pasan y pasan. Nadie parece detenerse un momento. Nadie reconoce el día que vendrá. Las rutinas, poco a poco, desaparecen pero el creador de la Fundación Nuevas Bandas no se deja apaciguar por la sensación de ocio constante y, al contrario, lleva un cronograma. Se levanta entre las 6:30 y 7 de la mañana. Prepara el desayuno para él y su hija, que se levanta a las 8. A las nueve, ambos, desde sus trincheras, comienzan a trabajar. Ella en sus tareas, él en su nuevo libro y en la cantidad de compromiso que tiene como profesor de la Universidad Metropolitana —en la materia Historia de la música pop-rock en Venezuela— y como locutor de radio. En los momentos necesarios detiene su oficio, para dedicarse a ser padre, a ser profesor de sexto grado y cocinero de la casa. Al llegar la noche, después de la cena, ambos se alejan de la computadora y el teléfono para disfrutar un rato en familia. Son sólo ellos dos: Andrea y Félix en su pequeño oasis musical en Caracas. 

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Ahora sí puedo escuchar, con tranquilidad, el concierto de Miles Davis My Funny Valentine. Es un oasis donde, tanto mi hija, como yo la pasamos bastante bien. Algo que me sorprende es que, recordando ahorita, después de mes y tanto de encierro mi hija no se ha quejado. Creo que, por el contrario, lo ha disfrutado enormemente”, puntualiza.

Tiene más de 25 años tiene comandando al equipo del Festival Nuevas Bandas. Desde ese momento no recuerda haber tenido vacaciones. Las ocupaciones del ámbito músical, que te llevan de un lado a otro, junto con las responsabilidad de ser padre soltero, han llenado su calendario durante las últimas décadas. “La cuarentena se convirtió, de facto, en un momento en el que podía disfrutar más el tiempo. Para mi ha sido la posibilidad de reencontrarme con muchas cosas que tenía que hacer desde hace tiempo y las tenía ahí aguantadas”, agrega. 

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Foto: Félix Allueva

Sin olvidarse del impasse que significa para la humanidad, Félix ha sobrellevado sus días en la mansión Allueva. Revisa las extensas biografías de su biblioteca, salta, inesperadamente, al tocadiscos para poner otro álbum. Lee un nuevo libro sobre la historia del trap. Las horas del días están organizadas porque, según él, el ocio puede inducir a la persona en un hueco profundo de inoperancia. 

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Hay que tratar de mantener una estructura, porque el no tener estructura te puede llevar a una especie de ocio pernicioso, te puede asumir una especie de letargo del cual te va a costar mucho recuperarte”, agrega.

Desde hace mucho tiempo había una idea en la cabeza de Félix pero el tiempo había sido esquivo. Esa idea se quedó guardada en el baúl, esperando, pacientemente, el momento necesario para hacerse palpable. “Y, ¡mira!, apareció el tiempo maravillosamente y de manera mágica. Ahorita estoy concentrado en un nuevo libro, el cual estoy disfrutando muchísimo. Si todo sale bien, posiblemente a finales de año podría estar editado”, dice, mientras se denotan puntos de tranquilidad en su voz. 

No quiso dar detalles sobre el libro. Es una sorpresa pero, después de unos cuantos minutos, soltó una frase esclarecedora sobre la temática: “Una silenciosa exclusión recorre el país”. la música de un país es el latido que lo despierta, son los tanteos que dan señales de vida y, al final, es el remanente de una serie de recuerdos que están próximos a olvidarse. La misión de Félix con este nuevo libro, al parecer, es buscar esos latidos que se han silenciado a través de las épocas para dar una visibilización del ritmo venezolano. 

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Foto: Félix Allueva

Le está sacando punta a las nuevas tecnologías. Se mantiene dando clases y, además, comenzará una columna en un medio venezolano. La mansión Allueva, visitada tanto por Gustavo Cerati, como por cientos de músicos venezolanos, es un centro de operaciones para las ideas de Félix. 

Al finalizar, como un relámpago de luz en el firmamento de la memoria, recordó la casa de su infancia. Ante sus ojos era inmensa: de dos pisos y un jardín. Ubicada en la Puerta de Caracas, en la parte alta de la Pastora. Al ser el hermano menor de la casa su infancia, comenta, estuvo marcada por el amor de una madre cariñosa, de unos hermanos que lo llevaban de la mano por momentos maravillosos, de juegos, y de una mascota que no olvida. Quizás podría pasar cientos de cuarentena en esa casa de la Pastora. Quizás prefiere el apartamento de los Palos Grandes. Sólo Félix, con sus lentes oscuros, podrá descifrarlo. Mientras tanto, espera en su oasis que pase el temblor para hacer realidad una de las tantas ideas que se le ocurren en la madrugada: invadir América Latina. 

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