Empezó como a veces me imagino que comenzó Chernóbil, un rumor que se filtró de entre las rendijas del telón de acero, pero como todo fenómeno mediático e histórico de nuestro tiempo se convirtió en el chiste viral del momento.

Luego el rumor, muy a pesar del característico y letal hermetismo del Partido Comunista Chino que se llevó a varias vidas de médicos y periodistas, se transformó ante la mirada estupefacta de Occidente y el mundo entero en una realidad de pesadilla que hasta donde sabemos nadie se esperaba y de la noche a la mañana, igual que en Chernóbil, el mundo cambió para siempre, otra vez. Quizás dentro de algunos años HBO produzca la segunda temporada y nos pueda aproximar a lo que sucedió en los albores del nuevo año.

Aquí en Lima, tan lejos de China, igual que en varios lugares llegaban los memes, las risas, la guasa y los chascarrillos que debajo del famoso «no vale, yo no creo» ocultaban casi inconscientemente la negación rotunda a creer que algo así pudiera estar pasando porque «eso estaba del otro lado del  mundo» y «lo misma fue con el Ébola. Aderezado todo con la confianza irrestricta y hoy severamente fracturada que el mundo puso en las manos de una organización liderada por un empleado más en la nómina del PCC que terminó convirtiendo al mundo en la peor de las novelas distópicas.

Cuando al fin superamos el chiste comenzamos a cuidarnos. El lavado de manos, cuidado con lo que tocas, el gel antibacterial, tanto de distancia, porque quién sabe, y de un día para otro se acabó el papel higiénico en el supermercado de la esquina. El enemigo invisible que vino de Oriente ya estaba entre nosotros sin nada que pudiéramos hacer y ahora solo tocaba convertirse en compañero del paciente con trastorno obsesivo compulsivo y someterse a los estrictos rigores de la nueva bioseguridad. Fue entonces cuando tarde se dio cuenta mucha gente de lo frágil que era el sistema y de que como dice Luis Carlos: «el gobierno miente».

La noche del domingo de la segunda semana de marzo, cuando todo se descontroló en Lima, mi pareja y yo habíamos ido al mercado, donde al parecer todo estaba normal tanto con los precios como con el abastecimiento. Había papel higiénico para regalar. Entre los dos comentábamos la locura que estaban viviendo Italia y España y entre conjeturas deducimos inocentemente que en un país donde la cultura del trabajo es tan fuerte sería imposible un escenario de confinamiento y paralización total. A las 9:00 pm el presidente Martín Vizcarra me sacó de mi error y me di cuenta de que no volvería a ver la librería, en la que hasta ahora aún trabajo, en un buen tiempo.

Los días se nos han ido desde entonces entre el Netflix, la preocupación, la ansiedad, la nostalgia y la pensadera. No hay día en que no pensemos si todavía tenemos empleo, si todavía tenemos techo, todo esto con la compañía de los siempre fieles libros. Hemos cocinado variedad de cosas nuevas que siempre quisimos intentar como pizza y los pancitos chinos que servían antaño en los restaurantes de Caracas. También estamos armando un rompecabezas y hemos dedicado tiempo a ordenar y limpiar nuestros espacios.

Recientemente, a manera de proyecto, decidimos ver en orden cronológico las películas del MCU. Al día de hoy he tenido al menos dos ataques de pánico. Es constante que ambos nos hagamos una y otra vez la misma pregunta que todo el mundo se hace «¿Qué va a pasar el día uno postcuarentena?»

La ya atrofiada economía peruana se terminó de descalabrar dejando a cientos de miles de trabajadores en el aire sin ningún tipo de recurso o certeza en un país en el que al menos 70% de la fuerza laboral ejerce de manera informal. El gobierno peruano, plenamente consciente de el estado del servicio de salud pública, decidió que la economía tendría que sufrir si no querían colapsar algo que ya estaba colapsado.

Sobre el Estado peruano en este momento pesa una fuerte responsabilidad y presión de una ciudadanía con profundas desigualdades sociales, con muchas carencias y sectores completamente vulnerables y desatendidos que al día de hoy deben decidir si morir de hambre o del virus chino. En las fotos de la prensa es común ver los grandes espacios limeños como la Vía Expresa, la Plaza de Armas, la Avenida Arequipa y la Avenida Javier Prado completamente vacías; sin embargo, en los sectores de la periferia, donde la comodidad del trabajo fijo, el quince y último y los ahorros en el banco no son la norma. En Ate, el Callao o Villa María, la gente sigue saliendo y provocando aglomeraciones quizás buscando cómo resolver.

Igualmente vulnerable está la población migrante venezolana que, al menos hasta ahora, no ha sido considerada dentro de los planes a corto y mediano plazo. Una población del cual una abrumadora mayoría vive al día, sin un seguro médico, con papeles de inmigración en trámite, sin figurar en planilla, sin ahorros, viviendo en situación de hacinamiento y muchos completamente solos. Sin un hombro en el que llorar, sin tener a quien abrazar buscando consuelo, preguntándose qué va a comer hoy y cuándo podrá salir a chambear de nuevo para que no lo echen de donde vive.

A esto los ha llevado el crimen rojo que no solo le bastó con convertir a jóvenes en presa de la humillación de tener que ser ciudadanos de segunda categoría sino que ahora también se enfrentan a la peor de los desprecios, pues si ya estorbaba en los extintos tiempos normales, qué pensará el país receptor ahora en tiempos extraordinarios en los que ni siquiera hay camas hospitalarias para los locales. No es su deber lidiar con nosotros más allá de lo estrictamente necesario, pues fue una situación impuesta en el que todos estábamos conscientes del trato.

Diariamente el embajador del interinato, Carlos Scull, así el líder de la ONG más grande de asistencia a los venezolanos en el Perú, Óscar Pérez y sus respectivos equipos de trabajo, publican diariamente las estimaciones de las cifras de venezolanos que se enfrentan a una situación que ya era precaria y ahora insostenible. En cifras hay, según estos, 55.000 familias que están en riesgo, en promedio atienden a 2000 ciudadanos venezolanos en lo que se refiere a asesoría migratoria y de refugio, cada día se hacen operativos sistemáticos en los que se despachan bolsas de comida a los más necesitados y vulnerable, y hasta el momento se han detectado 740 desalojados completamente ilegales por distintas causas.

Uno de estos lo he tenido en la mente durante todos estos días de aislamiento porque tuve oportunidad de cruzar un par de palabras con la víctima en el pasado, y es la encarnación perfecta de lo que ha hecho el virus rojo con nosotros. Su nombre es Nicoletta Sabatino, docente, quien fue desalojada de la habitación que alquilaba porque «la escucharon tosiendo de noche» y asumieron que estaba contagiada. Pasó varios días a la intemperie en un parque limítrofe entre Barranco y Surco y finalmente fue atendida por el equipo de la Embajada Legítima de Venezuela en Perú. Se le proporcionaron alimentos, kit de limpieza y un alojamiento temporal a la espera de uno definitivo.

La conocí un día que llegaba del trabajo, estaba haciendo algunas compras en la bodega de siempre y ahí estaba ella, con su maleta y su bastón, y me preguntó primero si era venezolano, le dije que sí y me preguntó qué hacía y qué había estudiado, le respondí que era librero y que había estudiado Letras. Se notó particularmente interesada y me dijo que le mandara mi currículum vitae porque estaba contratando para fundar una escuela. En ese momento tomé sus señas y le envié la información que me pidió, por no dejar.

Nunca imaginé de dónde provenía ni que esa fascinación con la que me habló respondía a una necesidad imperiosa por seguir haciendo lo único que ella sabe hacer: enseñar. Desde ese día era raro no verla todos los días al irme o al llegar, caminando por Barranco o sentada en un parque siempre con su maleta y su bastón. Admito, sin que me quede nada por dentro, que muy a pesar de la curiosidad que me causaba nunca me he acercado a ella a conversar ni a preguntarle por sus motivos, pero sean cuales sean, ella sigue siendo una prueba viviente de lo que han hecho con nosotros. Nos han convertido en apátridas, de esos que nosotros mismos hace no mucho tiempo veíamos en las noticias convertidos en cifras, tratando de encontrar un nuevo lugar en el mundo a seguir haciendo lo que sabemos hacer.

En definitiva, migrar es vivir con miedo, vivir con la angustia permanente en el pecho de no saber qué va a traer el día de mañana. De no saber si por mala suerte te echan de dónde pensaste que estabas construyendo un nuevo hogar. De no saber si te van a pagar esta quincena. De no saber que vas a comer mañana. De no saber cuándo volverás a ver a tu amigo que se quedó y al que no le pudiste cumplir la promesa de graduarse juntos. No me cabe duda de que muchos como yo, que he tenido un poco más de suerte que otros, vivimos todos los días con miedo porque al final del día no tenemos a dónde regresar a reconstruir los pedacitos que nos quedan para poder salir a darlo todo otra vez al día siguiente. Nos la pasamos viviendo en un limbo eterno pensando en que esto es solo una pausa en la que tenemos que sobrevivir hasta que ahora sí, hasta que llegue el momento en el que vamos a vivir de verdad, y así se nos va la vida y se nos viene la muerte, esperando.

Lo que más he hecho durante esta cuarentena es estar atrapado en un bucle en mi cabeza en el que todo lo que he vivido y hecho durante el último año y medio de mi vida debió haber sido así pero no aquí. Como muchos tendría que haberme graduado con mis amigos hace unas semanas, tendría que estar trabajando en el lugar en el que fuí más feliz antes de irme, en la pequeña librería de la Torre Polar, en Plaza Venezuela. Tendría que estar valiéndome por mi mismo tal como lo hicieron nuestros padres antes que nosotros.

En cambio sigo aquí, pensando que quizás todo fue un error pero que como decía Óscar Yánez, así son las cosas. Aquí sigo, intentando seguir leyendo y seguir escribiendo. Aquí sigo, como otros 5.000.000 de almas con la angustia por dentro, esperando.

Este texto es del 29 de abril, jamás sabremos cuántas personas contagiadas hay en Venezuela y cuántas murieron. Aún no sabemos qué pasó en Wuhan y el origen de la peste de nuestra edad sigue siendo un misterio.

Nunca sabremos cuántos ciudadanos chinos fueron víctimas de los criminales rojos. Nunca podremos saber a ciencia cierta cuántos ciudadanos a lo largo del mundo fueron víctimas del virus chino y no es como uno se imaginaría, por las mentiras típicas de todo gobierno, sino por la de uno solo, es imposible que los responsables de la administración pública nos puedan dar datos reales así ellos lo quieran por la sencilla razón de que la data de la que se originan todas las estadísticas es completamente falsa y producida no de la investigación libre, seria y responsable, sino del departamento de propaganda del Partido Comunista Chino.

Toda la incertidumbre es cortesía del PCC que logró terminar de exportar su proyecto totalitario al resto de lo que parecía ser el mundo libre. La segunda temporada de Chernóbil se está escribiendo día a día para el productor de mañana. Amanecerá y veremos.

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