Hacia 1969, Jorge Luis Borges, el ironista, echaba mano de la forma epigramática, de la que en otras ocasiones hacía guasa: “América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio”.

El mundo se acomodaba ya hacía tiempo a la trama de la Guerra Fría, esa que los extremistas de hoy parecen añorar, y en el relato titulado “El otro”, el argentino hacía el aserto al hablarse a sí mismo, a propósito de una potencia librada de esa “superstición”: la Unión Soviética, cuyo mapa se desmadejaba a finales del siglo pasado para tejerse de nuevo en ese polo de poder entre Occidente y Oriente.

El imperio fundado con métodos atroces por Iván, El Terrible, en el siglo XVI, modula en su historia el despotismo de la forma monárquica al totalitarismo del siglo XX; luego, vuelve a una variación del zarismo, no menos hegemónica, en la figura de un ex KGB.

Antes del derribo del Muro de Berlín, las varias generaciones nacidas del lado socialista resultan, desde la mirada retrospectiva, más sincrónicas con un desenlace democrático que las masas indignadas que manifiestan ahora en Europa y otros países de sistema democrático. Al menos es la impresión –nada deleznable—que persiste si se examinan ciertos documentos de los llamados países satélites de la Unión Soviética. De esos países siempre acosados por la sombra rusa, apareció Polonia a la vanguardia con el movimiento Solidaridad.

Polonia, una nación tradicionalmente muy católica, fue asiento de campos de concentración de ciudadanos de sangre judía y lugar del emblemático Gueto de Varsovia, tal vez el único emplazamiento de la población estigmatizada que resistió en armas. A esa desgracia se suman previas en la historia de un país que alguna vez tuvo corona y distinguido siempre por una cultura riquísima, cuna de pensadores y artistas universales.

Incluso, durante los años tenebrosos del socialismo real, Polonia preservó una civilización y es así que mejor soportó el aniquilamiento que suponen las tiranías colectivistas. Un poema como “Marco Aurelio” del polaco Zbigniew Herbert hay que entre-leerlo para tener noticia de cómo la cultura se desliza bajo el alambrado de la censura.

La formación en las artes, es bien sabido, continuó a todo trance. En el área de artes visuales y escénicas, la proverbial Escuela de Cine, TV y Teatro de Lodz, mantuvo relativa independencia del mandato ideológico y albergó a creadores eventualmente segregados. Ahí, en ese adusto palacio de las artes se hicieron realizadores Roman Polanski y Andrej Wajda, solo por nombrar.

En 1980, nace el movimiento Solidaridad liderado por quien no mucho después se convertiría en el primer presidente democrático tras la subida del telón de acero, Lech Walesa. Ese año, el gran realizador polaco Kristof Kieslowski, egresado de la Escuela de Lodz, rueda un cortometraje titulado en inglés Talking Heads (Cabezas parlantes). En la plataforma Youtube alcanza apenas 116.336 visionados desde que fuese subido hace ocho años.

La pieza documental del autor cinematográfico, no obstante, olvidada entre sus reconocidas obras de ficción, adquiere en el tiempo una relevancia histórica que la convierte en tesoro redescubierto. Es el espíritu de los tiempos lo que registra el pietaje de 14 minutos en blanco y negro; el espíritu de los polacos serenamente hastiados de la experiencia socialista. Se trata de la mentalidad compartida, aunque singularizada en individuos nacidos entre 1977 –vale decir un bebé para el momento del rodaje—y 1880 –una abuela de cien años que desea vivir mucho más.

En el corto se suceden frases como “lo que más quiero es ir a América” de un niño de 10 años (sí, otra vez América como el sueño de los niños ¿de quién es la culpa? ¿De Walt Disney?) o como las dos que enuncia un joven nacido en 1960 “Quiero libertad en el más amplio sentido de la palabra. El tipo de libertad que no favorece al más fuerte”… O esto que suelta otro joven: “Me gustaría que la gente se tratase con un mayor grado de respeto”. Ninguna de las “cabezas parlantes” asoma vestigio de adoctrinamiento ni toma de posición en torno a consignas o algún caudillo de verbo fácil. Se confiesan católicos o humanistas, idealista parece alguno, otro un romántico derrotista. No hay odio, pese al sufrimiento.

Es sobre ese ánimo compartido que el movimiento Solidaridad se estructura con la lucidez de sus líderes y empuja a la nación hacia la ruta democrática sin regreso.

Los polacos estaban preparados, según se desprende del documental de Kieslowski, tramado por el puro testimonio de la gente común. Para los jóvenes de entonces la democracia estaba a la vuelta de la esquina. Si Borges, en su momento, la llamó “superstición” fue por señalar la debilidad virtuosa del hombre democrático ante el bárbaro que no cree en la puesta en práctica del concepto.

No se pretenda el antipático paralelismo cuando se sugiera acaso atender a las cabezas parlantes entre el común en el caso de Venezuela, extenuada ya de un experimento grotesco devenido simple, pura arbitrariedad, alevosa mandonería.

¿Será que entre el liderazgo democrático alguien tendrá la oreja sensible al sotto voce de la gente? Bajo el clamor al cielo de un padecimiento inenarrable, –la protesta que brota entre gases lacrimógenos y sobrepasada por el agente represor– insiste la murmuración, la meditación entre dientes para quien quiera escuchar los tonos bajos al final del día, durante la noche cautiva en la cuarentena. ¿Habrá quien se demore en escuchar y pensarse mejor la respuesta antes de soltar el chascarrillo hurtado al despotismo? Y pensarse la respuesta que no quede en retórica si acaso sabihonda sino propicia a la acción para transitar el camino, no de retorno a la democracia que hubo una vez, o a lo mejor sí, para al menos empezar por lo que alguna vez se tuvo. ¿Está el liderazgo preparado para percibir y representar el momentum?

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