• El Diario, junto con La Poeteca, publica el trabajo de los ganadores y también los textos de quienes obtuvieron las menciones especiales del concurso de poesía realizado por El Centro de Estudiantes de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB)

Octavio Paz, en El arco y la lira, al iniciar sus disertaciones sobre el haber poético, enuncia que “la poesía revela este mundo; crea otro”. Es el mundo que se nos presenta como inmutable, totalmente real, el que la poesía escudriña para revelarnos la verdadera esencia de las cosas. En ese instante, mientras el poeta utiliza a la palabra como medio para la búsqueda, crea. Por eso mismo, el Centro de Estudiantes de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), con el apoyo de El Diario y La Poeteca, anuncia el veredicto de la tercera edición de Phsysis, concurso para jóvenes poetas.

Ediciones de Physis, concurso de jóvenes poetas

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La primera edición del concurso fue en 2017. En ese momento el jurado estuvo conformado por Luis Alfredo Ayesterán, profesor de la escuela de Letras de la UCAB y jurado del concurso Transgenérico de la Fundación de Amigos de la Cultura Urbana, en 2015 ; Víctor Alarcón, profesor y autor de los libros Y nos pegamos a la fiesta y Mi padre y otros recuerdos; Ricardo Ramírez Requena, profesor, librero en La Poeteca y autor del poemario Maneras de irse.

El primer lugar fue para Alejandro Plaza, tesista de la escuela de Letras, con su poema “Cuerpo ciego”; el segundo lo obtuvo Andrea Paola Hernández, autora en varios portales especializados en literatura y activista del feminismo, con su poema “Raices”; el tercer lugar fue para Carlos Iván Padilla, autor de los poemarios Mareas y Avatares, con su poema “La ciénaga”.

En 2018 se celebró la segunda edición y el jurado estuvo conformado por Rafael Arraíz Luca, Individuo de Número de la Academía Venezolana de la Lengua y autor de una entensa obra poética y ensayística; Carmen Verde Arocha, directora de la editorial Eclepsidra y autora de los poemarios Cuira, Mieles, Canción Gótica, entre otros; Manuel Llorens, psicólogo clínico de profesión y ha sido galardonado con el Premio de Poesía Fernando Paz Castillo en 2006.

El primer lugar de la segunda edición fue para Pamela Rahn, autora del poemario Breves poemas para entender la ausencia, con su poema “Una casa que respira”; el segundo lugar para Robert Abrahan, estudiante de Psicología y participante de distintos talleres de narrativa y poesía en La Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, con su poema “Supuesto negado”.

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El jurado de esta edición estuvo conformado por Jacqueline Goldberg, autora de los poemarios Nosotros, los salvados, Carnadas, Postales negras, entre otros; Arturo Gutiérrez Plaza, poeta y ensayista, autor de Al margen de las hojas, Principio de contabilidad y Lecturas desplazadas: Encuentros hispanoamericanos con Cervantes y Góngora, entre otros; Graciela Yáñez Vicentini, licenciada en Letras y autora, a través de su heterónimo Egarim Mirage, de los poemarios Espejeos al espejo e Íntimo, el espejo.

El veredicto acordado por mayoría es: 

  • Primer premio al poema “El nocturno”, presentado bajo el seudónimo Katur Oliveros.
  • Segundo premio al poema “Tinta corrida”, presentado bajo el seudónimo Caupo.
  • Tercer premio al poema “Bajé los cuchillos”, presentado bajo el seudónimo Catherine Lancaster.

Las menciones honoríficas que, además de los poemas ganadores, serán publicadas en esta edición son: 

  • “Los parásitos también tienen un restaurante”, bajo el seudónimo Carl Johnson. 
  •  “La traición, al nacer”, presentados bajo el seudónimo ACRA.

Al abrir las plicas —el sobre que guarda el nombre y apellido de cada uno de los ganadores— el resultado es el siguiente: 

  • “El nocturno”, de María Alejandra Colmenares León.
  • “Tinta corrida”, de Andrés Ignacio Torres.
  • “Bajé los cuchillos”, de Daylin Rojas Otero.
  • “Los parásitos también tienen un restaurante”, de Yéiber Román.
  • “La traición, al nacer”, de Yosmel Araujo V. W.

A continuación, podrás leer los tres poemas ganadores y las dos menciones especiales acordadas por el jurado. Un veredicto que se desplaza entre los vericuetos de la voz poética joven en Venezuela, mostrando la naturaleza del poema que Octavio Paz catalogaba como la “¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!”.

  • “El nocturno”, de María Alejandra Colmenares León, bajo el seudónimo Katur Oliveros.

A Emmanuel Ferreira.

Mis pies se curvan

acariciando la amura de babor:

he decidido el abandono


esta torre de arena

se arroja contra las aguas oscuras

ha traído consigo tantas voces antiguas

pesa un peso de mundo

agrede las formas de espacio

dobla un espejo de obsidiana


las bestias me halan

se in|corporan

violando mis recodos

susurran cantos de ahogo

lengua muerta de habitantes nocturnos

medusas pulmones de agua palpitan

alejan tenues las palabras de mi niñez

y me entrego al mar

peso un peso de mundo

me hunde como un imán

hacia la cámara hermética

siempre proa

nunca nombre


sé llegar a mi origen

abro las puertas que no podré volver a cerrar

cuerpo halado por el agua

por los cuerpos que ahí han muerto conmigo

sonido agudo que presiona mis oídos hasta el vacío

en que mi garganta se abre con el sabor oxidado

y no puedo ver


soy pájaro surcando la niebla

abrazo el hostil vientre

arde el delirio

cómo arden

los ojos de vidrio

en la lejanía

sus óculos fruncidos

se rinden cansados ante el mito

mito de ser

escasas luces de la cúpula regente

este mar obsidiano las ha cautivado

las aguardo todas en mi sustancia

las aguardo en el fondo del mundo

las aguardo en mi peso

un peso de mundo rendido

en la frágil llama de agua

en el doliente pliegue de tiempo

me doy a los dioses

sólo así -solo-.

  • “Tinta corrida”, de Andrés Ignacio Torres, bajo el seudónimo de Caupo.

josé no entiende de poesía. 

dice que

 los 

         p 

           o

         e

          m 

          a 

           s 

son tinta corrida 

en una hoja, 

un papiro o una roca. 

dice que no son 

más que viento en un desierto, 

o arena levantada 

        sigilosa 

         lijadora, 

   que no hay sentimientos 

   en garabatos vacíos 

y analogías sin sentido: 

  es como si yo dijera, dice él, que la lluvia cae y difumina 

  algunas ideas y conceptos 

  que ni siquiera tú mismo puedes comprender 

y yo le replico:

 sí, josé, 

ese misticismo, 

                   farol, luz, misterio, cobija, 

esa desaparición, 

   esa 

        i n c e r t i d u m b r e: 

  esa es la poesía.

  • “Bajé los cuchillos”, de Daylin Rojas Otero, bajo el seudónimo Catherine Lancaster. 

Caminando entre las circunstancias que nos envuelven 

he moldeado una abstracción como un velo que oculta la inocencia 

pero estalla en la frontera que marca el tiempo vencido. 

Decorando con risas y nubes dulces 

la negrura que con ruido anega la mente… La batalla que se despliega entre las voces. 

Ahí el cubito de hielo que quema un poco más abajo del pecho: se expande. 

Me escondo. 

Solo para pedir conocerte de nuevo. 

Es una nueva coyuntura que no busco pero aparece. 

                                                                                           Alguien me alertó pero no escuché. 

Y la mirada se queda fija en unos recuerdos que hacen que esta sea una de esas noches.

Menciones especiales para publicación:

  • “Los parásitos también tienen un restaurante”, de Yéiber Román, bajo el seudónimo de Carl Johnson.

“¿no viven los poetas en sus libros?

¿no son las bibliotecas sus moradas

(o sus tumbas)?”

Guillermo Sucre.

Nombre, apellido y foto colgaban del cuello

acompañados por la palabra “Biblioteca”.

Mis manos alzaron torres de cajas descoloridas

donde encerré miles de versos ajenos;

historias de ídolos y desconocidos

—varias de ellas signadas

por galardones literarios—;

páginas de disertaciones sobre literatura.

De todo eso quedan nada más que migajas.


Nada de aquello era un almacén de biblioteca

ni mi labor era ordenar un cúmulo de obras.


Yo clasificaba comida para los parásitos;

era su sitio para darse un festín.


Las horas invertidas por autores noveles

son grandes cultivos para hongos.

El insomnio por encontrar la palabra adecuada

reducido a un montón de hojas carcomidas

en un sótano poco iluminado.

Tinta usada para plasmar un sueño,

gritos de auxilio en celdas con formas de mapas,

antidepresivos clichés en el mundo de los literatos

ahora son digeridos por insectos milimétricos.


Contribuí en toda esta injusticia.

Convertí mis manos de universitario

en las de un verdugo

para poder ganar unos cuantos billetes.

Hoy, en la sala de mi casa,


evocando lo ocurrido a inocentes escritores,

escribo este poema, aunque no sirva de nada.


Existen restaurantes para perros,

templos para ratas, cafeterías para gatos;

también restaurantes para los parásitos.

En su menú hay gourmet y chatarra

en platos de narrativa, ensayo, poesía,

preparados por moscas recién nacidas

y otras con firmas consolidadas.


Quizá eso es la literatura:

narradores, ensayistas, poetas

(sobre todo poetas)

proclamados hace tiempo como ángeles o dioses

condenados a morir en una cárcel de cartón;

convertidos en tierra fértil para el moho;

desmenuzados por parásitos


en un restaurante exclusivo

ubicado debajo de la biblioteca;

algo tan atroz como enterarse

de un nuevo espacio clausurado

donde no hace mucho se hallaban en estantes

las jóvenes promesas literarias,

esperando, así sea por error, un par de ojos lectores;

un nuevo espacio clausurado

donde un librero hacía una humilde recomendación

mientras pensaba en la llegada de su desempleo.

Eso es la literatura, supongo.

  • “La traición, al nacer”, de Yosmel Araujo V. W, bajo el seudónimo de ACRA.

¿encuentras más fácil ser ceniza que animal?

Miguel Ortiz

cansado de ser la mala

recurro a la desidia

parida por vos

casi nada me calca

desgana lo tanto 

de esta mentira

la fibra de lo que somos

nos valdrá sombras

cuando degustes

la bilis

que nos hemos

vuelto

la pureza de manos de hombrecito

intrínseca vida de espasmos

mía, casi

si me vieses

con los ojos del homólogo

me darías caza

como si fuese 

           tanteo próximo

al resquicio

anclo el ruido

de tu néctar

vaginal

madre de una púa

ensangrentada virgen

llevada al desatino

lo interrumpido

de concebir un hijo

nuestro y de todos

madre expiada

de ser solo nombre

carne perenne

.

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