• Una venezolana tuvo que trasladar a su esposo de un estado a otro para una operación y regresar a casa con su cuerpo para enterrarlo en medio del estado de alarma que rige en Venezuela

Era domingo y ya se había decretado la cuarentena nacional. Habían pasado casi cinco horas del deceso, pero a Camila de Mirabal*, todavía no le entregaban el cuerpo del esposo. Un sobrino le dijo que fuera al apartamento a bañarse y cambiarse mientras ellos se hacían cargo de los trámites forenses. No lograron hacer nada. Al final llegaron agotados al apartamento de una sobrina, no se abrazaron.

Mi esposo tenía 55 años, en dos meses íbamos a cumplir 25 años de casados. Era agricultor. El 18 de febrero de 2020 ingresó al hospital Rafael Urdaneta de Calabozo, estado Guárico, con un dolor abdominal agudo, el diagnóstico fue apendicitis”, relata Camila para El Diario mientras corta flores de su jardín.

En estos casos una cirugía es lo usual, pero los doctores advirtieron que presentaba complicaciones y debían estabilizarlo antes de operar, situación que nunca ocurrió. Las condiciones del hospital del estado Guárico y la falta de respuesta oportuna por parte de los médicos la hicieron desconfiar y tomar la decisión de llevar a su esposo a un centro de salud en Caracas.

“Solo cuando se tiene dinero o contactos es posible hacer que las cosas funcionen normalmente en Venezuela, dice mi hermana; en mi caso, tengo lo segundo: los contactos”. Tras el comentario, Camila guarda silencio. 

Su hermana, empleada pública, consiguió la ambulancia para trasladarlo y un sobrino, quien realizó la residencia en el Hospital Pérez Carreño, gestionó su hospitalización y posterior operación.

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“En la tarde estaba con mi esposo, rumbo a Caracas, en una ambulancia”, dice Camila respira profundo.

Sepsis. Conocida como Síndrome de Respuesta Inflamatoria Sistémica (SRIS), se produce por una infección que ha ocasionado una respuesta anormal en el organismo y pone en peligro la vida del afectado.

En el Hospital Pérez Carreño, gracias a su sobrino, lo atendieron de inmediato, a pesar de que otros pacientes tenían más tiempo de espera que él. Le extrajeron el apéndice y limpiaron la sepsis que presentaba dos semanas de desarrollo.

Después de la operación, subieron a Mirabal hasta el piso 10 de hospitalización. La familia celebró el éxito de la operación y planificó un sancocho y asado de carne que era, asegura Camila, el pasatiempo de su esposo. 

La mujer recuerda que desde el balcón de la habitación, en la que se encontraba su esposo junto a otros cuatro pacientes, entraba una corriente de aire fría. Era lo opuesto a lo que había visto en su ciudad de procedencia. Esa sencilla diferencia le generó tranquilidad. 

Mientras estuvieron en Caracas, Camila y su hijo se quedaron en casa de una sobrina de su esposo. “Esa tarde me turné con mi hijo menor para ir a bañarme y descansar mientras él se quedaba cuidando a su papá. Mi hija mayor se quedó en Guárico porque está a punto de dar a luz. Me desperté por una llamada de mi hijo: “bajaron a mi papá, está en cuidados intensivos”.

La tarde del 14 de marzo murió Mirabal. Ese mismo día iniciaron los trámites para su traslado.

Complicaciones por la cuarentena

El objetivo de Camila era trasladar el cuerpo de su esposo a Guárico, pero la cuarentena que restringía el paso de un estado a otro era una gran dificultad. Además, era domingo, lo que complicó aún más conseguir los permisos de traslado. Al día siguiente los registros tampoco laboraban por el confinamiento.

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“Mi sobrino no pudo conseguir salvoconducto para su prima de Caracas, ella quería asistir al velorio, pero el costo de un salvoconducto ilegal era de 100 dólares, el dinero que tenían lo habían gastado en el acta de defunción. “Solo con dinero y contactos…”, Camila sonríe secamente al recordar el dicho de su hermana. 

Regresaron en la camioneta del sobrino mientras el cuerpo de su esposo iba atrás en el carro fúnebre.

Al llegar a Guárico, debíamos trasladar a mi esposo al cementerio, pero no había gasolina para el carro fúnebre. Nuevamente mi sobrino resolvió con un coronel amigo suyo, que le vendió un bidón por 20 dólares”.

Al sepelio asistieron pocos amigos, pues las normas del estado de alarma no permitían los tradicionales velorios. Camila tuvo que explicarle a sus propios padres que no podían asistir por la cuarentena. Les costó entender, pero debían llorar a distancia.

Sobre la tumba reposaba un bouquet que le hizo su hija con flores del jardín, un área agreste empedrada y sucia que él había convertido en un jardín o una suerte de oasis en la urbanización, con cultivos de frutos y flores.

Mi esposo nunca se enfermaba. Nos creemos tan fuertes y somos tan arrogantes, pero somos tan vulnerables. Ahora todos rodeamos su tumba en llantos ahogados por tapabocas”.

Camila camina una distancia hacia la nada, luego regresa y dice:

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“No tengo rencores, estoy conforme con Dios. Mi esposo, poco religioso, se confesó y recibió la unción de los enfermos. Pero también estoy consciente de que muchas cosas no se hicieron como se debieron hacer: malas decisiones, equivocaciones médicas; no me alcanzó el dinero para que funcionaran bien”.

Un mes después de la muerte, Camila escribió el siguiente mensaje:

“En estas noches oscuras y llenas de silencio por los constantes apagones, salgo al jardín de mi esposo y pienso en él, en cómo pasó todo, en la pandemia. Acá en el pueblo todos caminan como si nada pasara. Pienso en mi hija que ahora tiene a su bebé, lo llamó Roberto, como su abuelo.

Roberto sonríe, parece entretenido por las hojas del bambú, lo meso mientras miro las matas y huelo las flores que nos rodean, estamos protegidos en esta suerte de oasis, en medio de una pandemia.

Solo pienso que ya mi esposo no está y que ahora nuestro nieto me acompaña. No todos podemos soportar la idea de que somos transitorios, hay quienes solo quieren perdurar y perpetuarse incluso por sobre todos aquellos que sufren por sostener su perpetuidad”.

*Este nombre fue cambiado para proteger la identidad del entrevistado.

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