Pareciera que sobra el tiempo ahora que estamos en cuarentena, pero no es eso. Es que la percepción que teníamos del tiempo ha cambiado. Es muy distinto tener el reloj de espalda que tenerlo al frente.

A veces uno siente que se pierde en el tiempo. Suena cliché, pero solemos subestimar esas sensaciones con calificativos como kich o tonterías. Tal vez porque no tenemos la capacidad de aceptarlas y aprender de ellas, por miedo o por comodidad. Pero sí, perderse en el tiempo no es asunto de un efecto sobrenatural, es algo más común de lo que creemos. 

En estos días uno justifica el correr del tiempo con actividades que antes creíamos innecesarias, pero que ahora se nos han vuelto muy útiles. Desde hacer ejercicio hasta lavar los platos; las cosas más superfluas han cobrado otro nivel de importancia cuando le otorgamos sentido o propósito al escurrir de los días de encierro. Doblar la ropa, planchar y ordenar las gavetas. Todo se ha convertido en actos casi filosóficos y meditativos.

Foto: Abraham Castillo

Precisamente, revisando fotos viejas —como dice la letra de una salsa baúl, otro cliché más—, encontré unas fotos que me dieron esa sensación de extravío de la que les hablo. Mirarte a ti mismo, desde la distancia en que veías antes, y no reconocerte. Darte cuenta de que has cambiado. No reconocerse frente al espejo del pasado es perderse en el tiempo.

Foto: Abraham Castillo

Aquella mirada infantil, aquella curiosidad, aquella imprudencia. Desdoblarme para verme a mí mismo mirando el mundo. Estas fotos no tienen mayor virtud. No son excelentes fotos. Técnicamente tienen errores. Son impresiones mal conservadas. Están intervenidas por el tiempo y por el destiempo; y aun así son capaces de eso en mí. 

Al verme allí tan niño, tan simple y sencillo, me pregunté: ¿qué hay de ese niño en mí? Y aún más: ¿qué hay de esa gente en mí, de los paisajes, de la fe, los pescadores, la represa? Todo aquello que era parte de mi vida ahora son solo imágenes. Son recuerdos en tintas, universos hechos papel, atrapados y manipulados, con sus alas pegadas con alfileres al anime para el deleite de las arañas y el polvo.

Foto: Abraham Castillo

Pero ahora que las veo cobran vida ante mis ojos. Puedo sentir la brisa de la represa de ese día. La lluvia cayendo frente al camino misterioso. La esperma quemándome las manos en la procesión. La corneta de los carros. La bosta entre las botas. El agua salpicando desde el canal. Todo cobra vida en un presente distante, hasta que yo deje de mirarlas.

Foto: Abraham Castillo

Por eso las compartí. Me pregunto si ustedes, los que leen este texto y miran estas fotos, pueden oler las velas. Sentir la lluvia o la brisa de la represa. Pero no puedo esperar tanto. No pretendo que estas fotos ocasionen esos sentimientos en ustedes. Sin embargo, tengo la esperanza de que al mirarlas pueda moverme de nuevo. Ver al hombre sacar una cachama, que los niños dejen de calcinarse bajo el sol para caer entre el abrazo del agua y que la plegaria de las niñas sea por fin escuchada. Y que la niña por fin levante su castigo de observar. 

Foto: Abraham Castillo

Allí estoy yo, entre ellos, la gente de las fotografías, como testigo cómplice de ustedes, los que ven las fotos. Peor aún: consciente de que está en sus manos queridos videntes, nuestra libertad. Pero esa gente de las imágenes estará allí por siempre, condenados al yugo del recuerdo, del tiempo, con la fe de que algunos de ustedes puedan hacerlas mover. Con la fe de que la vaca deje de estar condenada por siempre de rodillas al tiempo.                   

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