• El poeta y ensayista venezolano falleció este 9 de julio de 2020, en la ciudad de Caracas. Su legado se construye a través de una reconocida obra, en la cual, el alcance de la espiritualidad, era el objetivo primario

En Desde el mismo amor ardiendo (1979) el primer verso, como si de un zaguán poético se tratase, inicia con la exaltación de una vida que se encontraba en pleno fulgor. “Cuánta vida/ dulce/ el cielo el mar el puerto/ las gaviotas/ luz/ en el asfalto a trechos una sombra/ fresca”. Oh, cuánta vida, cuánto tiempo que, quizás, se veía inacabable, pero que, junto a Caronte, espera en la balsa el transitar de todas las almas. Un tiempo que no perdona y que, al final, siempre nos encuentra. Pero, incluso, cuando nos creemos abatidos aparece la voz del poeta que, en su serenidad, exclama en un pequeño mensaje el encuentro con el amado y relata el dulzor de esa vida. El texto pertenece a Armando Rojas Guardia (1949), quien falleció este jueves 9 de julio, en la ciudad de Caracas. 

Una tomografía contrastada reveló el 27 de junio de este año que en el tejido que recubre el páncreas había una masa tumoral. La biopsia confirmó que era maligno. Y este jueves su obra retumbó en una ciudad silenciada. Los versos acompañaron la dicha de haberlo conocido -o leído que, al final, pareciera lo mismo- y apaciguaron la tristeza de no verlo más.

La trascendencia, se nos dice a veces, recae en las acciones de una vida. En la figura siempre inmemorial del rostro estampado por todos lados, pero, en realidad, Armando Rojas Guardia trasciende en su obra. Una obra que todavía se lee y se leerá durante décadas para reconocer que, incluso en los momentos de la caída del poeta, aquel pudo levantarse y recitar, con una voz gruesa y pesada, los versos de la vida cuantiosa que se acababa. 

Durante su cuarentena, proceso de introspección que sorprende a la mayoría, continuó ensanchando el espacio fértil de la soledad. En “Mi cuarentena”, el poeta enumera los elementos que lo llevan al margen, al límite de la funcionalidad repetitiva de la vida moderna. Ese vaivén de oficios donde el individuo, más que Ser, es objeto y se mantiene estable en su función como una bisagra más. El poeta abrazó el momento de quietud y silencio de las calles cerradas. Sin embargo, fue consciente en su cena de galletas y té que muchos otros, aletargados por las rudezas del contexto, no poseían esa dicha. Le pedía a Dios, con creces, nunca ser indiferente a ese dolor. 

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En el bautizo de su primer libro, publicado por Monte Ávila Editores en 1979, se encontraba un Armando joven. Estaba junto a los escritores Oswaldo Trejo y Alberto Márquez, con una sonrisa jovial. Sus compañeros sostuvieron el libro de par en par. El brazo derecho de Trejo rodeó el cuello de Armando para bañar con una botella de licor las páginas recién nacidas de aquel libro. Una obra poética que, durante más de cuarenta años, dio signos de un misticismo olvidado entre las brumas del asfalto y la vida opaca, utilitaria. Una pequeña lámpara, detrás de los tres, se posaba sobre la cabeza del poeta recién nacido. Como anunciando, de alguna manera, la presencia del Amado (Dios) que siempre estuvo a su lado. 

Foto: Vasco Szinetar. 

Sus publicaciones

– Yo que supe de la vieja herida (1985)
– Poemas de la Quebrada de la Virgen (1985)
– Hacia la noche viva (1989), La nada vigilante (1996)
– El esplendor y la espera (2000) y Patria y otros poemas (2008)

Como ensayista publicó los libros:
– El Dios de la intemperie (1985)
– El calidoscopio de Hermes (1989)
– Diario merideño (1991)
– El principio de incertidumbre (1994)
– Crónica de la memoria (1999) y
– La otra locura (2017).

“Escribir poesía en muchos sentidos representa un hecho coyuntural y, hasta cierto punto, accidental; lo de verdad trascendente y crucial es vivir poéticamente”, dijo. La escritura, como artificio y delirio, se transforma en un medio de lo posible. Es la abstracción necesaria para codificar la relación incólume que mantiene todo ser humano con su espíritu. Es lo más puro y mundano, lo impoluto y lo escabroso, todo aquello que refiere a los fondos de un alma que todavía, aunque la ciencia avance y las pantallas sean capaces de reflejar toda imagen, se mantiene adherida a la palabra como único faro de luz. 

Ese es el poeta. Pero no es el único que puede vivir poéticamente. Todos pueden. Cada uno, en su propia existencia, puede despertar del sueño y obtener la capacidad de la vigilia constante para descubrir, entre los movimientos azarosos y, considerados a veces, imperceptibles, la verdad de las cosas. 

Entre los años 1967 y 1973 fue marcado por la experiencia religiosa vivida como estudiante jesuita y por las enseñanzas de Ernesto Cardenal. Su padre, Pablo Rojas Guardia, reconocido poeta, lo conoció en su paso por Nicaragua y mantenía algunos textos del poeta nicaragüense en la casa. Así lo descubrió Armando. En su encuentro con Cardenal, años después, encontró en la rutina monástica de la Comunidad de Solentiname el indicio de una vida, podría decirse, poética. Una vida que en ese momento estaba cargada con el idealismo ideológico. Sin embargo, muchos años después se deslastró de esas pesadas cargas para aprehender la forma pura del despertar. 

Su formación. Estudió Filosofía en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB); en la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, y en la Universidad de Friburgo, en Alemania.

En ese instante, vuelve a un verso de su primer poemario que reza: “De la casta de escribas, heme aquí,/ mago, monje laico,/ heme aquí/ combinando los fantasmas/ de las frases, preparando el hachís/ de las sílabas oscuras:/ puedes verme/ en esta misión donde me quedo/ hasta derramar la última letra”.

Pero no será derramada porque la caída de la gota, tambaleando entre mesas y lectores, quedará siempre suspendida en el recuerdo y la enunciación de cada poema y ensayo. 

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El Dios de la Intemperie (1985) es, quizás, la obra ensayística que consagra el pensamiento de Armando Rojas Guardia. Allí resume, a través del lenguaje, la minuciosidad y el talante teológico, la reunificación de tres estados de la creencia humana. Estados que antes se creían dicotómicos y separados de raíz: el cristianismo, la homosexualidad y la ideología de izquierda. Tres estados que identificaron al poeta durante su vida y que, después de tanto tiempo en constante conflicto, fue la reflexión sobre la perspectiva humana lo que le brindó estabilidad en ese texto.

Foto cortesía

La construcción de los estereotipos sociales, como amarres en la libertad individual, es el aspecto que permite la separación de los tres estados. En un entrevista realizada en 2017 sentenció: “¿Por qué la homosexualidad no va a ser perfectamente integrable a la opción religiosa y a la opción de izquierda? ¿Por qué no?”. No hay razón aparente. En este texto, Armando logra la afinidad de una postura religiosa desde la pregunta clave que le hace Dios a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”. 

Experiencia. Fue un destacado participante en el taller Calicanto de Antonia Palacios y en la creación del Grupo Tráfico en 1931.

Es la preocupación por el otro, transformada en postura política, lo que produce una modificación espiritual en el individuo, sin importar sexualidad, ni creencia ideológica. “Dios no nos da ningún poder mágico, sino la desamparada fortaleza del amor, por medio del cual vencemos a la misma muerte al estar dispuestos a ir hacia ella por los hermanos”, escribió. 

La ruptura de los estereotipos añejados por el tiempo y la vocifería constante es un factor primordial para entender la obra del poeta. Quien, entre tantos aspectos, siempre buscó decir lo necesario de una manera estéticamente eficaz. Todo para encontrar la comunión de los tres estados que construyeron su vida. 

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“No es verdad que te vendiste. Tú anhelabas

dilapidarte brusca, totalmente: 

un lujoso imposible. 

Lo sabías, 

siempre lo has sabido y como siempre

aras en el mar. Te concibieron 

con voluntad precisa de fracaso”.

Foto: Gabriela Pulido

La concepción de la Patria (2008) con voluntad de fracaso no refiere a la contemporaneidad y su delirio de ganar. Tampoco a los despojos de un nacimiento accidentado. Es, quizás, a la consciencia que da el fracaso para entender el proceso de una vida en aras de acabarse. Para Rojas Guardia la poética del otro maestro Rafael Cadenas es primordial para entender la derrota como paso necesario para arribar al centro. Aquel espacio interior de cada ser humano, en el cual reside el absoluto. Entonces, la patria dilapidada bruscamente, con conocimiento a priori, se podrá desempolvar algún día, cuando reconozcamos nuestro humilde y tortuoso fracaso. 

Al parecer, se encuentra, en las fechas de su fallecimiento, con un país que ha perdido la máxima primaria dada por Dios. Ya no se pregunta el hombre por su hermano, tampoco, pareciera, que la disolución de los estados estereotípicos haya resultado. Pero “cómo afirmar, pasito, que hoy te quedas/ en la dificultad de sonreirte/levantando los hombros, desganado,/ y diciéndote, con sorna, con ternura,/ mañana sí tal vez. Quizá mañana…”.

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La escritura es la forma de trascendencia más reconocible por el individuo. La única manera de recordar a un poeta, a un maestro, a un ensayista es a través de su obra. Son los versos de Armando Rojas Guardia los que la noche de este jueves retumbaron en la ciudad silenciosa. Y este viernes, con algunas horas de diferencia, sus palabras siguen marcando una comunión entre todos aquellos que todavía se preguntan por el quizás del mañana.

Este artículo de El Diario fue editado por: Armando Coll |Génesis Herrera.

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