• En el natalicio de Cortázar, un hombre clave para entender la evolución del proceso narrativo en la literatura, el equipo de El Diario decidió recordarlo desde la anécdota de otro escritor. Francisco “Pancho” Massiani narró en 2011 las peripecias de su encuentro fallido con el autor de Rayuela

El escritor del camino intrincado de Horacio Oliveira por las calles de París y, sobre todo, por los vericuetos del relato que se nutre de la memoria, la perspectiva y la fecundidad de la emoción pura es imprescindible para entender el mandala de la escritura. Julio Cortázar, conocido por muchos, quizás no leído por todos y entendido por pocos, nació hace 106 años en Ixelles, Bélgica. Creció en Buenos Aires, Argentina, ciudad de la furia y de mil amores, donde el equilibrio entre lo gauchesco y la indómita migración europea es el significante más complejo y murió en París por leucemia un fatídico día de 1984. 

En El Diario lo recordamos a través de otro escritor, esta vez venezolano, llamado Francisco “Pancho” Massiani. La mirada pura del eterno “Corcho” que fuma inconsolablemente en su cama, en un fragmento grabado en 2011 por Juan Carlos Carrano Henríquez, esquiva por momentos la cámara. No quiere ver más allá de la llamarada que se mantiene viva en la punta de sus dedos; mientras recuerda, con la nostalgia de las cosas que nunca pasaron, el día que no conoció a Julio Cortázar. 

Obra de Julio Cortázar

Publicó las novelas Los premios (1960), Rayuela (1963) -la más reconocida de su novelística-, 62 modelos para armar (1968), Libro de Manuel (1973), entre otras. Además, publicó las antologías de cuentos Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1959), Todos los fuegos el fuego (1966), etc. Su obra escrita es amplia y constante. Desde la prosa trabajada y experimental, hasta la poesía, la crítica y el oficio militante de sus últimos años, la obra de Julio Cortázar es un referente inmensurable de las letras en lengua castellana.

El cuarto de “Pancho” Massiani está abarrotado de papeles, de libros de tapa dura y algunos endebles que rodean la cama, como si de pequeñas mascotas en busca de su dueño se tratase. Las palabras lo perseguían y contaba que todo inició en marzo de 1969 en una ciudad parisina impregnada por el Mayo Francés -un proceso de protestas en 1968 que marcó el espíritu de la juventud francesa- y la búsqueda de una experiencia totalmente novedosa. Él vivía en un hotel cercano al Museo Cluny. No tenía teléfono, pero una vecina, angustiada por la flaqueza de aquel joven escritor venezolano que vivía en la austeridad, con algunas comidas robadas en la inmensidad de la luz, recibía las llamadas importantes dirigidas a Pancho. 

Un día recibió una llamada de Antonio Gálvez que decía: 

—Mira, Pancho, ¿te acuerdas del texto que hiciste para la revista Imagen?

—Sí, cómo no.

En esa revista participaron varios artistas, tanto europeos como latinoamericanos, con una perspectiva vanguardista de las distintas artes y de la crítica. 

—Cortázar, chico. Julio leyó tu texto y le encantó. Quiere conocerte. ¿Por qué no vienes el viernes como a las 4:00 pm? 

En ese instante recuerda el rostro de Clara, su pareja en París en 1969, y relata con la emoción de revivir cada detalle la manera en la que comunicó la llamada. Ese gigante de las Letras, el hombre de la barba hirsuta, maestro de la cuentística moderna y de la novela de caminos dispares, de construcciones imposibles, quería verlo y hablar sobre un ensayo de su autoría. Él tenía un suéter raído, viejo, con algunos destellos de suciedad y dinero para un pasaje en Metro. 

Julio Cortázar quería conocer a Francisco Massiani
Foto: cortesía

La emoción del escritor joven, con una obra reconocible en Venezuela como Piedra de Mar, pero delirante entre las luces de la ciudad parisina, lo acompañaba en el trayecto. Tomó el tren, caminó un largo rato por el bulevar Voltaire, fumó unos cuantos cigarrillos y llegó a un portón. La sensación dubitativa de la experiencia mantuvo a Pancho, durante más de 15 minutos, en el zaguán de la casa, pensando en el paso siguiente “¿Subir o no subir? ¿Qué puedo decirle yo a Cortázar?”. En su mente revoloteaba la idea de una sola novela, de ser un pobre escritor, un intento de hombre de letras que no tendría mucho que decirle al “gigante” de Rayuela

Caminó por el zaguán múltiples veces. Fumó tres cigarrillos mientras miraba a los alrededores con ganas de un vino, una cerveza, una bebida que, lamentablemente, no podía pagar. El tiempo pasó y Pancho siguió fumando. Solo eso, no se movía; hasta que decidió regresar. Salió del patio interior, cerró el portón y caminó desde el bulevar Voltaire hasta su hotel. Al llegar, cansado por la caminata, subió las escaleras, abrió la puerta, miró a Clara -quien lo recibió con una amplia sonrisa- y le dijo “no conocí a Cortázar porque, sencillamente, me dio miedo”.

Tiene la mirada baja en su relato, como seleccionando todos los recuerdos que no se han ido con el tiempo, reviviendo en ellos la sensación de 1969. Ella respondió: “No te preocupes, Pancho. Tenemos vino, tenemos salchichón. Tu verás que Julio querrá verte otra vez”. 

Al día siguiente Pancho llamó a Antonio Gálvez, el encargado del encuentro, para pedir disculpas por su desplante. Gálvez, a su vez, le respondió que Julio Cortázar lo había esperado durante cuatro horas, desde las 5:00 pm hasta las 9:00 pm, porque deseaba con gran emoción hablar con el autor de ese artículo que le había gustado de la revista Imagen. “No sabes el deseo que tenía Julio de conocerte, Pancho”.

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