- A Carlos Rául, de 9 años de edad, lo diagnosticaron en 2017 y durante tres años se sometió a tratamientos, exámenes y consultas para recuperar su salud
Daniela Antón, mamá de Carlos Raúl Precilla, salió el 15 de agosto de 2020 muy temprano del albergue Obra Social del Niño y la Madre, ubicado en la avenida San Martín de Caracas, para buscar los exámenes de su hijo. Desde que llegó a la ciudad, en el mes de junio para realizarse sus controles trimestrales, la familia esperaba que sus resultados mostraran que el niño de 9 años de edad por fin estaba libre de cáncer.
A Carlos Raúl lo diagnosticaron en 2017 con linfoma de hodgkins en células mixtas, luego de que su mamá notó un bulto irregular en su cuello.
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En Cumaná (estado Sucre), su ciudad de origen, Daniela llevó al niño a varios médicos que le solicitaron una tomografía y una inmunohistoquímica, pero los resultados de los exámenes se contradecían, así que los refirieron al hospital J.M. de Los Ríos, en Caracas.
La primera vez que acudieron al centro de salud caraqueño necesitaron un lugar donde quedarse, porque no tienen familia en la ciudad. En ese momento el albergue Obra Social del Niño y la Madre les abrió las puertas.
La vida en un hospital venezolano
Carlos Raúl inició su tratamiento contra el cáncer con seis meses de quimioterapia y 14 sesiones de radioterapia. Durante ese periodo, Daniela y su hijo vivieron en carne propia los efectos de la emergencia humanitaria compleja.
En esa oportunidad logró encontrar el fármaco y, aunque las limitaciones económicas fueron constantes durante el tratamiento de Carlos Raúl, Daniela siempre recibió ayuda de las formas menos esperadas.
La falta de alimento también fue un reto. En el hospital J.M. de Los Ríos no les podían garantizar las comidas y en el albergue solo les brindaban el almuerzo, por lo que el desayuno y la cena corrían por su cuenta.
En 2017, mientras el niño recibía su tratamiento, el esposo de Daniela se quedó sin trabajo y la familia sin ingreso alguno. La madre aseguró que en una oportunidad se sentó afuera del hospital a llorar y entre lágrimas llamó a su pareja. nn—No tengo nada de dinero para darle desayuno a Carlos— exclamó la mujer —¿Sabes qué me provoca? Subirme a la camioneta a pedir dinero para poder alimentar a mi hijo —añadió. nnCarlos Raúl escuchó la conversación entre sus padres y más tarde cuando abordaron el autobús habló con su mamá. nn—Párate y habla, mamá, que yo recojo el dinero —le recordó el niño.nn—No, hijo, eso no va a pasar, te lo prometo. Dios proveerá— respondió la madre mientras lo abrazaba. n
En enero de 2018 terminó el tratamiento del niño, pero aún así debía volver a Caracas cada tres meses para sus controles.
La madre confesó que los traslados para controles fueron agotadores, porque primero debía conseguir dinero para los pasajes y para la estadía, luego viajar 400 kilómetros por carretera y, al llegar, ir de una consulta a otra durante varios días.
Daniela aseguró que uno de los beneficios que reciben los pacientes del J.M. de Los Ríos es el apoyo de muchas organizaciones no gubernamentales (ONG). Algunas de ellas garantizan el alojamiento; otras ayudan con alimentos, medicinas, costos de los exámenes e incluso el traslado de regreso a sus estados de origen.
La respuesta más esperada
Cada vez que regresaban a Caracas, Carlos Raúl debía ser sometido a varias evaluaciones. Esta fue una de las razones por las que el niño comenzó a sentir miedo por las agujas. Cada serie de exámenes era traumática para él.
Desde que las quimioterapias terminaron, Daniela esperaba el día en que le dijeran que su hijo estaba completamente sano, pero en las pruebas siempre encontraban células malignas en su cuello o en las axilas.
Ese 15 de agosto Daniela recibió el sobre con los resultados de Carlos Raúl y, como siempre lo hacía, lo abrió inmediatamente para leerlos.
“No se encontraron adenopatías”, decía el resultado que parecía arrojar que su hijo está completamente sano.
“No aguanté la emoción y le envié el resultado a su doctora, la hematóloga Marisol Zabala”, detalló.
La representante recuerda que esperó por 20 minutos una respuesta de la especialista, que le envió una nota de voz: “Gracias a Dios está todo bien, no aparecieron lesiones nuevas y las adenopatías que presentaba en el cuello ya son una cosa sin importancia”.
Cuando Daniela regresó al albergue, le dio la noticia a todos los que pudo: llamó a su familia, amigos y a las fundaciones que la apoyaron con la condición de Carlos.
La mamá contó que Carlos es un niño muy tímido y callado, pero que ese día puso música, cantó, bailó y celebró con ella que después de tres años puede decir que es un niño sano.
Una nueva meta
Antes de ser diagnosticado con cáncer, Carlos Raúl jugaba béisbol en un equipo menor en Cumaná. Ahora que está oficialmente saludable, le confesó a su mamá que desea volver a practicar ese deporte.
A pesar de que logró recuperarse del cáncer, todavía debe ir a sus chequeos cada seis meses. También su madre considera que para volver a jugar, debe hacerlo con ciertas protecciones.
La pandemia por covid-19 también retrasa los planes del niño por un tiempo, porque, además de que estas actividades permanecen suspendidas, aún no puede regresar a su casa en Cumaná.
“Nos ha costado mucho que Carlos Raúl esté sano para arriesgarnos a que se contagie en un viaje. Ya sabemos que otra familia que regresó a su casa en autobús llegó con coronavirus y no puedo dejar que nos pase lo mismo”, explicó la representante.
Mientras tanto madre e hijo se resguardan en el albergue Obra Social del Niño y la Madre, hasta que encuentren una forma segura de regresar a su hogar y comenzar su nueva vida sin cáncer.
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