• El centenario de Mario Benedetti, conocido como el “uruguayo más universal”, es una fecha importante alrededor del mundo. Su obra, para académicos y lectores comunes, es un referente constante de la literatura latinoamericana

“Porque tú siempre existes dondequiera/ pero existes mejor donde te quiero/ porque tu boca es sangre/ y tienes frío/ tengo que amarte amor/ tengo que amarte/ aunque esta herida duela como dos/ aunque/ te busque y no te encuentre/ y aunque/ la noche pase y yo te tenga/ y no”, recita en alemán al oído de Sandra Ballesteros, vestido con los ropajes de un marinero y se difumina con la luz sombría de un bar de medianoche, el poeta uruguayo Mario Benedetti. La película se llama El lado oscuro del corazón, dirigida por Eliseo Subiela y estrenada en 1992. Su ambivalencia entre el lenguaje poético y cinematográfico, con los cameos de Benedetti, establece un nuevo espacio para la sensibilidad de la imagen. 

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia nació el 14 de septiembre de 1920, hace 100 años, en Tacuarembó, Uruguay. Su obra poética, ensayística y narrativa ha sido un factor primordial para reconocer el trabajo literario del siglo XX latinoamericano y, aunque son miles las formas de recordarlo, sobre todo en sus versos, una imagen imborrable de su persona ocurre en la película realizada por Subiela en los inicios de la década de los noventa. En ella el escritor uruguayo aparece en un par de ocasiones, como un ente externo a la trama que recita su obra, algunos poemas en el español, otros en otra lengua.

Además, el personaje principal, llamado Oliverio, interpretado por el actor argentino Dario Grandinetti, retorna constantemente a la lectura de Benedetti. Los diálogos de la película se presentan como poéticos. Son extractos de la obra de Oliverio Girondo, Mario Benedetti y Juan Gelman que permiten demostrar el encuentro mágico entre la realidad y la poesía. 

El pasar del tiempo transformó a la película en un espacio de culto para los entusiastas de la literatura latinoamericana. Las apariciones de Benedetti, junto a la conformación de la historia y las máximas del verso amoroso, permiten establecer un lugar de enunciación diferente para el cine. Oliverio es un poeta que deambula entre Argentina y Uruguay, dos orillas del mismo río, del mismo lenguaje y, sobre todo, del mismo imaginario. Realiza pequeños trabajos escriturales para mantenerse. Incluso, a veces escribe poemas para el vendedor de choripanes y así, de vez en cuando, se gana el pan de ese día. 

En uno de sus viajes a Uruguay conoce a Ana, una prostituta que trabaja en un bar nocturno de Montevideo, que lo sorprende con su mera existencia. Es una figura que refiere al personaje de la maga en Rayuela de Julio Cortázar: inasible, sin ataduras en el mundo físico, con una sensibilidad especial que atrae, entre todos los clientes del bar, al desahuciado poeta que vive su día a día con las convicciones de la experiencia escritural. 

El amor, así como en la obra de Benedetti, es un factor primordial para desentrañar el camino de los personajes. En un principio podría considerarse con una mirada cínica ante el mismo, pero luego, con el encuentro entre Ana y Oliverio, inicia una búsqueda perpetua. Él persigue, siguiendo los versos del poema “El espantapájaros” de Oliverio Girondo, una mujer que “sepa volar”. No importa nada más, ni las narices, ni las marcas de vidas pasadas, ni los cuerpos diferentes, ya que la única razón considerable para la experiencia amorosa es la libertad del vuelo. 

En otro momento, mientras la separación marca la relación de Ana y Oliverio, es un poema de Benedetti el puente que los vuelve a unir. Este dice: “No te quedes inmóvil/ al borde del camino/ no congeles el júbilo/ no quieras con desgana/ no te/ salves ahora/ ni nunca/ no te salves/ no te llenes de calma/ no reserves del mundo/ sólo un rincón tranquilo/ no dejes caer los párpados/ pesados como juicios”. La escena transcurre entre las luces rojas y tenues del bar en Montevideo. Ana lee la carta, mientras en el fondo suena un acordeón tanguero y mira, como una forma espectral que se vuelve cuerpo con cada verso, a Oliverio. Él la mira en su lectura. Las luces bajan y ella lee el último verso: “y te quedas inmóvil/ al borde del camino/ y te salvas/ entonces/ no te quedes conmigo”. Todo se apaga y Oliverio desaparece.

El poema y la existencia propia del individuo no está separada por el corte tajante entre la ficción y la realidad. Uno se refiere al otro hasta que, poco a poco, se entremezclan hasta confundirse y el vuelo, como imagen del artificio, se vuelve real con el empuje del amor. Es la difuminación de las líneas definitorias entre un espacio y otro, entre el cine y la poesía, lo que transforma a El lado oscuro del corazón en un referente primordial de la cultura latinoamericana. Cada verso extraído de una extensa obra, sea la de Benedetti o la de Girondo, produce una cercanía entre el verso y la vida. Como diría el poeta venezolano Armando Rojas Guardia: es una forma de “vivir poéticamente”. 

La obra de Mario Benedetti

Mario Benedetti tuvo una gran vida literaria con más de 80 títulos con su nombre. Algunos traducidos a decenas de lenguas en el mundo. Su oficio nació en 1945 con la publicación de su primer libro La víspera indeleble y, aunque en cada uno de los géneros literarios tuvo una participación diferente, existe un camino que el autor siguió durante todo su trabajo escriturario: la vocación comunicante.

Su obra utiliza un lenguaje preciso, director y sencillo, pero sin quitarle la misma potencia dentro del haber literario. Al contrario, este es el factor que permite la difusión de su obra ante los distintos lectores posibles, sea quien sea, erudito o común, transeúnte que busca un verso para enamorar o crítico que los disecciona para su estudio. El autor de La tregua (1960), Poemas de oficina (1956), Próximo prójimo (1965), entre otras obras, pretende con su oficio literario la comunión del lenguaje común. Un texto que pueda ser leído por el hombre inmediato, por aquel que no escudriña tras el verso enmarañado o críptico, pero que, de igual forma, tiene una emoción genuina.

Mario Benedetti intenta ser voz y portavoz; cargar en su lenguaje con el lenguaje de todos; ser provocador ante las exigencias y buscar, entre el artificio, las palabras esenciales para lograr la conexión con ese lector en tiempo presente. Fue un personaje importante para la vida cultural uruguaya entre la década de 1950 y 1970, acompañado con una generación de intelectuales como Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Juan Carlos Onetti, Eduardo Galeano, entre otros. Tuvo un paso por Estados Unidos en 1960 que lo hizo reafirmar su idealismo de izquierda. Además, por esos años la revolución cubana era el epítome del intelectualismo latinoamericano y Benedetti se convertiría en los años siguientes en un ferviente colaborador cultural del castrismo. 

Murió el 17 de mayo de 2009 en su casa de Montevideo, Uruguay. Pero su legado se mantiene intacto en cada verso leído, más que con talante académico, con emoción pura del lector común que, como en la película de Subiela solo busca, perpetuamente, un amor que lo haga volar. 

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