Un texto de Ana Paula Tostes

Infinidad de veces hemos visto aparecer en el mundo de las intrigas personales y políticas, las disputas por el poder, el honor y la ira del enemigo, el veneno como personaje de la historia.

No vamos a hablar aquí del uso masivo de armas químicas, que son parte de legados de guerras que esperamos no volver a ver, ni del uso de gases en campos de concentración como en la Alemania nazi y napalm en la guerra de Vietnam, por parte de Estados Unidos, o del gas sarín utilizado para asesinar cobardemente a 1.500 civiles, un tercio niños, ocurrido en el caso del atentado de Ghouta, en las afueras de Damasco, en 2013.

Estos, entre otros casos, son acciones visibles y asumidas sin escrúpulos en un intento de eliminar al que se ve como enemigo en situaciones de guerra. Hay innumerables casos que involucran el envenenamiento como arma de guerra y son acciones cobardes y excesivas ante fuerzas asimétricas o condiciones de resistencia. A pesar de la relevancia del tema, las guerras estarán fuera del foco de este artículo.

Pensemos en tiempos de paz, cuando los suicidios y asesinatos impregnan narrativas simbólicas que revisamos en la historia no probada, como la condena de Sócrates, el suicidio de Cleopatra o las intrigas de Lucrécia Borges. Las muertes por envenenamiento pueblan fantasías de secretos, acciones astutas y cobardes, denuncias y buscan reparar la reputación y la dignidad a través de la humillación o la injusticia.

De la literatura de Shakespeare a Gustave Flaubert. De Hamlet a Romeo y Julieta, intereses y escapes de las desgracias de la vida, como hizo Emma Bovary, los dramas pueblan algunas de las historias más leídas y escenificadas de la literatura clásica. Sin embargo, historias reales más recientes han competido con la ficción, enfatizando el carácter protagónico del veneno.

El suicidio por envenenamiento es una estrategia tradicional para guardar secretos de Estado o de guerra, evitando el sufrimiento de la tortura o el riesgo de sucumbir al dolor, como era el caso de las cápsulas suicidas de agentes secretos en la guerra fría. La novedad en este tema es la píldora de eutanasia (píldora drion) para ancianos o enfermos terminales, que tiene el mismo fin: acortar el sufrimiento del cuerpo, ya sea mediante la tortura del enemigo o mediante los dolores de una muerte segura.

En 2017 vimos el veneno cicuta en la transmisión en vivo del suicidio de Slobodan Praljak. Praljak dio visibilidad a su juicio contra los crímenes cometidos en la guerra de Bosnia, al buscar demostrar su indignidad a través de su condena a 20 años de prisión por parte del Tribunal Internacional de La Haya para la antigua Yugoslavia, el TPII. El exgeneral bosnio convirtió su muerte en un acontecimiento del mundo digital, sustituyendo su sentencia por un brindis por el descontento con la justicia internacional.

El veneno es quizás el personaje más antiguo en las historias de intrigas, engaños o acciones sin escrúpulos que se mantiene en cuerpos sacrificados, ya sea por sus propios dueños o por terceros que quieren callarlos.

La operación Lava Jato, lanzada en Latinoamérica desde 2014, generó denuncias de corrupción que vinculaban a políticos y empresarios. A diferencia de Brasil y Perú, países donde las investigaciones por corrupción y lavado de activos involucraron detenciones e incluso el suicidio del presidente Alan García en 2019, en Colombia el impacto de las acusaciones no ha derribado ninguna fuerza política.

Sin embargo, los informes de denuncias de envenenamiento de testigos clave en las investigaciones de Lava Jato en el país han sido noticia internacional. En 2018, el exauditor Jorge Pizano murió de un paro cardiopulmonar y Rafael Merchán, exsecretario de transparencia, se suicidó con cianuro. Cuatro días después de la muerte de Jorge Pizano, su hijo Alejandro también murió tras ingerir agua intoxicada con cianuro de una botella de su padre. Las quejas sobre una historia no provocada llevaron a una pregunta sobre las causas reales de tantas muertes relacionadas con las investigaciones en curso que habrían cambiado el rumbo de la política de Bogotá.

En Rusia, los casos de intoxicación se mezclan entre probados y no probados, viejos y nuevos. Los activistas anti-Kremlin, como Vladimir Kara-Murza, con una larga historia de oposición a Putin y Pyortr Verzilov (vinculado a Pussy Riot) tienen historias que contar, como sobrevivientes y denunciantes del uso reciente del método de intoxicación como una forma de silenciar a la competencia.

Aleksei Navalny

En medio de la pandemia del covid-19, en tiempos de resguardarnos en casa por miedo a morir por un virus que aún no conocemos bien, hemos podido seguir el último capítulo en el que nuestro personaje vuelve a escena. Este es el segundo intento de asesinato a Aleksei Navalny por envenenamiento.

No es la primera vez que se intenta embriagar la palabra de protesta y de denuncia. Tampoco será la última vez que un gobierno que no acepta la alternancia y competencia de ideas, la incertidumbre del desenlace, o incluso, la crítica de sus errores, recurra al envenenamiento de todo lo que pueda amenazar su permanencia.

En la Rusia zarista, cuando ya no fue aceptado, Rasputin resistió el cianuro. En la Inglaterra del Brexit, los Skripals sobrevivieron al novichok. Sin embargo, aún no se sabe si Nalvany sucumbirá al mismo veneno y se convertirá en un personaje más en la historia de una experiencia de poder donde se busca silenciar la palabra, destruyendo, desde dentro, la posibilidad de una oposición.

Foto de Xavier P. Garcias en Foter.com / CC BY-NC-SA

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