• Hace 74 años nació uno de los cantantes más reconocidos en la historia de la música latinoamericana. Impulsor, con su irreverencia y guaguancó, de un ritmo clave para la identidad caribeña. Héctor Lavoe fue, es y será el Cantante de los Cantantes

“Ya nos dieron la señal que el hombre por fin llegó”, cantaba su orquesta, entre la parafernalia de los conciertos, las razones de su impuntualidad. Al mismo tiempo, era el Cantante de los Cantantes, el que sufre, el que llora, pero que, al final, solo está ahí, entre ese borbotón de luz, para cantar los pregones de la montaña. “Siempre estaré junto a ustedes hasta que a mí me lleven, contra mi voluntad, a mi sepultura”. No siempre la muerte estuvo separada de la vida de Héctor Lavoe. Se podría decir, sin caer en la premura de las palabras condenadas al epitafio, que lo acompañó en un par de ocasiones donde la vida se volvió una ausencia irremediable. “Yo vi llorar a un hombre ante un espejo por un amor que le negaba el cielo y, asombrado, me dio un escalofrío al ver en el espejo el rostro mío”. 

Pero hoy, más allá de las imprecaciones que produce el hecho de vivir, el mundo escucha una vez más, como puede retumbar en todas las calles de Latinoamérica, “no hay tiempo para tristeza. Vamos, cantante, comienza” para celebrar el natalicio de Héctor Juan Pérez Martínez que nació el 30 de septiembre de 1946 en Ponce, Puerto Rico. 

Diría el escritor colombiano Andrés Caicedo, en una entrevista llena de interferencia para una televisora caleña en 1977, que un libro tan reconocido en la historia de la literatura latinoamericana como La vorágine, escrito por José Eustasio Rivera, podría ser reemplazado, sin ningún problema, por las canciones de Héctor Lavoe, Richie Ray y Bobbie Cruz. Ese mismo año el escritor de ¡Qué viva la música! conoció a Lavoe en un concierto realizado en Cali. En los años setenta, cuando el mundo se abría entre los residuos de un hippismo moribundo y la salsa, naciente en el corazón de la ciudad de Nueva York, se paseaba entre los grandes escenarios del mundo la figura del rey de la impuntualidad era la primera cara de la Fania All Stars. 

Su historia comienza entre los malecones de la ciudad de Ponce, en su tierra borinquen, donde aprendió de la mano de su padre los ritmos del bolero. En su niñez vivió uno de los golpes más duros que puede vivir cualquier ser humano, aunque, podría entreverse, que por su corta edad no recordaría el dolor de la partida de su madre. Héctor tenía tres años de edad, pero, igualmente, lo deja claro en una de sus canciones. “Cuando niño mamá se murió, solito con el viejo me dejó”. Entraría así en el azar de la búsqueda de la suerte que algún día, antes de la muerte, se sabrá que la bienaventuranza del destino llegará. A los 14 años de edad tocaba en distintos lugares de su lugar natal, pero decide, posteriormente, viajar a Nueva York. La vida pareció estancarse y Héctor decidió dejar todo atrás. 

Nueva York era una ciudad muy distinta a la urbe idílica que hoy se yergue entre las aguas del río Hudson. La violencia social era un coágulo que se atragantaba en las fauces de la ciudad. Pero eso sí, como nunca ha faltado, la multiplicidad de individuos era una de las razones para visitarla. Desde las calles de rock y la heroína, hasta los junkies que chocaban con el ritmo del punk, buscando otra calada. La urbe se redimía en sus calles llenas de basura. Héctor llegó con el delirio de la fama y la fortuna, pero se sorprendió al encontrarse con el acabose de los barrios latinos y negros, inundados en la droga y el exceso. Trabajó en distintos oficios como todo migrante, aquel que ha dejado atrás su descendencia para encontrar un lugar en un espacio distinto, irreconocible por momentos, hasta que en 1966 Johnny Pacheco, el director musical de la Fania, lo contrató para cantar junto al trompetista neoyorquino Willie Colón. 

Sus inicios como cantante de la Fania

La salsa nace entre la mezcolanza de una ciudad de migrantes. En ella se resguarda, quizás, el ritmo más reconocible a nivel mundial para clasificar lo caribeño y lo latinoaméricano. Es el núcleo de una identidad múltiple que, con sus detractores y aficionados, genera una correspondencia directa con cada región del continente. Además, la historia de su creación remite, más allá de la pureza de un ritmo esencial del guaguancó autóctono, a la potencia de la cultura como ente para sintetizar una realidad vital: la ida del lugar de origen, el bagaje musical y lingüístico de todo aquel que llega al sitio desconocido y, sobre todo, el encuentro. El remitente del son cubano, del bolero puertoriqueño o los tambores caribeños, con la aparición del jazz y el ritmo azaroso permite que la salsa se transformé, con el melao’ de la voz de Lavoe, Ismael Rivera, Celia Cruz, entre otros, en el género musical más representativo de un continente entero. 

Héctor Lavoe y Willie Colón grabaron 11 álbumes juntos. Eran el dúo perfecto para ejemplificar el nuevo género. La voz y la trompeta. La pureza en el dolor o la alegría de las cuerdas y el conocimiento musical para la composición. Uno al otro llevan un legado que nunca quedará atrás. 

“Cuando me ofrecieron grabar para el sello Fania, no lo creí. Cuando conocí a Johnny Pacheco, lo primero que me dijo fue: hay que buscarte un cantante… Yo en ese momento tocaba en el Club de la Legión Americana, en la 162 y Prospect Avenue, y en el piso de arriba, el Ponce Social Club, tocaba otra orquesta: The New Yorkers. Ellos tenían un cantante jovencito, jincho, feo y flaco. Se llamaba Héctor Juan Pérez Martínez. Fui con Pacheco a ofrecerle que grabara con nosotros ese primer disco. Para mí era duro, porque mi cantante llevaba años conmigo”, diría Colón años después sobre su encuentro con Héctor.

Poco a poco la década de los sesenta falleció en las calles de Nueva York, como otro junkie más, y llegó la época de la globalización para la Fania All Stars. Héctor y Willie eran la imagen principal del grupo discográfico, pero, con el pasar de los años, otros grandes salseros se unieron para conformar un equipo sin precedentes en la música mundial. Su ritmo empezó a sonar en Caracas, Cali, Ciudad de Panamá, Lima, entre otras ciudades. A lo que diría Héctor “yo los invitaré a cantar. Conmigo sí van a bailar”. El timbal es un instrumento puntual, que responde al hueco entre la percusión y los instrumentos de viento, para romper con la quietud y dar el guaguancó. 

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Además, cada álbum de Héctor y Willie tenía una estética auténtica que respondía a la figura del mafioso, al “jibarito”, al dicharachero de mil epítetos en Latinoamérica, para mezclar distintos ritmos. En Asalto navideño de 1970 se fusionan el aguinaldo, la bomba y la plena, junto al cuatro puertoriqueño de Yomo Toro para experimentar hasta el límite con los sonidos del Caribe. Ante el éxito viene la fama y con ella, como una gran verruga que se esconde entre la cáscara de brillos y diamantina, el pesar de las adicciones y la egolatría. “Yo soy la fama. Soy tristeza y sonrisa pagada. Que con dinero se puede obtener”. El jibarito de Puerto Rico, con sus grandes lentes de sol, con su cabello levantado por la laca y las camisas estampadas abiertas para mostrar la musculatura de su gargantilla de oro encontró entre los dientes de la sonrisa pagada el delirio por la droga. 

En 1974 las diferencias con su gran compañero comenzaron a relucir. Willie Colón quería incursionar con el canto y decidió trabajar como solista durante un tiempo. En ese instante Héctor Lavoe, junto al grupo de la Fania, estaba en el estadio de Zaire, hoy conocida como la República Democrática del Congo, en el continente africano, para dar una de las presentaciones más memorables de la historia musical de la salsa. Celia Cruz, Pete “Conde” Rodríguez, Roberto Roena, Larry Harlow, Ray Barreto, entre otros, estaban en ese lugar. 

1975 fue el año del corte entre Héctor Lavoe y Willie Colón. La amistad se mantuvo e, incluso, Willie produjo algunos trabajos solistas de Lavoe, pero cada uno tomó su propio rumbo profesional. Su consagración se hizo inevitable y la figura de La Voz se esparció con la misma rapidez que la cocaína en la década de los ochenta. Se convirtió en el cantante de los cantantes y el llanto doloroso que se estancó en su alma, ante la insistencia del público creciente y latente, se desbordó en el abuso de drogas. Su ausencia en los eventos, a los cuales podía llegar hasta dos horas tarde, lo hizo llevar el título de Rey de la impuntualidad. 

Los años siguientes estuvieron marcados por fama y reconocimiento, por el rostro estampado de Lavoe en cientos de ciudades, pero, a su vez, su vida se perdía entre la futilidad del exceso. Todo tiene su final, nada dura para siempre. En 1987 sufrió la muerte más dolorosa. Su hijo de 17 años de edad, que llevaba su mismo nombre, murió por una bala perdida. En ese momento el alma de La Voz, del cantante de ritmos indetenibles, de soltura y grandilocuencia, sería enterrada con el cuerpo de su hijo. En 1988 es diagnosticado con SIDA y, ese mismo año, se lanza de un noveno piso en un edificio de San Juan, Puerto Rico. Pero sobrevivió. 

En 1993 realiza su última presentación por obligación de su casa disquera. Cantó en Nueva Jersey, Estados Unidos, entre la poca movilidad por su intento de suicidio, el dolor del acabose y ante la sonrisa calaverica de la fama. Ya no era el hombre de la felicidad, de la rumba y la fiesta; era, al final de sus días, un vestigio vestido con un legado de oro. El 29 de junio de ese año falleció a los 46 años de edad. Es la figura de Lavoe un culto de la música. Lo vemos día a día, lo escuchamos sin saber la canción, pero con el conocimiento que él es el cantante. Sus últimos días son el reflejo de la piedra que, mientras más arriba está, con más fuerza cae y es menester del Sísifo humano seguir remando hacia arriba. Así que, como él mismo diría, “sacude, doble fea”.

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