• Desde finales de los setenta, el escritor no ha dejado de publicar historias en las que desmonta y crítica los problemas de la sociedad

Jaime Ballestas, alineado a su vocación de coleccionista, ha acumulado numerosos roles. Escritor, cuentista, novelista, columnista, inventor, fotógrafo, abogado, editor, antólogo y viajero suelen ser los oficios que se enumeran en las contraportadas de sus libros. Como narrador de ficciones firma sus obras con un seudónimo paradigmático, que con las décadas se ha convertido en la marca registrada de su genuino sello humorístico: Otrova Gomas.

En los últimos tiempos, su actividad en las redes ha sido constante. Como consecuencia directa de esto encontramos a Ballestas en el top ten de los escritores venezolanos con más seguidores en Twitter. En esa red social reflexiona sobre el mundo mientras que en Instagram alimenta una galería que ya suma más de cinco mil imágenes captadas con su ojo fotográfico.

Desde finales de los setenta, Jaime Ballestas no ha dejado de publicar historias en las que desmonta y crítica los problemas de la sociedad. En esta entrevista exclusiva para El Diario, el escritor nos comparte su visión acerca del humor, la actualidad y este inquietante 2020.

El escritor Hipólito Navarro recientemente señaló en una entrevista que el humor lo “ha hecho estar en el mundo de otra forma” y lleva “toda la vida peleando contra la solemnidad”. Me gustaría saber, ¿cómo usted define el humor y en qué medida lo ha ayudado a estar en el mundo?

—Coincido con él. El humor es una suerte de salvavidas, el arma perfecta contra el rigor y el peso de las tragedias. Su magia radica en que al develarse de una manera ocurrente las fallas que se esconden tras una realidad, surge lo cómico y hace que la solemnidad o la mentira se desmoronen. Para desenmascarar lo negativo de las situaciones intimistas, angustias o temas cotidianos, el humorista produce la risa mostrando lo descabellado de su naturaleza. Obviamente, no todos reímos de lo mismo, un chiste puede ser una broma de mal gusto para los que se esconden tras las mixtificaciones y se protegen con sus artificios.

Personalmente, yo me he reído mucho, tanto en los tiempos de mi primera juventud con aquellos grandes humoristas españoles como Álvaro de Laiglesia, Enrique Jardiel Poncela y sus revistas, al igual que con maravillosos caricaturistas, o genios como Woody Allen e, incluso, hasta de mí mismo cuando escribo algunas locuras y revelaciones demasiado surrealistas.

Creo que me ha hecho bien porque hasta ahora gozo de buena salud; no hay que olvidar que la ciencia médica siempre ha considerado a la risa como una pastilla saludable y sin contraindicaciones, y eso desde la época de los grandes autores del teatro griego, como Aristófanes, Cratino, Eupólis, entre otros.

Solo debo acotarte que aunque la risa ayuda a pasarla mejor, hay muchas otras cosas que también colaboran, como es el caso de la solidaridad, la música, la aventura, la lectura, el estudio o la reflexión filosófica inteligente. Todas hacen más llevadero ese extraño viaje que emprendemos desde la nada hacia la nada.

¿Y qué clase de humor prescribirías a la humanidad en estos tiempos? ¿Humor negro, parodia, ironía?

—El humor no tiene tiempos. Él es un proceso de descubrimiento de lo que se oculta detrás del mal, el error o el absurdo sea cual sea el tiempo y el espacio en que se producen, y allí reside su encanto; es una desvaloración que tiene un rito y una mecánica: romper el equilibrio que se ha montado en nuestra conciencia sobre algo, y eso se logra invirtiendo los falsos valores y mostrando lo que se ocultaba tras la cortina. El territorio es grande y suena a filosofía, pero como no hay verdades absolutas sino mentiras mejor o peor montadas, para hacer humor de lo que ocurre en una época, solo hay que develar las mismas debilidades e incógnitas que existen desde que empezó la especie humana. A la larga, siempre son los mismos misterios: ¿qué somos?, ¿por qué vivimos?, ¿por qué morimos?, ¿de dónde venimos? Las angustias y los desconciertos son iguales. Claro, como la onda actual está tocando puntos medio terroríficos, en particular por las incertidumbres y el exceso de información masificada, lo ideal sería hacer un poco humor negro.

Sin duda, El caso de la araña de cinco patas es una novela de una vigencia incuestionable, donde se mezclan el humor negro y la novela negra. En ella leemos la sociedad venezolana de los ochenta, década en la que fue publicada, pero también leemos a la actual. De escribir una segunda parte, ¿cómo la plantearías? ¿Qué misterio tendría que resolver el audaz detective que la protagoniza?

—Es de mis libros favoritos, y yo diría que la segunda parte está en mi última novela: La cabalgata tenebrosa. El argumento es el siguiente: la corrupción está desatada en un país imaginario —que son muchos—, y es combatida, ya no por un detective, sino por un vengador altamente competente en ideas y estrategias para restablecer el orden moral.

De todas maneras, a lo mejor lo intento, si los chinos u otro país, hacen otro experimento de modificación genética con un virus más potente que nos mantenga confinados más tiempo, puede que eso me lo permita. Lo malo es que ya no queden lectores. De todas maneras, no sé si tendré el tiempo, porque tengo varios proyectos en marcha. Tengo un semillero de ideas para otra novela tan particular como …la araña de cinco patas, lo malo, son los años que se me acumulan, y tú sabes, como escritor, que los libros no solo son semillas, requieren siembra, germinación, riego, cultivo y luego la cosecha.

El autor ha publicado tres novelas: El terrorista (1982), El caso de la araña de cinco patas (1984) y La cabalgata tenebrosa (2016)

En tu novela El terrorista y en la colección de biografías apócrifas Manual para reaccionarios cuestionas y desarmas dos ideologías opuestas desde el humor: en la novela el protagonista quiere acabar con el “capitalismo salvaje” y en el libro de relatos, tus personajes reflexionan sobre cómo borrar definitivamente del mapa al comunismo. Treinta años después de la publicación de estos libros, ambas ideologías siguen en pugna, qué nuevos caminos, ya cómo filósofo, hombre de leyes, ciudadano, contemplas para el futuro del país.

El terrorista siempre fue un libro anticomunista, y antiterrorista. Aunque realmente es una danza de locuras alrededor de varios de los países que conocí en esos años. Yo nunca fui un extremista de izquierda. Como todo joven que se respete, en mis días de estudiante fui izquierdoso, pero a lo URD, que tenía más tonos de centroizquierda que de rojos, rojitos o rosados. No creo en sistemas sociopolíticos perfectos y menos en los comunistas, como lo demostró la historia.

A Venezuela es difícil predecirle un futuro porque el daño ocasionado por la banda drogo-cubana es indescriptible. Fue el ensañamiento demoledor usando todos los antivalores disponibles en los catálogos del infierno. Yo no lo veré si es algo bueno. La reconstrucción debe ser total y para ello se requieren muchos años, y hay tres graves impedimentos: la falta de jóvenes preparados, la delincuencia sembrada en todos los niveles y nuestra dependencia de la minería, en particular en esta época, en que esta se acaba o se acaba la vida humana en el planeta.

¿Cómo has sobrellevado este 2020? ¿Cómo ha sido tu relación con la filosofía y la literatura? ¿Con la escritura y la fotografía? ¿Con las redes y las leyes?

Me da cierta vergüenza decirlo, pero, fuera de la profesión de abogado, que abandoné hace 20 años porque en el país se acabó con la ley y lo que quedaba de justicia; hasta ahora, me fue bien. Fortalecí mi presencia en las redes sociales y terminé tres libros: uno Herencias y testamentos, casos de sucesiones reales e increíbles, el cual iba a ser editado en España pero el Coronavirus lo impidió; el segundo es de filosofía: Veinte filósofos y su concepción de la Muerte, que acabo de terminar y el tercero es una antología de trabajos de humor. Si sigue la prisión vírica a lo mejor hasta término mi autobiografía, que ya empecé, pero me da pena.

Algunos de los libros de relatos de Jaime Ballestas

Esta le parecerá una pregunta de física cuántica: ¿y la relación con el espacio y el tiempo?

—Según la ley del entrelazamiento cuántico y la Paradoja EPR, mi tiempo sigue indeterminado y mi espacio compartido. Mis partículas atómicas saltan de país en país y de sueño en sueño. La correlación es permanente, y aunque cada año me diluyo un poco, siempre domina el principio de la incertidumbre. Mi preocupación es que en el espacio sideral, al igual que el de todos los humanos, sigue vigente la amenaza del hueco negro.

Apoyándonos en tu talento como narrador de historias, ¿cómo crees que termine esta coyuntura?

—Ya no existe Mandrake, aquel mago maravilloso de los cómics que todo resolvía. En frío, no me atrevo a dar un pronóstico por el cual apostar. Pero soy algo optimista y creo en los procesos cíclicos y dialécticos de la historia, o sea, que nada queda de lo malo por un tiempo, luego vendrán momentos buenos y otros peores, así en un eterno repetirse hasta que nos atrape el meteorito Urpi, dos veces el tamaño de Júpiter, y que salió de la galaxia de Andrómeda hacia la Tierra hace dos billones de años y en tres siglos entrará en la Gran Nube de Magallanes, cuando empezaremos a divisarla y a preocuparnos. Digo, si antes se apagan los incendios de California, la Amazonia y el norte de Siberia.

Foto cortesía

Y como filósofo y abogado: ¿qué desenlace y consecuencias crees que tendrá toda esta situación a escala mundial y en Venezuela?

—Nada. En Venezuela ya pasó todo. Ya nada puede ser peor. Es el gran agradecimiento que tenemos todos los venezolanos por los hermanos Rodríguez, Maduro y familia, Hezbolla, los Castro, Padrino y los Colectivos Santos. Nos volvieron inmunes al Mal. Entraremos en la época de ajuste de los tonos de la tragedia en el fondo, que, en realidad, no se nota en la superficie. ¿A qué se le puede temer cuando nuestra moneda ya pasó a valer 43.000.000 de bolívares por dólar?

Con tu respuesta, podemos retomar nuevamente el punto del humor: Arthur Schopenhauer decía que el humor consiste en poner una cosa donde no va. Cuando hablas de Venezuela, pareciera que se tratan de muchos elementos que no deben estar allí. Es común escuchar la frase: “Hace tiempo dejamos de ser un país”. ¿Qué quitarías, qué añadirías, qué reubicarías para que volvamos a ser un país según esta lógica?

—El humor es otra cosa. Yo se lo aclaré a Arturo cuando nos veíamos en la Alten Limpurg, la cervecería que nos gustaba a los dos en Frankfurt. Siempre le dije, incluso, un mes antes de morir: “Arturo no veas las cosas tan mal, la vida tiene cosas buenas. ¿No te acuerdas de la Oktober Fest que celebramos escondidos en los días de la otra peste Bubónica? Yo sé que esta te agarró y te liquidó, pero también lo hizo con Hegel y al menos te diste el gusto de ver morir a tu enemigo. La vida es bella, hermano, hasta cuando nos morimos”.

En realidad, el humor es la integración de hilos secretos que están ocultos en los fenómenos; un enfoque analítico de los elementos que lo componen y estaban encubiertos de tabúes. Ahora, si hablamos sobre qué quitaría y daría para que volviéramos a ser un país, es otra cosa. No se presta para el humor porque aquí ya todo ha sido descompuesto. Si estuviera en mis manos propondría y ayudaría a regular estos puntos: implementar una dictadura democrática, establecer la pena de muerte, crear un poder judicial de sabios, ancianos y hombres honestos a toda prueba, modificar la Constitución, pasando de país presidencialista a país parlamentario, privatizar todas las empresas del Estado con participación accionaria colectiva, fusilamiento a los corruptos, así como a sus padres, a sus hijos y a sus nietos para que no disfruten del botín. Después, haríamos los ajustes individuales.

Al modo de libros como La sinagoga de los iconoclastas, Historia universal de la infamia o Vidas imaginarias, tienes tu «Galería de sádicos famosos», apartado de El cofre de los reconcomios. Para ti, ¿cuál es el mayor sádico (puede que no sea famoso) de estos tiempos? ¿Una figura en particular o, digamos, un patrón de conducta?

—Pienso que los hermanos Rodríguez cuando informan en cadena sobre lo que pasa en el país y lo que han hecho, y nos recuerdan que ellos solo están ejerciendo su derecho a la venganza.

En Concierto subterráneo, Confesiones, invenciones y malas intenciones, y especialmente en El jardín de los inventos, contienen apartados en los que se despliegan numerosos inventos debidamente ilustrados y descritos, con instrucciones de uso y funcionalidad. ¿Qué invento se te ocurre para que este 2020 se nos haga un tanto más liviano?

—Son varios, pero solo patenté dos: la “Mascarilla Mómica” y la “Mascarilla Pitillo”. La primera es la única que de verdad protege, desde el Covid-19 hasta el Covid-98, que ya viene para fin del año 2.022. Reconozco que esta me la inspiró Tutankamón aunque la mía solo te envuelve la cara. La idea es que tengas las manos y los pies libres y puedas agarrarte el cuello y correr desesperado cuando te estás asfixiando. El proceso de instalación es irse envolviendo el rostro con mi gasa especial, resistente a los virus y a las habladeras de tontería, hasta que ya no quede espacio para que entren. Cubre la boca, la nariz, las orejas y los ojos. Y lo interesante es que es reusable sino te mueres.

La Mascarilla Pitillo es más frágil. Está dotada de un pitillo fijo al nivel de la boca para que puedas beberte tu trago o café sin ponerte en peligro, ni poner en peligro a los demás cuando estás en un sitio público. También puedes hablar por el pitillo, aunque la voz sale un poco aguda.

La Mascarilla Pitillo y La Mascarilla Mómica, inventos de Otrova Gomas durante la cuarentena.

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