• El actor venezolano indaga en ese salto al vacío que fue su enfermedad y el viaje de regreso a la vida, tras superar el adenocarcinoma. Un episodio de vértigo en el que se aferró a José Gregorio Hernández, a quien dedicó una obra teatral. Actualmente participa en Amor de cuarentena, propuesta por WhatsApp en la que comparte con figuras como Rafael Romero y Daniela Kosán. Mientras mantiene en sus redes proyectos sobre la no violencia. Foto: Mauricio Donelli.

Pesadísimo. Poderoso. Eso de llevar por nombres Sócrates Aristóteles imprime, indefectiblemente, algo ancestral en la biografía. Algo que tiende al intelecto, a la sensibilidad. Así lo cuenta el protagonista de esta historia. Dice que su papá lo nombró así para evitar que lo llamaran por diminutivos. Nada más lejano de la realidad, confiesa. Es ‘Soc’ en su mundo laboral empresarial y ‘Aris’ en sus espacios más íntimos; aunque durante su infancia la familia lo llamó ‘nené’, hecho que quiso corregir entonces con una máquina de escribir: “Yo busqué en el diccionario el origen de Sócrates y de Aristóteles y lo escribí. Y luego le di una copia a cada uno en la casa para que no me llamaran nené. Luego me di cuenta de la magnitud de lo que significaba”.

Actor, psicólogo, psicodramatista, venezolano de orígenes extranjeros, Sócrates Serrano suele reírse cuando recuerda. Cuando viaja a su niñez. Cuando vuelve sobre las cartas de José Gregorio Hernández que leyó como parte de un proceso artístico y personal de años recientes.

Cuenta que el arte siempre alumbró las esquinas de su hogar. Que atravesaba caballetes y óleos, pertenencias de su padre que era pintor por afición y que también escribía narrativa, cuentos, poesía. De su madre llegó el sonido, que ella todavía cultiva como integrante de una coral. “Nosotros no teníamos lavadora, mi mamá lavaba en una batea y mientras lo hacía cantaba. Era tan especial que a los vecinos les encantaba escucharla”, dice en entrevista para El Diario.

Pero la actuación fue lo suyo. Comenzó en la época escolar, cuando en subidos colores les mostró a los lectores la torta que puso Adán con el conocido sainete de Aquiles Nazoa. También con La Cenicienta, en versión del mismo autor, en la que Serrano interpretó al príncipe: “Aparecía al final de la obra y tenía un solo texto que decía: ‘Disculpe usted, Cenicienta, ¿por alguna coincidencia calza usted 43?’ (risas) Y para mí eso era una cosa de muchísima responsabilidad”.

Siguió después en el grupo teatral de la Hermandad Gallega hasta que se profesionalizó en el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (Celcit) y pasó a formar parte de las filas del Grupo Actoral 80. De entre sus personajes preferidos en las tablas destaca a Raskólnikov del Crimen y castigo dirigido por Juan Souki, y a Carlos Gardel en El día que me quieras con el GA80. Cuenta que maduró en su paso por la televisión, aunque ha sido escasa su participación en la pequeña pantalla; y en el cine lo retaron sus trabajos en El show de Willy de Fernando Venturini y El vampiro del lago, dirigida por Carl Zitelmann.

 Sócrates Serrano ha actuado en piezas de teatro como Crimen y castigo y El día que me quieras, además ha participado en producciones de cine y TV  / Crédito: Lil Quintero 

Pero en diciembre de 2017, luego de  Navidad, en un consultorio médico caraqueño, la confirmación de un adenocarcinoma en la parte final de su colón lo arrastró al que ha sido su mayor vértigo y lo acompañó durante su tránsito hacia la redención.

—Cuando te dan el diagnóstico ese diciembre, ¿qué pensaste?

Se me nubló la vista y sentí un miedo que nunca había experimentado en mi cuerpo. Estaba frente a mis dos doctoras, madre e hija, gastroenterólogas las dos. Ellas me dieron el diagnóstico juntas. Es una sensación difícil de explicar, porque había mucha impotencia al principio; luego entendí que había cosas que tenía que entregar y otras que yo podía hacer, por ejemplo, ocuparme de mí y de mi tratamiento. Creo que es lo más parecido al pánico que he sentido y la metáfora que lo explica mejor es como si yo hubiera estado cayendo en un abismo muy profundo, con un vértigo muy grande, mientras miraba a los ojos de mis doctoras.

—En tu proceso de sanación fue fundamental la imagen del doctor José Gregorio Hernández, a quien te acercaste en aquella visita a la iglesia en La Candelaria tras el diagnóstico. ¿Cómo miras ese encuentro desde la distancia?

La veo como una bendición, un regalo que me hizo mi hermana. Como un hito que tenía que ocurrir en mi vida, sin duda. Y como el anclaje del inicio de un recorrido muy largo. La recuerdo particularmente con un cariño muy especial. Así, cuando me llamaron tiempo después para que hiciera la lectura en la misa tras el anuncio de la beatificación de José Gregorio, y vuelvo a estar en la iglesia y puedo entrar al sepulcro, fue muy conmovedor para mí, muy relevante. Fue como el cierre de un círculo. Entender que yo había estado allí originalmente porque iba a recorrer ese camino. Fue como una manera de agradecer, de entregar.

—De la investigación que hiciste sobre su vida, ¿qué elementos destacas?

De las cosas que más me impactaron fueron sus cartas y la manera en que describía lo cotidiano, en la que hablaba de la enfermedad, de la vida, de la muerte; sus disertaciones filosóficas. Su lado más humano. Tenemos su imagen icónica y los cuentos de sus milagros, pero no conocemos al José Gregorio mortal. Y lo otro es su generosidad, su bondad, su altruismo.

—Estamos en octubre de 2020, dos años de tu sanación, de esa vuelta a nacer. ¿Cómo evalúas este viaje?

La transformación hacia una manera distinta de apreciar el mundo. Con una conciencia importante de la fragilidad. Y mientras te respondo estoy mirando una de las fotos que me acabo de tomar, que subí a mi cuenta de Instagram, y que me regalaron ampliada el día de mi cumpleaños. Me conmovió muchísimo verla porque ahí estoy, toreando, semidesnudo. Y esa imagen representa un poco mi viaje de estos dos años y mi actualidad. Me veo cambiado y arriesgándome de una manera distinta ante las cosas. Además, en la parte de atrás de la fotografía anotaron lo que yo escribí para en la red social: “Descubrimos que los monstruos son la paradoja que alimenta nuestro salto al vacío”. Hay cosas mías que permanecen en su esencia. A veces me digo: qué fastidio que esto no he podido ajustarlo a pesar de todo lo que viví. Pero hay otras que plenamente ya no están en el mismo lugar de antes.

«Esta imagen representa mi viaje de estos dos años y mi actualidad. Me veo arriesgándome de una manera distinta», dice el actor / Crédito: Mauricio Donelli 

—¿Qué marcas han quedado en tu piel física y emocional?

Mi contextura cambió. Yo me siento diferente. No tengo cicatrices de mi cirugía ni sufrí alteraciones físicas extremas de la quimioterapia ni de la radioterapia. Pero mi cuerpo funciona distinto: soy más sensible a ciertos alimentos; mi digestión es diferente. Se aceleraron en mí ciertos procesos. Y en mi piel emocional… ahora soy más sensible. Siempre lo fui, y me peleaba con el hecho de serlo. No me gustaba porque no me parecía masculino. Y resulta que es una herramienta muy poderosa y necesaria en mis dos profesiones: actor y psicólogo. Pero ahora soy más sensible al dolor de los demás, su tristeza, su enfermedad. Soy más empático. Sentir que no eres eterno me puso en otro lugar.

—¿Qué significa ahora para ti la palabra enfermedad?

Significa aprendizaje. Significa transformación. Significa reto, riesgo. Significa cambiar tu estilo de vida, afrontar la situación con herramientas. Significa lección. Y, aunque todavía me cueste decirlo, también significa agradecimiento. Recuerdo cuando hice un ejercicio psicodramático con una de mis terapeutas, ella me dijo: ‘Trae a la enfermedad, siéntala enfrente y dale las gracias’. Y eso a mí me pareció casi un insulto. Me costó mucho, me peleé con eso. Con el tiempo, lo he entendido.

—¿Cuáles son entonces tus más grandes certezas?

Que yo soy responsable de la mayoría de las cosas que me pasan; porque a través de mi actitud, mi disposición y mi energía, de alguna manera moldeo el mundo que tengo. Para mí la enfermedad fue la consecuencia de no haber procesado emocionalmente cosas importantes en mi vida, más allá de una serie de características y condiciones físicas que me llevaron hasta allí. La otra certeza es que hay un espacio de lo espiritual que es poderoso e importante, y que me acompaña y me protege. Sé que Gregory me acompaña. Y lo otro, que es algo en lo que he estado pensando mucho últimamente, es que la felicidad es un ratico. No quiero ser reduccionista, pero vivimos tanto tiempo planificando cómo vamos a llegar a ser felices que nos perdemos la posibilidad de serlo justo ahora. En este momento no tengo una pareja, tengo a mi familia. Aunque me gustaría tener la felicidad de amar y ser amado de nuevo. Entonces me amo a mí mismo (risas). Esta certeza tiene que ver con eso: después de haber tenido tan cerca el escenario de la muerte, darse cuenta de que hay que auspiciarse esos espacios de felicidad; y que esta tiene que ver con lo cotidiano, con las cosas que te gustan.

—En el trabajo que realizaste con el director y coreógrafo Miguel Issa para la pieza Gregory, canal de fe, en la que muestras tu experiencia con la enfermedad, ¿cómo sentiste tu cuerpo? ¿Qué había cambiado en ti?

Sentí que redescubrí mi cuerpo, una dimensión de él que estaba oculta o poco explotada. Quizás porque me dediqué a hacer otro tipo de trabajo actoral. Me sentí retado, porque además la gente esperaba que yo hablara en lugar de hacer cosas con mi cuerpo, porque yo soy un actor de palabra, así me lo dijeron. Eso me impresionó. Me dije en el momento: ¡qué increíble! ¿Y qué ha pasado entonces con mi cuerpo? Y en mi ‘yo actor’ lo que ocurrió fue que la carga de lo emocional, que estaba almacenada en el cuerpo, me regaló la capacidad de recrear desde la acción física las emociones.

En la pieza Gregory, canal de fe, Serrano muestra un viaje personal por su enfermedad y sanación acompañado de José Gregorio Hernández / Crédito: Lil Quintero   

Los proyectos actuales

—¿Cómo ha sido la experiencia de Amor de cuarentena? Una obra que se presenta por WhatsApp junto a Daniela Kosán, Alexandra Braun, Rafael Romero y Kiara

Estoy enamorado de Amor de cuarentena. Lo he disfrutado muchísimo. Yo, mientras estudiaba Psicología en la universidad, trabajé mucho tiempo como actor de doblaje. El manejo de la voz es algo que me ha apasionado desde siempre. Y este trabajo es hermoso porque se trata de un amor del pasado que vuelve buscando una segunda oportunidad. Entonces para mí también ha sido muy terapéutico, pues me ha permitido terminar de cerrar lo que quedaba abierto de mi última relación, en mi propio mundo privado. También he disfrutado mucho el proyecto por sus características. Está escrito de una manera poética; me parece ingenioso que sean 14 capítulos que le lleguen por WhatsApp al destinatario y que incluya una experiencia audiovisual.

—¿Qué satisfacciones te han dejado proyectos como Tejiendo el Hilo de Paz y Pausa viral en esta Venezuela?

Tejiendo el Hilo de Paz me ha permitido descubrir un mundo de información interesantísima de los modelos de no violencia de Gandhi y de los de comunicación no violenta de Marshall Rosenberg. Me ha sensibilizado sobre la manera de llegar a las personas, conocer sus realidades. Es el primer paso de un largo camino de cultura de paz. Mientras que Pausa Viral es un proyecto personal que comenzó como una serie de videos o podcast en los que, a propósito de mi recorrido personal con la enfermedad y sanación sumado a mis conocimientos como psicólogo, doy ciertas orientaciones entre lo teórico y lo práctico que sean útiles para las personas. Para la segunda temporada voy a incluir entrevistas a personas valiosas que tienen experiencias potentes y pueden sumar. Ambos proyectos son necesarios para el país; requerimos toneladas de actividades, proyectos y personas que trabajen así.

—¿A qué otros lugares llevarás Gregory, canal de fe?

Gregory, canal de fe se estrenó en Caracas en 2019 bajo la dirección de Miguel Issa / Crédito: Lil Quintero 

Estoy súper dispuesto a que se siga presentando. Me encantaría que trascendiera fronteras. Hemos hablado con Miguel la posibilidad de llevarla a festivales fuera del país, quizás a Europa, porque esta obra tiene unos valores artísticos que son un poco difíciles de asimilar en Venezuela, pues estamos acostumbrados al teatro comercial. Esta pieza es muy metafórica, artística y realmente intimista. Vamos a ver qué nos depara la pandemia. Por ahora sigue en la página web del Trasnocho Cultural. Sin embargo, Gregory como figura se me está presentando como una posibilidad de explorar otras vías expresivas, por ejemplo la fotografía. Eso todavía está en planes, vamos a ver cómo fluye.

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