• La falta de recursos para acceder a las clases virtuales y los actos discriminatorios han interferido en la integración de los 49.967 niños y adolescentes venezolanos inscritos en el sistema educativo 

En una habitación reducida, ubicada en un barrio al norte de Quito, Ecuador, vive la venezolana Ileana Pérez* con su esposo y sus dos hijos. Una cortina separa el espacio donde cocinan del cuarto donde duermen. Desde hace tres meses se mudaron allí, luego de que ella y su esposo perdieron sus empleos durante la pandemia por el coronavirus.

“Este lugar es tan pequeño que la ducha está encima de la poceta”, comenta para El Diario.

En Venezuela, ella se desempeñaba como psicopedagoga y su esposo como profesor de Educación Física. Ahora Ileana solo cuenta con un trabajo irregular en un supermercado los fines de semana. Su hija mayor tiene cuatro años de edad y recibe clases desde el teléfono. La computadora que tenían se dañó y el dinero que recibe Ileana no es suficiente para cubrir ese gasto.

En el informe Ecuador: evaluación conjunta de necesidades. Julio-Agosto 2020, que fue elaborado por el Grupo de Trabajo sobre Personas Refugiadas y Migrantes (GTRM), consultaron si los ingresos que perciben los encuestados son suficientes para cubrir las necesidades básicas del hogar, “y ha sido posible observar que 55% de los hogares venezolanos y mixtos indicó que no, 39% indicó que no cuenta con trabajo actualmente, y solamente 6% indicó que sí cuenta con ingresos suficientes”.

Para la venezolana Lorena Martínez*, reunir el dinero que le permita pagar los megas para su teléfono, desde donde ven clases sus dos hijas, es una misión cuesta arriba.

La falta de un empleo estable también es uno de los problemas que tienen ella y su esposo dado que, por la pandemia del covid-19, tuvieron que cerrar la pizzería que tenían en el cantón Rumiñahui, ubicado en la provincia Pichincha.   

Martínez, quien es administradora de profesión, explica con tono pausado que el dinero que recibe cuando la llaman para trabajar por día lo utiliza enteramente para comprar un combo de 30GB por un precio de 15 dólares.

Administramos esos megas férreamente para que las niñas puedan ver sus clases. Y con eso más o menos lo hemos solventado. Es muy complicado”.

En ese sentido, la madre comenta que para ellos también “significa un riesgo contratar un paquete mensual de Internet, porque no sabemos si vamos a poder pagar un mes sí o un mes no”.

De acuerdo con cifras del Ministerio de Educación de Ecuador, 49.967 niños, niñas y jóvenes venezolanos asisten actualmente a unidades educativas en el país andino, incluyendo educación inicial, básica y bachillerato. En el año escolar 2019-2020 la cifra era de 33.803.

Si bien es cierto que las leyes garantizan la educación a personas en situación de movilidad humana, también es una realidad que la xenofobia se cuela en los planteles educativos.

Rechazo en las aulas

Foto: EFE

Arianna Ruiz, psicóloga ecuatoriana y especialista en primera infancia, explica que, en el caso de los menores, estos actos de discriminación dentro y fuera del ámbito educativo afectan al desarrollo socioemocional de los niños y las niñas.

“Como se ha comprobado, las emociones juegan un papel fundamental en el aprendizaje, por lo que claramente los actos de xenofobia van a repercutir negativamente en el proceso de aprendizaje del niño o la niña que los ha vivido. Por eso es muy importante dar contención emocional a las personas que sufren actos de xenofobia, así como dar psicoeducación a la comunidad educativa para practicar una verdadera inclusión”, agrega. 

A los dos años de edad, la hija de Ileana ingresó en un Guagua Centro, se trata de centros de desarrollo infantil ubicados en la ciudad de Quito. No obstante, Ileana comenzó a notar conductas extrañas en la menor.

Ella tenía crisis de llanto y me decía ‘mamá, no quiero’. Yo dije que algo pasaba allí”.

En consecuencia, explica que un día llegó antes de la hora de salida de clases y asegura que las maestras mantenían aislada a la menor. Ante lo sucedido, Ileana la cambió de institución. No obstante, comenta que la relación con los profesores por su nacionalidad continúa siendo un tema incómodo, por lo que explica que muchas veces prefiere evitar inconvenientes para que no existan acciones contra su hija.

“Con la profesora que le da clases ahora tuve un roce el año pasado por la prepotencia con uno. Ella no hace que la niña participe en clases. Ya ha pasado un mes y medio y si la niña ha interactuado dos veces es mucho”.

El Organismo Internacional para las Migraciones (OIM) precisa en su informe Monitoreo de flujo de la población venezolana. Noviembre-diciembre 2019 que 59,3% de los encuestados manifestó haberse sentido discriminado en Ecuador por su nacionalidad.

En promedio, 13,4% de los encuestados tiene a su cargo a uno o varios NNA en edad escolar (6 a 17 años); de estos, 42,4% declaró que el NNA no asiste a una institución educativa. Se evidenció que la falta de recursos económicos es el principal motivo de ausentismo escolar”, también se lee en el informe.

En agosto de 2018, Lorena Martínez llegó al país andino luego de viajar cinco días en autobús con sus dos hijas, que en ese entonces tenían 7 y 8 años de edad, para encontrarse con su esposo en Ecuador. En septiembre de ese año, las dos menores ingresaron en el sistema educativo.

Lorena explica que su hija menor tiene un trastorno del lenguaje producto de convulsiones que tuvo en Venezuela, debido a que no encontraban acetaminofén para bajarle la fiebre. “La profesora decía que mi hija era una malcriada y una inútil”.  

En ese sentido, relata que la menor empezó a manifestar diarrea, fiebre y vómito en las mañanas antes de salir a la escuela.

Cuando se despertaba de la siesta de la tarde lo hacía aterrorizada porque pensaba que había amanecido y tenía que ir a clases”, agrega Martínez. Pese a que han pasado dos años, su voz se entrecorta cuando rememora esa época.

Tal como lo explica Manuel Fariñas, psicólogo venezolano especializado en evaluación neuropsicológica, “el niño que sufre agresión, sobre todo en un ambiente escolar, inmediatamente tiene como consecuencia descalificaciones para sí mismo emocionales. Podrían reportarse con apatía, baja autoestima o episodios ansiosos”.

Por ende, el especialista añade que las migraciones en la infancia obligan a los niños a hacer un sobreesfuerzo. De acuerdo con Fariñas, este proceso “también tiene que ver con la crianza y con las habilidades de afrontamiento que les hayan podido proporcionar sus padres o el medio en el que se desenvolvieron anteriormente. Eso juega un papel importantísimo, con qué habilidades viene el niño”.

Los problemas en la unidad educativa persistieron para Lorena y su familia. “La maestra me decía que si no me gustaba, que me regresara a mi país”, comenta la madre, quien también asegura que la profesora le pegaba a la menor, de manera que habló con el director para que cambiaran a su hija de sección. Pero no hubo respuesta.

La solicitud de Martínez finalmente fue aceptada luego de que el psicólogo de la institución evaluara a la niña. Los percances continuaron y la madre puso una denuncia contra la escuela; no obstante, en las audiencias le dijeron que no había pruebas suficientes. Entretanto, los días de aprendizaje se tornaban amargos.  

“Le decían a mis hijas que se fueran a su país, que nosotros éramos unos ladrones. Si no comían la merienda que recibían en la escuela, le decían que se comieran eso porque se estaban muriendo de hambre en Venezuela y que para eso habían venido, para comer aquí”, agrega Martínez. Posteriormente, decidió que no las enviaría más a esa institución cuando su hija mayor le dijo que “quería acostarse a dormir y no despertar nunca más”.

Al poco tiempo, Lorena pudo cambiar a sus hijas de escuela gracias a la ayuda que recibió de una comunidad religiosa, que la puso en contacto con una institución privada que becó a las menores por sus calificaciones. Pese a lo sucedido, Lorena explica que no quiere que sus hijas guarden rencor.  

“Yo les enseño el amor por lo que están aprendiendo. Yo no quiero que ellas se vayan de aquí con resentimiento”, finaliza Lorena.

Apoyo entre dificultades

Foto: EFE

Dejar el país de origen y consigo la compañía de los afectos no solo afecta la emocionalidad de cualquier adulto. Mucho menos cuando se trata de migraciones forzadas en extremas condiciones.

Los niños y niñas en estas situaciones no tienen una alimentación ni cuidados apropiados por lo que su desarrollo cerebral se va a ver afectado, debido a que el proceso de mielinización no va a ser el adecuado por la falta de nutrientes y esto repercute directamente en las habilidades motrices, lingüísticas, cognitivas y sociales”, explica la psicóloga Arianna Ruiz.

La doctora Egleth Noda, representante de la Fundación Chamos Venezolanos en Ecuador, conoce de cerca este tipo de casos. Ante esta realidad y debido a la situación por la pandemia, explica que replantearon su programa de acción social llamado Aulas Móviles.

“De los 350 niños que tenemos en la fundación 86% está sin conectividad a Internet y sin recursos electrónicos. El otro porcentaje sí tiene conectividad, pero puede que no tenga alimentos o recursos para los útiles escolares”, detalla Noda.

Anteriormente, llevaban a cabo este programa en una escuela para nivelar académicamente a los menores, pero desde este mes de octubre iniciaron con un plan piloto que consiste en ir a las casas de 20 niños para llevarles útiles escolares y hacerles un seguimiento que les permita evaluar sus procesos de aprendizaje con una guía de observación.  

Semanalmente, los maestros voluntarios realizan estas visitas escolares. “No puede haber ningún niño venezolano o extranjero que, por no tener los recursos, quede al margen de la educación”, añade. 

Educación e infancia son dos palabras que se entrelazan. No en vano, los primeros años de vida de cualquier ser humano representan el tiempo en el que este adquiere destrezas y capacidades que resultan claves para el resto de su desarrollo. Lejos de su país de origen, miles de padres venezolanos siguen sorteando la tarea de brindarles a sus hijos un presente más alentador. 

(*) El nombre de los entrevistados fue modificado para proteger su identidad

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