• “El bar es, no digo la selva, pero sí el bosque que le queda a la ciudad”, dijo Enrique Symns. Caracas, por su parte, tiene una memoria líquida entre sus bares, taguaras, esquinas, callejones o restaurantes chinos. Son lugares llenos de ficción que se asemejan a pequeñas rendijas para mirar el pasado y reconocer la historia de cada individuo en correspondencia con la historia de la urbe. Una cerveza, por favor, que comenzará el recorrido entre la maleza del bosque

En el centro geográfico de la ciudad, distinto al centro histórico de la Caracas sin este, se encuentra Bello Monte. En realidad, Colinas de Bello Monte. Separada de su otra mitad por el río Guaire y un puente con nombre de nalga presidencial. Colinas, como la llamamos sus vecinos, es su propio centro. Aquí alguna vez residió la sede principal de la Alcaldía Municipal y tenemos el privilegio de contar con la única obra finalizada de la línea 5 del metro. El gigante arquitectónico de Ciudad Banesco coexiste con la Concha Acústica, el Club Táchira y decenas de edificios patrimoniales. Nuestras calles son una subida eterna que contiene la practicidad de los pueblos pequeños. Con casi treinta mil habitantes, somos una comunidad autosuficiente. Tenemos distintos colegios, supermercados y licorerías. No hay que caminar más de dos cuadras para conseguir una farmacia, una panadería o el lugar ideal para tomarse una birra.

Aquí, si un sitio cuenta con mesas, no es equivocado asumir que vende cerveza. Las opciones son al gusto: tascas españolas, cuchitriles para marcar caballos, bares alternativos, una amplia variedad de chinos. Además, susurran las historias de los lugares extintos; la última noche de la Belle Époque, la denuncia de ruidos molestos que pudo más que El Patio Bar, la quinta que organizaba afters a partir de las 6:00 am. o la dolorosa emigración de los chinos de “La Terraza”. Si alguien se propusiera tomarse una cerveza en cada uno de los lugares que ofrece Bello Monte, no se llegaría ni a un tercio del recorrido sobrio.

Tal vez una urbanización se reconoce por los espacios que la conforman. A través de ellos uno pudiese imaginar la clase de gente que los habita a diario. Por ejemplo, los vecinos del Cafetal han de ser los carros que transitan la extensión de su avenida principal casi desnuda de locales. Los del casco de Chacao inmigrantes europeos que disfrutan sentarse a tomar café en una plaza. En el Paraíso son gente con prisas, arropados por la practicidad de la vida urbana. Pero en Colinas de Bello Monte cohabita una mezcla ecléctica, demasiado variables para ser definida por sus alrededores. En esta urbanización cada uno encuentra el lugar que lo complementa. Los espacios han evolucionado para convertirse en un reflejo de sus visitantes. Entre tantas opciones, uno elige el sitio que más concuerda con su personalidad. Y las taguaras, el alma de esta comunidad, han mutado hasta imitar los gestos de sus clientes habituales. Recorrerlas implica entender quienes las habitan.

¿Tasca o bar?

Entre las tascas de Bello Monte quedan pocas reminiscencias de la Venezuela saudita. Las botellas de whisky, antes marcadas con pequeñas etiquetas que designaban a su dueño, han desaparecido de las estanterías de cristal. Ahora mandan las cervezas, enfriadas entre vitrales que recrean imágenes del Quijote o paisajes bucólicos. Sobreviven locales como el Manchego, donde aún algunos van con la excusa de comer paella y recordar los “buenos tiempos” cuando visitaban a un viejo amigo. Otras tascas, no tan afortunadas, han creado fama por ser las más cercanas. Nada como beber en la planta baja del edificio, con los mismos compañeros de hace 15 años. Abundan las taguaritas sin reconocimiento. Lugares rituales donde los más viejos pasan la tarde jugando dominó, compartiendo chismes de conserjería y resolviendo conflictos imaginarios sobre el país. El Ajilei, El Mesón Gallego, El Merendero, La Frontera. Hay al menos tres cuyo nombre desconozco. Son lugares de su gente, y cualquiera que haya pasado por allí más de dos veces reconocerá a cada uno de los clientes.

En contraparte, tenemos los espacios alternativos. Lugares con cerveza artesanal y áreas de vapeo que atraen a quienes buscan en Bello Monte una frontera céntrica, los visitantes de afuera. Bares que se reinventan y ofrecen música en vivo, peleando eternamente con los vecinos sobre el volumen adecuado para un viernes a las 10:00 pm. Han tenido que improvisar un local más grande para atender la demanda, incluyendo mesas en sus terrazas o estacionamientos. Algunos ofrecen una variedad gastronómica particular o una máquina de karaoke para reírse entre panas. Incluso se ha visto la particular “noche de poesía” o una banda de covers de The Cure. Son lugares reclamados por el público más joven.

La Factoría es una nave espacial con luces estroboscópicas y humo, Javas una terracita donde el mismo playlist se repite ad infinitum. La Europea combina modalidades de bodegón y sushi bar al aire libre mientras El Farolito de los Uruguayos ofrece su propia marca de cerveza. Son espacios mutables, accidentales. Conversiones de antiguos abastos y locales de planta baja. Como estos también consigues los restaurantes convertidos en bar deportivo durante la Champions, tugurios donde algunas veces a la semana se reúne un grupo de moteros y los clásicos chinos que aceptan a todas las castas. Uno se va haciendo habitual de sus favoritos.

Los chinos de Bello Monte

Al decirle a un caraqueño “nos vemos en los chinos”, la respuesta más común es “¿cuáles?”. En esta ciudad cualquier restaurant chino es un point para tomar. La combinación es perfecta: costillitas sal y pimienta, arroz frito, dos lumpias y un tercio. Un plato tan criollo como el pabellón. En Colinas de Bello Monte tenemos al menos cinco. Algunos son adorados por su cocina particular, otros por su conveniencia. Como sitio ideal para reunirse los viernes por la noche destaco el Wo Ping. Un local cerrado, con vidrios ahumados y aire acondicionado; ideal para aquellos que no contaban con muchos fumadores entre su grupo. En algún punto se convirtió en el espacio público de tuiteros y otros participantes del mundo 2.0 que querían llevar su amistad a las cervezas. Últimamente es difícil saber cuándo están abiertos.

Ilustración: Lucas García

Sobreviven los “chinos punketos”, que es el nombre que se ganó el Kuang Hua luego de que la ola de taggers y grafiteros se apropiara del local que estuvo cerrado por años. De chinos solo tienen la fachada. Antes un reconocido restaurant de comida Szechuan, hoy es una suerte de curiosidad fotográfica. El techito de pagoda sostenido por dos columnas ha visto cientos de capas de pintura en aerosol, una sobre otra, reclamar propiedad sobre las paredes. Es un lugar extraño, caótico. De esos en los que un jueves consigues un intercambio de vinilos con The Velvet Underground como fondo musical y el viernes han rodado las mesas para hacer una pista de salsa improvisada. Supongo que cada chino tiene su encanto, y uno desarrolla una suerte de predilección tribal a la hora de elegir. 

La taguara del corazón

Para muchos la palabra taguara evoca bares de mala muerte, espacios con poca iluminación y clientela sospechosa. Yo he aprendido que la verdadera taguara es la que uno lleva en el corazón. El barcito universitario donde compartir unas cervezas después de clases. Un oasis de cerveza fría bajo el sol caraqueño. Son los chistes de la oficina repetidos en confianza cada jueves, la celebración del cumpleaños de tu mejor amigo, la recompensa después de un ensayo de seis horas. La taguara es como el hogar. Allí conoces el truco para que salga agua del lavamanos y cómo sostener el punto para que pase la tarjeta. Poco importa si la temperatura de la cerveza es la adecuada o si el precio se mantiene competitivo frente a otros establecimientos cercanos. Uno puede obviar sus defectos porque ve estos espacios con los ojos del amor. 

La Castella ha sido esa casa durante los 24 años que he vivido en Colinas. Mentalmente puedo recorrerla sin perder detalle. La reja azul y blanca que enjaula las mesas exteriores. Los manteles de cuadros azules y manzanas que se alternan semanalmente con otros de color crema. Las fotografías que enmarcan la puerta interior: calles de la urbanización, el Ávila, un grafiti en el muro frente a mi casa. Dentro, la esquina con sillas azules apiladas, la icónica pared de cuadros. Pedro Infante, Jorge Negrete, Los Beatles, Cantinflas, Javier Solís, Renny. Mi favorito es una pieza de nuestro vecino Rolando Peña, “El Príncipe Negro”, en la que se lee Le Petrole C’est Moi. Veo claramente la barra donde el televisor sintoniza sin falta los juegos de béisbol, a veces alternando con una película o un concierto de Soda Estéreo. Al fondo las neveras, decoradas con dibujos de servilleta que hizo Enrico Armas, y el taburete donde sus dueños se sientan a vigilar la noche.

Ilustración: Lucas García

Lo que recuerdo con más facilidad es la sonrisa de Aldora y José. Los conozco desde que tengo memoria, de la época en la que vivía con mi mamá en el edificio de enfrente. Allí la acompañaba a hablar con los vecinos, reunirse con amigos, celebrar un cumpleaños. Aún mantengo esa dinámica. Allí comíamos cada vez que salía temprano del colegio y creo que siempre será mi lugar favorito para almorzar. Tengo el mismo apego por ese menú garabateado a mano porque cualquiera de los platos me recuerdan a casa. Pienso en Aldora, quien no hacía comida en las noches, abriendo la cocina para prepararme una ensalada para cenar. En los tequeños con salsa de ajo y los quesillos escondidos en la nevera de las cervezas. A mí, que nunca me gustó el béisbol, José me convenció a los seis años de que debíamos compartir equipo. Así, le llevé la contraria a toda mi familia en este tema sagrado y me bautizaron bajo mi nueva insignia. 

En La Castella me tomé la birra para celebrar el nuevo trabajo y despedí mi último día. Bebí cervezas de risa histérica y cervezas de despecho. Conocí gente, me reencontré con amigos del colegio y hasta me emocioné por un jonrón. Me sé de memoria todos los CD de música que ambienta la noche e inconscientemente intuyo el orden de las canciones. Tengo la confianza de saludar a los mesoneros por nombre y recordar a todos los que pasaron por allí. Juan, Obama, Carlitos, Rafa, Amanda, Paul. En estos 20 años he acompañado a envejecer a Aldora y José mientras atienden su local. Vi crecer a sus hijos y conocí a sus nietas. Los saludo como vecinos en la cola del mercado o cuando barren el frente de su casa. Son parte de mi familia, de mi casa en el espacio público, de mi urbanización. 

No hay forma de renegar de un espacio que guarda entre sus paredes nuestra historia. La historia de sus vecinos, de su comunidad. De los que se toman una cerveza solitaria y los que juntan cuatro mesas para celebrar. Son espacios que acumulan anécdotas, visitantes ilustres, y poetas embriagados. Espacios que nos han formado y con los cuales mantenemos un guiño secreto. En vez de pedir la bendición, cuestiono a José sobre las posibilidades de nuestro equipo esta temporada. Aldora me pregunta en su español aportuguesado cómo está mi mamá. Automáticamente quien esté en las mesas asume: ¿tercio o Zulia?  No puedo esperar para volver a encontrarnos.

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