• El poeta, escritor y periodista, reside en Italia desde hace tres años. Migró con su familia para huir de la violencia, y también para garantizar su salud. Desde allá brinda una mirada sobre su vida, su obra y, obviamente, sobre Venezuela

Noviembre comenzó con su cumpleaños número 75. Nada de mariachis ni tequeños, solo saludos afectuosos y una torta con café preparada por su amor de cinco décadas, Petruvska Simne. 

Dice que no le gusta que lo celebren, pero cómo obviar al poeta, escritor y periodista que asegura haber nacido “cuando era normal y natural quererse”. Cómo ignorar a quien no se formó en universidad alguna y aún así entrevistó a los premios Nobel de Literatura Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa; al filósofo español Fernando Savater, y a los escritores Guillermo Cabrera Infante, Julio Cortázar, Manuel Puig y Mario Benedetti, entre otros. Cómo desestimar a quien fue jefe de las secciones culturales de tres de los principales diarios del país y, cuando se le pregunta por la “clave de su éxito”, (aunque suene ultra cliché) él responde que actuó inspirado por lo que aprendió de niño: vivir buscando la belleza, la verdad y la misericordia.

Sí, hay que celebrarlo. Y vaya esta conversación para El Diario, para quienes aún no lo conocen, como presente de cumpleaños.

José Pulido es autor de siete novelas: Pelo Blanco, (1987); Una mazurkita en La Mayor, (1989); Los Mágicos, (1999); La canción del ciempiés, (2004); El bululú de las ninfas, (2007); El requetemuerto, (2012); y Ponzoña de paisaje, (2015). Escribió dos libros de entrevistas: Muro de confesiones, (1985); y La sal de la tierra, (2004); dos libros de cuentos: Los héroes son villanos tímidos, (2013); y Vuelve al lugar que se te ha señalado, (1995); y cuatro biografías, tres de ellas dedicadas a los pintores Braulio Salazar, Oswaldo Vigas y Luis Domínguez Salazar, y una al director de orquestas Gustavo Dudamel. 

Por su poemario Los poseídos recibió en el año 2000 el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía. También escribió los poemarios Esto, (1971); Paralelo Lelo, (1971); Peregrino de vidrieras, (2001); Duermevela, (2004) y Nunca es un artificio el viejo exilio, (2015). 

Ha leído en Salamanca, España. En el año 2012 varios de sus poemas formaron parte de la Antología en homenaje a Miguel de Unamuno, en el XV Encuentro de poetas Iberoamericanos. Y en el año 2018 también integró la Antología Por ocho centurias, en el XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, en homenaje a las universidades de Salamanca y San Marcos de Lima, y a los poetas Diego de Torres Villarroel y Alejandro Romualdo.

Ese mismo año fue invitado a leer en el Festival Internacional de Poesía de Génova y aunque cueste creerlo, él no se ufana por ninguno de estos logros. Como si, en el fondo, siguiera siendo aquel niño sencillo que nació en Villa de Cura, Aragua, hace tres cuartos de siglo.

Foto: Cortesía

—¿Podría contarme sobre su formación inicial literaria (y humana) en Villa de Cura? ¿Dónde estudió José Pulido en los años 50?

Sufrí tuberculosis en la infancia y estuve un año aislado. Mi madre y mi hermana me daban libros para que me distrajera. Lo que leían todos: Salgari, los Dumas, Conrad, Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Lorca. Así empecé. Me gustó tanto leer que me dije: “Quiero escribir un libro” y me puse a llenar cuadernos.

Comencé a enviar mis cosas a los periódicos y revistas, hasta que una vez comenzaron a publicarlas. En mi pueblo estudié música, los estudios teóricos elementales, pero no pude ir a un conservatorio. No existía el Sistema de Orquestas. Estuve componiendo canciones un tiempo. Canciones para teatro y para cualquier cosa…

¿Dónde se formó como periodista?

Soy periodista hecho en la escritura, trabajando en diversos diarios, bajo exigencias profesionales estrictas y bajo la jerarquía de periodistas que hoy son leyenda. Fui de los primeros colegiados.

¿Cuál rasgo de su personalidad o de su formación cree que lo llevó a ser jefe de las páginas de Arte de tres de los principales periódicos del país (El Nacional, El Diario de Caracas y El Universal)?

Soy poeta. Comprendo a la gente. La cultura es lo que más me importa después de la vida.

¿Cómo devino poeta y escritor, lo recuerda?

En mi casa mi madre, mi hermana y mis tías eran predominantes. Mi hermano y yo crecimos bajo la inspiración de unas mujeres que valoraban la belleza, la verdad, la misericordia. Éramos felices si se maduraba una guayaba en el aire. Escuchaba frases que me parecían tan claras y definitorias que las escribía en un cuaderno. Después trataba de mejorar esas frases. Quererse era normal y natural.

¿Son los géneros periodísticos (y literarios) un invento académico para facilitar la enseñanza? Uno lee sus entrevistas reunidas en La sal de la tierra y todas, sin excepción, parecen un cuento. Y en su más reciente novela El bululú de las ninfas algunos personajes parecieran declamar.

En definitiva, se trata de dominar el arte de escribir y luego el arte de vivir. Cuando juntas esos conceptos, sale algo bueno. Yo todo lo revolví. No me importó cómo lo llamaran. En varios periódicos renuncié y me fui inmediatamente cuando se oponían a mi manera de escribir. En el periodismo siempre respeté lo que se acercaba más a la verdad y lo que se acercaba más a la belleza.

¿Cómo celebró su cumpleaños 75?, ¿Le picaron torta, frieron tequeños en Génova? ¿Con quién vive?

En Italia hay cuatro nietas de las seis que tenemos Petra y yo. En Nueva York hay dos. Porque en Venezuela tengo nietos y bisnietos de un primer matrimonio. Petra y yo llevamos cincuenta años juntos. Nos casamos hace siete años porque consideramos que ya nos conocíamos. En mi cumpleaños 75 Petra hizo una torta y no duró mucho porque en compañía del café me como lo que sea. Me cantaron por teléfono el cumpleaños y ya. No me gusta mucho que me celebren. 

Duele el exilio 

¿En qué año viajó a Italia, cómo fue su proceso migratorio? ¿Por qué emigró?

Viajamos en el año 2017. Fue una decisión de nuestro hijo y de las dos hijas. Porque ya no teníamos seguro médico y estábamos con la salud medio chimba. Aunque lo que nos impulsó más a emigrar fue la violencia que en los últimos veinte años se desató en el país. La delincuencia recibió luz verde por cuestión política y como no podíamos combatirla decidimos salir en carrera. Detesto que me atraquen o que me gobiernen a punta de pistola y que yo no pueda defenderme ni con la palabra.

Isabel Allende vivió en Caracas cuando salió de Chile, tras el golpe militar contra su tío Salvador Allende. Ella le declaró a usted que no pensaba en el retorno. Sin embargo, le confesó que en el exilio llegó a sentirse sin raíces, “como un pino de Navidad”, y con nostalgia. ¿Cómo se siente José Pulido en el exilio? ¿Piensa volver? ¿De qué depende esta decisión? 

Extraño todo el país, a los familiares y a los amigos. Pero lo cargo por dentro: gente, paisajes. No puedo comerme plácidamente una empanada en Margarita, pero ¿quién puede? Sé que no volveré, ese es el verdadero dolor. Y no volveré porque considero que la injusticia completa, en todo el tamaño aplastante que puede alcanzar, se ha quedado arraigada en Venezuela. No creo que eso cambie en muchos años. Mientras sea así ¿para qué voy a regresar? Aquí me tratan con decencia. Solo el coronavirus te amenaza.

De la misma manera, el escritor argentino Alejandro Vignati le habló del miedo que le producía la dictadura en Argentina. Ahora son los venezolanos quienes emigran. ¿Cómo se comprende este cambio?, ¿cómo llegamos hasta aquí? 

En cada país puede ocurrir algo así. Basta con que se eliminen las instituciones y se entregue el poder a un grupo que se convierta en el propietario de vidas y haciendas.  La gente cayó en la trampa de culpar a otros por sus problemas: a los ricos, a los pobres, a los soñadores, a los judíos, a los negros, a los homosexuales, a los curas, a las mujeres, a los juegos, al sofá, a la televisión, a los libros. 

Teniendo el instrumento de los Derechos Humanos que servirían para enderezar un poco las cargas de injusticias, la gente, sin embargo, sigue aferrada a prejuicios que solo sirven para que se aprovechen quienes desean mantenerse en el poder manipulando multitudes.

Le reitero la pregunta que usted le hizo a Adriano González León en La sal de la tierra: ¿Qué está escribiendo ahora?

Una novela que podría ser interesante y que seguramente será la última que escriba porque ahora estoy más dedicado a la poesía.

García Márquez le aseguró, sobre su proceso creativo, que él no se apuraba, no tomaba notas, porque sabía “que alguien dentro está trabajando y está haciendo toda esa parte inconsciente de la creación previa”. ¿Trabaja usted de modo similar?

Creo que quienes escribimos somos asaltados de repente por una frase, una idea, una imagen. Uno anda escribiendo mentalmente, pero hay que sentarse a escribir, a que la cosa se haga visible gracias al lenguaje. Humildemente. Sabiendo que se trata de un proceso individual, íntimo, cuyos resultados a nadie más le interesan.

Ángel Rama, fundador de la Biblioteca Ayacucho, le definió la literatura latinoamericana. ¿Podría usted describir los rasgos de la literatura venezolana?

Hemos copiado el mundo, lo que ha muerto y lo que está vivo. Y le hemos agregado nuestro sabor y nuestra imaginación.

Militar solo en el amor y la alegría 

Arthur Miller, el dramaturgo norteamericano, le dijo que él no escribía para perfeccionar un estilo sino “para tratar de integrar totalmente su verdad en 150 páginas”. ¿Encontró José Pulido su verdad? De ser así, ¿cuál es esta, de qué va y, algo adicional, la logró reunir en su narrativa o en sus poemas? 

Yo no sé hacer sangre, pero circula dentro de mí y me hace vivir. Tampoco sé lo que es la poesía, pero circula dentro de mí y trato de hacerla visible. Esa imposibilidad fulgurante y hermosa me alegra la existencia. Quiero estar alegre.

Elisa Lerner le confió que no se podía vivir de los libros, pero que “la pobreza del escritor no es una pobreza triste, porque no necesitamos tanto dinero, sino tiempo y papel”. ¿De qué vive José Pulido?

Uno vive sentimentalmente de los libros. De los propios y de los ajenos. Desde el punto de vista económico he vivido del periodismo toda la vida. Y mi esposa y yo hemos criado a los hijos con el periodismo. Ahora, en este momento, no produzco nada. Me mantienen los hijos. Y como nunca he necesitado mucho, todo marcha bien. El amor es lo que alimenta más.

Luego de ofrecer un recital en su país, el poeta cubano Heberto Padilla fue detenido en el año 1971 acusado de “actividades subversivas”. Gracias a la presión de Sartre, Simone de Beauvoir, Octavio Paz y Alberto Moravia, logró ser liberado. En 1980 salió de Cuba y, seis años después, le declaró a usted que si bien la Revolución Cubana tuvo un balance positivo, eso no significaba que fuese a ser “eterna en su bondad”. De hecho, él denunció que se habían cometido muchas arbitrariedades e injusticias. 

—Le pregunto: ¿Fue o es usted comunista? ¿Alguna vez apoyó a (Hugo) Chávez? ¿Qué balance puede hacer del proceso político iniciado en 1999 en el país? ¿Tiene alguna filiación ideológica- política actual?

Fui comunista. Creo que fui el secretario general más joven que tuvo el PCV en la clandestinidad. Cuando supe de Ajmátova, de Ósip Mandelshtam y de todos los otros creadores maltratados o asesinados, como tantos millones de seres humanos, dije: “Es lo mismo que han hecho la bomba atómica, los nazis y etc”. 

No: nunca apoyé a Chávez. Muchos amigos se distanciaron porque yo repetía como una cantilena que no me gustaban los militares ni los golpes de Estado. Repetía que soy civil en todo. 

Soy muy apasionado para hacer un balance. Siempre diré que el país está destrozado y habrá gente negándolo, como si yo no hubiese nacido allá en 1945. No tengo filiación política. Detesto las ideologías. De cualquier tendencia, izquierda o derecha, las ideologías han causado millones de muertes y se han dedicado a justificarlas.

Hablan las piedras

En su ensayo “La Profesión de escritor”, Elías Canetti señala que “el escritor está más próximo al mundo si lleva en su interior un caos (…) Pero no deberá sucumbir a dicho caos, sino hacerle frente y oponerle, a partir justamente de sus experiencias con él, el ímpetu avasallador de su esperanza”. Y añade, además, que “solo puede ser escritor quien sienta responsabilidad ante esa vida que se destruye”. 

Dígame, sinceramente, ¿es esto posible? Con 75 años de edad y haciendo cierto balance de su vida, ¿se siente escritor en el sentido que le otorga Canetti? Ahora cuando la permanencia del hombre en la Tierra pareciera depender de algo tan minúsculo pero letal como un virus, ¿qué tanto pueden aportar los escritores?

Todo escritor es en sí mismo una esperanza porque crea la posibilidad de que vivas otras vidas leyendo. Crea la posibilidad de que descubras oscuridades en ti y puedas iluminarlas. Pero el escritor solo puede darte fuerzas espirituales, intelectuales, sentimentales, para que te consueles tú mismo y resuelvas tú mismo lo que debas resolver. Aunque ya sabemos que una minoría lee. Y una minoría minúscula comprende lo que lee.

Evguéni Evtuchenko, el poeta nacido en Siberia, le dijo que “la poesía debe ser confesión de ti mismo, y también la posibilidad de dar una voz con eco a quienes no pueden confiar sus propias experiencias”. ¿Logró usted este cometido?

Decirlo de modo simple sería algo así como: el espíritu es una mina y el lenguaje martilla buscando el diamante que se llama poesía.

Acotarlo con cierto matiz despectivo sería así: Muchos quieren decir lo que es poesía, señalar que tienen la fórmula, y ella avanza indiferente, sin reclamar tiempos ni espacios, sin reconocer cadáveres ni amores.

Pulido entrevista al poeta siberiano Evguéni Evtuchenko. Foto: Cortesía

La poesía es el máximo esplendor del lenguaje que logra el poeta,  sin que ello signifique que ese es el máximo esplendor de todos los esplendores, porque la calidad maravillada de cada poeta es diferente. 

Nadie sabe lo que es la poesía y no es natural sacar una conclusión de tal asunto. Entonces, prefiero recordar algo muy antiguo que decía, más o menos así: “yo soy el roble y el rayo que lo destruye”.

La poesía habla desde lo insólito que parece sagrado o desde lo sagrado como si fuera imposible. El poeta se interna en el sentir ajeno, conoce la vida y sus desenlaces; también posee una sensibilidad que se conduele y se alegra. La poesía, por ejemplo, hace hablar a las piedras. ¿Cómo será la voz de una piedra y qué secretos tendrá para decir?

Ser poeta es asumir un modo de existencia en el que se goza el martirio de descubrir quién es uno mismo, de sopesar las pocas cualidades y las escasas posibilidades que se tienen, ante los muchos defectos y las miles de trabas que te petrifican en cada uno de los instantes que quieres volar.

Asumir el lenguaje de la poesía como quien adquiere una religión, es un atrevimiento casi suicida, porque nada te obliga más a acercarte a la verdad, ese utópico puerto de llegada. Hay que arrimarse al fuego de la verdad y arder en él.

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