Dicen que la historia no se repite, pero rima. Y quizás por esas casualidades en las que el destino intenta enviar un mensaje, el más reciente documental del director Carlos Oteyza resuene con el sentir actual del país. Está ambientado en un año muy específico del gobierno de Eleazar López Contreras: 1936. El dictador Juan Vicente Gómez acababa de fallecer tras 27 años en el poder, y la transición avanzaba entre tropiezos bajo el liderazgo de una figura surgida de las entrañas del propio régimen, pero con una peculiar vocación de apertura que cambiaría radicalmente el futuro de Venezuela.
Ahora, exactamente 90 años después, Oteyza estrena en las salas de cine venezolanas su documental 1936: El año en que se perdió el miedo al poder. Desde el 22 de octubre, la película se puede ver en las principales cadenas de cine de ocho ciudades: Caracas, Carrizal, Barquisimeto, Maracaibo, Maracay, Valencia, Puerto Ordaz y San Cristóbal. También se proyecta en el Trasnocho Cultural, ubicado en el centro comercial Paseo Las Mercedes.
Producido por Siboney Films y distribuido por Mundo de Película, el documental sigue la línea de trabajo de Oteyza: reconstruir el siglo XX venezolano para entender los procesos y personajes que moldearon la historia contemporánea del país y condujeron a su situación actual. Para ello, recurre a material de archivo de empresas como Bolívar Films, incluidas imágenes inéditas que fueron sometidas a un proceso de restauración en 4K para recuperar su nitidez.
El cineasta aclara que no se utilizó inteligencia artificial para estas restauraciones, sino que se realizó un meticuloso trabajo de limpieza digital con software especializado, corrección de color y mezcla de sonido. Se trata de una labor similar a la que ha realizado recientemente la Cinemateca Nacional, junto con Bolívar Films y la Biblioteca Nacional, para recuperar películas venezolanas antiguas como Venezuela turística (1938), La Venus de Nácar (1932), Los milagros de la Divina Pastora (1928) y Araya (1959).
El año de la transición
Eleazar López Contreras es una de las figuras esenciales para comprender la Venezuela moderna. Conocía el monstruo desde adentro: fue uno de los oficiales de mayor confianza de Juan Vicente Gómez y su ministro de Guerra y Marina. Tras la muerte del dictador, el 17 de diciembre de 1935, obtuvo el consenso de las élites para convertirse en su sucesor, enfrentándose al denominado “gomecismo rancio”, que buscaba preservar sus intereses en el gobierno.
Uno de esos representantes del viejo sistema era Eustoquio Gómez, primo del difunto general, quien también reclamaba el poder. Sin embargo, fue asesinado en la Gobernación de Caracas pocos días después, el 21 de diciembre, lo que dejó el camino despejado para que López Contreras asumiera la Presidencia. Todo esto ocurrió en un contexto de agitación social, en el que se incendiaron los automóviles del propio Eustoquio y se saquearon las casas de antiguos jerarcas gomecistas. Era el estallido de un pueblo que, de pronto, se descubría sin cadenas y descargaba años de frustración contra sus antiguos opresores.
López Contreras quedó en medio de esa convulsión, entre unas élites que querían mantener el status quo y un pueblo sediento de venganza y cambio. Fácilmente pudo haber seguido el camino de su antecesor, reprimiendo brutalmente y administrando el país como una hacienda personal. La masacre del 14 de febrero de 1936 parecía apuntar en esa dirección, pero López Contreras eligió otro camino: la conciliación antes que el garrotazo, el respeto a los derechos humanos y una mentalidad más abierta e intelectual, alejada de la estampa del caudillo a caballo que había gobernado el país desde su independencia.
El país también era otro. El movimiento estudiantil de la Generación del 28 se había convertido en una fuerza política popular que promovía ideas vanguardistas de democracia, igualdad y justicia social. Al mismo tiempo, figuras como Raúl Leoni, Jóvito Villalba y Rafael Caldera comenzaban a delinear el mapa de los futuros partidos políticos que marcarían la historia del país. Las mujeres tampoco se quedaban atrás: la Agrupación Cultural Femenina luchaba por el derecho al voto y participaba activamente en las protestas, como muestra Oteyza en las imágenes recuperadas para su documental.
Así, 1936 se convirtió en un punto de inflexión que marcó la entrada de Venezuela al siglo XX. Fue el año en que cerró y se demolió la cárcel de La Rotunda, máximo símbolo de la represión gomecista. También fue el año de la liberación de miles de presos políticos y del regreso al país de exiliados como Rómulo Gallegos, quien posteriormente se incorporaría al gabinete como ministro de Instrucción Pública.
Además, se promulgó una nueva Constitución que pretendía servir como pacto social para un país renovado y dejar atrás el personalismo del gomecismo. Sin embargo, mantuvo un carácter restrictivo: prohibió las actividades anarquistas y comunistas y reconoció por primera vez el derecho al voto de las mujeres, aunque únicamente para las elecciones de concejos municipales.
En los años siguientes, López Contreras se convertiría en una figura fundamental en la construcción del Estado moderno venezolano. Creó instituciones como el Banco Central de Venezuela, el Ministerio de Sanidad y la Guardia Nacional. También fue el primer presidente en aprovechar los ingresos petroleros para construir escuelas y carreteras, combatir enfermedades como el paludismo e intentar mejorar la calidad de vida de los sectores más vulnerables. No es casualidad que fuera precisamente en 1936 cuando el escritor Arturo Uslar Pietri publicara en el diario Ahora su artículo “Sembrar el petróleo”.
Sin embargo, a pesar del talante democrático y civilizador de López Contreras, la apertura política no fue únicamente producto de su buena voluntad. También respondió a la presión ejercida en las calles por estudiantes, mujeres, partidos que aún operaban en la clandestinidad y una emergente clase obrera que comenzó a organizarse en sindicatos. Entre ellos estaba el Sindicato de Obreros y Empleados Petroleros de Cabimas, que protagonizó la primera huelga petrolera de la historia venezolana, precisamente en 1936.
Fue ese pulso entre un gobierno recién surgido y una sociedad civil que había perdido el miedo lo que permitió que el primer año de López Contreras definiera el rumbo que seguiría Venezuela durante los años posteriores, incluso bajo su sucesor, Isaías Medina Angarita, quien asumió la Presidencia en 1941.
Ecos del pasado
Oteyza ya había abordado el gobierno de López Contreras en su documental El general Eleazar López Contreras: La transición (1997). Parte del metraje que utilizó para este nuevo proyecto proviene de aquel trabajo, al que se suman imágenes inéditas encontradas en archivos. Estas también muestran escenas de la cotidianidad venezolana de la época: desde reuniones en clubes campestres hasta la celebración del primer concurso de belleza del país, el Miss Caracas 1936, que escandalizó a los sectores más conservadores de la ciudad y tuvo a Andrés Eloy Blanco entre los miembros del jurado. El cineasta explicó que incluyó estas escenas para mostrar cómo la vida continuaba con normalidad, incluso en medio de transformaciones políticas y sociales de gran importancia.
Durante una rueda de prensa celebrada días antes del estreno, Oteyza contó que llevaba años con la idea de revisitar el gobierno de López Contreras, pero con un enfoque específico en 1936, como punto de inflexión en la historia venezolana. No fue sino hasta 2024, tras observar los acontecimientos políticos que se desarrollaban en el país, cuando inició formalmente el proyecto, impulsado por la corazonada de estar presenciando un nuevo ciclo de cambios políticos.
La producción duró un año, entre la recopilación del material y su restauración. El equipo de Oteyza pasó horas en la Biblioteca Nacional consultando la prensa de la época, cuyas portadas y titulares muestran en pantalla, en tiempo real, la transformación del país. A diferencia de otros trabajos suyos, esta vez no recurrió a entrevistas con expertos o testigos de aquellos acontecimientos, debido a la distancia temporal. En cambio, durante los 73 minutos de la película predomina la narración del actor Sócrates Serrano, que acompaña al espectador a lo largo de ese recorrido histórico.
La cinta todavía estaba en desarrollo cuando ocurrieron los acontecimientos del 3 de enero de 2026. El director enfatiza que estos no influyeron en el montaje final, pues su intención siempre fue apegarse lo más fielmente posible a los hechos históricos, sin modificarlos ni intentar acomodarlos a la realidad actual.
«Yo no estoy tratando de modelar una conducta, sino que lo que nos corresponde a nosotros como investigadores es ayudar a comprender la historia, no a decidir lo que tienes que pensar», dijo en declaraciones a El Diario durante aquella función de prensa.
No obstante, durante esos meses no pudo evitar cierta sensación de déjà vu: los noticieros volvieron a hablar de libertad de prensa, excarcelación de presos políticos, exiliados que regresaban por La Guaira entre aplausos y reformas legales. Incluso surgió un paralelismo particularmente llamativo con el anuncio del cierre de El Helicoide para convertirlo en un centro cultural y deportivo.
“Lo bonito de esta película es que, si yo la hubiera hecho en los años noventa, no habría tenido para nosotros la importancia que tiene ahora. No nos hubiéramos dado cuenta, porque no estaban cambiando grandes cosas, o al menos no de manera abrupta como cambió este año”, observó.
Frenar el extremismo
Oteyza cuenta una anécdota que escuchó del historiador y expresidente Ramón J. Velásquez, a quien está dedicado el documental. En los años sesenta, López Contreras, ya anciano, se reunió con aquellos jóvenes de la Generación del 28 a quienes había tenido que reprimir cuando encendieron las calles con sus protestas. Para entonces, varios se habían convertido en figuras políticas encargadas de dirigir el país: Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, por ejemplo, ya habían sido presidentes.
En ese encuentro, relata Oteyza, Jóvito Villalba le agradeció al general por haberlo exiliado en 1937 y reconoció que, en aquel momento, participaba en planes para intensificar las protestas y derrocarlo.
“Esos muchachotes estaban incendiados, estaban envenenados con el marxismo y la revolución bolchevique, pero después todos ellos se atemperaron, Rómulo, Jóvito, pero sin dudas fue un año muy interesante”, comenta Oteyza.
El cineasta reconoce que López Contreras debió soportar una fuerte presión, no solo por los cambios que demandaba el país, sino también por parte de los militares que sostenían su gobierno y se resistían a esas transformaciones. También señala la influencia que tuvo en Venezuela el estallido de la Guerra Civil española, en 1936. El país no solo recibió a refugiados y expulsados de ambos bandos, sino que también reflexionó sobre las consecuencias de la polarización extrema.
“Hoy no está esa guerra civil, pero sí vemos lo que está pasando en Colombia, lo que pasó en Brasil, en España; los países están divididos. No es como en los setenta u ochenta, cuando había muchos partidos de centro. Ahora estamos en una época de extremismos. Igual fue en el año 36”, advirtió.
Precisamente en tiempos donde el pasado y el presente resuenan, quizás la urgencia de un nuevo López Contreras se hace vigente en el país. Mientras tanto, cada día el país sigue buscando su camino, otra vez bajo el dilema de la continuidad de otro sistema de 27 años, o el cambio político protagonizado por una nueva generación de políticos que también vivieron la cárcel y el exilio. O quizás algo inédito en la historia de Venezuela, y que todavía falta por verse.