• El escritor venezolano recibió en 2018 el rango honorario de distinguished professor, mérito académico alcanzado por sus más de treinta años de enseñanza en Estados Unidos. En esta entrevista para El Diario, reflexiona sobre el país y su literatura, al tiempo que cuenta cómo ha lidiado con las formas emergentes de educación a distancia durante este año. Foto: Vasco Szinetar (2012)

Descubriendo la literatura

Miguel Gomes nació en Caracas en 1964. Su primera clase de posgrado de Literaturas Hispánicas y Comparadas en la Universidad de Connecticut la impartió en 1993. Entre sus recuerdos de infancia evoca con grata elocuencia aquellos tiempos en que la literatura se le revelaba:

“Comencé a leer por entretenimiento lo que había a mano en casa, cuando tenía siete años. Uno de los recuerdos más precisos es una selección de historias bíblicas, ilustradas por Doré, y Los Lusíadas de Camoens, con ilustraciones de Lima de Freitas. Los grabados de ambos libros los llevo incrustados en el inconsciente hasta ahora. Luego tuve la fortuna de recibir como regalo una colección de clásicos juveniles, y leí lo usual antes de los diez años: Sir Walter Scott, Mark Twain, Verne, Stevenson, adaptaciones de Homero, el Beowulf, Melville… 

Los sábados yo no podía quedarme solo en casa, sin adultos, porque todos trabajaban, y unas veces mi padre me llevaba con él y otras veces mi madre. Mi madre era propietaria de una peluquería. Allí, olvidado por una cliente, encontré mi primer Quijote, de la colección Austral. A los nueve años no sé cuánto habré entendido, pero sí recuerdo claramente estar muerto de la risa en algunos pasajes, como aquel en que don Quijote se queda colgado de la ventana, atado por la hija de la ventera y Maritornes”.

Entre sus libros de investigación y crítica literaria, Gomes ha publicado Poéticas del ensayo venezolano en el siglo XX (2008) La realidad y el valor estético (2010) y El desengaño de la modernidad (2017) | Foto: Jonathan Manzano

Hacia junio de 1989, Gomes llega a Estados Unidos. De este modo narra su partida de Venezuela y el clima político de entonces:

“Me fui a casa de mis parientes en Nueva Inglaterra, para tener un período de adaptación antes del comienzo de las clases de doctorado en Nueva York, que sería en agosto. No la recuerdo como una partida brusca, porque ya había estudiado temporadas en el exterior y por mis flujos familiares: cada año pasábamos, por ejemplo, bastante tiempo en Portugal y, de vez en cuando, en Massachusetts y Rhode Island, adonde una rama de mi familia materna había emigrado desde Portugal. Pero sí llegué a presenciar el Caracazo. 

Por pura casualidad, a principios de marzo, me llegó la oferta que me extendía Stony Brook para ir a estudiar. Esa gestión, iniciada previamente, coincidió con un aprendizaje muy traumático. Antes del Caracazo yo no tenía una idea exacta de qué significaba la frase toque de queda, por ejemplo; por esos días la aprendí. Allí concluí que había algo ilusorio en el discurso dominante sobre lo venezolano, el mito del país que se encaminaba al desarrollo”. 

—En cada regreso al país durante los años sucesivos, ¿cómo fuiste captando, tomando el título de uno de tus trabajos ensayísticos, esas “fábulas del deterioro

—Esa etapa de desengaño no comenzó para mí en 1989; por más joven que fuese, siento que en mi conciencia la percepción, el descubrimiento, arranca de 1983. A principios de los noventa mis padres ya habían liquidado sus negocios caraqueños y pasaban más tiempo en Portugal que en Venezuela, pero tuve en esa década la oportunidad de visitar Caracas unas tres veces. Y cada una fue para mí más preocupante que la anterior. Eso sí, tuve información vivencial continua y privilegiada, porque mi hermano permaneció en el país y, siendo abogado, conoció el deterioro “desde dentro”. A través de él y de sus angustias entendí lo que significaron los golpes de Estado, las marchas, las olas sucesivas de escasez, cómo iba descomponiéndose la legalidad que ya no era óptima antes de 1989. Y cómo iba estrechándose la sensación de futuro que tenía la gente.

—¿Cómo ves el contexto sociopolítico en EE UU?

—El país está en un periodo muy peligroso, en que el populismo que encarna Trump casi ha logrado desmantelar varias de sus instituciones y tradiciones más importantes. Conociendo lo sucedido en Venezuela a mí me preocupa mucho, porque la traducción exacta de “Chávez” en el código político estadounidense es “Trump”. Es el equivalente más cercano en el tablero de juego político. Que el primero se haya declarado de izquierda y el segundo de derecha es superficial: la estructura profunda del autoritarismo personalista es casi idéntica. La izquierda y la derecha no son esencias, sino deícticos: dependen de quien los use y donde; la palabra “yo” es otro ejemplo de deíctico, y ya sabemos que no significa lo mismo en boca de cada uno de nosotros. A mí me alarmó mucho ver la atracción que tantos compatriotas venezolanos sentían por Trump: es el mismo tipo de seudointeligencia política que llevó a Chávez a la presidencia. Si los magazolanos alguna ayuda esperaban de los EE UU, esta no la iban a recibir de un país debilitado institucionalmente por oportunismos egoístas que solo acaban favoreciendo a Rusia, por cierto, o a China.

2020, educación, distancia y vínculos

Desde 2009, Gomes es miembro de la Academia de Artes y Ciencias de Connecticut y también forma parte de la Academia Norteamericana de la Lengua Española | Caricatura de Tito Matamala

—Durante este año, ¿cómo ha sido tu experiencia con la educación a distancia, las metodologías y la respuesta de tus estudiantes y colegas? 

—Aunque traumáticos, los cambios súbitos que ha traído la pandemia me han ayudado a reconsiderar varias de mis estrategias pedagógicas. La necesidad de hacer las clases visualmente comprensibles me ha llevado a un aprendizaje de las posibilidades audiovisuales del PowerPoint, del WhatsApp y de la colaboración a distancia a través de las plataformas especiales de mi universidad que no solía yo usar, e incluso desdeñaba inconscientemente. Sin embargo, no hay nada que sustituya realmente el poder de la presencia en el aula o en el despacho: las cámaras o los micrófonos permiten que se transmita un mensaje intelectual, pero en el salón de clases hay un aura humana, una inmediatez, que completa el intelecto.

—La filósofa francesa Simone Weil escribe: “Tener raíces quizá sea la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana”. ¿Estás de acuerdo con esto?, ¿cuando hablamos de raíces dónde precisas las tuyas? 

—Estoy de acuerdo, siempre que la metáfora de las “raíces” se aplique a las relaciones con personas específicas o a los valores que emergen de una convivencia, pero no a un suelo, porque los seres humanos no somos tubérculos. Yo arraigo en las personas a quienes quiero y respeto, y en lo que ellas representan o me han revelado.

—Susan Sontag en un ensayo sobre Joseph Brodsky sostiene que “mientras seamos, siempre estaremos en algún sitio. Los pies siempre están en algún lugar plantados o corriendo”. ¿En qué lugares y momentos te encuentras ahora?

—Un lugar sin signos es simplemente un escenario vacío. La sensación que evoca Sontag solo la siento con respecto al lenguaje mismo. Y no el lenguaje en general, sino específicamente las artes y las lenguas que la vida me ha deparado de un modo íntimo. Cada idioma es una forma de ser y no hay traducción posible. Por mis circunstancias específicas, escribo narrativa en una lengua, me comunico con mis hijos y mi mujer en otra, interactúo con la gente de mi trabajo en otra y hablo con mi hermano o mis primos en otra más. Me voy encontrando en la encrucijada de todas esas cosas.

—Desde la claridad que ajusta la distancia, ¿cómo percibes la situación actual de Venezuela?

La distancia da una perspectiva que, a pesar de significativa, no es la única posible. Tanto o más urgente es la perspectiva de quien está dentro del país, con necesidades inmediatas… Lo que siento como venezolano al que le ha tocado verlo todo desde el exterior, y desde antes que la situación fuese tan extrema, es que los últimos años han sido trágicos, y la tragedia tiene sus antecedentes en la historia del país, tanto la moderna como la previa a 1810. Tuvimos en la segunda mitad del siglo XX una democracia y la perdimos porque las masas no fueron educadas para perpetuarla y para entender que las instituciones no se identifican con el individuo sino con los órganos y los miembros de un cuerpo social. En 1998 votó por el caudillo una mayoría que no fue educada para concebir la política y el Estado con cierto grado de abstracción, como estructura en vez de una suma de personas con nombre y apellido… Ahora toca armarse de paciencia para reconstruir o, sin más, construir desde cero. Aunque nadie debe esperar resultados satisfactorios a corto plazo, creo que hay esperanza, porque el potencial, si bien mermado, sigue estando allí; incluso con lo desesperada que es la situación actual, tenemos que apreciar lo mucho que hacen quienes sobreviven dentro del país: estudiantes, profesores, médicos, periodistas, editores…

Mundos narrativos

Visión memorable (1987), La cueva de Altamira (1992), De fantasmas y destierros (2003), Un fantasma portugués (2004), Viviana y otros relatos del cuerpo (2006), el volumen compilatorio Viudos, sirenas y libertinos (2008), El hijo y la zorra (2010), Julieta en su castillo (2012), compilación en la que hallamos “Lorena llora a las tres” y “El otro desierto”, relatos que resultaron ganadores del Concurso de Cuentos de El Nacional en 2010 y 2012; y su novela Retrato de un caballero integran su obra narrativa | Foto: Mario Morenza

Paralelamente a su carrera docente, Miguel Gomes ha articulado una obra de referencia ineludible en la narrativa venezolana, configurando un universo narrativo sutilmente conectado a través de sus personajes. Desde académicos hasta fantasmas y libertinos, secretarias ministeriales, traductores, amas de casa desesperadas, profesionales solitarios, estudiantes de pregrado, maestría o high school, padres, empresarios, editores, matrimonios deshechos o en vías de extinción, amantes fugaces, procaces y furtivos, emigrantes europeos en Venezuela y venezolanos expatriados en Europa o Estados Unidos:  un conglomerado de héroes cargados de ilusiones y desesperanzas, crisis existenciales, melancolía y pesadumbres, ataques de nostalgia por una vida depuesta en el pasado, se asocian para prefigurar las inquietudes de nuestro tiempo. 

—A menudo, tus personajes emprenden la búsqueda de un refugio. Y ese refugio suelen hallarlo en el arte, la música o la literatura, incluso, en la escritura; el arte como una segunda patria, una zona de quietud que siempre estará allí. ¿Cuáles han sido tus refugios durante este 2020 de cuarentena?

—Mucha poesía. Por ejemplo, Antonio López Ortega, Graciela Yáñez Vicentini y yo hemos estado editando la obra completa de Eugenio Montejo. Bueno, ya llevamos seis años en esto, pero las horas de la pandemia las hemos dedicado a pulir, a corregir las versiones finales. Ha sido un trabajo que nos ha llenado de satisfacción y nos ha ayudado a sobrellevar días oscuros. Si todo sale según lo previsto, a principios de 2021 Pre-Textos publicará los libros. Y no solo la obra de Montejo y la de otros poetas, claro, me han ayudado a sobrellevar los tiempos: he tenido la oportunidad de regresar a lecturas de mi juventud, como las Etimologías de Isidoro de Sevilla, La leyenda áurea de Santiago de la Vorágine, los Emblemas de Alciato, la Silva de varia lección de Pedro Mejía e Hydriotaphia de Thomas Browne. Al enseñar principalmente literatura moderna tenía títulos como esos abandonados; me ha hecho bien el repaso: me ayuda a recordar por qué hace mucho quise dedicarme a estudiar Letras. 

En “Los abismos del mar” de Un fantasma portugués, Tom Vieira cae al océano a bordo de su Mazda y, mientras lucha contra obstáculos submarinos en su arduo ascenso a la superficie, se adentra en la profundidad de su memoria. Esta escena resume una constante de los relatos de Gomes: la lucha de sus personajes para no ahogarse en el espacio que los envuelve, salir a flote y respirar. Los héroes gomesianos muestran una necesidad vital por imponerse a ese espacio ajeno a su mundo habitual. El mar, en este cuento, bien pudiera leerse como una alegoría del país extranjero. En tierras ajenas se conoce más a fondo el abismo, los percances por los que cada inmigrante debe pasar para finalmente obtener una mínima adaptación física, psíquica.

Crédito de la foto: Monserrat Ferrés

—En la narrativa venezolana, presente o pretérita, ¿qué personajes asocias al linaje de Tom Vieira? 

—No lo sé. Tom Vieira es un invento de otro personaje mío, Lucio Cavaliero, el protagonista de Retrato de un caballero (esto va a verse más claramente en libros que están en camino). Lucio sabe que “Vieira” es la palabra galaicoportuguesa para “venera”, la concha marina donde en tiempos clásicos solía representarse a Venus, nacida del mar. Pero la “venera” identificaba asimismo a los peregrinos a Santiago de Compostela. Si hay algún personaje en la narrativa venezolana donde el alma encuentre un asidero en el Eros o el cuerpo, y eso lo ayude a no ahogarse en la extranjería radical que es la vida, seguramente lo asociaría al linaje de Tom Vieira. Estoy pensando y ahora no se me ocurre.

Tres relatos de Miguel Gomes en la web:

“La espera”

“Lorena llora a las tres”

Um fantasma português, com certeza

Previamente hablábamos sobre tu noción de raíces, ¿dónde precisamos las raíces de tu narrativa? Los precursores de Miguel Gomes.

—Todo lo que leemos nos educa, sea porque nos estimula, sea porque nos enseña lo que no desearíamos repetir. Si me preguntas por autores modernos que me han estimulado, que han sido experiencias de lectura decisivas, diría que Balzac, Eça de Queirós, Chéjov, Henry James, Edith Wharton, Quiroga, Nabokov, José Bianco, Robertson Davies, Saul Bellow y Joyce Carol Oates.

¿Hacia dónde va nuestra narrativa? ¿Iniciaremos un nuevo ciclo narrativo? ¿Persistirán los tópicos habituales de las dos primeras décadas de este milenio? 

—Nuestra narrativa, en lo que a calidad estética se refiere, debe estar yendo hacia un magnífico lugar y, si tuviéramos los medios editoriales apropiados, sería de las más influyentes en lengua española, porque en este momento hay nombres activos como los de Juan Carlos Méndez Guédez, Alberto Barrera Tyszka, Antonio López Ortega, Óscar Marcano, Juan Carlos Chirinos, Ana Teresa Torres, Camilo Pino, Gustavo Valle, Enza García Arreaza, Gisela Kozak, Mario Morenza, Pedro Plaza Salvati, Krina Ber, Rodrigo Blanco Calderón, Slavko Zupcic… No puedo mencionarlos a todos porque es una lista larga. Pero creo que nombres como esos bastan para probar la calidad y la variedad de los proyectos. Como siempre en cualquier época y cualquier comunidad literaria, uno puede rastrear temas comunes, pero, de la misma manera, los abordajes disímiles, así como los asuntos personales, no colectivos. Venezuela ha sido un país tan disfuncional que sus problemas están y seguirán estando presentes en todos los autores, con la salvedad de que unos los tratan de modo directo y otros prefieren la oblicuidad. Algunos más intentan no ocuparse de esos problemas, y entonces se producen mecanismos de defensa freudianos: la realidad venezolana sufre de desplazamientos, represiones y sublimación que un crítico bien entrenado puede todavía detectar.

—Sin duda, la poesía venezolana ha tenido en los últimos tiempos una indiscutible relevancia internacional. Como profe de literatura, ¿qué fenómenos actuales de la narrativa y la poesía venezolanas te interesan y te animarías a divulgar en una hipotética conferencia para los estudiantes del porvenir? 

—A mí me cuesta mucho dividir estrictamente lírica y narrativa. No hago más que pensar en todos los puntos de contacto que hay entre esos géneros, pese a las diferencias formales. Sea lo que sea que divulgue, trataría de enfatizar esos vínculos. Después de todo, una narración sin un componente poético, es decir, sin una transgresión de las normas usuales de la comunicación no puede tenerse por arte y se limita a ser un chisme o una anécdota.

—El protagonista de tu relato “Música antigua” es probablemente el melómano más avezado de la narrativa venezolana. ¿Qué obra maestra crees que nos recomiende escuchar para una tarde de confinamiento?

—Como las Navidades se acercan, diría que una pieza de Mateo Flecha, un compositor catalán del Renacimiento, donde está el que me parece el mejor villancico que se ha compuesto o se ha recogido de la tradición. Flecha componía “ensaladas”, es decir, obras sin una estructura fija, cambiantes, que acumulaban distintos géneros y lenguas. En mis narraciones en más de una ocasión me he propuesto ese tipo de “antiestructura”; por ejemplo, en mi novela Retrato de un caballero. Pero la ensalada en cuestión es el centro de uno de mis cuentos previos: “Los efectos de Mateo Flecha sobre la carne”. Se trata de la “La bomba”, una ensalada donde se representa el naufragio de un navío y la salvación milagrosa de sus pasajeros, que prometen peregrinar a lugares sagrados. En ese contexto se canta el villancico. Este es el pasaje al que me refiero, tal como lo interpreta el Hespèrion XXI, la agrupación que dirige Jordi Savall:

También puede escucharse una versión completa de “La bomba” interpretada por la Camerata Renacentista de Caracas, dirigida por Isabel Palacios (yo creo, por cierto, que un país donde alguna vez se haya cantado así tiene futuro todavía, pese a todo lo que haya naufragado en él):

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