• “El bar es, no digo la selva, pero sí el bosque que le queda a la ciudad”, dijo Enrique Symns. Caracas, por su parte, tiene una memoria líquida entre sus bares, taguaras, esquinas, callejones o restaurantes chinos. Son lugares llenos de ficción que se asemejan a pequeñas rendijas para mirar el pasado y reconocer la historia de cada individuo en correspondencia con la historia de la urbe. Una cerveza, por favor, que comenzará el recorrido entre la maleza del bosque

A Manuel.

Justo en junio de 2019, pero más en julio, comenzaban a darse lazos fáciles de nombrar por su resonancia; tanto entre conocidos de años pasados —lo que fue 2018 para un tequense en una ciudad como Caracas y lo que ocurriría conmigo a partir de ahí—, como con los que venían e iban a algún lugar o estaban ya estacionados en donde se llegaba. La facilidad de los encuentros no resistía el dignificado llamado a la calle.

Los eventos —léase rumbita, fiesta en casa de, suceder que atraía por la oportunidad de emperifollarse— se empezaban a dar con más constancia, aunque estos fuesen de pocas personas, casi íntimos en sus limitaciones. El aparecer se disponía justo cuando los vínculos se afianzaban. Ya para agosto, el colectivo Club Fatal proponía un encuentro de DJs en Tonnos Café, un lugar recién estrenado en Chacao, teniendo como referente un boiler room de unas semanas antes en Casa 22, en El Hatillo de carteras y plataformas de piel. Funcionó la convocatoria para esta especie de inauguración de un café que ya cerró. La gente se acercó desde las 5:00 pm y a partir de ahí el suceder noche.

Ilustración: Lucas García

Ante la primera vista de G., me puse safrisca, a moverme por todo el local, entre preciosas transiciones de saint wave (ahora crucian arp), Woof, DJ Chermy y la jocosa intervención de Yunglian. La cuestión es que deseaba hablarle a G. porque era increíble verme en él. En algún momento, me acompañó a casa de Dora, que era primordialmente el patio de una señora en Chacao donde teníamos la oportunidad de poner nuestra música. Luego compramos una carterita de Cocuy para llevar de vuelta al café donde la curda atraía por su inaccesibilidad.

El baile se dio, junto a un registro fotográfico digno de la euforia que las luces de neón del local provocaban. El evento termina y el entusiasmo del mismo deja a todo el mundo con una necesidad de continuar el bochinche. Muchos toman caminos distintos. Me junto con un grupo y decidimos ir a Copas, justo en la calle lateral del café. Al llegar, el bouncer nos rechaza al ver la “pinta” de G. Este, con una camisa de satín rosa y un bellísimo lazo blanco en el cuello, lo ve y le rechaza la entrada sin un por qué más allá de excusarse en lo que debe ser la etiqueta del local. Hay un énfasis en el cabello de G.

H. tenía un plan de ir al Molino. Nos movemos junto a él, a eso de las 12:00 am por el bulevar de Sabana Grande. Llegamos, tanteamos los ambientes, fumamos, arrebatamos una pista al punky punky del reguetón. En un momento, G. me besa y luego nos vamos al ambiente punketo del Molino. Un señor se desborda en insultos hacia G. porque lo que hacíamos no estaba bien, no lo quería permitir. Desistimos de los latazos, salimos a la calle junto a A. y nos persignan con más insultos homofóbicos. Ya irritados, nos recostamos en una mesa a pasar el cansancio de la noche. A. y yo hablamos sobre P., al cual profesamos gran cariño. Antes de amanecer y abandonar el establecimiento, me lanzo a la ya vacía pista junto a A., como cierta celebración de lo que habíamos hablado hace un rato, justo cuando un DJ residente del Molino se montaba en su taquilla para expresarnos lo que había moldeado para ese justo momento. Bailamos una gloriosa despedida.

Ilustración: Lucas García

2019 fue ensoñación de una gran pesadilla. En la segunda mitad del año, ante la incomunicación que acarrearon ciertos meses a la deriva, noté un fervor desmedido por obviar el tormento de meses sin luz. Las calles demandaban deambular, de nuevo. Esta vez, bajo incertidumbres de cualquier suceder: referentes que no fallaban en asentir que sí, estamos marcados por lo que haremos aunque sin rumbo nos veamos.

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