• “El bar es, no digo la selva, pero sí el bosque que le queda a la ciudad”, dijo Enrique Symns. Caracas, por su parte, tiene una memoria líquida entre sus bares, taguaras, esquinas, callejones o restaurantes chinos. Son lugares llenos de ficción que se asemejan a pequeñas rendijas para mirar el pasado y reconocer la historia de cada individuo en correspondencia con la historia de la urbe. Una cerveza, por favor, que comenzará el recorrido entre la maleza del bosque

Muchas historias tienen como lugar de acontecimiento este espacio en el corazón de la avenida Solano, en Caracas. Desde la mitificación del perico -cocaína- caraqueño que, según las lenguas sucias de la capital, mató a Gustavo Cerati (razón que fue desmentida por todo el mundo, pero que en el imaginario de los caraqueños se mantiene como una posibilidad latente), hasta las diminutas historias de caos y delirio. Cada una de ellas está marcada por la imagen irremediable del Molino detenido que mira, como un gigante cervantino, a los seres insomnes de una ciudad antropofágica que se engulle a sí misma. 

La primera visita fue al Callejón de la Puñalada. Una amiga comentó que existía un bar en el centro del mismo, donde era posible sentarse a tomar unas cervezas y que, además, los mitos de la peligrosidad del lugar eran ciertos, pero esporádicos.

Las cosas puede que pasen, como no. Al final se mantenía entre nosotros la algarabía de la juventud que borbotea como pequeñas burbujas que explotan en la superficie del agua hirviendo. El cuerpo se yergue como un ente infinito e inmortal, aunque la carne, a su vez, sea tan endeble como una hoja desmoronada.

Todos aceptamos. Yo tenía dos semanas con 18 años de edad. Era el momento de visitar todos los lugares posibles y no quería, especialmente ese día, llegar a mi casa. Caracas es una ciudad acostumbrada a fracturarse una y otra vez, en pequeños retazos, hasta ser un puñado de escombros. Al verme en el umbral de ese callejón sentí que lo conocido se quedaba atrás. 

Una noche de los ochenta en el Molino
Ilustración: Lucas García

Sabana Grande con sus vendedores de cigarros y café, perrocalienteros, ruido ensordecedor de día y silencio tenebroso de noche era el purgatorio y ese espacio conocido bajo el epíteto de la chispa que tiene la navaja al raspar el cemento que se transforma en la síntesis de lo desconocido, lo no visible entre las escaramuzas del caos.

Éramos cuatro y hacia la calle fuimos, con cierto temor. Luego, al encontrarnos entre la mezcolanza de trabajadores, punketos, artistas, jóvenes, drogadictos, prostitutas y travestis notamos la confluencia de un lugar que estaba en constante tensión, pero todavía no lograba romperse hasta el fin. Recuerdo que el local era conocido como “el bar de los peruanos”. Estaba en la mitad del callejón, frente a una palmera que se alimentaba de las colillas y algunas jeringas sueltas. 

Las primeras horas de la noche la pasamos en ese lugar, mientras en el callejón de al lado se escuchaba el canto de una drag queen. Con cada minuto llegaba más gente y la multiplicidad del lugar se volvía una realidad palpable y, además, la tensión se acrecentaba. En un momento, después de varias rondas de cerveza, decidimos salir a fumar frente al local. 

El caos era la normalidad y la disparidad el punto de conjunción de esas vidas errantes, aglomeradas en una noche, en un ciudad, en un sitio, en un sorbo de licor y una calada. En el umbral del callejón dos hombres discutían, pero los gritos de rabia pasaban desapercibidos con el ruido. De repente uno empuja al otro. Una mujer estaba cerca y procuraba separarlos. Yo miraba con atención lo sucedido, mientras el cigarro se consumía en el frío de la noche. El resto estaba concentrado en sus conversaciones y lo común de la situación disminuía cualquier reacción. Incluso, cercano a nosotros, mientras fumábamos, un piedrero estaba sentado en el piso esperando a una prostituta travesti, que al pasar con unos shorts plateados le dijo: “espérame, papi. Hago un trabajito arriba y vuelvo por ti”.

El enfrentamiento entre los dos hombres continuaba. Los ojos vidriosos de cada uno, como si de dos metras pintarrajeadas se tratase, estaban en conflicto y uno de ellos se quitó la camisa. El otro, al ver el inicio de la pelea, sacó un puñal de su bolsillo y lo encajó en la costilla izquierda de su contrincante. La mujer estaba en el piso luego de un empujón al grito de “quítate, maldita”.

Todo ocurrió en un segundo y nadie parecía notarlo. Era tan imperceptible como el aleteo de una mosca en las bolsas de basura. La mujer se levantó, tomó la camiseta del hombre que sangraba por su pecho y la puso en la herida. Aquel de la navaja limpió la hojilla con su pantalón y, en un momento extrañeza, abrazó al otro en una posición de disculpa y se fue por la avenida. La pareja se abrazó, ella tapó la herida y limpió la sangre del estómago, mientras él besó su frente para continuar su camino por el otro lado de la calle.

Una noche de los ochenta en el Molino
Ilustración: Lucas García

Nosotros lo vimos, pero el resto del callejón se mantuvo impasible. Entramos al bar, tomamos otra cerveza y nos fuimos para el Molino. Eran las 12 de la noche. La drag queen seguía su canto y Sabana Grande era un bulevar dividido entre intervalos de luz y oscuridad. Había escuchado sobre el local, pero nunca había ido. Antes de entrar teníamos que dejar el bolso en la acera al cuidado de un hombre corpulento, calvo, con la memoria más prodigiosa de Caracas. Te preguntaba: “¿qué está en el bolso que nadie más pueda tener?”. Y al salir él recordaba la respuesta para dejarte ir. Quizás algún día llegó a equivocarse. 

Los cuatro entramos y vimos la fragmentación del Molino: tres ambientes y una cocina donde solo se preparaba humo. Era para fumadores. En uno sonaba una canción de Ismael Miranda y varias parejas, al compás del timbal, bailaban con un trago de ron en la mano. El otro era de música electrónica. No tengo mucho que decir sobre eso. En el último había una tematización de la década de los ochenta y todos estaban disfrazados, menos nosotros y otros despistados que no sabían. No teníamos mucho dinero, pero entre todos compramos dos botellas de ron. Cada uno tenía una caja de cigarros y la extrañeza del callejón se volvió apacible en la sonoridad de una década que nunca vivimos y logramos reconocer, sencillamente, a través de las canciones que sonaron esa noche. 

En el centro del salón había una tarima y cada cierto tiempo la gente se montaba para imitar a los personajes de la década, mientras sonaba la voz de Robert Smith, George Michael o Cyndi Lauper. El premio era un servicio de ron. Un hombre que había salido de la oficina con la camisa blanca del viernes, el saco en su mano izquierda y la pulcritud del oficinista se montó para representar el baile de Tom Cruise en Risky Business. Alguien le prestó unos lentes de sol negros y un sombrero.

Entre la risa y el disfrute todos lo vimos y como un merecido ganador se llevó su premio a la mesa, para seguir tomando por el resto de la noche. Las horas no parecían tener relevancia y la cocina de fumadores cada día sacaba más platillos con sabor a distintos tipos de humo. Los cuatro, que hace un par de horas salíamos de nuestra última clase de la semana, bailábamos sin descanso Take On Me de a-ha imaginando que nuestros cuerpos se volvían carboncillo de lápiz en las páginas blancas de un cuaderno vacío. 

Las luces rojas y azules detenían la completa oscuridad. Nadie, siquiera, pensaba en el silencio del afuera y la peligrosidad. Todos bailaban y la música seguía atemporal en la década nunca vivida. El tiempo se condensó y la vida parecía ser muy rápida: las experiencias de ese día fueron marcadas por la fragmentación de la ciudad, en la cual todo se conjuga en un mismo espacio, en una misma mascarada irreconocible para el ajeno, e incluso para nosotros, pero que construye la forma de hacer vida en los lugares que parecen estar muertos. Wake Me Up Before You Go-Go de Wham! sonaba al volver de fumar.

La vitalidad de la noche continuaba y, ciertamente, como una especie de máquina del tiempo construida con ron y nicotina nos encontramos los cuatro en ese mismo local, con la misma edad, en 1986. Sin saberlo los últimos 30 años no habían ocurrido. No existían teléfonos móviles, ya que nadie los respondía y la experiencia mantenía su curso al ritmo de Pat Benatar. Los intervalos para regresar al presente solo ocurrían cuando volvíamos a la cocina. 

No había preocupación posible en ese instante diminuto y efímero. Volvíamos a bailar y nuestros brazos se balanceaban como aspas que esperan cortar el viento y, al final, cuando el cansancio nos agotaba cada uno tomaba su trago. Nos reímos como pocas veces y el lugar se cohesionaba en una sola amalgama de sonido. La calle, por momentos, parecía adentrarse con sus gritos y disparos, pero no traspasaba las puertas ni corrompía la recurrencia del sintetizador ni de los teclados. 

A las 4 de la mañana nos tocó irnos. La música continuó en nuestra despedida del local. Nos vimos afuera con el calvo memorioso para buscar nuestras pertenencias. Él preguntó “¿qué tienes en el bolso?” y yo dije “La Odisea”. A nadie más se le ocurriría cargar con esa novela la noche de un viernes. No sabía si en verdad el Funes de la Solano recordaba mi respuesta de las 12 de la noche. Probablemente, alguien más pudo responder algo parecido y llevarse mis cosas, pero nadie quiere un montón de libros pertenecientes al tercer semestre de Letras. Los demás respondieron y tomaron sus bolsos. Venimos del pasado y volvimos a la calle. Esperamos un taxi, pero éramos muchos para un solo carro y ninguno quería llevarnos. Pasó media hora y estábamos sentados en el capó de un carro fumando los últimos cigarros de la caja.

De repente, un taxi se detuvo y una amiga habló con el chofer. Yo estaba distraído, viendo al horizonte los intervalos de luz y oscuridad que segmentaban la avenida. Noté que el carro era conocido y me acerqué. Se trataba de un tío que desde hace años trabajaba como taxista de noche. Los cuatro, y dos amigos más que habíamos conocido esa noche, nos montamos en el carro. La emisora tenía una canción de Héctor Lavoe y al finalizar empezó Elton John. Todo estaba en silencio. Nadie habló en todo el camino y Tiny Dancer sonó para acompañar la tranquilidad del viaje. 

Ese día terminó con la misma rapidez con la que inició. 

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