• Rolando Peña es uno de los artistas más importantes de Venezuela. Su vida y su obra se compaginan en la riqueza de la experiencia en la multiplicidad de los sueños, sin reglas ni leyes. El equipo de El Diario conversó con él sobre sus vivencias y la importancia del arte en la vida

Una tarde en las orillas del lago de Maracaibo un niño de 7 u 8  años de edad se desnudó de la cintura para abajo, con la pose de los superhéroes, el brazo levantado mostrando los pequeños músculos y el rostros mirando al vacío, como aquellas caricaturas. Su hermano mayor tomó una fotografía y la desnudez, tan sencilla y humana, se transformó en un proceso artístico intuitivo de ese niño. En ese mismo viaje encontró en los balancines petroleros, con un vaivén parecido al de los pájaros de la muerte, una obsesión constante. Las torres que se movían con la soltura de las olas del lago, de un lado a otro, mientras excavaban en las entrañas de la tierra el líquido negro, excremento del diablo para algunos, regalo de Dios para otros, se mantuvo en la intuición de ese joven desnudo. Era Rolando Peña (1942) que 30 años después, con una carrera artística invaluable, encontró en esos balancines de petróleo un signo estético. Las dudas de niño se mantuvieron de adulto.

Rolando Peña: El arte es la oportunidad de ver más allá de la mierda
Foto: Mi primer happening. Caracas, 1947

En los años ochenta, mientras caminaba con una capa negra entre las veredas de Nueva York y pensaba, junto a Andy Warhol, las nuevas maneras de engrosar el medio artístico de todos los elementos expresivos de la vida, fue invitado a participar en una exposición centrada en la mitología de los objetos de devoción. “Tuve la idea de hacer una torre de petróleo de 4×50 metros con varillas de bronce, las fui armando como un mecano. Se llamaba ‘La torre’. La gente quedó muy asombrada porque yo la había puesto como un objeto de devoción y fue muy controversial”. En este momento, el espectro simbólico del petróleo se modificó a través de la obra de Rolando Peña y, más allá de ser un simple elemento natural explotado, se transformó en un objeto de veneración en la sociedad consumista. Sobre todo en Venezuela donde este crudo negro, afluente en el corazón de la tierra, es el hilo conductor de las dichas y desdichas de la historia. 

El problema es el siguiente: el país recibió un regalo que ayudó al surgimiento del país, pero, a su vez, el mal uso que se ha hecho del petróleo en el mundo ha creado grandes problemas ecológicos. En Venezuela los miserables que están ahora en el gobierno lo transformaron en un arma de guerra, en un elemento para penetrar y formar lo que llaman ‘revolución’, pero es un enorme fracaso. Esa revolución supuestamente comunista, que ni siquiera lo es, es un pastiche de ideas obsoletas y fracasadas. De ahí viene esta cosa espantosa llamada ‘el chavismo’», puntualizó Peña en exclusiva para El Diario.

La historia de Rolando Peña se bifurca entre las anécdotas de una época primordial para el arte moderno, siendo él, con la barba negra y el cabello azabache, uno de sus participantes más vehementes. Su relato a los 71 años de edad, con las canas encaramadas en su rostro, está lleno de sosiego y esperanza, aunque reconoce que el mundo, como diría Gardel, es una porquería y está lleno de “mierda”. Es el oficio de los seres humanos, en especial de los artistas, crear las zonas positivas en las cuales los charcos y las letrinas, ennegrecidas por la pestilencia, serán sobrepasadas con la bienaventuranza del ser humano. 

Rolando Peña: El arte es la oportunidad de ver más allá de la mierda
Foto: Andy Warhol y Rolando Peña

“El arte siempre sobrevive, siempre es importante, como la poesía, la danza, el cine. Es un respiro y le da la oportunidad al ser humano de verse en el espejo y decir “coño, existe algo que va más allá de la mierda”. La vida es muy complicada en todas partes, sobre todo ahora con este maldito virus la cosa está muy jodida, pero los artistas tenemos que seguir dando nuestro mensaje de que en medio de los charcos, del estiércol, de las letrinas, de las grandes cagadas, uno tiene que pasar por encima y crear zonas positivas. Es lo que he hecho durante toda mi vida y lo sigo haciendo a la edad que tengo. Eso me llena de mucha felicidad y de mucho optimismo. Sigo creyendo que el ser humano es una maravilla y el planeta Tierra es extraordinario y hay que cuidarlo”, dijo.

Las zonas positivas son primordiales para el reconocimiento de la vida y su belleza. Rolando es crítico, incesante y puntual contra el funcionamiento político: la mayoría son unos miserables. Sobre todo en este país. “Venezuela está manejada por militares golpistas sin ninguna formación y han llevado al país a una catástrofe monumental”. Es el arte uno de los elementos posibles para entender las paradojas de estar vivo; lo malo y lo bueno, lo posible y lo imposible. Además, los sueños deben ser cultivados por encima de todo. Representan el germen de la creatividad y la evolución. 

La crianza en el Techo de la Ballena

A principios de la década de los sesenta la libertad era un tópico encarnado en la sociedad venezolana. Después de los días oscuros de la dictadura y las remembranzas de Guasina y la persecución policial, llegó la democracia y con ella el pensamiento de los intelectuales tuvo un espacio, sin alambre de púas ni botas militares. Uno de los grupos literarios más importantes fue llamado el Techo de la ballena e inició, anecdóticamente, en el garaje de la familia Peña. Rolando era muy joven, pero sus inquietudes y dudas, nacientes en la pulsión propia del arte, sin escaramuzas teóricas, pero con la sensación humana de la expresión, se compaginaron con los objetivos de Carlos Contramaestre, Caupolicán Ovalles, Juan Calzadilla, Adriano González León, Salvador Garmendia, entre otros. 

La historia del garaje de los Peña como la boca de la ballena, en la cual se veía el techo, comenzó con un escultor llamado Pedro Briceño, que era muy amigo de todos los integrantes del grupo. Rolando, por su parte, era un joven apasionado de las artes y creó una amistad duradera con Briceño. Un día este último le comentó la búsqueda de Carlos Contramaestre por la zona: necesitaba un espacio para armar un grupo conformado por escritores, poetas, artistas, intelectuales. Rolando sintió curiosidad y le preguntó quién era Contramaestre. Al escuchar que, además de escritor, era médico reconoció la emoción futura de su madre porque “en esa época las señoras siempre sufrían de algo”. Efectivamente, ella aceptó y el grupo se mantuvo en esa casa hasta la exposición Homenaje a la Necrofilia en 1962. 

Rolando Peña: El arte es la oportunidad de ver más allá de la mierda
Foto: Carlos Contramaestre, Homenaje a la necrofilia, 1962

“Luego, ellos se trasladaron a Sabana Grande porque cuando estaban armando el Homenaje a la necrofilia mi madre los echó porque dijo que no iba a aceptar esa exposición en el garaje de nosotros porque sería un escándalo. Y efectivamente lo fue. Ellos consiguen un lugar en la calle Villaflor, cerca del Gran Café, donde hacen la exposición y luego viene la policía, cierran el lugar y se arma un gran escándalo. Yo era el más joven de todos, pero ahí nos reunimos”, comentó.

Las obras presentadas por Contramaestre fueron hechas con vísceras de animales y restos de cuerpos fétidos. Después de unos días comenzó el proceso de putrefacción de la carne y el Ministerio de Sanidad ordenó el cierre de la exposición. Además, la presentación de cuerpos animales carcomidos por la descomposición del tiempo, con los hedores finales de la muerte, como obras artísticas representó un cambio en la consideración del arte venezolano y lo grotesco, fatuo, abyecto encontró un espacio estético. 

María del Carmen Porras en un estudio comparativo entre los distintos grupos intelectuales de Venezuela explicó que los integrantes del Techo de la ballena: “Quizás empujados por el momento histórico que vivieron y que determinó en gran medida su aparición como grupo y las actividades más importantes y recordadas, las guerrillas, los balleneros lograron eludirse de la discusión sobre el retraso de la cultura nacional y, por tanto, de la dicotomía nacionalismo-universalismo, pues se concentraron únicamente en el ambiente nacional y así descubrieron lo que éste les ofrecía para trabajar y que parecía haber sido despreciado hasta entonces: ‘las barriadas miserables, los basurales, la violencia legalizada, la brutalidad y la concupiscencia del poder’”.

Las dudas de un joven artista

Rolando Peña era un niño cuando comenzó a dibujar paisajes de mares negros y palmeras plateadas, con sus colores Prismacolor. Luego, durante esos mismos años, realizó mecanos de metal -juguete formado por piezas de metal o de madera, que se unen con tornillos- y construía puentes, torres, figuras, entre muchas otras cosas. Ese primer vestigio artístico de su niñez se mantuvo durante toda su vida.

Ahora, la escultura no es el único espacio posible para el arte de Peña, tampoco pretende que así sea porque el arte puro, sin ningún tipo de contacto con el resto de situaciones humanas, es vacío, un cristal fracturado, una ilusión de organicidad. La primera experiencia artística de Peña ocurrió en un salón devenido en teatro del liceo Andrés Bello. 

Para mí el arte siempre fue la unión de todas las artes, desde niño. Una cosa intuitiva. Para mí el arte era todo: era poesía, era danza, era Wikipedia, era video, era teatro; la televisión, el cine comercial, todo. Yo siempre digo que cada quien tiene una historia que contar, el asunto es cómo la cuentas. Eso es lo importante: como cuentas tu historia”, puntualizó.

En 1957, mientras estudiaba en el liceo, entró por casualidad al ensayo de El convidado de piedra de Alexander Pushkin, basado en el Don Juan español. Nunca había participado de una obra teatral, pero sus sueños estaban dirigidos al cine y, además, era un lector intermitente de poesía. “El Don Juan lo hacía un joven llamado Rudi Tars, que se hizo gran amigo mío, y el sacerdote lo hacía Claudio Perna, quien se equivocó muchas veces leyendo. En ese pequeño teatro no había más nadie: solo yo y los actores”. 

El profesor Calcaño lo vio solitario en las butacas cercanas al ensayo y lo llamó: 

  • “¿Usted qué hace aquí?”, dijo. 
  • “Solo estoy viendo, profesor. Tranquilo. Si quiere me voy”, contestó Rolando. 
  • “No, venga para acá. Súbase acá un momentico. ¿Usted sabe leer?”, fue la respuesta de Calcaño ante el nerviosismo del joven.

Rolando recibió el texto que estaba leyendo Claudio Perna y lo leyó. Luego, el profesor Calcaño le preguntó: “¿Usted quiere hacer este papel?”. “Yo le respondí que ya lo estaba haciendo el otro compañero, pero él dijo que el otro lo estaba leyendo muy mal. Entonces, en ese momento me dieron el papel y comienzo en el teatro”, agregó.

La personalidad de Rolando era contestataria, rebelde, disruptiva con su vestimenta negra e ideas innovadoras sobre el arte. Después de los años, con la imagen del pasado en la memoria, reconoce que el fervor juvenil fue la razón para ser botado del teatro universitario por Nicolás Curiel. Igualmente, la amistad que entabló con José Ignacio Cabrujas le permitió continuar cercano al teatro. El autor de Acto Cultural, entre otras obras, lo llamó para dar clases en el programa Teatro experimental de Arquitectura (TEA), ubicado en uno de los sótanos de la facultad en la Universidad Central de Venezuela. Rolando era profesor de biomecánica y movimiento corporal, por su conocimiento en la danza contemporánea. 

Foto: Testimonio y Homenaje a Henry Miller

“Allí fundé un pequeño grupo con varios estudiantes y algunas muchachas, muy lindas e inteligentes por cierto, que tenía por nombre Pequeña compañía teatro-danza. Este grupo fue el responsable de Testimonio y Homenaje a Henry Miller”. Esta obra nace de las conversaciones entre Rolando y Cabrujas sobre las percepciones del arte. Para el joven rebelde e intuitivo la expresión humana tenía que mezclarse en su totalidad y, por ende, la pureza del arte era una persecución inerte de los cánones desgastados de la academia. 

Testimonio y Homenaje a Henry Miller es considerado uno de los primeros espectáculos multimedia de Latinoamérica. La obra comenzaba con José Ignacio Cabrujas, sentado frente a un escritorio repleto de la obra de Miller. Este tomaba un libro al azar, lo hojeaba por un par de segundos y leía fragmentos dispares de la obra. Luego, Rolando realizaba una danza improvisada con las muchachas de la compañía teatral, al ritmo de los sonidos callejeros mezclados por el músico español Miguel Ángel Fuster. Los movimientos corporales nacían de la mezcolanza de las sirenas de ambulancia, las emisiones radiales, los disparos inconexos de la urbanidad caraqueña, entre otros sonidos.

En el final de la obra Rolando estaba solo sobre el escenario, vestido con una tela blanca que cubría todo su cuerpo, y mientras seguía la disparidad de los ritmos de la ciudad con la danza, un proyector reflejaba, primero, manchas de sangre y excremento en el ropaje y, luego, se reflejaban los collages hechos por Domingo Álvarez con imágenes de la revista Playboy. “Eran puros culos, tetas, nalgas y todo eso se reflejaba en mi cuerpo”. 

La obra encauzaba la multiplicidad de la sociedad venezolana, desde los sonidos dispares de la calle hasta las imágenes abyectas sobre el cuerpo danzante de Peña y, por ende, generó una catarsis puntual en los espectadores. “La gente se levantaba dando gritos. Era la época dura de la guerrilla urbana en Venezuela y el mensaje les llegaba mucho a la gente”. 

El príncipe negro en Estados Unidos

Rolando Peña ha vestido de negro toda su vida. Para algunos puede ser una perspectiva de mal augurio, mortandad, “una vaina jodida”, pero siempre ha asumido los retos de su visión estética. El creador del epíteto que lo persiguió en sus años por East Village, Nueva York, fue Andy Warhol. -El reconocido artista estadounidense, quien grabó, vivió, documentó y transfiguró el fundamento de las nociones artísticas de la sociedad de Estados Unidos en los setenta-.  «A Warhol siempre le preguntaban ‘conchale, ¿quién es ese muchacho que anda contigo que se viste siempre de negro?’ y él respondía ‘ese es el principito’».

Foto: Simone Swand, Andy Warhol, Rolando Peña, Nueva York 1967

El relato del artista está marcado por la jocosidad del habla caraqueño y los personajes que sobreviven en su memoria, como Allen Ginsberg o Andy Warhol, se comunican en venezolano, con la jerga de los chamos y los muchachitos, de la “vaina” multifuncional de la grosería que se escabulle entre los laberintos de la historia para sentenciar las ideas. La historia de Rolando en Estados Unidos comenzó cuando era joven en los años sesenta, cuando la ciudad estaba en completa ebullición y el riesgo, el arte, la vida en función de vivir, así fuese con el peligro de compañero, era la única forma de tener 20 años en Nueva York.

Llegó a un pequeño estudio en East Village con una alquiler de 20 dólares mensuales. “Era muy barato”. En un café cercano a su nuevo hogar se reunían los integrantes de la Generación Beat estadounidense. Era el lugar de la vanguardia y los poetas errantes. Rolando no hablaba inglés, pero un día se encontró con Allen Ginsberg, -un gran hablante de español-, quien quedó encantado con la presencia del joven venezolano y su catálogo sobre el homenaje a Henry Miller. A través del poeta del Aullido, el espectador de las mentes más brillantes de su generación, Peña de 20 años, con una extensa barba negra y una vestimenta que hacía juego, conoció a los demás escritores de ese momento: Gregory Corso, Jack Kerouac, Lawrence Ferlinghetti y Philip Lamantia, entre otros. 

“Fui a San Francisco, California, con ellos para una lectura de poemas que ellos hicieron en el City Lights Bookstore, una librería emblemática que le pertenece a Lawrence Ferlinghetti, uno de los escritores de esa generación que sigue vivo porque no se drogaba, se cuidaba mucho. Es un hombre maravilloso”, relató Rolando. 

En ese viaje a San Francisco, núcleo del hippismo estadounidense y centro de la literatura de la época, conoció a Henry Miller de la mano de Ginsberg. Ambos tomaron camino para Big Sur, zona de la casa del escritor de Trópico de Cáncer, para visitarlo. Rolando llevaba el catálogo del homenaje bajo el brazo. Al llegar, Miller tomó las páginas sueltas y las fotografías de la obra y se emocionó, ya que fue el primer homenaje que recibió en vida. En ese instante, relata Rolando, miró a Ginsberg y le comentó: “¿De dónde sacaste tú a este muchachito?”. 

Foto: Happening Aggression = death. Nueva York, 1966

Ese niño desnudo frente al lago de Maracaibo sintió en su llegada a Nueva York la libertad del movimiento, de la vida fragmentada y en constante renovación de los círculos intelectuales. Fue un pez en el agua sucia de la capital del mundo. En ese momento, conoció al creador de su epíteto, el hombre de pelo blanquecino y corbatín, que caminaba con el sonido de The Velvet Underground a sus espaldas: Andy Warhol. Muchas de las ideas realizadas en The Factory nacieron de la relación entre Rolando y Warhol. Una de ellas, comenta, fue la serigrafía de Mao Tse-Tung. El líder comunista se desdoblaba en mil colores, una y otra vez, hasta que su rostro, cargado de la potencia ideológica del libro rojo, se volvía una artimaña de la cultura pop. Tragado, como los hijos de Kronos, por su propio enemigo. “Él (Warhol) también era una esponja y tomaba mucho de las personas que estaban en su entorno, como debe ser”. 

Gilles Deleuze y Felix Guattari escriben en su laureado libro Mil mesetas: esquizofrenia y capitalismo que cada hecho cultural está referenciado en su pasado, en sus lecturas, perspectivas y visiones. Rolando considera, a su vez, que todos somos esponjas y la vida del arte es plural, múltiple, viva desde la memoria de los balancines petroleros hasta el perfomance neoyorquino. Una de sus grandes influencias es el poeta venezolano Rafael Cadenas. Incluso, en la rapidez de su voz, recuerda una noche que una noche en el Poet Center (Centro de poesía) de la Generación Beat le mostró algunos versos de Los cuadernos del destierro a Allen Ginsberg. Luego, él leyó el poema en español y el poeta estadounidense lo tradujo, simultáneamente, al inglés. Todos los presentes se levantaron y aplaudieron. “Son muchas vivencias que marcaron mi vida. Yo también, modestia aparte, marqué la vida de ellos de alguna manera”. 

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