Hace mucho tiempo escuché en un documental una perspectiva sobre la niñez que todavía se mantiene conmigo. Un hombre mayor, con algunas hebras de cabello que se sostenían de una prominente calva, evitando desfallecer en el piso, ojos huecos y ojerudos, arrugas de larga vida, hablaba sobre las vivencias del holocausto y decía -quizás parafraseando alguna cita-: “El asesinato de un niño es el muerte de un universo”. Las posibilidades que residen en un ser humano en crecimiento, sin las ataduras culturales de la adultez ni la responsabilidad, en el cual los sueños viven y crecen diariamente para contar la realidad vista desde la inocencia de la libertad, se quiebran con la muerte. 

La niñez es un espacio moldeable, múltiple, porque las concepciones externas del mundo todavía no se han aplacado en el pensamiento y, sencillamente, son vistas como escaramuzas lúdicas de la vida. Todo es un juego. Incluso el dolor y la violencia. En una mirada a la película colombiana llamada La vendedora de rosas, dirigida por Víctor Gaviria, descubrí un factor interesante en la representación ficcional realizada por los actores, niños recogidos de las calles de Medellín, con las historias cruentas de las puñaladas, el basuco y los disparos en la piel. Los límites entre lo real y lo imaginario se desdibujan en la experiencia de estos personajes, porque su realidad es, incluso, más dolorosa que la presentada en un guion cinematográfico y la mirada de cada uno, con edades entre los 5 y 16 años, de la violencia citadina que está intervenida por la idea del juego. 

El procedimiento para determinar lo “bueno” y lo “malo”, lo “legal” e “ilegal”, entre otras categorías maniqueas, parte de aspectos aprehendidos en el proceso de instauración del superyó. Por eso mismo, en los primeros años de vida, en los cuales los primeros referentes son los padres, se establece una mímesis de sus conductas y luego el individuo es capaz de completar un sistema de referencias mucho más amplio que lo hacen ser parte de la estructura de relación ciudadana. Un niño al encontrarse a la deriva de las experiencias de la noche oscura y la violencia citadina, en su mayoría, recrea a través del juego la acción negativa y positiva. En la película uno de los actores -asesinado dos semanas después del estreno- dice que da “puñaladas por deporte”.

Calvin Hall establece en su texto “Compendio de Psicología Freudiana”, a partir de la lectura de Freud, que el superyó es “la rama moral o judicial de la personalidad” . Se establecen, en este caso, las consideraciones que construyen la sociabilidad del individuo. En el mismo texto, Hall exclama que “el superyó, al frenar internamente con la ilegalidad y la anarquía, le permite a la persona convertirse en miembro observante de la ley de su sociedad”. Al ser el elemento de la personalidad que se relaciona con el entorno, con las reglas establecidas a priori del funcionamiento social y que se traslada a los infantes por la difuminación que tienen de la figura paterna, el superyó es el primer ápice de sociabilidad que posee el individuo. El primer poder que el niño absorbe es el de la madre y el del padre, que con sus reglas, regaños y castigos, establecerán las consideraciones de la relación social. Tomando en cuenta esta construcción de la personalidad, donde el ello, el yo y el superyó, son los elementos diseccionados que construyen la relación del individuo con lo real, con el entorno y con su propia interiorización, podríamos concluir que en los niños que participan de la película, este proceso está interrumpido. Todos sufren el despojo de los padres, se liberan de las ataduras de la familia y escogen la calle como único rumbo. Las figuras de poder, que construyen el superyó, se diluyen y se realiza una apertura de las consideraciones morales, sociales, legales y judiciales.

Foto: Román Camacho

Ahora, esta referencia me permite pensar en la construcción del superyó de la niñez cuando está permeado por un sistema de referencias, desde los padres y las instituciones, plagado de barbaries y el primer ejemplo que reconozco ocurrió en los desfiles carnavalescos de Sabana Grande, Caracas, 2021. Un grupo de tres niños y una niña, con una vestimenta camuflada, chalecos negros y el rostro cubierto -no necesariamente por los tapabocas- sostenían un par de escudos hechos con cartón y pintura negra que decían “FAES”. Cada uno estaba detrás de otra niña disfrazada de Elsa -uno de los personajes de la película de Disney Frozen- y emulaban ser sus guardaespaldas. La organización de las Fuerzas Especiales de la Policía Nacional Bolivariana ha sido denunciada por crímenes de lesa humanidad, maltratos, torturas, secuestros y ejecuciones extrajudiciales. Su representación como disfraz carnavalesco es, quizás, una muestra diminuta entre las cientos de extrañezas para entender la inmersión del régimen en la psique de los ciudadanos.

La instauración del poder simbólico se establece, primero, en la escogencia de los padres para vestir a sus hijos con la figura de poder bárbara y asesina y, segundo, la actuación de los niños, reconocedores del accionar diario del grupo de exterminio.  Ambas personificaciones representan la imagen de la muerte, con sus calaveras negras en los barrios de Caracas, como un ejemplo a seguir y, por ende, un sostenimiento del régimen desde las nuevas generaciones. Las categorías de la relación social se han modificado y las referencias de los niños en la configuración del superyó, a su vez, han sufrido lo mismo. El sistema de creencias cambia a través de la violencia como significante continuo de la vida. 

Foto: Román Camacho

La vestimenta en los niños está caracterizada por la emulación honorífica de personajes referenciales. En su mayoría son parte de la ficción, pero en otros casos, desde la escogencia de los padres, son personajes históricos. Entonces, podríamos entender que en una existencia repleta de signos la representación de las fuerzas de exterminio del régimen de Nicolás Maduro es una manera, continua e imperceptible, de construir un basamento de poder simbólico. 

Un reflejo de este ejemplo es una fotografía en 1994. La locación era un vagón del Metro de Caracas y un niño corre entre los asientos. En la fotografía, con la estaticidad del clic, la vestimenta del niño refiere a la figura del comandante Hugo Chávez, golpista en 1992. Era un disfraz común para la época porque este hombre representaba una esperanza, una idea que se descubrió errónea años después, pero que en ese instante alimentaba el imaginario social. Uno de los aspectos a reflexionar bajo el reflejo de dos fotografías distintas, con 29 años de diferencia, es la peligrosidad de moldear la psique infantil a través de la figura bélica o, en este último caso, victimaria. 

La realidad social es un manojo de discursos aprendidos y, por ende, pueden ser moldeados. Son creados por la ficción humana y la escritura artificiosa de “lo real”. En un entorno donde la violencia es parte del statu quo se fractura, de alguna manera, la relación de los invididuo con su entorno y, posteriormente, se establece un nuevo espacio de configuración ciudadana en la cual el asesino institucional, con la mascarada de la muerte en su rostro y el fusil en sus manos, mirando entre los recovecos de las barriadas populares para asesinar y secuestrar, será la figura de poder que todos esos niños en una caminata por el bulevar de Sabana Grande, entre pandemia y virus, querrán emular para ser parte de una sociedad corrompida. 

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