Ha pasado el tiempo y mucho se ha escrito y hablado sobre el documental Once Upon a Time in Venezuela dirigido por Anabel Rodríguez, pero cada una de esas palabras es necesaria para mantener la figura de los restos de un pequeño pueblo olvidado en las orillas del Lago de Maracaibo. En estos palafitos es posible reconocer a un país entero mimetizado en un microcosmos; en el cual cada pequeño detalle da cuenta de un mundo mayor y en la ceguera que vivimos -aunque las pantallas nos permitan la fantasmagoría de un despertar trastabillado- es necesario redimirnos a través de una obra cinematográfica que, simple y dificultosamente, dio una imagen de la extrañeza de Venezuela.

El sonido del agua a la par del zumbido de los zancudos remite a las zonas inhóspitas del interior venezolano. Un sonido que encapsula la experiencia de vida latinoamericana y caribeña, capaz de conectar un recuerdo hace mucho tiempo olvidado, pero eso es, sencillamente, el escenario de un camino repleto de mares bravíos y confusiones. Como ha sido la vida en Venezuela desde que tengo memoria. Las posibilidades de atar los hechos a una verdad son cada vez más complicadas y explicar, incluso con toda la maestría posible, lo que ocurre diariamente en el país es un menester, a lo mucho, inconcluso.

Es la imagen de una mujer frente a la puerta de su cuarto, estampada con el rostro de Hugo Chávez, vigilante ante los intrusos, la que nos brinda una primera perspectiva. Los venezolanos reconocemos a esa persona, la tenemos como vecina, como tía, como compañera de trabajo o la vemos caminar con la pesadez de su rostro por los intrincados huecos de la ideología. Tamara es su nombre y, en un principio, solo es capaz de reconocerse en ella al otro, al odiado, al cómplice del gran pesar venezolano.  

Las canoas pasan entre la maleza y los palafitos de Congo Mirador. En este pequeño pueblo, rodeado por agua y con la iluminación nocturna del Catatumbo a sus espaldas, se remite un pasado, un presente y, quizás, un futuro. La imagen de sus casas, pintarrajeadas con distintos tonos de pintura, hechas con maderas sueltas y troncos encontrados en el camino, dan cuenta de la primera metáfora con la que todos nosotros conocimos a Venezuela: la pequeña Venecia de los relatos conquistadores. Luego, cada espacio, por diminuto que sea, está marcado por la polarización política y por la idea de un pasado magnánimo que no podrá repetirse. La migración de los habitantes del pueblo es otra reminiscencia a lo vivido por cada uno fuera de las balsas: todos se van y pocos parecen quedarse.

Y el futuro que, quizás, refleja el documental es la completa ida con una casa endeble a sus espaldas, la mirada melancólica ante el pueblo que ya no es y el canto somnoliento de un viejo cuatrista sentando en un par de tablas prontas a fallecer en la toxicidad de los sedimentos. 

Once Upon a Time in Venezuela y los restos de Congo Mirador

Los tres espacios temporales de una nación -esta nación, la nuestra- están, de alguna u otra manera, representados en la figuración de un pueblo olvidado. No es rareza para la vida de un individuo latinoamericano verse reflejado siempre en lo más pequeño: lo uno construye el todo.

Así como Comala en sus susurros y suspiros da cuenta de un mundo de millones y Macondo es el pueblo tipificado de una historia conjunta por un continente de guerras e imágenes inverosímiles engrapadas en la vida común de los seres. Así como Ortiz es un pueblo moribundo en la aridez de los llanos venezolanos y vive la muerte de todas sus casas en la escritura de Miguel Otero Silva. De esa forma, una y otra vez, pasamos entre distintos pueblos, con diferentes costumbres y latitudes, pero con la idea de que cada uno refiere a un macrocosmos de experiencias comunitarias. Congo Mirador es un pueblo de verdad que se circunscribe con su existencia y posterior fallecimiento en la gran lista de lugares ficcionales que han tratado de remitir a una realidad, casi siempre, inexplicable. 

No existen spoilers posibles en esta película, más allá de la propia vida. Si alguna vez viste un afiche con los ojos de Hugo Chávez, pendiente de todas las esquinas, incluso después de muerto; si viviste las etapas de la insurrección social que terminó en cientos de muertes y en un espíritu doblegado y cansado; si fuiste parte de las cientos de colas para comprar alimentos; si eres, sencillamente, venezolano la película está transmitida y reflejada en tu propia vida. El de afuera, quizás, tendrá que poner más atención a los detalles, pero entenderá a través de los signos de la imagen y los testimonios lo que pocos han podido explicar con la pedagogía y el reporterismo. 

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Cada fragmento tiene la potencia para ser estudiado, revisado y desmenuzado, pero me quedaré con algunos que, para mí, marcaron una imagen coherente ante los espectadores. Ellos podrán reconocer la realidad de Congo Mirador fuera de los límites simbólicos del pueblo flotante y, además, podrán analizar la capacidad de ese pequeño lugar para reflejar la realidad total de un país.

El primero que me parece importante mencionar, aunque no corresponde a la cronología de la historia, tiene que ver con la visita de Támara, como representante del Partido Socialista de Venezuela (PSUV) y alcaldesa de Congo Mirador, a una reunión de militantes de las Unidades de Batalla Hugo Chávez (UBCH).

Ella va con la esperanza de conseguir el financiamiento para revivir al electorado chavista del pueblo, que está agotado de la contaminación de las aguas, del olvido, del sedimento que se come las casas y la ausencia de toda estabilidad. Los demás la miran con cierto patetismo y reconocen haber olvidado esa región en su despilfarro populista. Ella pide bolsas de comida Mercal, teléfonos celulares Vergatarios y planes para el dragado de la zona. Ninguno de los otros da respuesta. Todos gritan y la voz campante de uno de ellos realiza una sentencia primordial para entender la macroestructura del chavismo: “La revolución debe valer más que una bolsa de comida”.

En pocas palabras, así como Hugo Chávez repitió mil veces, no importa el hambre, la muerte, la desdicha y el pesar de los demás, pero cada uno debe ser siempre consecuentes con la idea de «la revolución”. Entre ellos mismos, sin mayores posiciones de poder que unos cuantos escalones de diferencia en las escalinatas de la corrupción, se separan, se olvidan, se reconocen como seres padecientes de hambre, pero alimentados con el discurso. 

La vida en el pueblo siguió y el sedimento fue tomando mucho más terreno; las bolsas de comida nunca llegaron y solo dos teléfonos fueron mandados. Nada qué hacer para Támara y su fidelidad a Hugo Chávez. En la hamaca de su casa, de un lado a otro, llama a todos lados en busca de una respuesta que nunca llegará. 

Tiempo después de ese suceso preelectoral Támara tiene la posibilidad de hablar con Francisco Arias Cárdenas, gobernador del estado Zulia para ese momento, y uno de los principales golpistas en febrero de 1992. El viaje tiene una gran expectativa para ellos: será como acercarse a los pies de las estrellas de rock de una población sumergida en la consecución de un discurso propagandístico. Támara está feliz en el carrito por puesto. Comenta sobre todos los chismes alrededor de su visita a Maracaibo. Al llegar a la casa de la gobernación se detiene un momento para mirar a los cisnes y gansos del estanque. Esos animales no se ven en Congo Mirador.

Luego, entran a la sala de conferencias decorada con una imagen de Simón Bolívar de rostro transfigurado por una pretensión contemporánea de reconfigurar los símbolos de la antigua nación y otra de Hugo Chávez con su clásico descampado militar y boina roja.

Los visitantes de Congo Mirador miran con nerviosismo la pulcritud de la sala y el trono del gobernador -algo normal en los totalitaristas, embriagados de ego-. No se sienten suficientes para estar ahí frente al hombre de sus afiches. Arias Cárdenas entra a la sala y pide un desayuno para todos los presentes. Mientras todos comen, uno de los visitantes le comenta la grave situación del pueblo y el requerimiento de los pescadores: un par de motores para sus lanchas. Támara detiene su desayuno, se queda con las manos quietas, ocupadas por los cubiertos y explica el gran dilema del sedimento y el peligro que sufren todos los habitantes del pueblo encima del agua. Su voz se quiebra en un pequeño dolor y sus ojos se vuelven llorosos. Espera una respuesta a su preocupación, pero al voltear, como un detalle imperceptible, aparece la figura de Arias Cárdenas en su trono hablando por teléfono sobre otros negocios. Támara deja de hablar y mira al vacío con los ojos aguados: el desengaño aparece, aunque, desde la lejanía, es muy difícil notar si fue suficiente para acabar con la fantasmagoría chavista. 

Este último detalle permite encontrar algo reconocible para todos, pero igual de importante: la vida de los venezolanos no es motivo de preocupación para los zares del chavismo. El venezolano es moneda de cambio; cuerpo dejado a la deriva, sin relevancia, como un pedazo de carne inservible más allá de los fines de una cúpula de poder. No necesitamos más que esta escena para notarlo. Es la potencialización de un detalle y la mirada puntual del documental. 

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No todo es tristeza, pero se transforma en ella. Al principio aparece una figura principal más amena: Natalie. Ella es la única profesora en Congo Mirador. No tiene sueldo y lo hace por vocación. Vende caracolas pintadas de colores vivos como zarcillos en Maracaibo. Su tono de voz es menos abarcador que el de Támara. Su caminar es tenue y sus gestos también. Si esto fuese un lugar común de contradicciones y dicotomías marcadas sería el sueño de todo guionista, pero la realidad no es tan sencilla. Natalie es opositora y pelea su puesto en la escuela ante la injerencia de Támara. Los niños de Congo Mirador tienen, digamos, un futuro ya delimitado al que pocos podrán responder.

Las niñas se casan a los 14 años de edad y la educación, como ocurre en estos países olvidados por la gracia del destino, no es lo importante. Los niños serán pescadores, policías, paramilitares o malandros citadinos. O todas esas juntas. Pero Natalie continuó con su trabajo y los niños la querían, la abrazaban y estaban con ella de balsa en balsa. 

Era 2015 y las elecciones legislativas eran un crisol esperanza para el país. El cambio era posible y el descontento no podía ser apaciguado con un par de bolsas de comida. Támara no recibió apoyo. La oposición ganó en Congo Mirador y en el resto de Venezuela. El cielo brilló y las lanchas hicieron resonar sus motores. El agua repleta de petróleo voló como champaña por los cielos y cayó encima del rostro lleno de júbilo de los congueños. Eso duró un año, luego la historia fue la siguiente: asamblea nacional constituyente, protestas en cada esquina del país, asesinados, desamparo y hambre. Al final, nada cambió y las cosas solo empeoraron. Por eso mismo, aunque no todo podía ser tristeza, de alguna manera siempre se encuentra un camino para recordar los momentos felices a través del visor de la melancolía y la rabia por la ingenuidad del pasado. 

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La única solución que tienen los habitantes de Congo Mirador es la migración y las casualidades de un futuro desconocido. Ellos toman sus casas, rompen las columnas que las unen al lago, ponen dos lanchas debajo y se van hasta que se pierden en el horizonte. No queda nada de ellos, ni siquiera un vestigio material y, como sabemos, la memoria también es muy frágil. La escuela cerró después de todo lo ocurrido y la realidad del país se sumió en la pesadez de una crisis sin precedentes, solo reconocible en un pasado enflaquecido y sin destino, perdido en los laberintos de las filas por comida y deambulante con el rostro adolorido, tanto por dentro como por fuera. No hay otra manera de recordar ese pasado. 

El hombre de los pájaros canta un viejo bolero que dice: “Llegó la noche fatal, noche de agonía, para mis sueños”. Todo se llenó de oscuridad y ni siquiera el impresionante brillo del Catatumbo fue suficiente. En los últimos momentos del documental este hombre, reconocido por sus pájaros y su cuatro, con una sola foto en su casa que lo remite a sus días de juventud, decide caminar entre el fangoso terreno para mostrar un barco sumido en el medio de la selva. Es un barco industrial que se quedó atascado en el siglo XX. El hombre recuerda ese momento y dice que nadie lo fue a buscar. Esto sorprendió a los congueños de la época, porque se notaba la importancia del mismo y el valor. Quizás para los gobernantes no valía nada. En una de sus placas oxidadas el barco lleva por nombre “Venezuela” y, como si todo estuviera acomodado por el destino, ese detalle es otra síntesis de una nación fracturada. 

Las casas se van una a una y Natalie es de las últimas que decide irse. Támara se queda porque tiene la obligación moral y sentimental de acompañar a Congo Mirador hasta sus últimos días. No queda nadie y el agua ya no se escucha. Los grillos cantan por momentos y, a veces, una lancha irrumpe en el silencio para aparcar en las orillas de un palafito restante. Cada uno de esos personajes tiene algo de nosotros y nosotros algo de ellos, sin necesidad de conocerlos, ya que hemos vivido en el mismo pueblo a punto de hundirse y hemos sido parte, sin querer o queriendo, de la misma modificación de nuestra normalidad.

El mundo es visto para los venezolanos en dos trincheras marcadas y ese matiz, siendo contrario o amigo, es uno de los aspectos más reconocible de la injerencia del chavismo en el núcleo de la vida individual. Somos Natalie y somos Támara; también el hombre de los pájaros y la niña que no quiere casarse nunca; somos la que tuvo que casarse a los 14 años de edad y las que desfilan en un Miss Venezuela hecho entre las tablas del pueblo; somos los pescadores que ya no tienen que pescar y somos el niño que ve una tortuga embadurnada de petróleo y solo piensa en comérsela. Somos ellos y, además, ante la partida nos vemos reflejados en los versos al son y ton del cuatrista: “mi esperanza es volverte a ver”. 

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