Los signos de la identidad se consideran intrínsecos a la naturaleza de los individuos de una comunidad. Parecen ser inmutables, naturales y, sobre todo, inamovibles. Pero, en realidad, son aspectos construidos a priori, imaginarios y abstractos que tienen un sustento en la movilidad de la relación humana y que, con el pasar de los años, se modifican. Esto produce que encerrar la caracterización de los símbolos identitarios en un solo concepto sea, por lo menos, difícil de hacer. Su carácter imaginario, como lo plantea Benedict Anderson en su texto Comunidades Imaginadas, reflexión sobre el origen y la difusión del nacionalismo, refiere a la multiplicidad de la identidad nacional al verse intervenida por distintos devenires. 

Not to be reproduced, René Magritte. 1937.

Nocturama es una novela de Ana Teresa Torres, una de las escritoras con una de las obras más prolíferas en los últimos años en Venezuela. Publicada en 2006 por la editorial Alfa, interviene desde un principio el problema de la identidad como una búsqueda, a veces sin sentido, pero necesaria para establecer la trascendencia discursiva del individuo ante el presente efímero de las cosas. El personaje principal se llama Ulises Zero y aparece, una mañana, en un hotel de carretera sin reconocer su pasado, su identidad, el lugar donde está y, ni siquiera, saber quién es. Está a la deriva y desde ese momento inicia la búsqueda de su identidad. Su primera visita es a la recepción del hotel, en la cual se encuentra con la encargada que solo puede remitirlo a la policía. Aquí Ulises se encuentra con una serie de seguimientos burocráticos que, de igual manera, entorpecen su búsqueda. 

La novela. Se encuentra en librerías nacionales, Amazon y en la página web de la autora www.anateresatorres.com.

La identidad en la novela está en un estado suspendido continuamente. Tanto la ciudad, Nocturama, como el personaje principal desconocen su origen y, por ende, están en una búsqueda perpetua. Este planteamiento narrativo remite a las consideraciones que realiza Leonor Arfuch en su texto Identidades, Sujetos y Subjetividades, en el que establece que: “La identidad sería entonces no un conjunto de cualidades predeterminadas –raza, color, sexo, clase, cultura, nacionalidad, etc-, sino una construcción nunca acabada, abierta a la temporalidad, la contingencia, una posicionalidad relacional solo temporalmente fijada en el juego de las diferencias”. 

Las cualidades que constituyen el ideario de la identidad están en constante reconfiguración. Por esto mismo, Nocturama y Ulises, al no reconocer su origen, están a la deriva de la contingencia temporal y de los referentes efímeros que se parecen una y otra vez. Ante esta situación, en el relato escrito por Torres, la recepcionista del hotel le recomienda a Ulises la ayuda de un doctor llamado Díaz-Grey. La búsqueda se bifurca, poco a poco, y las razones de su desvarío por la ciudad terminan siendo innumerables. En ese instante conoce a Aspern que, además de ser el narrador, es investigador de la historia de Nocturama.

La ciudad se creó por la migración de una situación que nunca ocurrió, más allá de la posibilidad del enunciado, del quizás, de las voces que repiten un discurso hasta hacerlo posible y, al llegar al nuevo terraplén, los habitantes comenzaron a llamarla Diorama. Como si de una gran maqueta se tratase, una representación de la materialidad de una ciudad, pero, al final, algo que no era, en sí, un sitio concreto. Con el pasar de los años los ciudadanos que no tenían nada que nombrar para la posteridad, más que la vaguedad de los enunciados base, pero sin héroes que alabar, sin fechas que recordar, sin, ni siquiera, una épica identitaria que les brindara transcendencia reclamaron los inicios de su identidad. Los historiadores comenzaron a ficcionalizar, a partir del resto de las historias nacionales del mundo, la historia de Nocturama. 

En uno de los pasajes de la novela aparece: “Los señores del Consejo de Gobierno, quienes al principio habían hecho caso omiso del asunto por considerar que tenían mayores preocupaciones que administrar, aceptaron que un problema de gobernabilidad amenazaba a Nocturama si no se atendía lo que ya era un clamor popular. ‘Queremos una historia para Nocturama’. ‘Los nocturanos exigimos nuestro pasado’. ‘Lo histórico es parte de los derechos humanos’”.

Este es, quizás, uno de los ejemplos narrativos más contundentes ante la conciencia ficcional de la identidad nacional. Los ciudadanos de Nocturama no tenían una consecución de hechos para basar su identidad y, entonces, recurrieron a la ficcionalización de la realidad. Es la escritura lo que permite la trascendencia del ser humano que, en su condición natural, es efímero y solo es capaz de reconocer como única verdad inmutable a la muerte. El resto son, simplemente, construcciones discursivas que se adecúan a la realización de los hechos. 

Por su parte, Ulises debe encontrar su origen para reconocerse, de alguna manera, en el proceso de la ciudad. En uno de los pasajes se pregunta, mientras conversa con Díaz-Grey, “¿es necesario saber quién soy para estar en el mundo?”. Esta pregunta permite abrir el espectro de la existencia solo a través de la identificación. Es el aparataje de elementos culturales, raciales, de género, etc., que permea la concepción de identidad lo que, de alguna manera, permite el reconocimiento del individuo en su realidad. Por ende, la búsqueda de Ulises Zero es para determinar su identidad subjetiva, mas no nominal, porque, de cierta manera, reconoce su pasado en el apartamento de las residencias Orbex: es consciente de su pasado económico, aunque siempre regresa a la habitación del hotel Oasis y deambula por los callejones de Nocturama, donde la violencia crece con el pasar de los días y los grupos con tendencia política dominan las zonas. 

Es la conciencia de la aleatoriedad de la identidad lo que escarba la psique de Ulises. No se reconoce a sí mismo como ser existente y, por ende, recurre a las historias ficcionales para atar los cabos de su origen. En un fragmento comenta: “Por eso, en los libros de viajes, encuentro la paz. Sé que en ellos está mi verdadera identidad, en alguna de sus páginas podría descubrirme a mí mismo, de alguna de sus descripciones podría construir mi memoria”.

Entonces, el aspecto lúdico de la novela se presenta como un intercambio constante entre la identidad inestable o volátil, a partir de su concepción imaginaria, y la necesidad de una representación trascendental en la realidad. Esto es, sobre todo, notable en las nimiedades de la historia como los nombres de los personajes. Cada uno de ellos remite a un personaje literario y, de por sí, la relación de signos es otro elemento que permite construir el camino de sentido que tiene la obra. 

Deleuze y Guattari, en su obra Mil Mesetas, en el apartado sobre el Rizoma, establecen el aparato para la construcción del sentido de la cultura que, en vez de emular un significante arbóreo del cual nace la semántica entera de un elemento, se caracteriza por su naturaleza rizomática. El significante se encuentra con un bagaje de sentidos que, a su vez y continuamente, crearán nuevos significados. 

Este ejemplo es primordial para entender la función de la literariedad en la verosimilitud de la historia en Nocturama porque los personajes presentan, desde un principio, la falencia identitaria y su búsqueda se caracteriza por la sensación de vacío. Unos, como Aspern, investigan la historia de la ficción nacional para encontrar su trascendencia en esos símbolos canonizados del origen, otros son volátiles en su existencia nominal, como Díaz-Grey, ya que existen tres personajes con el mismo apellidos y Ulises no sabe de antemano cuál es el Díaz-Grey que persigue y, por último, está el personaje principal que se reconoce en la multiplicidad al no tener una identidad. El problema es que, aunque se reconoce la reconfiguración constante de la identidad, cuando el individuo está inmerso entre significantes múltiples se encuentra, al mismo tiempo, en la nada. No tiene trascendencia discursiva y, por ende, su existencia está condenada al presente efímero. 

Incluso, partiendo de la enunciación de su nombre se puede notar que la búsqueda del personaje está en un proceso fallido: Ulises, la rememoración al retorno, al viaje, a la antigua Ítaca, hogar de hogares y Zero, la nada que, al mismo tiempo, es lo múltiple. Desde su despertar en el motel Oasis, ante la confusión total, hasta su ida de Nocturama el proceso de retornar al origen está, claramente, imposibilitado, porque el advenimiento del personaje no tiene que ver con el descubrimiento de su origen primario, sino con la conciencia de la ficcionalización de la identidad. Ese es el punto primario del devenir identitario y de la inestabilidad de su conceptualización. Reconocemos en los libros de la historia de Nocturama que las épicas narradas, las fechas conmemorativas y los grandes nombres que abarcan la ciudad son creaciones ficcionales por las necesidades de una trascendencia discursiva. 

Este caso es expuesto, de igual manera, por Arfuch: “La pregunta sobre cómo somos o de dónde venimos (sorprendentemente actual en el horizonte político/mediático) se sustituye, en esta perspectiva, por el cómo usamos los recursos del lenguaje, la historia y la cultura en el proceso de devenir más que de ser, cómo nos representamos, somos representados o podríamos representarnos. No hay entonces identidad por fuera de la representación, es decir, de la narrativización –necesariamente ficcional– del sí mismo, individual o colectivo”.

La categorización de los grupos sociales en enunciados concretos y conceptos cerrados, en este caso, es sustituido por la concepción ficcional de la narrativización de la vida. Nocturama es una ciudad, no acontecida, sino ficcionalizada que se mantiene estable en las bases de un aparato cultural, lingüístico y representativo. Es el uso de los referentes discursivos lo que permite, de cierta manera, la trascendencia de la identidad “nocturana”. Lo mismo ocurre con Ulises: en un principio él realiza la búsqueda de su origen en el plano de la consecución de hechos reales y no, necesariamente, en la construcción ficcional que se reconoce. Luego, el devenir de su indagación fallida lo obliga a irse, ya que será fuera de Nocturama donde podrá construir su propia identidad discursiva. 

Nocturama como un reflejo social

La posición del intelectual comprometido es común en la historia literaria de Latinoamérica y, a veces, es casi un sacrilegio no pensar en la política cuando se escribe. Esto nace, sobre todo, en las décadas de los 60 y 70 cuando la popularización de la literatura latinoamericana con la figura del “boom” empezó a generar un nuevo puesto político de enunciación. En Venezuela este proceso ha sido notable y, desde el bongo zarpando el Arauca de Rómulo Gallegos, hasta las novelas contemporáneas que pretenden, de alguna forma, encontrar las razones para el chavismo o desentrañarlo siquiera, hemos visto una literatura marcada por la representación social. 

Miguel Gomes en su texto «Modernidad y abyección en la nueva narrativa venezolana» establece la inmersión del hecho social en el haber literario. De alguna manera, todos los textos encuentran una afinidad con la nación decadente y, por ende, los signos de una novela como Nocturama, donde la ciudad se resquebraja entre tarantines, en locales cerrados por la delincuencia, en anécdotas de un pasado glorioso, en consignas de grupos armados y en la reverberación de una sociedad a punto de estallar, pueden referir, fácilmente, a la situación venezolana.

Esto ocurre por la transfiguración que significó el chavismo para el discurso identitario de la nación. Este proceso político, que arribó hace más de 20 años al poder, se encargó de reconfigurar las figuras nacionales y adecuarlas al dogmatismo ideológico. Ante este proceso el ciudadano, acostumbrado a una identidad establecida, se encontró a la deriva y pensó en la literatura como un espacio para el reencuentro de una posible identidad. Además, también se impuso en el proceso de la escritura la necesidad de responder a las incertidumbres que dejaba el proceso “revolucionario” del chavismo. Entonces, a final de cuentas, la relación del lector con la obra, sea cual sea, estará permeada por las referencias del contexto del venezolano. “El dato definitivo es el delirio heroico que se apodera de la política y la vida pública de Nocturama, donde paranoia y divisiones se profundizan, tal como en la ‘República Bolivariana’”, dice Gomes.

En la ciudad de Nocturama existen, además, una serie de coincidencias con la inestabilidad de Caracas. Una ciudad que tiene vestigios de un pasado deslumbrante y que, por otro lado, padece el yugo de un grupo minúsculo de sujetos totalitarios: “Somos millones los que generamos lo que esta desdichada ciudad produce, los que pagamos impuestos, los que aportamos con nuestro trabajo, los que queremos una educación digna para nuestros hijos y un puñado de inadaptados nos tiene en jaque. Pobre de nosotros… los millones de habitantes de esta desgraciada ciudad dominada por un minúsculo grupo de delincuentes autodenominados políticos”. 

Los padecimientos de los habitantes de Nocturama, las protestas y la respuesta violenta de las autoridades, la representación de “La Gran Montaña”, los edificios tomados en nombre “del pueblo”, las quejas de la ciudadanía ante ese grupo de delincuentes es, por lo menos, una referencia al advenimiento de la ciudad de Caracas en los últimos veinte años. 

Ana Teresa Torres ha sido una autora con una ferviente posición crítica ante la figura del chavismo, tanto por el deterioro físico de la nacionalidad, como por el simbólico. Caracas es un ejemplo de ello: una ciudad que se caracterizó por los delirios de un proceso petrolero, por las innovaciones y las construcciones modernistas que, abarrotadas de concreto, se cernían entre las calles de la vieja ruralidad. Era el lugar de preferencia para los migrantes del resto del continente, o del mundo, que escapaban de las crueldades de las dictaduras y la guerra. La vitrina democrática brillaba ante la mirada extranjera, pero en la década de los ochenta esa algarabía devino en desespero y el quiebre final, podría decirse, ocurre con El Caracazo. Después de ese momento el fulgor se detuvo y las dudas sobre gubernabilidad del país se posicionaron en la población.

Foto: Ana Teresa Torres

La figura de Hugo Chávez intervino en la vida pública para diseccionar los restos del país. El chavismo, con una carga ideológica considerable y la potencia discursiva de su mandamás, se posicionó en el ámbito simbólico de lo nacional para reconfigurar lo que antes, al parecer, se creía universal: los símbolos patrios, el imaginario llanero, el habla popular, entre otras cosas. Nocturama podría representar, en su imaginario histórico, el proceso de reconfiguración que sufrió la identidad venezolana. Lo que antes se consideraba en el país como un símbolo general, fuera de lo político, se politizó y se transformó en símbolo imperativo del chavismo. Entonces, aquel que no comulgara con la idea política de la revolución se encontraba, como Ulises Zero, a la deriva de un origen perdido y ante la pregunta de su existencia en un mundo que desconoce. Además, la diáspora amplió este proceso de inestabilidad por la adecuación obligada a símbolos identitarios distintos a lo venezolano, pero, al final, el discurso es más factible en la ida que en la estadía, igual que ocurre con Ulises. 

La obra de Nocturama es un cuerpo diseccionado desde lo abyecto. Es decir, la ciudad se nos presenta como un espacio múltiple y, al mismo tiempo, abierto por la búsqueda y el matiz detectivesco. Es posible reconocer todos los recovecos de la decadencia, del “neocaudillismo”, de la violencia citadina y las quejas penumbrosas de una población que no encuentra una respuesta clara a sus pesares, pero la mirada de Torres no es definitoria, sino que, en su abertura permite la intromisión del lector que tendrá en sí mismo la responsabilidad de reconocer la identidad volátil y, desde este punto, pensar su presente. 
Entonces, al final el texto es autónomo y la realidad de Nocturama responde, primeramente, a sus necesidades ficcionales y los personajes plantean su búsqueda bajo los límites de su origen. Las correspondencias con la realidad son, de por sí, lecturas que se ven contaminadas por un contexto de inestabilidad simbólica y que, al final, ligado a la posición crítica de los autores se empieza a tejer todo un rizoma de sentidos que dan como significado una representación de la realidad. Es el enfrentamiento, tanto de los personajes como del lector, con el contexto diluido lo que permitirá una resolución analítica sobre la identidad que es un enunciado envuelto en una innumerable cantidad de preguntas.

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