• El poeta, ensayista y crítico literario es una de las figuras más relevantes de la literatura venezolana en las últimas décadas. La lectura de Alfredo Chacón es un camino para el reconocimiento de la sinergia entre la voz y la palabra. Foto: Vasco Szinetar

Alfredo Chacón (1937) nació en San Fernando de Apure y se crio ante la mirada de las corrientes fluviales que enmarcan la ciudad. Era un asiduo visitador de Puerto Páez, un pequeño poblado a las orillas del río Meta. En ambas comunidades, en el caudal de sus aguas, en la inmensidad de la llanura que se pierde, difusa, en el límite del horizonte descubrió, desde muy temprano, la imperante interrogación sobre sí mismo. Los años siguientes los recorrió bajo el temblor caudaloso de la pregunta engendrada en la inmensidad de la tierra, la alternancia de las aguas y la presencia visceral de la gente. 

En su adultez temprana cursó estudios de Sociología, Antropología y Filosofía en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y realizó un posgrado en el Instituto de Etnología de la Universidad de París. La percepción de Alfredo Chacón sobre la poesía, como codificador de la memoria infantil, se encontró deambulando, como la hojarasca ante la brisa, en el intermedio irreconocible entre la voz de la vivencia y la palabra de lo creado. 

Su primer poemario titulado Saloma, publicado en 1961, lo escribió entre 1956 y 1960. Esos primeros versos, como el mismo Chacón explica, se encuentran inundados por la correspondencia de la infancia con la subjetividad y, posteriormente, con la poesía. Las tres escalas de la interrogación, como si de caídas de agua se tratase, se han categorizado en la perspectiva posterior del poeta como excepciones de su espíritu moldeados en la trascendencia de la palabra. 

Existe una coherencia memorística en la obra poética de Alfredo Chacón que remite al recuerdo de la infancia, como un nómada en los caminos de la existencia, para acogerse en el poema. El resto de su obra, hasta el momento, está conformada por Materia bruta (1969), Actos Personales (1986), Decir como es deseado (1990), Palabras asaltantes (1992), Por decir así (2003) y Y todo lo demás (2005). 

En el auge cultural de la segunda mitad del siglo XX venezolano fue director del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) entre 1987 y 1991, el Instituto Armando Reverón y la Fundación Biblioteca Ayacucho entre 2001 y 2003. Alfredo Chacón es una figura ineludible para entender los lugares asiduos de la cultura en Venezuela. Su reflexión y conocimiento, más allá de compartirlos en la codificación de la palabra, se esparcieron en su época como profesor de la UCV y director de la Escuela de Sociología y Antropología. 

Foto: Daniel Fermín

Su trabajo ensayístico es una lectura primordial para reflexionar y escudriñar entre las escaramuzas de lo venezolano. Uno de los textos más conocidos de su autoría es La izquierda cultural de Venezuela 1958-1968 (1970), en el cual realiza una clasificación de los grupos académicos del país para, primero, establecer su función en la ruptura de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y, posteriormente, para reconocer las modificaciones de la relación cultural de la nación para las décadas siguientes. 

Asimismo, el ensayo titulado Curiepe (1979) lo hizo merecedor del Premio de la Bienal José Rafael Pocaterra en 1990 y de la Bienal Literaria Mariano Picón Salas. En este texto el poeta de San Fernando, con la majestuosidad de una prosa impregnada por el sentir maravilloso del pópulo, pero circunscrita a los lineamientos de la investigación antropológica, da cuenta de la tradición mágico-religiosa del pueblo homónimo. Alfredo Chacón es un autor representativo en el análisis de la vida en Venezuela; sus bienaventuranzas mágicas y desventuras realistas.

Un poema de su autoría titulado “Pregunta” remite a una interrogación constante: “¿No será/ que los sonidos de la lluvia/ sentida desde uno mismo/ en el mejor lugar posible/ son, otra vez,/ los sonidos del mundo/ sentidos desde el vientre maternal?”. El mundo, como lugar de experiencia, está codificado por la memoria inherente a los años sensitivos y en esta entrevista, con 84 años de edad, el poeta responde con el temblor interrogante de su niñez.  

En su poema “Recuerdos”, leído en la recopilación de reflexión y análisis poético La voz y la palabra, escribe que “el recuerdo que llega se demora, cada vez más mío y más difícil de abarcar, él en mí y yo en él, como un promontorio de hundimientos vivos”. En este caso, ¿cuál es la función de la memoria para construir el oficio poético? 

—La pregunta me hace ver que ya en el poema mencionado hay una respuesta, que su texto es la respuesta. Sus propias palabras diferencian entre recuerdo, vida y memoria al significar que a lo largo del vivir el recuerdo no se basta a sí mismo, sino que ha de llegar y demorarse para alcanzar presencia. ¿Y qué tiene que ver con nosotros esa presencia que sentimos al mismo tiempo como posible y necesaria? Esta es la cuestión del poema “Recuerdos” y, creo, de mi manera de vivir el recuerdo como un acontecimiento que la vida nos posibilita valiéndose de la memoria. El recuerdo llega como un don y un desafío tan entrañables, que para hacerse cargo de ellos la memoria necesita forjar una alusión como “promontorio de hundimientos vivos”.

Como dije, algo muy parecido a lo que realizan las palabras de este poema es para mí la función poética de la memoria. Tanto en la experiencia del poema como en el pensamiento de la poesía, la memoria no es solo una herramienta para dar salida a la inspiración de los recuerdos. La memoria es parte de lo que, clara u oscuramente, nos constituye como seres humanos. Y en cuanto tal, es inseparable de lo que sabemos e ignoramos acerca de la vida y de nosotros mismos. 

Su infancia en San Fernando de Apure representó, como ha marcado en varias declaraciones y escritos, un referente primordial para la instauración de una relación con la poesía. ¿Cuánto de ese niño se mantiene hoy día, décadas después, en su obra y en su vida diaria? 

—También para mí “la felicidad” o “plenitud” es muy importante, pero no porque sea algo así como una póliza de seguro o el botín de una conquista guerrera o milagrosa, sino como todas y cada una de las ocasiones en que me encuentro con otros seres humanos en una tónica de afectuosidad e inteligencia vivazmente compartida. Pues bien, todo lo que en este sentido he vivido como adulto ha sido una reafirmación de lo que hizo de mí la infancia transcurrida, no tanto en San Fernando de Apure, donde nací, sino en Puerto Páez, el caserío situado a la orilla del río Meta donde transcurrieron mis primeros siete años de vida. De vida amorosa y muy realmente anidada por mis padres, reveladoramente acompañada por personas de las que allí vivían, inconmensurablemente acogida por una naturaleza que incluía el lugar de encuentro de los ríos Meta y Orinoco entre los paisajes de todos los días, y fértilmente acompasada con la vitalidad del habla que a cada paso me envolvía y alimentaba. 

Espero que mi modo de ser persona haya sido digno de los dones para la vida que se le hicieron a ese niño, y deseo de todo corazón que ellos sigan siendo el principal soporte de lo que alcance a decir en el poema que siempre está por escribirse. 

—La infancia puede caracterizarse como un intervalo de tiempo con una perspectiva metafórica de la existencia. Sobre todo en el descubrimiento del lenguaje y su capacidad significativa. ¿En qué momento descubre, primero, la interacción sensitiva con el mundo y, segundo, su codificación en el lenguaje? ¿Cuándo descubre lo poético como un espacio habitable? 

—Esta otra pregunta también abarca todas las instancias de mi descubrimiento de “lo poético como un espacio habitable.” Precisamente, la   apropiación de esa “interacción sensitiva con el mundo” fue lo que me ocurrió durante la infancia vivida en Puerto Páez a que me refiero. Esa experiencia con mis padres, mi hermana y otras personas estuvo marcada por una oralidad tan vitalizadora como imaginante. Y el hecho de que mi madre me enseñara las primeras letras y pusiera en mis manos libritos de dibujos para colorear mientras cosía en su máquina Singer de pedales, terminó de activar la sensibilidad que siempre he sentido como mía. Más adelante, desde el final de la niñez hasta el de la pubertad, esa sensibilidad le fue dando calor a los contactos con el mundo que más iban llamando mi atención, entre los cuales recuerdo unos que tenían que ver con los mínimos destellos que azarosamente me llegaron de los sabios del Renacimiento que inauguraron el conocimiento del cosmos. Ya en la adolescencia, me cautivó la pintura hasta tal punto que durante unos años me creí destinado a ser pintor, llegando incluso a participar en una exposición de alumnos del liceo Pedro Gual de Valencia, donde estudié del segundo al cuarto año.

Foto: Alexis Pérez-Luna

Hasta que, no recuerdo cómo, descubrí los prodigios de la palabra escrita. Ya a la altura del cuarto año de bachillerato escribí unos poemas que, ilustrados por mí mismo, envié a un concurso de jóvenes que se convocó desde Caracas. A partir de 1953, cuando pasé a vivir en esta ciudad, se decidió todo. Y en esta decisión el gran acontecimiento fue mi encuentro con quienes irían a ser mis amigos entrañables y mis hermanos mayores en el nacimiento a la poesía: Oswaldo Trejo, Alfredo Silva Estrada, Roberto Guevara, Sonia Sanoja, Ida Gramcko, Elizabeth Schon, Elsa Gramcko y Antonia Palacios. En 1955 escribí mis primeros poemas y tuve la dicha de verlos publicados en la revista Cruz del Sur.

En uno de los textos recogidos en La voz y la palabra escribe: “si leer es el único contacto perfecto con el mundo, escribir es la lectura perfecta”. ¿La escritura nace como una pulsión ineludible en todo lector? ¿Cuál es la diferencia de este individuo con aquellos que solo conocen la función comunicativa del lenguaje? 

—En cuanto tiene que ver con la creación, no me parece que la escritura  sea una pulsión ineludible en todo lector. Más bien, pienso que la experiencia de la escritura creadora refuerza y perfecciona la pulsión de leer. En este plano, se escribe y se lee al mismo tiempo; e incluso, por brevísimos instantes, se lee lo que todavía no se ha terminado de escribir. 

La experiencia del lenguaje que se limita a su función instrumental o puramente informativa se priva del potencial humano para la comunicación, desestima las virtualidades expresivas y significativas del lenguaje, y ni siquiera sospecha la posibilidad de gestar relaciones más plenas de la subjetividad consigo misma, con los demás y con lo demás a través de una relación más abierta y libre con el lenguaje. 

—La voz y la palabra son dos formas autónomas que se superponen en la búsqueda del escurridizo poema. Desde su perspectiva, ¿cómo ocurre la sinergia entre una y otra y, además, cuáles son sus diferencias? 

—Esta, para mí, es la pregunta de las preguntas. Siento, pienso y creo que el poema y la poesía constituyen lo más pleno y revelador de todo lo que se decide en la relación entre la voz y la palabra. El libro que sobre este asunto estoy deseando escribir, y hacia el cual tiende lo que hasta ahora he publicado acerca de la experiencia del poema y de la poesía, se llamará precisamente así: Entre la Voz y la Palabra.

El sentido con el cual vivo este asunto, es más o menos el siguiente: en la consabida manera de vivir la experiencia de todos los días, la voz es la sonoridad de lo que se dice y la palabra es el conjunto de los signos con los que se teje la urdimbre de lo dicho. En el trance del decir poético, la voz es el aliento subjetivo, la sonoridad tácita que sustenta al impulso de decir una vez que la subjetividad personal se ha recorrido a sí misma hasta toparse con su límite; y la palabra es lo que se quiere y necesita encontrar, como sustrato significante, cuando se aborda al lenguaje en sus virtualidades y no en los residuos de su uso rutinario. 

El poeta alemán Friedrich Hölderlin tiene una cita que dice “poéticamente es como habita el hombre en la tierra”. Armando Rojas Guardia, por su parte, se reconocía en el mundo a través de “vivir poéticamente”. ¿De qué manera lo poético configura la existencia del individuo en el mundo, en su día a día? 

—Entiendo la frase de Hölderlin como una reafirmación de la más esencial evidencia humana: que el quehacer planetario de la humanidad es la respuesta al imperativo de resolver el incesante problema de la existencia, puesto que la condición humana no se caracteriza por la adaptación genética e instintiva a un determinado medio físico. Y como el decir poético es la más esencial de las posibilidades que dispone el ser humano para significarse y proyectarse como tal, entonces esta posibilidad es la más adecuada para sintetizar y exaltar verbalmente lo esencial de la vida humana. 

Foto cortesía

Esta cuestión nos revela toda su gravedad cuando se la aborda, no desde la humanidad como totalidad ya realizada, sino en la perspectiva de la poesía en cuanto instancia específica de la realización humana. Si la poesía es la dimensión de la existencia en que los seres humanos se significan al límite de lo posible para sí mismos, y con el máximo de apertura hacia la virtualidad del lenguaje, ¿qué puede querer decir entonces la expresión “vivir poéticamente”? ¿Qué implicaciones ha tenido en la experiencia humana la consecuencia de que lo vital y lo poético se consideren como dos polos opuestos, hasta el punto de necesitarse un descomunal esfuerzo cultural para justificar el ideal de acercarlos? 

Usted presidió la Fundación Biblioteca Ayacucho y fue director del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. ¿Cómo ha presenciado el deterioro de ambas instituciones, representativas del menester cultural venezolano? 

—El abandono de la Biblioteca Ayacucho y la desfiguración del Celarg los he presenciado como parte del doble proceso de trituración nacional y de putrefacción del poder gubernamental que con tanto éxito se ha adelantado durante el tercer milenio: en duelo y con indignación. 

En este caso, ¿cuál es la función del poeta ante el poder? ¿Es el lenguaje un medio de transgresión, de contrapoder, constante? 

—La conciencia y el lenguaje son los dos atributos más rigurosamente humanos entre los que nos definen como especie o género, y ambos se ejercen tanto en el sentido de reproducir lo existente como de transformarlo para mejor o para peor. Por su parte, el poeta ha de ser tan fiel a su vocación de creador verbal como responsable de su compromiso con la verbalización poemática de la realidad humana. 

Por lo tanto, es el cumplimiento o el incumplimiento de semejante responsabilidad lo que define la posición del poeta frente al poder. En vista de que el ejercicio del poder consiste, precisamente, en someter el desenvolvimiento de lo real a la fuerza de sus propias factibilidades, la poesía y el poder se instauran en la experiencia humana como dos instancias antagónicas. Y es obvio que este antagonismo se hace patente cuando el poder se pliega a las fuerzas de la destrucción, y cuando para justificarse proclama su identificación con unos valores que su propio ejercicio se encarga de negar.

Ahora bien, en términos de la llamada vida real el poeta es una persona como las demás. ¿Cabe en lo posible que la persona del poeta se comprometa con un dispositivo de poder degradante sin comprometerse también con la degradación de su propio nexo con la posibilidad del poema y con el valor de la poesía? 

—El contexto actual de Venezuela es reconocible, sobre todo, por la crisis humanitaria. La migración forzada, la ausencia de estabilidad y la vivencia caótica de cualquier aspecto ha modificado la relación de los venezolanos consigo mismos y con los demás. A partir de esto, desde su lugar, ¿cuáles son las características de la literatura venezolana de los últimos años? 

—Por lo que he leído, he escuchado y me he enterado a través de los cada vez más corroídos medios de comunicación, en la narrativa y la poesía publicada en estos últimos diez años prevalece la disposición de sus autores a impregnarlas del desastre que estamos viviendo. Quiero decir, a ofrecer la propia subjetividad personal y creativa como testigo de cargo y campo de observación del vejamen material, moral y espiritual que nos agobia. Pero sobre todo, y esto me parece lo más significativo y prometedor, en ‘la literatura venezolana de los últimos años’ no ha hecho sino crecer el espacio ocupado por una sensibilidad que busca responder en sus propios términos al llamado de la creación.

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