• En 2009 la vida de Linda Montoya cambió con el secuestro de su madre en Barinas, Venezuela. Han pasado 11 años y desconocen su paradero. Actualmente, Linda es entrenadora personal en México y lleva un mensaje de optimismo y fe a sus clientes y seguidores, pese a la desdicha que marcó su vida

Linda Montoya nació en Ciudad Bolivia, Barinas, tiene 33 años de edad y es la mayor de tres hermanas, dos producto del primer matrimonio de su mamá y una de la segunda unión. 

Es abogada pero desde hace un año aproximadamente se dedica a subir contenido sobre rutinas de ejercicio, recetas y un estilo de vida saludable en sus redes sociales. Poco a poco comenzó a ver los frutos de su trabajo en su cuenta de Instagram. Actualmente cuenta con más de 500 mil seguidores y se dedica netamente a ese trabajo. El deporte la ayudó a darle sentido a su vida y a canalizar sus sentimientos. 

Pero antes de encontrar su vocación debió superar muchos obstáculos. 

“Aún se me quiebra la voz”

El 11 de marzo de 2009, aproximadamente a las 8:00 am, la madre de Linda, Doris Montoya, de 43 años de edad, fue secuestrada junto a su pareja, Pablo Padilla, saliendo de la finca La Bonanza, en Barinas. Para ese entonces, Linda tenía 20 años de edad y vivía en Bogotá, Colombia, junto a sus dos hermanas menores de 19 y 10 años de edad, respectivamente.

“Su caso fue súper conocido, lo transmitieron por varios canales porque en esa época no era tan común el tema de los secuestros. Estaba como empezando la oleada”, explicó Linda en exclusiva para El Diario.

Linda y la hermana que le sigue en edad se enteraron ese mismo día del secuestro, pero su familia les prohibió contarle a su hermana menor lo que estaba pasando. También les impiden volver a Venezuela en ese momento y se vieron obligadas a seguir con su vida en la capital colombiana como si nada pasara. Era la mayor y debía manejar la situación con cautela y firmeza frente a sus hermanas.

“Se me quiebra la voz porque es un tema bastante complicado pese a los años que han pasado”, admitió Linda mientras relataba lo sucedido ese 11 de marzo. 

Ese día y los siguientes fueron complicados. Angustia, agonía y zozobra son palabras con las que describe lo que estaban viviendo a kilómetros de distancia de su familia. Toda comunicación era por teléfono y cuando no aguantaba más, debía encerrarse en un cuarto y llorar a escondidas para que su hermana menor no sospechara que algo no estaba bien. 

“Era muy difícil estar en la casa y no poder decir nada, comentar nada, llorar y hablar por teléfono a escondidas. Así pasaron varios meses y mi mamá nunca volvió”. 

Una semana después del secuestro, la pareja de Doris, Pablo Padilla, fue liberado a las afueras de la finca de su propiedad en el municipio Pedraza. A partir de eso, la relación de Padilla con la familia de Doris comenzó a fracturarse. 

“Ahí la historia se empieza a complicar y no quisiera mencionar el nombre de ciertas personas porque las cosas no terminaron bien. Hablo de mi padrastro, a él lo liberan rápido supuestamente para que diera el rescate y luego liberen a mi mamá, pero todo se complica, no sucede nada, a mi mamá no la liberan”, aseguró Linda.

Un mes después del secuestro, falleció el hermano menor de Doris de un infarto y en agosto de ese mismo año falleció su padre sin saber que su hija estaba desaparecida. La familia Montoya atravesaba momentos sensibles y Doris seguía desaparecida. 

El golpe con la realidad 

Tres meses después del secuestro, la pareja de Doris, Pablo Padilla, decidió que Linda y su hermana de 19 años de edad debían volver a Barinas, mientras que la menor se quedó en Bogotá junto con él, pues era fruto de su relación con Doris.

“Nos fuimos, súper confundidas y en ese momento todo fue peor. Mi hermana y yo solo contábamos con mi mamá, nos estábamos yendo del que fue nuestro hogar por muchos años. No pudimos terminar de estudiar”, relató Linda. 

Llegar a Barinas fue un choque y significaba enfrentarse, cara a cara, con lo que estaba sucediendo. Para ese momento todo estaba “más calmado”, seguían las comunicaciones con los implicados en el crimen, e incluso hubo fe de vida de Doris: audios y cartas, pero cada día que pasaba se sabía menos de ella. Linda admite que no fue capaz de escucharlos y solo leyó una carta.

“Hasta la fecha no tuvimos más información y no volvimos a vivir como familia con mi padrastro. La familia se terminó de quebrar. Mi hermana y yo tuvimos que empezar de cero en Barinas”.

Su familia las ayudó y apoyó recibiéndolas en su casa, pero Linda y su hermana no salían del impacto y no terminaban de asimilar todo lo que estaban viviendo. Se fueron a Bogotá en busca de calidad de vida, estaban felices, Linda estudiaba medicina en una de las mejores universidades del país y de pronto, todo cambió. Volver a Venezuela sin saber nada de su mamá y con el dolor a cuestas no era sencillo. 

“Mis hermanas estuvieron en un proceso de depresión muy difícil y yo también. Estuve así aproximadamente un año hasta que dije ‘¿qué voy a hacer?, no puedo seguir así en casa de mi abuela, de mi tía, esperando una respuesta del cielo’ y supe que tenía que levantarme y buscar mis oportunidades”, puntualizó.

Linda estaba decidida a mejorar su vida. Se inscribió en la carrera de Derecho en la Universidad Santa María, núcleo Barinas, estudió y se graduó como abogada. 

Después de la tormenta, viene la calma

Poco a poco la vida de Linda comenzó a mejorar. Salió de la depresión en la que estaba inmersa, que la hacía comer, dormir y estar encerrada en una habitación todo el día. Empezó a participar en carreras por hobby y eso le ayudó a canalizar sus sentimientos. 

“Empecé a sentirme mejor, más fuerte y me empiezo a enamorar del deporte. Combino mi alimentación con el ejercicio y comienzo a indagar más sobre todo eso. Ahí logro titularme en un instituto vía online para certificarme como entrenadora personal”, relató Linda. 

Para ese momento, conoció a una persona en Venezuela con quien luego entabló una relación. Ambos decidieron que seguir en el país no era lo mejor dadas las circunstancias, peligros e inseguridad a la que se ven expuestos los venezolanos. 

Migraron a Bogotá y allí vivieron alrededor de cinco años. Todo marchaba bien hasta que llegó la pandemia. La xenofobia se intensificó debido al aumento de la migración de connacionales a ese país. 

“Empezamos a vivir lo que nunca antes habíamos experimentado y nos enfrentamos a situaciones en que nos decían que nos fuéramos de ahí, que no deberíamos estar allá, así que nos dio miedo”, comentó Linda.

En enero de 2021 se mudaron a Santiago de Querétano, México, una ciudad que está a dos horas de la capital mexicana. Asegura que les ha ido bien y no han recibido ningún tipo de burla o comentario negativo por su nacionalidad.

La llegada de la pandemia no solo significó un cambio de residencia sino una oportunidad para mostrar, a través de las redes sociales, su amor por el ejercicio.

“Yo empiezo a publicar mis entrenamientos diarios, la gente empezó a decirme que les compartiera mi rutina y mis recetas de comida. Mucha gente que me seguía sabe que con el tema de mi mamá yo había aumentado casi 12 kilogramos. Así comienza la onda de @lindamont”, contó.

Desde entonces, Linda se dedica al trabajo como entrenadora personal vía online y a compartir sus ejercicios en su cuenta de Instagram donde suma una comunidad de más de medio millón de seguidores. Asegura que la receptividad ha sido positiva y que cuenta con un equipo que le ayuda con las asesorías y el contenido en sus redes sociales. 

Se enfoca en demostrarle a la gente que sí se puede mejorar y lograr cambios significativos en su estilo de vida. 

“No esperaba crecer tanto y tan rápido. Más de la mitad del año pasado lo hice como hobby y la otra mitad lo volví mi trabajo. Es satisfactorio recibir mensajes tan bonitos. Trabajar con redes sociales no es fácil, es complicado pero grato”.

Gracias al ejercicio, Linda entendió que el cambio y la superación son un tema personal y que se trata de una lucha diaria para lograr sus objetivos. Comprendió que quedarse encerrada y deprimida no resolvería su vida.

“No podía quedarme pensando por qué nos había pasado eso, así no iba a lograr nada a futuro”, dijo.

Tenía que demostrarse que era capaz de superar los obstáculos más duros de su vida y ese mensaje de resiliencia lo transmite a sus clientes constantemente. 

No niega que hay días difíciles, en que amanece desmotivada o triste porque es su cumpleaños, el Día de la Madre, el cumpleaños de su mamá u otro día importante pero entiende que le tocó vivir esta vida y se encargará de buscar las respuestas a todas sus preguntas.

“Hay personas que se acercan a preguntarme sobre mi mamá y dicen ‘ya sabes que tu mamá se murió’, ‘quién sabe cómo la habrán matado’ y les digo que no tienen ningún derecho a imaginar las mil maneras en que pudieron matarla y de por qué no encontraron su cuerpo si es así. Yo soy una persona de fe y voy a creer que si su cuerpo no ha aparecido y si no se supo más de ella es porque sigue viva”, resaltó Linda.

Para ella las cosas comenzaron a tomar forma luego de ese 11 de marzo de 2009. Hoy en día sigue en comunicación constante con sus hermanas pese a estar separadas. 

“Cada una vive lo pesado de no saber qué fue lo que pasó, la angustia de estar en un país que en lugar de darnos oportunidades, nos las quitó, eso fue muy difícil”, concluyó.

Linda desea compartir su historia porque muchas personas que la siguen en redes sociales no saben que es venezolana, de hecho, asegura que la comunidad criolla es una de las más pequeñas entre sus seguidores. 

Hoy, sigue trabajando en ella, en nutrir sus redes sociales y en compartir todo su aprendizaje con clientes y seguidores. Asegura sentirse feliz de todo lo que ha logrado hasta ahora pero le queda la insatisfacción de no haber alcanzado este éxito en su país, Venezuela. 

Preguntas sin respuesta

Una de las razones por las cuales Linda estudió Derecho fue para encontrar respuestas a un sinfín de interrogantes que, constantemente, rondaban en su mente. Se tomó muy en serio su carrera como abogada. Cuando aún era estudiante empezó a investigar, buscó abogados que pudieran ayudarla y acudieron al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), Fiscalía y Guardia Nacional Bolivariana (GNB) en reiteradas oportunidades, pero nunca encontraron información exacta sobre el caso de su madre. 

“Nos encontramos con información incoherente, que el comisario no era el mismo, era uno nuevo y entonces el caso se cerró. El expediente de mi mamá en Fiscalía estaba incompleto, nos dieron cita con la fiscal y nos dice que es nueva, que si el expediente estaba así ella no tenía responsabilidad sobre lo que no estaba y no había forma de recuperarlo”, indicó Linda. 

Se dio cuenta de que había una serie de incongruencias y trabas que le impedían avanzar en su afán por saber lo que realmente había ocurrido con su mamá. Descubrió que la mayoría de las personas involucradas en el caso estaban muertas. 

“Es un tema bastante inconcluso, confuso y eso ha sido lo más difícil para nosotras tres y para mi abuelita también. El que mi mamá no apareciera fue una tranca, el sentimiento sigue latente, ella era el pilar de la familia”.

Asegura que su abuela sufre constantemente con el secuestro de Doris. Llora al ver a Linda o a cualquiera de sus hermanas e incluso cuando las escucha por teléfono.

“No se ha cerrado el ciclo y no se va a cerrar hasta que no se sepa qué fue lo que realmente pasó. Esto obliga a la familia a seguir viviendo la vida con un peso en la espalda y es un tema muy triste de conversar”, explicó. 

Con el paso del tiempo Linda decidió enfocarse en otros aspectos, como adquirir los bienes de su madre. Llevan años en ese proceso.

“Mi mamá estaba secuestrada y no puedes adquirir los bienes de alguien hasta que no procedas a una sucesión formal y uno de los requisitos es que la persona esté declarada muerta”.

No podían hacer ese trámite porque no había pasado el tiempo reglamentario que son 10 años para declarar a una persona desaparecida como fallecida. Doris ya tiene 11 años desaparecida y desde hace una década Linda está en trámites, pagando abogados, acudiendo a tribunales y enfrentándose a una serie de obstáculos con el sistema de justicia venezolano. 

“Nos hemos encontrado con que no hay luz, el expediente no está, el juez está de vacaciones, el registrador no está. Son cosas que uno enfrenta en Venezuela. Logré declararla muerta legalmente y ahorita estamos en proceso de pago al Seniat para que el juez pueda darnos los bienes de mi mamá”, precisó.

Sus vidas antes del secuestro

Linda proviene de una familia de clase media del llano venezolano; su mamá se divorció cuando ella tenía cinco años y desde entonces se encargó ella sola de Linda y su hermana. 

Años después, la madre de Linda empezó una relación con Pablo Padilla y fruto de ella nació su tercera hija. 

A los 16 años de edad Linda se graduó de bachiller y su padrastro decidió que ella y sus hermanas debían empezar una nueva vida en Bogotá, Colombia, con mejores oportunidades para ellas. El mismo día de su graduación se fueron rumbo a Cúcuta, Norte de Santander, pues al final del día tenían programado el vuelo a la capital de Colombia.

“Vivíamos bien, estábamos en estrato cinco, yo estudiaba medicina en la Universidad de La Sabana. Mi padrastro y mi mamá nos visitaban de vez en cuando. Fue un cambio drástico, veníamos de un pueblo y nos mudamos a la ciudad, pero nos adaptamos bien”.

Tenían cuatro años viviendo en Bogotá y todo marchaba bien. Cada una enfocada en sus estudios y se adaptaban a la nueva vida que tenían. Solo viajaban a Venezuela dos veces al año en época de vacaciones y por un período muy corto.

“Cuando volvimos en 2009 fue muy frustrante porque todo estaba muy cambiado. Habíamos olvidado las fallas de electricidad, problemas de gasolina y la delincuencia. Cuando íbamos de vacaciones era diferente, no lo ves tan real, en cambio cuando vuelves en serio es muy duro”, expresó.

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