• Iván Rojas, internacionalista y experto en EE UU, explicó para El Diario que a diferencia de los años que precedieron al atentado terrorista en el World Trade Center, después del 11S el país enlazó una serie de fracasos en el ámbito global explicados principalmente por la “sobremilitarización”. Foto principal: Getty Images.

La política exterior de Estados Unidos bien pudiera dividirse en dos partes: antes y después del atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001. El derrumbe del World Trade Center fue la motivación para edificar una nueva estrategia para relacionarse con el mundo, basado en pilares como la reinstitucionalización del gobierno, la militarización y las operaciones en otras naciones que, paradójicamente, fueron el caldo de cultivo para una política de Estado menos intervencionista que ya empieza a avizorarse. Los resultados, aunque positivos en la captura de los responsables de Al Qaeda, grupo que ejecutó los ataques, no necesariamente son exitosos.

Para entender el cambio de la política exterior estadounidense después del 11-S, entonces, es necesario contextualizar el panorama antes del atentado.

La elección del republicano George W. Bush en noviembre del año 2000 como nuevo presidente de EE UU parecía prometer la renovación del unilateralismo estadounidense y una priorización de los problemas internos. Y así lo demostró en los primeros meses de 2001, cuando asumió el poder.

El unilateralismo de Bush

En diciembre de 2001, poco tiempo después de los ataques al World Trade Center y al Pentágono, el influyente analista Fareed Zakaria describió para el Washington Post la política exterior que puso en marcha la Administración Bush:

“Estados Unidos ha intentado usar su gran riqueza e influencia para protegerse de los problemas mundiales. En los meses que precedieron al 11-S, el gobierno de Bush fue mucho más allá. Todas sus iniciativas y declaraciones -la defensa antimisiles, la no ratificación de seis tratados en seis meses, la crítica de la construcción de naciones- fueron intentos de zafarse del resto del mundo… Pero el mundo le devolvió la jugada”.

George W. Bush asumió poderes especiales tras el 11-S. Foto: Getty Images.

En opinión de Iván Rojas, internacionalista y experto en EE UU, la Administración del republicano se caracterizaba más por el unilateralismo que por el aislacionismo. Es decir, “no es que no estaba haciendo cosas, sino que no estaba haciendo cosas en conjunto”, comentó para El Diario. Algo que, por otra parte, va en la línea de los últimos presidentes republicanos.

—¿Estados Unidos estaba quitándose responsabilidades o repercusiones de los problemas del mundo?

—Yo no lo diría de una forma tan contundente. Los republicanos, desde hace bastante tiempo –claro, el presidente (Donald) Trump fue mucho más contundente en ese sentido-, han tomado una postura que se podría considerar menos internacionalista. Es decir, no consideraban que Estados Unidos se debía aislar del mundo, pero no era tan prioritario ser tan cooperativos, con tanta interconexión, sobre todo a nivel de objetivos. Porque claro, los republicanos –hasta Trump, que rompió un poco con esto-, favorecían ampliamente el libre comercio.

Entonces no hablo de aislarse en ese sentido tan clásico de autarquía, pero sí en un sentido fueron menos cooperativos. Y esto es algo que a la Administración Bush le interesó bastante, tener un papel menor en Naciones Unidas, no estar en nuevos grandes acuerdos para cooperar en otras áreas. Cooperación, en el sentido más amplio, no había.

Cooperación a medias

Los atentados terroristas del 11-S irrumpieron en esa política exterior unilateral de la Administración Bush y que se acentuó especialmente en la era Trump. Aunque no del todo, señala el también profesor de temas internacionales contemporáneos en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Ese fue, precisamente, uno de los primeros –y tímidos- cambios a raíz del ataque.

Empecinado en responder de manera contundente a la amenaza terrorista, Bush recurrió a sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) -algunos de ellos como Canadá, Reino Unido, Australia, Alemania y, en menor medida, España y Dinamarca, recuerda Rojas-, para tomar Afganistán, cuna de Al Qaeda. La misión tenía un propósito y unos límites claros: encontrar y matar a Osama Bin Laden, líder de la agrupación terrorista. Cuando este se escapó, la misión se convirtió en algo más confuso y casi imposible: reconstruir la sociedad afgana y transformar Afganistán. Después de 20 años, la operación fracasó.

George W. Bush en el lugar del atentado. Foto: Servicio Secreto.

“En el caso específico de la guerra en Afganistán, Estados Unidos actuó con sus socios de la OTAN.  Pero la presencia mayor, y de lejos, fue la estadounidense. Entonces para mí es un área gris. Muchos gobiernos europeos estuvieron a favor de las operaciones en Afganistán, aunque no estuviesen necesariamente a favor de la forma y el marco temporal en el que Estados Unidos las llevó a cabo”, opinó el catedrático.

De hecho, poco tiempo después de los atentados del 11-S, la visión que había sobre la cooperación estadounidense con sus aliados era completamente diferente en Estados Unidos que en el resto de países.

De acuerdo con un artículo del Washington Post en diciembre de 2001, “una muestra de la élite política, empresarial y de los medios de comunicación de cinco continentes afirmó que, desde su punto de vista, Estados Unidos está actuando de forma unilateral en la lucha contra el terrorismo”. Por el contrario, “la encuesta reveló que el 70% de los líderes de opinión estadounidenses creían que Estados Unidos estaba actuando de forma conjunta con sus amigos y que estaba teniendo en cuenta los intereses de sus socios en la guerra contra el terrorismo”.

El discurso y las acciones

En un largo ensayo publicado en enero de 2002, la investigadora del Institute for Policy Studies de Washington DC, especializada en política exterior estadounidense, Phyllis Bennis, expuso que después del 11 de septiembre de 2001, fueron precisamente los marcos políticos -las explicaciones que justifican las acciones políticas- los que cambiaron radicalmente en EE UU. La autora apuntó que las acciones en sí mismas “permanecieron constantes antes y después, aunque con un incremento de las fuerzas militares”.

Al respecto, Rojas coincidió con el auge del militarismo, aunque planteó unas diferenciaciones.

No veo que nada más haya sido un cambio a nivel discursivo. Hay un lado bastante político, en el sentido electoral. Eso entra en un tema que es muy interesante, y es que el terrorismo es mucho más importante desde el punto de vista comunicacional que desde el punto de vista racional, podría decirse (…) Era fundamental para los políticos mostrarse del lado correcto, por decirlo de esa manera, de ese debate. Nadie quería parecer suave ante eso, entonces desde ese punto de vista sí hay un componente muy político-discursivo”, dijo el internacionalista.

Por lo tanto, agregó que “no es descabellado” decir que uno de los principales cambios fueron discursivos. Sin embargo, mencionó que la adaptación al nuevo tipo de guerra que surgió con más fuerza fue uno de los elementos que marcaron el antes y el después de la política exterior estadounidense a partir del 11 de septiembre de 2001.

“El tema de prepararse para guerras convencionales hacia las guerras híbridas, no tradicionales. La guerra contra el terrorismo no es una guerra convencional, no es un ejército ni un Estado, ni siquiera contra una organización.  No fue la guerra contra Al Qaeda, fue la guerra contra el terrorismo. Es una variación bastante importante de cómo se estaban haciendo las cosas antes y de cuáles eran las amenazas”, comentó Rojas.

La preparación para esa guerra condujo, asimismo, a una reestructuración del gobierno de Estados Unidos, la mayor que se haya hecho desde la Segunda Guerra Mundial, recordó el profesor de la UCAB. De esta forma, se creó el Departamento de Seguridad Nacional, establecieron nuevas normas para el ingreso de las personas al país, y se monitorean muchos otros aspectos.

“En 2011 se hizo un cálculo de que para prevenir un ataque similar al del 11 de septiembre, Estados Unidos estaba gastando alrededor de 70 mil millones todos los años. Sí hay un antes y un después en cómo perciben las amenazas, en cómo se cuidan de ellas”, añadió el internacionalista.

Perder el rumbo

Para el año 2001 Estados Unidos venía, al menos desde lo interno, de operaciones militares exitosas en otros países. Rojas refirió una cadena de tres logros consecutivos: Panamá (1989-1990), el Golfo Pérsico (1990-1991) y los Balcanes (1999). “Todas situaciones graves pero que Estados Unidos manejó bien”, aseguró. No obstante, lo que vino después de 2001 fue lo que el internacionalista catalogó como una aparente “pérdida del rumbo”.

Después de 2001 tenemos la guerra de Irak (2003-2011), la guerra en Afganistán (2001-2021), y en mucho menor medida, las operaciones en Libia. Todas, en mayor o menor medida, son consideradas fracasos. Entonces parece que después del 11-S, quienes diseñan la política exterior de Estados Unidos y también quienes opinan sobre él, han perdido un poco el rumbo la noción de qué es lo necesario y cómo lograr los objetivos”, explicó.

Uno de los síntomas y consecuencia que mencionó Rojas de esa pérdida del rumbo fue la “sobremilitarización” de la política exterior estadounidense. No solo partiendo desde las operaciones en otros países, sino desde la concepción de la defensa nacional institucionalmente y desde los presupuestos de la nación.

De hecho, inmediatamente después del 11 de septiembre, Bush  reivindicó la «autodefensa» para justificar una guerra en otros países. Esto incluso abrió paso a cambios en la geopolítica. De acuerdo con la investigadora Phyllis Bennis, los Estados de todo el mundo apelaron a sus propias versiones de esa “autodefensa” para racionalizar campañas de represión y violación de los derechos humanos que, hasta ese momento, habían mantenido ocultas.

Foto: Staff Sgt. Chad Chisholm.

“A cambio de unirse a la ‘coalición’ estadounidense, Rusia obtuvo manos libres en Chechenia; China en las agitadas regiones fronterizas con los países musulmanes; Pakistán e India en Cachemira (al menos hasta que el conflicto regional amenace con salirse de control); Turquía para actuar con aún mayor impunidad en el sudeste kurdo y Uzbekistán en todo su territorio. Quizá de modo más evidente, (aunque no durante los primeros días de la crisis) el general israelí Ariel Sharon obtuvo del gobierno de Bush ‘luz verde’ para endurecer todavía más las brutales medidas contra la población de los territorios ocupados de Palestina”, explicó Bennis.

Y más allá de que esto pudo haber funcionado a otros países para explotar sus propios intereses, Rojas señaló que el fracaso de la política exterior estadounidense post 11-S, fue gasolina para la narrativa de los regímenes de izquierda en todo el mundo y de los gobiernos “iliberales” de Europa.

Si el Estado que se supone que representa la democracia liberal del mundo es un Estado de una política exterior que se considera no exitosa, y más bien genera fracasos, sufrimiento y muertes, es más difícil promocionar la democracia liberal como modelo positivo, lo cual le da espacio a Rusia, a China, a los regímenes iliberales de Europa del Este, a Nicaragua, a Cuba, a Venezuela”, opinó.

¿Pudo ser diferente?

Aunque es imposible medir la efectividad de la política exterior de EE UU en caso de actuar de manera diferente en Afganistán, es importante considerar si tenía otras opciones para evitar la guerra.

El internacionalista considera que EE UU sí tenía otras posibilidades para manejar su política exterior. Puso como ejemplos la creación de un sistema de cooperación frente a los Estados para hacer seguimiento a los teroristas o de una nueva fuerza multinacional, así como el reforzamiento de la Interpol para cortar el financiamiento al terrorismo. Aunque se ha hecho progresivamente con el paso de los años, opinó que pudo haber ocurrido de manera más inmediata y con más fuerza. Si bien cree que era necesario el movimiento militar, estima que pudo ser de menor escala.

“Si se hubiese hecho una política mucho más transversal en la ayuda a Afganistán, y se hubiera tratado de incluir más a los aliados europeos en ese proceso, hubiera sido más sencillo. Quizás no hubiera funcionado, de todas maneras, pero por lo menos hubiera sido distinto a sencillamente hacer que toda la energía transitara a través del Departamento de Defensa”, dijo Rojas.

La política del presente y del futuro

No obstante, en opinión de Rojas, el mayor error de EE UU en el mundo recientemente no fue Afganistán sino la guerra en Irak. Los resultados están reescribiendo la política exterior estadounidense nuevamente.

Desde los extremos (Donald Trump en la derecha, o Bernie Sanders en la izquierda), aunque con diferentes enfoques, la élite política de Washington gana terreno en ideas como lo costoso de estas operaciones o el cuestionamiento del rol de EE UU en la recuperación de las democracias del mundo.

“El fracaso tanto nivel comunicativo a nivel de explicar la guerra en Irak, como el fracaso a nivel de que la guerra fue bastante larga y costosa, ocasionó otros movimientos del péndulo de la opinión pública en Estados Unidos, que ahora está muy en desacuerdo con las operaciones militares”, comentó el internacionalista.

—¿Y eso pudiera ser una política de Estado en el futuro?

—Pareciera que sí. El propio centro, que es la que por muchos años ha dominado la visión de política exterior de Estados Unidos, también ha cambiado su discurso. Muchos de los candidatos que se consideran moderados, hablan de la idea de la fuerza como último recurso, que se debe tomar muy en serio las repercusiones antes de tomar esa decisión. La cuestión es que no parece que haya una dirección clara. Las eras de (Barack) Obama y de Trump muestran que tampoco es sencillamente imponer sanciones, porque eso tiene una utilidad limitada, no son una panacea. Entonces cuál es la herramienta. Parece que no hay demasiada claridad en eso. 

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