• La joven periodista venezolana publicó este año con Editorial Planeta Ha pasado un minuto y queda una vida, un libro íntimo acerca de la enfermedad de su padre, de la pérdida, la nostalgia y la memoria, pero sobre todo de ese saber reencontrarse con la vida. “Me parece que muchos olvidamos para qué y por qué estamos aquí. En ese sentido, tal vez, la literatura nos rescata un poco”, expresa la autora desde España. Foto: Cortesía Editorial Planeta

Gabriela Consuegra (Caracas, 1993) se fue y regresó varias veces de un punto geográfico, de una necesidad emocional. Le tomó algunos años, casi ocho, terminar de contar una historia que hurga en la enfermedad y la muerte, pero sobre todo en el amor. El duelo, la nostalgia, ese constante extrañar, ese aprender a vivir con las ausencias. Pero vivir, sí, a pesar de todo.

La joven periodista se estrenó como escritora en junio con Ha pasado un minuto y queda una vida (Editorial Planeta, 2021), novela con la que retrata desde el más profundo afecto a su padre y el sufrimiento a raíz de un cáncer pulmonar, pero sobre todo su manera de mirar la vida.

Consuegra reside actualmente en A Coruña, España, a donde llegó estimulada, en parte, por la literatura de Julio Cortázar y por el precedente que había sentado su hermana mayor. Desde allí ha contado que el relato nació de un taller de crónicas que realizó en Caracas, que nació también de aquello que en un principio no lograba entender. ¿Una célula que se negó a morir? Un tumor. Una carta de amor, pero también una profunda entrevista, una tierna despedida, aunque tal vez sea cierto que nunca nos vamos del todo.

La novela está estructurada a partir de recuerdos, de esa memoria que nos habla un poco de quiénes somos. Incluye páginas dedicadas a la enfermedad, al futuro y también al existir. En el proceso de escritura, y también para su formación profesional, Consuegra destaca de su biblioteca la influencia de autores como Joan Didion, Oriana Fallaci, Jhumpa Lahiri, Milena Busquets, Pedro Mairal, Albert Camus, Houellebecq, García Márquez y Nabokov.

Cortesía Editorial Planeta

“Y en mi mesa de noche están El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov; Los sueños de Einstein, de Alan Lightman; y El infinito en un junco, que hoy es mi libro favorito. Y es posible que Irene Vallejo sea también mi persona favorita”, agrega.

Desde España, vía correo electrónico, y para El Diario asegura sobre su futuro: “Yo me dedico a escribir de todas las formas que puedo y que sé, no hay mucho más que eso”.

¿Cómo defines el proceso de escritura de este libro tan personal?

Sobre todo, fue largo. Fue doloroso. Conllevó muchos sacrificios, porque supuso una inmersión en un conflicto vital cuando la alternativa era la evasión. En algún momento pensé que sería la forma de despedirme de mi padre y de vivir el duelo, pero se convirtió en todo lo contrario. El proceso de escritura del libro me permitió atravesar la enfermedad, la muerte, la pérdida y reencontrarme con la vida y muy especialmente con mi padre, que está en el centro de todo, porque a pesar de ser tan personal, este libro nunca se trató de mí. Hizo falta mucha pelea con el papel y con la memoria, mucha disección, avanzar en círculos, obligarme a reflexionar y a conectarme con lo que sentía y con lo que nos estaba pasando. Hay muchas entrañas en estas páginas. En fin. Este proceso de escritura al final me permitió rescatar a mi padre de lo que yo pensaba que era la muerte y que, en realidad, no es otra cosa que el olvido.

¿Cómo fue la dinámica para elaborar la estructura que tiene el libro? ¿Cómo la habías visualizado en un comienzo?

Al principio eran textos independientes que surgían de la necesidad de escribir, entonces no había un orden ni un sentido, pero cuando decidí que sería un libro tuve claro desde el principio que pretendía construir una estructura que simulara el vaivén de la memoria. En ese sentido, como la memoria no es lineal, el libro tampoco lo es. Es una agrupación asociativa, muy conceptual, en la que el aspecto cronológico no es importante. En la misma línea, es una estructura condicionada por la elipsis narrativa, que al final se queda con una secuencia de imágenes y de momentos para evocar todo lo demás. Siempre hago referencia a un collage para explicarlo, porque es un poco así.

¿Qué elementos de tu formación periodística tomaste para escribir esta novela?

Creo que el periodismo es una forma de mirar, de acercarse a la realidad. No caben las certezas ni las suposiciones; la base, de hecho, es cuestionarse todo, preguntar, olfatear, perseguir. El periodista es el único cazador que no sabe lo que está buscando, y eso tiene algo muy bueno, entre otras muchísimas cosas, que es la disposición a dejarse sorprender por las respuestas y por lo que encuentras. Puede que ese espíritu le aporte perspectiva al libro. Al principio, pensé que estaba reflexionando sobre la enfermedad y la muerte de mi padre, por ejemplo, pero en realidad terminé escribiendo sobre su vida y, al mismo tiempo, su vida me permitió reflexionar sobre la vida en general, como algo más universal. Esa inmersión a la que te somete la mirada periodística va afilando tanto las preguntas, y consigue un nivel de profundidad tal que nunca sabes a dónde te va a llevar, pero seguro será mucho más lejos de lo que pensabas en un principio. También me parece que subyace la necesidad de entender al otro y de mostrarlo, mi pasión por las entrevistas está latente en este libro que, al final, es también un retrato de mi padre, sin más.

Cuentas en entrevistas que fue un gran proceso de edición, de leer y releer, cambiar el orden de los capítulos: ¿Qué elementos personales influyeron en estas modificaciones?

Considero que se puede decir más con menos, y esa es una de mis grandes obsesiones. Siempre invierto muchísimo tiempo y esfuerzo en encontrar la expresión exacta, la palabra justa. Es una parte fundamental del trabajo, porque me permite convertir muchos párrafos buenos en frases mejores y más potentes. Para mí escribir se trata de lijar, de afilarlo todo, de pulirlo, que no adornarlo. Busqué resultados muy limpios y, en la medida de mis posibilidades, lo conseguí, porque además conté con el apoyo de mis editores, que son magníficos. Con respecto al orden, las modificaciones respondieron a un asunto estratégico, como te comentaba, para construir una estructura de agrupaciones temáticas. Un mismo capítulo puede encajar bien en distintos lugares, pero en uno tendrá más coherencia que en otro. Quedarme satisfecha me llevó mucho tiempo.

Cortesía Editorial Planeta

La muerte y la enfermedad como otros caminos para hablar de la vida. ¿Cómo los miras en estos momentos?

La muerte conlleva mucho dolor, eso es inevitable, pero también nos reafirma en la vida porque nos hace más conscientes de la importancia del tiempo y, en consecuencia, de la necesidad de aprovecharlo. También creo que nos hace más conscientes de la herencia que llevamos en nosotros, de que somos el refugio de las personas que se van antes y que, de alguna forma, una vez que no están, también vivimos para ellos y por ellos y, lo más importante, con ellos. Estoy convencida de que, a pesar de la tragedia que supone, la muerte no es el final de nada, porque la vida siempre se impone. Todo esto para decir que no hay que temer tanto a la muerte, o por lo menos eso es lo que yo he aprendido. Al contrario, la muerte nos descubre todas las maneras en las que puede renacer una persona, porque vivir es mucho más que lo evidente.

En muchas ocasiones se habla del cáncer desde la perspectiva del paciente, pero poco de la vida del cuidador, del que acompaña: ¿cómo cambió esta dura experiencia tu manera de escribir, de contar las cosas?

La verdad es que, más allá de la perspectiva del cuidador, lo que realmente condicionó mi escritura fue la relación padre/hija y es lo que prima en el ojo narrativo. Creo que es diferente porque supone cuidar a quien te ha cuidado. En todo caso, diría que, por una parte, tal vez ser el cuidador puede aportar la perspectiva del espectador activo, del cronista, de quien puede incluso racionalizar, contextualizar y reflexionar de manera más amplia, porque tiene espacio y visión, incluso temporal, ya que el enfermo terminal convive con la certeza del final, pero quien lo acompaña no. Por otra parte, creo que también hace que todo pase por el filtro del amor al otro, por encima de la incertidumbre y del miedo, porque es tu último acto de amor hacia esa persona y eso condiciona todo lo demás.

¿Cuál es el valor que tienen las pequeñas historias, las de los seres de carne y hueso, las del transeúnte cotidiano?

En mi opinión, son las que nos interpelan de manera más directa, nuevamente, sin adornos. Tienen el poder de hablarnos sobre nosotros mismos, se convierten en espejos muy fiables. Otras veces nos explican a las personas que queremos. También nos ofrecen algo muy valioso: una mirada fresca sobre la cotidianidad, porque nos pasa a todos que, de tanto ver lo mismo, no vemos nada y olvidamos que la belleza es esto. Hay un momento en el que los bebés descubren sus manos, sus piernas, cómo se mueven sus dedos; las observan durante minutos. Cuando crecemos, nos parece totalmente normal, aunque es el fruto de incontables milagros. Estas historias tal vez nos recuerdan eso, la magia que somos, y nos devuelven la capacidad de asombro. La vida no se pone mejor ni peor, la vida simplemente se acaba; me parece que muchos olvidamos para qué y por qué estamos aquí. En ese sentido, tal vez, la literatura nos rescata un poco.

Escribir puede ser una manera de que alguien nos recuerde, como una forma de buscar la inmortalidad. ¿Por qué razones escribes?

Yo no estoy en el centro de mi escritura. Ese es un espacio reservado para las personas que quiero o para los momentos que me han sacudido. Busco preservar a las personas que me importan. Y lo mismo con los momentos. Prefiero confiárselo a la literatura que a la memoria. La literatura para mí es una gran caja fuerte de humanidad, de la que yo misma he bebido muchísimo. Creo que cuando escribo, como cuando leo, soy mucho menos Gabriela y mucho más humanidad. Por tanto, también soy menos soledad.

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