• Marisol Álvarez, de 41 años de edad, vive en Caracas junto a su hija, a quien crió sola luego de quedar viuda. Con lo poco que gana, también ayuda a sus padres y hermanos

En el Día Internacional de la Mujer, que se celebra cada 8 de marzo, se conmemora la lucha por la igualdad, el empoderamiento y la participación de la mujer en todos los ámbitos de la sociedad. 

Cada día, en Venezuela, millones de mujeres son las que trabajan para sostener sus hogares. Este es el caso de Marisol Álvarez, quien luego de quedar viuda hace 15 años ha criado sola a su hija, laborando como trabajadora doméstica.

Álvarez señaló en exclusiva para El Diario que a pesar de todas las dificultades que le ha tocado vivir, siempre encuentra la forma de salir adelante. Con una hija de 19 años de edad y tres nietos (una niña de casi cuatro años de edad y unos morochos de dos meses de nacidos), le toca trabajar en varios lugares para poder costear lo que necesitan.

Una fortaleza desarrollada por las circunstancias

Desde niña Álvarez trabajaba en una casa de familia en Puerto Cabello, estado Carabobo. Allí conoció al papá de su hija, quien la llevó a vivir a Caracas. Cuenta que aunque quería casarse, su mamá se negó, por lo que con el paso del tiempo y a pesar de quedar viuda y sola con su hija no quiso regresar a su casa materna. 

No tiene una vivienda propia, vive en una pieza que alquila en Los Frailes de Catia (Caracas), un espacio reducido que comparte con su hija y nietos. Considera que las malas experiencias que ha vivido la han hecho más fuerte. 

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Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Para costear los 25 dólares que le cuesta el alquiler, Álvarez actualmente labora como trabajadora doméstica en un edificio ubicado en la avenida Sucre de Catia, dos o tres días por semana. Además, también labora en dos casas, sin embargo, esos trabajos son más esporádicos, una o dos veces al mes. 

“Nunca he tenido casa, siempre he vivido alquilada en diferentes lugares. Eso hizo que siempre tuviera que buscar formas de obtener los recursos, trato de vender dulces como yogures y tortas”, indicó.

Sin embargo, actualmente no cuenta con el capital para invertir en los ingredientes para los dulces que solía preparar; además de que la pieza en donde vive no cuenta con los implementos necesarios para realizarlos y el servicio de agua es escaso. 

En una ocasión vendió empanadas en Catia para percibir otros ingresos. “En ese momento recibí el apoyo de una hermana, las ventas se movían bastante”, precisó.

Su trabajo como empleada doméstica

Álvarez señala que en el área de la limpieza se puede ganar lo suficiente para cubrir sus necesidades cuando se consigue con personas conscientes que valoren su trabajo. No obstante, en ocasiones ha tenido que soportar humillaciones.

Con tristeza comenta un hecho reciente en el que, debido a sus problemas de la vista, tropezó una pequeña maceta del balcón de uno de los apartamentos que limpia y al caer al piso se rompió. “La dueña me dijo de todo. Lloré por dos días”, señaló. 

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Aunque la volvieron a llamar para que trabajara, estaba indecisa porque a pesar de que necesitaba el dinero, ya no se sentía cómoda.

Sostuvo que así como ha tenido malas experiencias también se ha conseguido con personas que la han ayudado, que además de contratarla le ofrecen ropa en excelente estado y otros enseres.  

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Foto: José Daniel Ramos @danielj2511

Dificultades que enfrentó sola

Álvarez relata que una de las cosas más fuertes que le ha tocado vivir fue cuando tuvo que sacar a su hija del liceo público donde estudiaba en Catia, a los 13 años de edad, debido a que un grupo de estudiantes, que pertenecen a una banda delictiva que vende sustancias ilícitas, la amenazó.

“En esa zona siempre ha existido la venta de sustancias ilícitas. Además de hacerle bullying a mi hija, querían meterla en ese mundo con amenazas, le pedían el bolso también”, indicó. 

Cuando se enteró de lo que sucedía no sabía que hacer, debido a que los familiares de los integrantes de la banda eran funcionarios policiales. No era una banda que se dedicara a robar teléfonos, era un grupo más organizado. 

“Debido a esa situación caí en cama, solo una vez me atreví a hablar con dos policías en Plaza Catia de lo que estaba pasando con mi hija y me dijeron que si no tenía pruebas no podían hacer nada”, agregó.

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Luego se enteró de que llegaron hasta donde vivía para amenazar a su hija. “Ella me habló de un edificio en una zona popular donde vivían todos, siempre creí que si me lo contó es porque tuvo que haber ido. Ellos no querían que ella dijera nada sobre sus actividades”, explicó.

Con el tiempo y luego de mudarse de casa la situación mejoró, no siguió recibiendo amenazas. Sin embargo, su hija no continuó los estudios. 

“Con lo poco que gano he ayudado a mi familia”

Álvarez tiene una familia numerosa en Puerto Cabello, estado Carabobo. “A ellos les ha tocado duro también, en un tiempo ayudé bastante a mis papás y hermanos. Aunque ahorita es más difícil viajar cuando puedo ir les llevo cosas que necesitan”, comentó.

A pesar de las dificultades que le ha tocado vivir con su hija en Caracas, nunca quiso regresar a vivir en casa de sus padres debido a que ellos también “necesitaban su ayuda”. 

“Desde aquí los he ayudado durante muchos años, aún en la situación en la que estoy, siempre consigo alguna forma de apoyarlos”, añadió.

Su sueño es tener una casa propia algún día, en donde pueda montar una bodega y vender todos los dulces que le gusta hacer, para llevar una vida más estable. 

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