• Una aplicación para dietas me ayudó a deshacerme de mis kilos extra –que gané durante la pandemia de covid-19– y me recordó que sigo siendo el mismo de siempre

Esta es una traducción hecha por El Diario de la nota I’ve Always Struggled With My Weight. Losing It Didn’t Mean Winning, original de The New York Times.

Hubo algunos malos momentos, en el transcurso de malos meses, que me llevaron a descargar una aplicación para bajar de peso. Esto probablemente sonará trivial para cualquiera que no sea yo –y por supuesto que lo es– pero aquí estamos hablando de cuerpos, y del mío en particular, y una de las características determinantes de tener un cuerpo es que es como una manguera de incendios con humillaciones que te golpean constantemente en la cara, sin permitirte nunca apartar la mirada incluso cuando más lo deseas.

Un mal momento sucedió en Los Ángeles. Había volado, durante una pausa durante la pandemia, para visitar a mi gran amigo Alan, una persona tan cercana que es básicamente un reflejo de mi propia alma. Y ​​cuando Alan y yo nos envolvimos en un gran abrazo por el emotivo rencuentro, él de repente se acercó a mi cintura y pellizcó mis cauchos, los sondeó como un pescadero podría revisar un gran trozo de atún invaluable, y dijo: “¿Qué pasó aquí? ¿Te comiste a mi amigo Sam?”. Me reí, pero de forma incómoda.

Como muchos estadounidenses, subí mucho de peso durante la pandemia. ¿Qué tanto? No tengo idea. Hacía años que no me subía a una báscula. Estábamos sufriendo un supertrauma a nivel mundial, y mi forma de enfrentar las calamidades siempre ha sido extremadamente simple: comer. ¿Conoces el dicho “No te llenes de papas fritas”? Ese dicho me identifica. Soy la persona que se llena de papas fritas. Durante la pandemia, comía mientras otras personas tejían, tallaban o barajaban las cartas. Lo hacía con ansias, de forma impulsiva, para evitar mis pensamientos. Me convertí en mi propio plato personal de fuagrás de ganso, papitas, chocolate, chispas de chocolate, mantequilla de maní, chipas de chocolate con mantequilla de maní, y helado de chocolate con mantequilla de maní con chispas de chocolate. Y así, cada parte de mi cuerpo creció y sirvió como caldo de cultivo para todo tipo de apodos insultantes que a nuestra cultura le gusta: cauchos, tetas (en hombres) y, sobre todo, michelines. Como parte de mi círculo íntimo de amigos, Alan tenía todo el derecho de hacer esa pequeña broma; yo probablemente le hubiera dicho lo mismo a él. Aun así, eso se quedó en mi mente y, a veces, por las noches, se enciende como una linterna rota.

Otra mala experiencia con mi cuerpo tuvo lugar en Cape Cod, durante unas vacaciones supuestamente divertidas en la playa, cuando descubrí que ninguno de mis shorts me quedaba bien. Había empacado muchos pares, pero todas sus cinturillas de repente eran como muñequeras, así que tuve que dejar a mi familia e ir caminando al centro con unos shorts tan ajustados que ni siquiera podía abotonármelos, mientras pasaba entre la multitud de hombres bien definidos y sin camisa en Provincetown, quienes mostraban sus cuerpos en la playa. Finalmente, después de un largo y triste tiempo en un probador, salí con unos enormes shorts de mezclilla negros que ni siquiera me gustaban.

Pero aquí fue cuando las cosas dieron un giro. El hombre del mostrador, un esbelto modelo de Cape Cod con los brazos bronceados que sobresalían de su camiseta sin mangas, me miró seriamente, bajó la voz y me confesó algo asombroso.

“Sabes”, dijo, “así es exactamente como yo estaba hace seis meses”.

“¡¿De verdad?!”, le dije.

Me sentí como si estuviera en un comercial para bajar de peso y no pude evitar decir la siguiente línea del guion.

“¿Y qué hiciste?”

“Amigo, seré honesto contigo”, dijo el comerciante, y, aun así, todos estos meses después, me parece conmovedor que se haya dirigido a mí como “amigo”. Fue, en un momento de debilidad, una pequeña carga inesperada de cuidado masculino. Odiaba admitirlo, comentó, pero lo que le permitió perder todo su peso por la pandemia fue una app para perder peso. Apestaba, me dijo, pero por su experiencia sabía que era el único camino: tienes que registrar tus comidas y contar tus calorías hasta que todo esté bajo control.

En las semanas posteriores a esa conversación, caminando con mis shorts de mezclilla negros, sufrí otros malos momentos, hasta que finalmente –con sentimientos encontrados– me rendí y seguí el consejo del comerciante de Provincetown. Busqué en mi teléfono y descargué una aplicación para bajar de peso llamada Noom. De forma repentina, parecía estar en todas partes de Internet. Salía en tuits, anuncios publicitarios y en un testimonio al azar de alguien a quien seguía en Instagram. Me sentí tonto al respecto, así que al principio no le dije a nadie. Sí, me resultaba humillante tener sobrepeso, pero también me resultaba humillante preocuparme por tener sobrepeso. Quería perder peso, pero no quería que me vieran queriendo perder peso ni siquiera yo solo.

Puedes saber cómo es Noom por su nombre: una sílaba de un lindo balbuceo de aplicaciones que parece sugerir un lenguaje real (“¿Soy nuevo?”) sin que realmente signifique algo. Noom es para la cultura de la dieta lo mismo que un agradable pastor de jóvenes lo es para la religión organizada: una especie de modulación de “buenas vibras” de algo que de otro modo podría desanimar a la gente. Lo central de la personalidad de Noom es que siempre insiste mucho, mucho, mucho. A veces, mi teléfono recibe notificaciones y creo que tengo un mensaje de texto o una alerta de noticias, pero se trata de Noom diciendo algo como: “Estamos cegados por tu 51° comida seguida” o es hora de iniciar la cena. Todas las mañanas, Noom me hace pequeños cuestionarios sobre nutrición, cantidad de agua bebida y densidad calórica, y cada vez que acierto, dice palabras cursis como “¡noomlicioso!” y luego me recompensa por mis logros con noomcoins que mueven una pieza en un tablero de juego como si fuera un niño jugando Candy Land.

Soy un hombre de mediana edad con una hipoteca e hijos adolescentes. Tengo artritis en mis tobillos. Por favor, disculpe un momento en línea mientras programo mi próxima colonoscopia. ¿Realmente necesito pasar gran parte de los días siendo tratado como un niño en edad preescolar con un gráfico de calcomanías?

Bueno, desafortunadamente, sí, lo hago. Parece que necesito demasiado esto. Porque el hardware psicológico que gobierna mi relación en el momento de la comida aparentemente tiene cinco años de edad. De hecho, esta podría ser la razón por la que Noom funcionó para mí, no por su molesto tono cursi, sino por eso. Esa frecuencia caricaturesca de color caramelo le permitió llegar al niño interno que hay en mí, el pequeño y regordete que luchó por primera vez con su peso.

Casi de inmediato, la aplicación me hizo hacer dos cosas simples que resultaron actos radicales: pesarme todas las mañanas y hacer un seguimiento de todo lo que me meto en la boca. Eso fue básicamente todo el programa: prestar atención a lo que come, tomar decisiones conscientes, ceñirse a un presupuesto aproximado de calorías, anotar el progreso y seguir haciendo todo eso hasta que el buen comportamiento se vuelva un hábito. No quería ingresar “50 puñados de barras energéticas” en mi registro de alimentos, así que dejaba la barra y, si realmente tenía hambre, no solo por estar aburrido o preocupado, me comía una manzana.

“Espera, ¿estás restringiendo las calorías?”, me preguntó mi mujer, una mañana, mientras me miraba contando almendras.

“Espera”, dijo mi hija adolescente, “¿estás registrando todo lo que comes y pesándote todos los días? ¡No me gusta eso!”.

Admití que sí, que estaba haciendo esas cosas, y que tampoco era que me gustaban. No hubiera sido ni mi primera, segunda o centésima opción. Pero me desagradaba más la alternativa: comer cuando no tenía hambre, comer hasta sentirme casi enfermo, ingerir inconscientemente cualquier montón de comida procesada que los conglomerados multinacionales de bocadillos lograran poner frente a mi cara todo el día. Y no tenía idea de cómo romper esos hábitos arraigados por mi cuenta. Parecía haber peligros por todos lados. No quería inyectarme la toxicidad bien documentada de la cultura de la dieta (restricción obsesiva), pero tampoco quería abandonarme al exceso sin control. Parecía una aguja muy pequeña para enhebrar.

Por alguna razón, sorpresiva, deprimente, triunfal y problemática, Noom funcionó. En mi primera semana, perdí 1,58 kilos. En dos semanas, había perdido tres. En un par de meses, había perdido todo mi peso pandémico y mucho más. Y el peso siguió bajando, lo suficiente como para desbloquear grandes armarios de ropa vieja: pantalones que no había usado en años, camisetas favoritas que le había dado a mi hija. Mi esposa me preguntó si tal vez tenía cáncer y no lo había querido decir, pero no era así. “¿Todo ese peso fue solo por comer snacks?”, me preguntó. “Todos estos años, ¿todo lo que tenías que hacer era PRESTAR ATENCIÓN?”.

Mi peso de alguna manera ha logrado convertirse en un elemento central de mi vida, una parte esencial de la historia que cuento a mí sobre mí 

De repente, estaba delgado. Fue, desde cualquier punto de vista, una increíble historia de éxito en la pérdida de peso. Incluso mi gran amigo Alan me envió un mensaje de texto sobre lo bien que me veía. (“¿Te llegué a decir eso?”, me escribió, con un emoji tocándose la cara, cuando le recordé la vez que apretó mis cauchos. “Sam, fue muy inapropiado de mi parte. Pero sigo creyendo que fue gracioso”). Había logrado la gran transformación: me había convertido en la foto del “DESPUÉS”.

Y ahora que lo hemos aclarado, puedo contarte lo que considero lo más interesante de mi proceso de pérdida de peso, un secreto que nunca verás en ningún banner publicitario. A medida que pasaban los meses, me mantuve con mis hábitos saludables y me acostumbré a mi nuevo cuerpo esbelto. Mientras la línea en mi gráfico de peso de Noom se mantenía baja, sentí algo increíble: me sentía casi exactamente como siempre me había sentido toda la vida. Yo era, después de todo ese cambio, yo mismo. Mi gran epifanía, si pudiera ponerlo en palabras, sería algo así como: “¿Y ahora qué?”.

¿Cuál es la relación humana con el cuerpo? ¿Es como un compañero de cuarto? ¿Una mascota? ¿Un gemelo? ¿Un compañero de equipo? ¿Un rival? ¿Un parásito? ¿Un huésped? ¿Es el cuerpo nuestro yo esencial, o es solo una capa exterior, y si es así, es más como una concha de almeja (de cosecha propia, perdurable) o una concha de cangrejo ermitaño (adoptada, temporal)? ¿Está más cerca de una hoja de tamal o un panecillo de perro caliente o un pita pocket o el tubo de pastel fluorescente que envuelve el centro de crema dulce del Twinkie? ¿Es el cuerpo la otra cara de la moneda de la mente, o es el cuerpo la moneda en sí, y ​​la mente es solo la serie de imágenes y consignas estampadas, superficialmente, en el exterior? ¿Es el cuerpo una antigua pieza de hardware diseñada para ejecutar el software de última generación de nuestras almas? ¿O es más como una situación de rehenes: es el cuerpo una bomba de tiempo atada a nuestra existencia, lo que traerá la película de acción de nuestra vida a un final repentino e impredecible?

Bueno, no lo sé. Ninguno de nosotros lo sabe. Esta es una de las rarezas persistentes del ser humano. Es imposible pensar tu cuerpo; solo puedes darle cuerpo a tu cuerpo. Y así caminamos con este sentimiento de leve alienación, esta incoherencia básica, un dualismo que llega hasta las raíces de la cultura occidental. Puedes encontrarlo en Platón (“si queremos tener conocimiento verdadero de algo debemos despojarnos del cuerpo”) y en la Biblia (“¿Qué? ¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros, que tenéis de Dios, y no sois vuestros?”). O para citar al comediante John Mulaney: “No sé para qué sirve mi cuerpo, aparte de llevar mi cabeza de una habitación a otra”.

Lo que sí sé de mi cuerpo, eso por seguro, es su tamaño: cuándo es más grande o más pequeño, más blando o más firme. Lo sé todos los días, de primera mano, a quemarropa. Debo reconocer aquí que he tenido suerte: nunca he tenido problemas con un trastorno alimenticio, nunca me he sentido gravemente herido por la cultura de la dieta. (Noom, por cierto, trata de posicionarse como “por encima” de la cultura de la dieta, pero no lo es en absoluto, como han señalado muchos críticos). Aun así, mi peso de alguna manera ha logrado convertirse en un hecho central de mi vida. una parte esencial de la historia que me cuento sobre mí mismo. En nuestra cultura obsesionada con los números, la gente tiende a usar el “peso” como abreviatura de diagnóstico para toda la relación controversial de mente-cuerpo. Sirve como una especie de precio de las acciones: un número que indica, públicamente, la salud general de situaciones particulares.

Durante gran parte de mi infancia, fui el niño gordo. “Husky” era una palabra que escuchaba mucho. Cuando era un niño gordito, recuerdo que miraba fotos de mi madre cuando era una niña gordita. Sus grandes mejillas redondas eran mis grandes mejillas redondas; parecíamos estar los dos asomándonos, con timidez, por encima de un par de mangos maduros. Esto fue tanto un consuelo como una maldición, ver mi propio rostro reflejado a lo largo de las décadas, saber que mi madre había pasado por eso primero, reconocer mi cuerpo como un espejo intergeneracional. Comprendí que yo era solo una secuencia de genes, activados y en expansión, llenando los generosos contornos de mis ancestros.

Como un niño con un cuerpo grande y suave, sufrí todos los problemas habituales. Yo era el corredor más lento posible; temía quitarme la camisa en las piscinas públicas. A veces otros niños se reían de mí. Me sentía como un perdedor, porque temía que la grandeza de mi cuerpo me relegara a un triste rinconcito de la cultura. Las películas y la televisión fueron claras en este punto: The Fat Kid podría ser un compañero divertido, pero no el personaje principal. Lo mejor que podía esperar era, en algún momento, transformarse: encontrar una manera de deshacerse del peso extra y darle rienda suelta a su ser esencial.

Mi mamá lo tenía más difícil. Su padre era un tipo rudo, un ganadero delgado que galopaba por la vida corrigiendo todo lo que le parecía mal. Muchas cosas le parecieron incorrectas. Una vez, infamemente, me vio beber un vaso entero de jugo de manzana y luego me dijo, muy en serio, que lo había hecho mal. “Lo bebiste por el sabor”, dijo, “no por lo nutritivo”.

Es ridículo decir eso, obviamente, pero también debo admitir que tenía razón. Realmente estaba bebiendo ese jugo por el sabor. Me estaba entregando por completo, sin razón, al placer del consumo. ¿Y por qué no? Esta es la gran alegría subversiva del snack: es comer sin sentido, comer por comer, comer desligado de la nutrición e incluso, al final, del propio apetito.

Yo era, en ese entonces, un snacker legendario, un pequeño monstruo del apetito. En la cafetería de la escuela, yo era famoso en varias mesas por llenarme la boca con bizcochos de chocolate. Era todo un acto de cuerda floja: los niños me donaban sus postres y los veían desaparecer, todos a la vez, en mi cara, y mis mejillas se hinchaban al estilo de un hámster hasta que apenas podía respirar, y todos me señalaban y se reían mientras masticaba. Me encantó la atención, por supuesto, pero mi motivación más profunda era realmente solo que quería comerme todos esos brownies y, lo que es más importante, quería comérmelos todos de golpe.

Recuerdo pensar en estos temas, filosóficamente, en las mañanas mientras caminaba a la escuela. Cuando me enfrenté a la última mitad de una barra de Snickers, reflexioné, ¿era mejor comérmela en múltiples bocados, moderadamente, saboreando cada bocado, alargando el placer? ¿O era mejor, teóricamente hablando, tragarme todo de un bocado pegajoso y asfixiante, con las mejillas infladas, agrupando cada molécula de sabor restante en una gigantesca explosión de extinción, un momento de sobrecarga sensorial total? Decidí firmemente, sin lugar a dudas, que mi alma era un alma de “un bocado”.

Aun así, no me gustaba estar gordo. A lo largo de mi infancia, mientras veía a mi madre ganar y perder peso, mientras la acompañaba a sus reuniones de pérdida de peso y clases de Jazzercise, aprendí con fluidez los lemas de la cultura dietética de los años ochenta. Sin sacrificio no hay ganancia. Para un momento de comer para tener buenas caderas. Dentro de cada persona gorda, hay una persona delgada esperando por salir.

Recuerdo que estaba de pie en la ducha, en sexto grado, sintiéndome mal por mi cuerpo, agarrando una parte de mi flácido vientre y diciéndome a mí mismo: “Esto no es lo que realmente soy”. Estaba recitando, inconscientemente, el guion cultural. Y así, a los 12 años de edad, hice acopio de mi fuerza de voluntad y comencé a trotar. Al final de la escuela secundaria, yo era bastante delgado. En la escuela secundaria, yo era un atleta decente. En retrospectiva, creo que lo que realmente me hizo adelgazar fueron las hormonas y los estirones del crecimiento. Pero ese logro se convirtió en un pilar de mi identidad adolescente, una historia que me encantaba contar sobre mí: había sido un niño gordo, un niño que vivía bajo una maldición genética, pero luego, gracias al milagro de la fuerza de voluntad y la autodisciplina, lo superé.

¿O realmente lo superé? Lo que las historias de dieta tienden a dejar de lado es que, a raíz de la restricción, las personas casi siempre recuperan el peso. La historia de una vida es mucho más larga que la historia de una dieta. A lo largo de las décadas, mi peso ha fluctuado ampliamente mientras oscilaba entre los polos de exceso y la restricción, el apetito y el control, la abstinencia y las meriendas. O, como diría mi abuelo, el sabor y la nutrición.

Tengo un álter ego al que mi mujer llama, con cariñoso asombro, Fat Sam. Ella lo conoció por primera vez en nuestra luna de miel. Estuvimos conduciendo todo el día, rodando por el alto desierto cerca de Santa Fe, observando enormes tormentas eléctricas reflejándose sobre negras mesetas, tratando de llegar a donde íbamos, y cuando finalmente lo hicimos, en medio de la noche, hambrientos y exhaustos, el único restaurante abierto era Denny’s. Y lo único en mi mente era fundirme, en cuerpo y alma, con la primera hamburguesa con queso que pasara.

En el momento en que llegó mi comida, el universo pareció romperse por la mitad, como una cáscara de huevo en manos de un cocinero, y un nuevo personaje apareció: Fat Sam. Fat Sam atacó la comida que tenía delante con una urgencia salvaje. Mientras comía, mi esposa seguía tratando de decirme algo, de iniciar una conversación, pero yo estaba masticando, o tragando. En ese ínterin, yo levantaba un dedo como si estuviera diciendo: sí, espera, solo un segundo, tengo una respuesta para ti, pero luego, al momento de tragar, cuando mi boca estaba brevemente limpia y cuando podría haber hablado, inmediatamente me metía una porción de la hamburguesa con queso de nuevo. Estaba en una especie de trance. Yo era como un trompetista haciendo respiración circular. En un momento, la camarera se acercó y dijo: “¿Cómo está todo?” y con la boca absolutamente llena, con sonidos como de un hombre borracho, gimiendo con un éxtasis casi sexual, grité: “¡Oh, todo está MUY MUY bueno!”, y todos en el sitio se dieron cuenta al unísono que ella ni siquiera nos había estado hablando a nosotros sino a la mesa que estaban detrás. A Fat Sam no le importaba. Siguió metiéndose el universo en la cara.

La ausencia del cuerpo de mi padre, la presencia del mío, me golpeó, en ese momento, como algo escandaloso, extraño, triste, vergonzoso y divertido 

El eslogan clásico de la dieta que me impresionó mucho cuando era un niño gordito fue: “Dentro de cada persona gorda, hay una persona delgada que espera salir”. En mi caso, debería revertirse. No importa cómo se vea mi cuerpo en un momento determinado, Fat Sam vive dentro de mí. Reconozco ahora, de hecho, que Fat Sam representa algunas de mis mejores cualidades: curiosidad, apetito alegre, hambre de vivir, satisfacción en el momento. La misión de Fat Sam es consumir el mundo en tragos gigantes de alegría. Ni siquiera tiene que ser comida: pueden ser siestas, videojuegos, contar chistes en una fiesta, caminar, lanzar tiros libres, leer o acariciar a un perro. Lo que sea que satisfaga una necesidad, ya sea que me esté muriendo de hambre. Y en ese traslado, en ese paso de afuera hacia adentro, en esa asimilación radical, hay una validación de existencia, una prueba de ser, que me niego a rechazar. Fat Sam, en muchos sentidos, es precioso y bueno. Es un embudo en el que se vierte el universo, el del reloj de arena. Me recuerda que toda la vida es, en cierto sentido, apetito. Incluso la restricción satisface un hambre: el hambre de restringir. Cuando elijo negarme algo, es Fat Sam quien se alimenta, con avidez, de esa negación.

Una de mis fotos favoritas es una selfie que tomé 10 días después de la muerte de mi padre. Contiene una extraña energía paradójica: luto y alegría, comedia y tristeza, final y continuación. La tomé en el baño de visitas de la casa de mi padre cuando, revisando sus cosas viejas, descubrimos un tesoro oculto de camisetas de jogging vintage. Mi papá era un ávido corredor: se mudó al semillero de jogging de Eugene, Oregón, durante su época dorada en la década de 1970, cuando la compañía local de calzado, Nike, estaba en ascenso y la leyenda Steve Prefontaine corría por las calles con su famoso bigote. Mi padre tenía un bigote como el de él y corría por esas mismas calles. Año tras año, acumuló una gran colección de camisetas de la carrera anual de Eugene, Butte to Butte. Verlas se sintió como viajar en el tiempo: colores salvajes, diseños obsoletos, fuentes que se transformaban para mantenerse al día con los estilos de varias décadas.

La camiseta que más amaba era de 1982. Mi padre habría corrido esa carrera cuando yo tenía cuatro años de edad, en preescolar, todavía aprendiendo a amarrarme los zapatos, formando apenas mis primeros recuerdos permanentes. Casi 40 años después, sostuve esta camiseta y pensé en mi padre usándola, todavía cuando estaba en sus 20, corriendo por las colinas de Oregón, pasando a través de la sombra irregular de los abetos de Douglas. Era amarillo y verde, mi combinación de colores favorita, un funky musgo-mostaza de los años setenta. No pude resistirme a probármela.

La etiqueta decía mediana. La camiseta de 1982 me dio una evidencia graciosamente poderosa de algo que ya sabía: que el cuerpo de mi padre y mi cuerpo eran dos cosas muy diferentes. Su camisa vintage era graciosamente pequeña, diseñada para un adicto a correr con un solo dígito de grasa corporal, y en mí parecía un globo de agua relleno con papas. Lo que me pareció realmente divertido fue que ni siquiera estaba, en ese momento, en mal estado, una especie de territorio B, según mis estándares. Así que este repentino palimpsesto grumoso, la ausencia del cuerpo de mi padre, la presencia del mío, me golpeó, en ese momento, como algo escandaloso, extraño, triste, vergonzoso y divertido, todo lo que creo que puedes leer en mi rostro en la foto. Imaginé a mi padre riéndose de mí, cariñosamente, de su hijo adulto grande y tontorrón, y luego imaginé que su risa se desvanecía en una sonrisa tímida, como siempre. Lo imaginé recordando 1982, cuando esa camisa habría sido brillante y nueva, cuando el cuerpo de su hijo habría sido demasiado pequeño para llenarla.

Foto: Probándose la camiseta de 1982 de su padre, poco después de su muerte en 2019.

Había estado pensando, en esos días, mucho sobre los cuerpos. Al final de su vida, mi padre estaba muy enfermo. Pensé en la forma en que mi cuerpo capacitado me había permitido ayudar a su cuerpo repentinamente discapacitado con sus funciones básicas, tal como él me ayudó con esas mismas funciones 40 años antes. Apenas podía tragar, al final, y había estado tan flaco, y me sentí tan cerca de él. La vida puede ser tan triste. Pensé mucho, por supuesto, en el terrible hecho de que el cuerpo de mi padre ahora estaba bajo tierra, que su cuerpo era un cadáver y que mi cuerpo también sería algún día solo un cadáver. La crisis del cuerpo de mi padre me hizo pensar, de una manera nueva, en la crisis básica de todo cuerpo humano: que siempre, al final, quedaremos discapacitados, perderemos el control. En muchos sentidos, esto es lo que son nuestros cuerpos: recordatorios siempre presentes de nuestra esencial falta de control. El cuerpo nos somete a la gravedad y al dolor. Nos hace comer, dormir, caer, sentarnos. Es la única parte de nosotros que puede ser mordida por un perro o caer por las escaleras. Gran parte de la cultura de la dieta es una respuesta sublimada a esta crisis: un intento de disciplinar la ingobernabilidad del cuerpo, de trascenderla, de demostrar que, al final, no somos simplemente cosas. La cultura de la dieta es un miedo a la muerte disfrazado de transformación. Pero la transformación es una fantasía. Si, a través de algún heroico acto de voluntad, logras lanzarte a un nuevo lugar, sigues siendo tú quien hizo el esfuerzo. Eres tú quien está en el nuevo lugar. Seguirás siendo tú.

Y seguiré siendo Fat Sam. Yo también seré la persona que se avergüenza Fat Sam. Mis sentimientos sobre mi cuerpo forman un acorde de muchas notas, que no siempre suenan bien juntas. Soy, a la vez, el que quiere tragarse el mundo y el responsable de impedirme tragarme el mundo. Esto probablemente significa que siempre estaré insatisfecho, de alguna manera, hasta el momento en que todo termine. Y tendré que aprender a estar satisfecho con esto.

Por ahora, todas las mañanas me despierto y trato de dirigir a Fat Sam dentro de ciertos límites razonables. Le preparo un tazón grande de yogur griego con uvas verdes y frutas picadas y 10 almendras. Se lo come vorazmente, con una alegría jocosa. Juntos, Fat Sam y yo, pensamos en ese yogur por el resto del día y nos acostamos todavía pensando en él, emocionados de ir a la cocina y comerlo todo de nuevo.

Sam Anderson es redactor del personal de la revista de The New York Times. Ha escrito previamente sobre los dos últimos rinocerontes blancos del norte en la Tierra, Kevin Durant y los Brooklyn Nets, y la artista Laurie Anderson.

Traducido por José Silva

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