• La autora venezolana conversó con el equipo de El Diario sobre la publicación de Hormigas en la Lengua y, además, sobre las características que constituyen su obra. Foto principal: Emilio Kabchi

La lengua es un espacio enriquecido con el habla, un órgano que se desvive, a su vez, por los sabores que es capaz de clasificar. Hormigas en la Lengua (2021), escrita por Lena Yau, es un encuentro entre las funciones de la lengua y su vitalidad. Para Lena, en exclusiva para El Diario, “la ingesta” es una aspecto escondido de la cotidianidad humana y en su particularidad se pueden entrever las bases culturales de una comunidad. 

Lena Yau (narradora, poeta y periodista) nació en Caracas, en el seno de una familia española-alemana, en la cual el desarraigo era parte del día a día. La mezcla cultural en una ciudad viva, donde se paseaban extranjeros y llegaban otros cuantos a hacer vida, permitió que, quizás, el lugar de Lena se encontrará en la no-pertenencia y en la riqueza de la apertura identitaria. 

Hormigas en la lengua, publicada en 2016, y reeditada en 2021, es parte de una trilogía que ha marcado la relación tripartita entre gastronomía, literatura e identidad en la obra de Lena Yau. Los otros dos textos que acompañan esta idea son el poemario Trae tu espalda para hacer mi mesa y el libro de relatos Bienmesabes. Asimismo, el oficio periodístico de Lena ha estado encaminado por su relación con la gastronomía y la búsqueda, además, de signos vitales en el hecho, muchas veces menospreciado, de comer. 

Hormigas en la lengua. La presentación de la novela en Madrid, España, será el 7 de julio a las 7:00 pm, en la Librería Lata Peinada.

La escritura, como menciona Lena, es una manera de revivir continuamente las memorias de un pasado irrepetible. En algunos casos puede aupar la nostalgia de lo pasado, pero en otros, como es el caso de Hormigas en la lengua, permite darle vitalidad al recuerdo de lo querido y de la fecundidad de la inocencia infantil.

—La novela es un reencuentro con la niñez, con las dudas de esa edad y, sobre todo, con el descubrimiento de nuevas cosas. En ese caso, me gustaría preguntarte: ¿cómo fue tu infancia y cuánto queda de ella en tu escritura?

—Tuve una infancia feliz, pero compleja. Me recuerdo plenamente integrada a la ciudad con sus goces y sus quiebres. Vivía en el asombro que regala lo ínfimo, en lo que pasa desapercibido y en los misterios y los miedos que transmiten los objetos, los cambios atmosféricos, los respingos callejeros, los monstruos de carne y hueso. Devota de los universos paralelos, me decepcionaba al descubrir el truco de los días. Creía con fervor en lo invisible. Me resistía a los credos y ritos oficiales. Más que ver mi entorno (niños, adultos, edificio, vecindario, ciudad) lo leía. La niña se pensaba como texto. Ese espacio lectoescrito conllevaba saltos y turbulencias. No fui una niña física; prefería leer, imaginar, viajar con la mente. Recuerdo que me aterraban las imágenes religiosas. En mi mirada las imágenes eran gigantes vivos. Siempre me parecía ver que pestañeaban, que respiraban. Mi abuela me llevaba a la iglesia de Chacao. La iglesia tenía una urna transparente con un Cristo recostado y lleno de sangre. Yo recitaba en mis adentros: que no me mire, que no se me aparezca, que no me regañe. 

También recuerdo el pánico que me daba un cuadrito del sagrado corazón que mi mamá colgó en la pared de mi cuarto. Arrastraba una silla de mimbre pequeña, me subía y lo tapaba con el abrigo del colegio. Cuando mi mamá lo descubría, le quitaba el abrigo. Era incapaz de decirle: mamá, ese corazón con espinas y fuego me asusta. Yo era la hija mayor, se esperaba de mí madurez, olvidaban que era una niña y me trataban como adulta. Aprovechaba la confusión a mi favor: negocié un mapamundi y el señor del pecho abierto en llamas se fue con su expresión sufriente al cuarto de mi mamá. El mapamundi era una fuente para sumar historias. El dedo que se desplazaba entre los continentes continúa los viajes imaginarios, solo hoy hace la trayectoria pisando teclas. A veces pienso que, de haber sido más dócil, habría aprendido a mecanografiar con rapidez haciendo uso de la técnica: los cuatro dedos posados en los extremos de la fila del medio; el pulgar para los espacios. Es inevitable preguntarme si escribiría más y mejor. Mientras sopeso la duda, hace acto de presencia un sonido que el paso del tiempo ha convertido en un espectro sonoro: el deslizar del rodillo y la campanilla del regreso a su posición original. 

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La máquina de escribir de mi mamá, la cinta rojinegra, la tecla dura para levantar las minúsculas en mayúsculas y los papeles de todo tipo: cuartillas en blanco, la hoja central arrancada al cuaderno, los folios de exámenes, el papel carbón, los cuadernos de contabilidad y sus columnas, las libretas especiales para caligrafía. Esos eran mis juguetes favoritos junto a los libros. Todavía son, aunque ahora llevan otros vestidos. El miedo a la imaginería también persiste. Sigo viviendo en los asombros, los misterios y los miedos. Mi fe en lo invisible es incólume y, aunque ya no soy miope, llevo lentes que traducen todo en lectura y escritura. De modo que la infancia es procedencia y destino en letras. También las dudas de aquella edad y de esta. Afortunadamente.

Lena Yau
Foto: Lisbeth Salas

Asimismo, uno de los fragmentos de la novela dice: “las dos esperan el autobús junto al jabillo pinchudo” y recordé que una anécdota que remite a tu vida es la espera del autobús escolar al lado de ese jabillo pinchudo. Entonces ¿Hormigas en la lengua es, quizás, una rememoración de tu infancia y juventud?

—No. Hormigas en la lengua no es autoficción.  Lo que ocurre es que la única manera de hacer presente lo que amas y está lejos es escribiéndolo. Yo no iba al colegio en transporte, iba en carro con mi mamá y cuando mi mamá trabajaba nos llevaba Elvia. Fui niña en la Caracas de los 70 y esa ciudad es la que recreo en algunos momentos de la novela. Volver a ese lugar en el tiempo pasa por escribir elementos que conozco, que formaron parte de esos días. Remembranzas que pertenecen a los caraqueños de mi generación. Ese universo se reconstruye desde los sabores, las palabras, las telenovelas, las vallas en la autopista, las publicaciones en las revistas dominicales del periódico, las revistas semanales y quincenales de los quioscos, los coleccionables (álbumes de barajitas, libros por fascículos), la música. Un entramado de voces, giros, discursos que recoge la memoria en fragmentos. Treinta años después, los elementos de ese entramado se acomodan al entorno digital.

Hormigas en la lengua es un pasar colectivo, común, de muchos.

Desde que me mudé de Venezuela (mientras escribo esto busco el verbo adecuado y no sé si existe: el cuerpo se mudó, mi fantasma sigue allá), hago inventario de lo que amo y no tengo conmigo, lo que no puedo tocar. Amores de pelaje variado, el sonido de la ciudad (esa mezcla estrafalaria de pájaros, perros ladrando, salsa, merengue, reggaetón, alarmas antirrobos disparadas), la luz y su movimiento, el verde. En el verde está mi jabillo, un árbol que sueño, que me llena de angustia. Está en la calle Mis Encantos. Si evoco los abrazos que aguardan, veo su copa. En tiempos de tala salvaje, el árbol ocupa mi insomnio.

Llevo meses pensando en Isabel Núñez, una escritora española que luchó para proteger un árbol.

Entregó su pulso a un azufaifo y venció al hacha y al cemento. De ese querer quedó un libro que (Enrique) Vila Matas prologó. Isabel murió hace 10 años, pero sigue en el azufaifo, en el libro, en la capacidad de amar, en los idiomas secretos.

—Una de las cosas que sentí en la lectura de la novela fue la descripción de un país que, aunque irreconocible para mi generación, es asimilable a través de la memoria colectiva. Ahora, quisiera preguntarte: ¿desde tu perspectiva cuáles son las diferencias plausibles entre el país de esa infancia narrada en la novela y el presente?

—Casi toda mi familia emigró. Mi mamá, mi hermano, mi prima y un grupo importante de amigos permanecen. Conozco lo cotidiano por lo que me cuentan, lo que leo en las redes, en prensa, los testimonios de los que llegan. Es un bosquejo del día a día. Nunca he dejado de estar.

Hay una diferencia clara. 20 años tenebrosos. Más allá de esa tragedia, viene a mi mente lo desaparecido. La moneda, por ejemplo. El bolívar se dividía en reales, medios, lochas, puyas. Había monedas de dos y de cinco que se llamaba Fuerte. Yo solía guardarlas, no me gustaba usarlas para comprar, eran especiales. Era normal que algunas monedas fueran de plata. El billete de 100  era el más alto, con el de cinco comprabas un montón de chucherías, con el de 10 ibas al cine. Todo empezó a cambiar el Viernes Negro. Siguieron el 27 y 28 de febrero. La moneda se movió. La gasolina, no. En el 86 llenaba el tanque de mi carro con 16 bolos. Las gasolineras también cambiaron. La infancia narrada en la novela vivió la nacionalización del petróleo. Recuerdo ver cómo la bomba cambió el letrero de Shell por el de Lagoven. Los quioscos lucían atiborrados de revistas nacionales e importadas. También de suplementos, cómics, publicaciones infantiles. El domingo los periódicos eran gordísimos. Los lunes llegaban las ediciones dominicales de la prensa europea.

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Los servicios públicos no eran perfectos, pero funcionaban. Uno de los orgullos más grandes para mi abuela era que el personal del Seguro Social de Chacao la saludaba por su nombre. Siempre se atendió allí y quedaba contenta. La misma satisfacción sentían mis vecinos italianos con el colegio público al que iban sus hijos. Tener cédula o pasaporte no significaba un problema. Ibas a extranjería, hacías tu cola y ya. Necesitábamos visa para pocos países y tramitarla era sencillo.

Era un país relativamente seguro. Convivíamos y las diferencias no suponían roces, enfrentamientos, enemistades. Para mí, la esencia se mantiene. Cuando voy a Venezuela encuentro una parte oscura que no existía en mi niñez. Pero también doy con una parte que persiste: gente trabajadora, alegre, solidaria, llena de humor, hospitalaria, honrada. Un paisanaje que salta obstáculos para cumplir con diligencias que en otros países se hacen en cinco minutos y con los ojos cerrados. Personas que se desdoblan en Angus MacGyver y resuelven imprevistos requintando y sonriendo a la vez.

Una frase que describe una diferencia que contiene al conjunto:  la inocencia está rota.

Lena Yau
Foto: Emilio Kabchi

—Otra de las cosas importantes es el personaje de la comida. A través de los alimentos, de las recetas, incluso del rechazo por parte de Pino Chica hacia la comida, se establece un hilo conductor en las relaciones humanas y en el encuentro cultural. ¿Cuál es la importancia de la comida en tu obra y, sobre todo, cuáles son los signos de lo humano que están reflejados en la comida?

—La ingesta es eje en Hormigas en la lengua (novela), Trae tu espalda para hacer mi mesa (poemario) y Bienmesabes (relatos).

Prefiero ese término frente a comida, gastronomía, culinario, cocina. No todo lo que comemos es comida. Y no siempre usamos la comida para comer.

La ingesta y sus vericuetos, el uso de la comida como medio o arma, la cocina como trinchera o centro de poder. El universo de la alimentación es inconmensurable. A mí me interesa lo que no salta a la vista, lo que no es atractivo, lo que no se cuenta. Las quemaduras, los venenos, las restricciones, el cómo lo que comemos determina el idiolecto y el color de la voz, la lengua materna y su vínculo con la mesa, las hambres, las lecturas que descansan en las formas de cocinar, en los platos, en los modales. Los tabúes. Las mitologías personales. El tobillo doblado por un par de cubiertos. Las atrofias.  

Todo eso está en los tres libros que menciono. Siento que con ellos cerré un ciclo, aunque sigo trabajando el tema desde otro género y otras prácticas. Pero lo que escribo ahora explora territorios distintos.

La comida se mueve en extremos: nos desnuda y nos oculta, nos deja indefensos y nos otorga poder, funciona como escudo y como arma, es un reloj que mide el tiempo hacia atrás y hacia adelante, nos permite ser sociales o nos empuja al aislamiento, nos hace humanos y nos hace animales, extrae lo mejor y lo peor de nosotros, nos mantiene vivos y nos conduce a la muerte.

La ingesta nos desmenuza, nos rebana, nos muele, nos escalda. El alimento está atravesado por una miríada de perspectivas: fisiología, psicología, bromatología, antropología, lingüística, semiótica, sociología, ciencia, política, historia, arte, filosofía, demografía, geografía, etnografía, etc. Cada una de estas visiones y sus combinaciones dan fe de la condición humana y materia de escritura.

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—Además, la novela es un juego formal y la presentación del texto es azarosa. En ese caso, ¿cómo fue el proceso de escritura de este libro?

—El proceso de escritura no tiene secretos. Es sentarse en un escritorio con un horario irrompible, no negociable. Cada escritor hace un plan de trabajo que acopla a sus circunstancias. Yo me levanto de madrugada, leo y escribo. No uso esquemas. Tampoco esos programas que se han puesto de moda. Combino intuición, constancia, disciplina y paciencia. No puedo escribir con música, el ruido me pone neurótica. Mi agujero negro es la corrección. Leo los capítulos en voz alta y corrijo. Imprimo y corrijo. Cambio de fuente y corrijo. Tengo una libreta en la que hago escritura paralela. Según escribo el manuscrito llegan ideas, matices, giros, palabras. Apunto a mano y sigo tecleando. Escribí Hormigas en la lengua en la Biblioteca Nacional de España. Los otros libros los he escrito entre la biblioteca y mi casa. Terminé pasándome a la escritura en casa. Echo de menos ir a la biblioteca.

—Por otra parte, tú tienes una larga estancia en España, pero, a  la vez, mantienes una conexión imborrable con Venezuela. ¿Cómo ha sido tu proceso interno de hibridación cultural y de qué manera marca tu obra?

Soy un híbrido cultural por nacimiento. Nací en Caracas y allí viví casi treinta años. Mi familia es española-alemana. Mis primos y mis hermanos somos la primera generación de nacidos en Venezuela. Crecí entre canarios y bávaros, pero también con españoles peninsulares, italianos, griegos, polacos, croatas, portugueses, chilenos, argentinos, uruguayos. La procedencia de mi familia creó un contexto en el que el habla, la comida, la historia, quedaban de otro lado y ellos (los padres, los tíos, los abuelos) lanzaban redes a diario para traer todo ese bagaje al país en el que vivían.

Venezuela tenía códigos muy diferentes a los que se manejaban en mi mundo personal. Era extranjera en mi casa y extranjera fuera de ella. La calle era un universo de símbolos que aprendí casi simultáneamente con mis padres. Para mí fue natural moverse entre mundos, aunque esos traslados siempre dejaban vacíos de información.

Hacer el viaje de vuelta que mis padres no hicieron (porque se adaptaron al país de acogida y lo hicieron suyo) sanó mi cojera, dotó de nitidez mi mirada, desarrolló mi oído, me dio un arcón que siempre está del otro lado.

Estirarse para alcanzar esa caja que flota en el horizonte es el impulso para escribir. Abrirlo, mirar rápidamente lo que hay dentro y escoger algo para relatarlo antes de que el impulso me devuelva al escritorio es parte del proceso creativo.

Madrid, al no ser Caracas ni las islas de mis padres (La Palma y Tenerife), es el mapa neutro que necesitaba, la base que media entre dos identidades, la hoja en blanco. Vivir aquí desarrolló mi oído con el reto diario de entender la musicalidad del entorno sin perder la que traía conmigo. Entender los tempos en el habla, en el humor, en todo movimiento.

El estímulo cultural también cinceló mi escritura: la literatura, los museos, la mesa, lo que sucede alrededor de los cambios estacionales y las fronteras en las que se cambia de idioma.

Aunque mi familia no es madrileña, aterrizar en esta ciudad no supuso enfrentarme a algo desconocido. Hablar el mismo idioma ya es una cercanía. Al principio, lo más difícil de entender fueron los horarios y el calor despiadado del verano.

Mis lugares y sus mapas se superponen, se confunden, se enredan, pero la cuna tiene el bastón de mando. Llevo 23 años aquí y cuando viajo fuera de Madrid, a la hora de regresar digo: voy a empacar porque el avión a Caracas sale en la tarde. Da igual que esté en Lanzarote, en Vigo, en París, en Quito, en Nueva York. Mis retornos son siempre a Caracas”.

Javier Morales Ortiz, un escritor español y buen amigo, me preguntó una vez si tengo claro lo que ha aportado a mi escritura el hecho de residir en España.

Y sí. Clarísimo. Aportó la parte de mí que me faltaba para poder escribir.

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